Madre América: Paraguay
La dictadura económica del doctor Francia
Publicado
hace 6 añosen
Gracias a los procesos de independencia de las décadas iniciales del siglo XIX, los diversos países latinoamericanos se incorporaron al mercado mundial capitalista en calidad de primario-exportadores; pero bajo regímenes oligárquicos, en los cuales rigió la dominación despótica, económica, social y política de grandes terratenientes y poderosos comerciantes. Hubo un país que escapó a ese cuadro general: Paraguay.
El territorio paraguayo pertenecía al Virreinato del Río de la Plata; pero una vez instalada la Junta de Buenos Aires (1810), la provincia del Paraguay se negó a acatar su autoridad y asumió, en los hechos, su propia autonomía. A partir de ese momento, Paraguay pasó a vivir las constantes presiones de Buenos Aires para incorporar la provincia a su jurisdicción, al mismo tiempo que en su interior se sucedían cabildos y gobiernos, que confrontaron diversas posiciones entre conservadores, realistas o partidarios de mantener las relaciones con Buenos Aires, y autonomistas e independentistas radicales, con mayor identidad popular.
En septiembre de 1813, un Congreso general creó el Consulado, como nueva forma de gobierno, integrado por dos Cónsules que fueron el coronel Fulgencio Yegros y José Gaspar Rodríguez de Francia (más conocido como “doctor Francia”- 1766-1840) y quien, por sus cargos anteriores y su clara posición, se había convertido en figura central del independentismo radical paraguayo. La experiencia no fue alentadora. Además, Francia logró acumular fuerzas a su favor; de modo que al año siguiente, un nuevo Congreso lo proclamó “Dictador Supremo”. Dos años más tarde (1816), otro Congreso nombró al doctor Francia como “Dictador Perpetuo”, cargo que desempeñó hasta su muerte, en 1840.
En la literatura y en la historia, la polémica sobre la figura del doctor Francia no ha concluido. Augusto Roa Bastos la refiere en su famosa obra Yo el Supremo (1974); mientras las leyendas o las inclinaciones políticas lo han descrito como tirano o como un líder popular. Pero Francia fue no sólo la personalidad central en el proceso independentista de Paraguay, sino el primer constructor del Estado nacional y el primer reformador social exitoso en la América Latina de la época.
Desde Buenos Aires fue persistente el deseo de incorporación de la provincia paraguaya, para lo cual no se descartó la incursión armada (la que dirigió Manuel Belgrano en 1811 fue un fracaso), la amenaza y el bloqueo, mediante el cierre de todo comercio fluvial y el cobro de impuestos onerosos. También Brasil quiso beneficiarse del enorme territorio o de parte de él. En algún momento se temió por alguna incursión desde el Perú. No se descartaban los intereses de la Corona española, o los británicos que por el Atlántico querían lograr la “libertad de los ríos”. Paraguay se hallaba en una situación parecida a la de Uruguay: independizarse de España, pero también de sus vecinos. Por consiguiente, la política primordial del doctor Francia en el Estado fue garantizar la soberanía nacional y las fronteras territoriales. Eso explica la reforma organizativa que impuso en sus fuerzas armadas y el fortalecimiento del ejército, que fue considerado desde el exterior como una institución poderosa. El Dictador reorganizó todo el Estado y la administración pública, para que responda con eficiencia, institucionalidad y determinación en el manejo de la economía, sin descartar la exigencia de lealtad gubernamental y la honradez entre los funcionarios públicos, pues fue implacable contra el peculado. Intervino en la iglesia católica, acabó con los vestigios de la inquisición, suprimió diezmos y fueros, nacionalizó las tierras eclesiásticas, aplicó el patronato y separó cualquier dependencia externa, incluso con el Papa. Pasó a ser una iglesia nacional, con sueldos del Estado. Extendió la educación pública gratuita y obligatoria. Respetó el comunitarismo indígena. Incluso obligó al trazado de las ciudades, como Asunción, para un crecimiento ordenado. Hubo medidas sociales radicales, que cabe comprenderlas como parte de las confrontaciones políticas internas, que despertaron opositores y conspiradores nacionales y extranjeros, afectados sobre todo en sus intereses económicos particulares, como la prohibición a los europeos para casarse con criollas; además, sus herencias pasaban al Estado; no se podía entrar ni salir del país, (incluyendo el contacto por correo), etc.
El eje de las reformas del doctor Francia estuvo en la economía. El Estado pasó a ser el gran regulador y promotor de la misma, porque se descartó el “libre mercado”. País agrario, que heredó grandes hacendados y estancieros desde la colonia, con trabajadores sometidos y extendida miseria, fue el primero en realizar una reforma agraria que liquidó los latifundios y repartió tierras, fortaleciendo las medianas y pequeñas propiedades. El comercio externo pasó totalmente a manos del Estado, que impuso precios a las importaciones y controló las exportaciones y el reparto de las rentas, pues una parte debía ir al Estado. Fue prohibida la salida de metales preciosos, se controló el dinero y se usó el trueque en el comercio externo, obligando a los comerciantes a recibir productos. Se garantizó la producción interna, tanto agrícola como artesanal, obligando al consumo de los productos nacionales para evitar la dependencia externa. Incluso se fomentó la producción de algunos bienes agrícolas que se importaban, como el algodón. Bajo la Dictadura, la economía tuvo resultados exitosos y creció, al mismo tiempo que mejoraron sustancialmente las condiciones de vida y de trabajo de la población, ya que se liquidó el analfabetismo, fue promovida la seguridad interna y se cortó la posibilidad de enriquecimiento privado. Algunos viajeros extranjeros que visitaron el Paraguay de la época lo describen como un país en el que se vive con tranquilidad, sin acaparadores de riqueza, en el que la mayoría de la población vive de su propio trabajo, se abastece, tiene educación y “no hay robo”.
La autarquía o el aislamiento del Paraguay con el doctor Francia era una singular revolución nacional, que contrastó con cualquier otro país latinoamericano. Un tipo de economía de Estado, con mercado interno y externo controlado, con una base agrícola y una base social amplia. No hubo una economía capitalista, pero sería un error histórico y conceptual tildarla de “socialista”. Tiene otra explicación de fondo: en el nacimiento del nuevo Estado, la confrontación social se resolvió no a favor de las elites criollas, de grandes propietarios, hacendados y comerciantes, sino a favor de los sectores medios, trabajadores y capas populares.
La interpretación que el historiador Sergio Guerra Vilaboy hizo sobre el régimen de Francia permite la comprensión de lo ocurrido. Dice Sergio que los latifundistas paraguayos, al depender del mercado externo, estaban en situación inferior a la de los chacreros (pequeños y medianos agricultores), que producían para el mercado interno y tenían economías autárquicas; los artesanos habrían sido perjudicados por la apertura comercial y sin protección, por lo cual se unieron a los chacreros; al respaldar la independencia evitaban la competencia externa y los impuestos. En consecuencia, el gobierno del Dictador Francia era “una dictadura nacional revolucionaria, que contaba con el apoyo del pueblo y que estaba destinada a consolidar la independencia, realizando profundas transformaciones económicas y sociales. Ese régimen “jacobino” logró estructurar una sociedad marcadamente igualitarista, eliminando la gran propiedad semifeudal. La base social fundamental del gobierno del doctor Francia estuvo constituida por los chacreros, quienes indudablemente fueron los principales protagonistas de esa especie de “republica campesina”
De otra parte, la experiencia del “estatismo agrario” del doctor Francia, que parece tan distante de nuestros días, tiene otro legado histórico: las repúblicas latinoamericanas debían resolver la cuestión social heredada de la colonia. Paraguay es el único país que lo hizo, a través de la sujeción de la oligarquía terrateniente y comercial a las políticas de Estado, no sólo para el control de la economía, sino sobre todo, para la reforma social. Además, esa vía necesitó de la centralización política en la autoridad del Dictador. Pero no fue un camino que pudo perdurar en el tiempo, porque las circunstancias de la época no lo permitieron. En contraste, en la América Latina de la actualidad contamos no sólo con la experiencia histórica necesaria, sino con los instrumentos para crear economías sociales que acaben con sistemas que promueven el enriquecimiento privado, sin beneficios nacionales. Ello tiene que ver con las regulaciones que impulse el Estado y la adopción de claras políticas sociales, porque tanto en el pasado, como en el presente, los “mercados libres” exclusivamente benefician a las elites minoritarias.
Madre América: Paraguay
Rebelión de los comuneros en Paraguay
Publicado
hace 5 añosen
agosto 20, 2021
La revuelta de los comuneros de Paraguay, ocurrida en la primera mitad del siglo XVIII, es uno de los más trascendentes movimientos precursores de la independencia de América Latina. Iniciada tímidamente en 1721 contra el predominio de las misiones jesuitas, que controlaban buena parte de los guaraníes de esa región, se transformó una década más tarde en una rebelión masiva de pequeños campesinos o chacreros contra las autoridades coloniales.
Los antecedentes del movimiento comunero paraguayo se remontan a los años de 1644-1650 cuando, bajo la dirección del obispo franciscano Bernardino de Cárdenas, los pobladores iniciaron la resistencia al poderío jesuita. Incitada por los grandes estancieros y encomenderos, la rebeldía de los comuneros comenzó casi un siglo después con las primeras peticiones de autonomía municipal elaboradas por José de Antequera, que desembocaron en su nombramiento como nuevo gobernador de la provincia por el cabildo de Asunción, tras la destitución y encarcelamiento del anterior en septiembre de 1721, quien escapó a Buenos Aires.
Tras un tiempo, el funcionario colonial depuesto regresó a Paraguay acompañado de un numeroso ejército, integrado en gran parte por guaraníes de las misiones, con el propósito de recuperar sus fueros, aunque en agosto de 1724 las milicias criollas lo derrotaron a orillas del Tebicuary. Un año más tarde, los comuneros fueron doblegados por las numerosas tropas despachadas por el virrey del Perú, a cuya jurisdicción estaba entonces adscripto Paraguay. Como castigo por su rebeldía, Antequera fue encarcelado, y ejecutado en Lima (1731). Decapitado, su cabeza fue exhibida para escarmiento de la población, mientras su compañero Juan de Mena moría en garrote vil y los restantes comuneros detenidos condenados al destierro perpetuo de su tierra natal.

Una segunda etapa de la insurrección comunera paraguaya se abrió entonces bajo la dirección de Fernando de Mompox, quien había escapado de la misma prisión donde se encontraba Antequera en Perú. Si al comienzo los levantamientos habían sido orientados por los ricos propietarios, ahora la dirección pasó al común, los representantes de villas y pueblos, esto es, pequeños y medianos propietarios rurales y las capas más pobres del campo. Además, la lucha ya no era sólo contra los jesuitas, sino también contra los abusos del virrey y la propia Corona.
Conducidos por elementos más radicales se llegó a crear una junta gubernativa en Asunción, que proclamó que “el poder del Común es superior al del mismo Rey”. No fue hasta 1735, después de varios años de virtual independencia, que el virrey de Perú pudo someter a la provincia rebelde, tras derrotar a los comuneros en la batalla de Tabapy, una antigua estancia dominica. Esta vez las represalias fueron masivas, mientras los líderes principales, Tomás de Lovera, Miguel Giménez y Mateo Arce, eran conducidos a Asunción y tras juicio sumarísimo descuartizados en público. Además, fue suprimido el derecho de Paraguay a elegir autoridades locales, prohibida las reuniones y destruida toda la documentación del movimiento para imponer silencio perpetuo sobre la rebeldía comunera.
Aunque las sublevaciones criollas fracasaron, en 1767 la orden de los jesuitas fue expulsada por Carlos III, dejando un vacío que el gobierno colonial pretendió llenar administrando las misiones o entregándolas a otras órdenes, lo que precipitó su decadencia. Ese resultado, junto con la creación del Virreinato de Río de la Plata (1776), elevó a primer plano el tema de las relaciones con Buenos Aires.
La relativa apertura del comercio de la provincia interior abrió nuevas posibilidades a los comerciantes y productores paraguayos de yerba de mate y tabaco, a pesar de que era la colonia menos favorecida por la nueva política mercantil de los Borbones. Las restricciones y tributos impuestos por las autoridades coloniales en el Paraná y Buenos Aires afectaban las exportaciones paraguayas y de las provincias vecinas del litoral de esa arteria (Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe), emponzoñando las relaciones con los porteños y la Corona. La crisis metropolitana creada a principios del siglo XIX por la ocupación napoleónica de la península ibérica, encontró al Paraguay y otros territorios del Virreinato del Rio de la Plata atrapados en esta madeja de contradicciones que saldrían a flote durante la lucha por la independencia de España e incidirían en su derrotero.
Madre América: Paraguay
La fugaz revolución paraguaya de 1936
Publicado
hace 5 añosen
agosto 10, 2021
La crisis económica mundial de 1929 trajo una década de revoluciones frustradas en América Latina. Combinada con las duras consecuencias de la Guerra del Chaco (1932-1935), provocó en febrero de 1936 la única revolución con perspectivas sociales de Paraguay en toda su atribulada historia contemporánea.
Aunque este país había vencido a Bolivia en la sangrienta contienda fronteriza, estaba en una profunda depresión, agravada por los enormes gastos de guerra. A los reclamos de los más de cien mil combatientes desmovilizados de extracción campesina, que exigían soluciones a la pavorosa miseria de sus familias, se sumaban las inquietudes sociales de la oficialidad nacionalista, preocupada también por el destino de los territorios conquistados.
Una ola de manifestaciones, huelgas y protestas públicas sacudían al gobierno de Eusebio Ayala, quien en diciembre de 1935 expulsó del país al coronel Rafael Franco, héroe de la guerra del Chaco. Pero el 17 de febrero de 1936 el mandatario liberal fue derrocado por un extendido movimiento militar de sus partidarios dentro del ejército.
En cuanto Franco regresó de su breve exilio, se hizo cargo de la presidencia y lanzó la Proclama del Ejercito Libertador. A continuación ilegalizó al Partido Liberal, considerado responsable de todos los problemas existentes, disolvió el parlamento y derogó la aborrecida constitución de 1870, impuesta por los vencedores en la Guerra de la Triple Alianza.
El renacimiento del patriotismo dominó al país. El mariscal López fue declarado héroe nacional ejemplar y derogadas todas las disposiciones en su contra, reivindicación extendida a su padre y al doctor Francia, proclamados beneméritos de la patria. El 12 de octubre de 1936, sus restos fueron depositados en el nuevo Panteón Nacional de los Héroes y cambiados nombres de calles y plazas para rememorar a las figuras principales de aquella epopeya.
Al mismo tiempo, los febreristas, como se llamaba a los seguidores de Franco, promulgaron una reforma agraria democrática, para devolver a los campesinos las tierras enajenadas entre 1883 y 1885 y entregar parcelas a los veteranos del Chaco. Las medidas sociales también incluyeron la jornada de ocho horas, el establecimiento de la asistencia médica en los centros fabriles, la congelación de alquileres y arriendos, aumentos salariales, la prohibición del pago en vales y la creación de más de cuatrocientas escuelas.
Asimismo se fundaron nuevas instituciones estatales, entre ellas el Patronato Nacional de los Indígenas y el Departamento de Trabajo, que propició un congreso obrero unitario. Como resultado del cónclave surgió la Confederación de Trabajadores Paraguayos (CTP), integrada por casi setenta sindicatos con más de cincuenta mil miembros, orientada por el legalizado Partido Comunista, que llamaba a fortalecer el gobierno con un frente popular.
La demostración de fuerza del movimiento obrero realizada el 1 de mayo de 1936, alarmó a las clases dominantes y a la derecha, que presionaron a Franco para detener las transformaciones populares. Después de tres meses de ásperas contradicciones dentro del gobierno entre dos vertientes del nacionalismo, la socialista-antimperialista y la conservadora-profascista, esta última terminó por imponerse, abriéndose la persecución de partidos, sindicatos y otras asociaciones no promovidas por el propio Estado y la recién fundada Unión Nacional Revolucionaria (Febrerista).
Para la vieja oligarquía y los grandes intereses económicos este retroceso no era suficiente, pues querían liquidar de un plumazo todas las conquistas sociales y detener la agitación popular, para lo que el presidente Franco era un obstáculo. Confabulados con la alta oficialidad derechista, el 13 de agosto de 1937 el mandatario popular fue derrocado y expulsado del país, iniciando un largo exilio, que salvo el paréntesis de 1946-1947, se prolongaría por más de veinte años. Tras su regreso definitivo a su tierra natal (1963), el prestigioso febrerista, que había sido aclamado por el pueblo de Asunción en el desfile por la victoria del Chaco, vivió los diez últimos años de su vida solitario y olvidado en un garaje, adaptado como habitación.
La lucha de Paraguay por su desarrollo independiente y contra las intervenciones extranjeras durante el siglo XIX, constituye uno de los acontecimientos más relevantes, y al mismo tiempo menos conocidos, de la historia de América Latina. Después de la proclamación de su independencia en 1813, tanto de España como de Buenos Aires, y hasta la devastación de su territorio por los ejércitos invasores de la Triple Alianza en 1870, Paraguay fue una excepción entre los países latinoamericanos.
En la antigua tierra guaraní la elite criolla no pudo ascender al poder tras la emancipación, como sucedió en el resto del hemisferio, donde quedaron inconclusas las transformaciones socio-económicas, fue obstaculizado el desarrollo autóctono y facilitado la sustitución del viejo colonialismo por una dependencia de nuevo cuño. Bajo la conducción del doctor Gaspar de Francia, con el apoyo de los campesinos y peones mestizos e indígenas, que lo proclamaron Dictador Supremo en un congreso masivo en Asunción, se impulsaron los avanzados proyectos democráticos de la corriente radical rioplatense, abriendo el camino al desarrollo nacional.
Durante sus primeras décadas de vida republicana se profundizó la revolución popular paraguaya, tras el fracaso de las conspiraciones de los ricos estancieros y comerciantes que pretendían plegarse a las exigencias de Buenos Aires (1821), cuyos bienes fueron confiscados. Las tierras expropiadas a traidores y realistas, así como a la iglesia, fueron repartidas entre los desposeídos o convertidas en las célebres Estancias de la Patria, destinadas al abastecimiento del ejército nacional, forjándose una sociedad muy igualitarista, sin paralelo en el resto del hemisferio. Además, la interrupción del comercio exterior, debido a la hostilidad bonaerense -que consideraba a Paraguay provincia suya-, unido a los aranceles proteccionistas implantados por el doctor Francia, facilitaron la consolidación de las artesanías, mientras los comerciantes importadores se arruinaban y era prohibida la entrada de mercaderes y negociantes foráneos.

Después de la muerte del doctor Francia en 1840 ocupó la presidencia Carlos Antonio López. El nuevo mandatario continuó la política de su antecesor, aunque tuvo a su favor el reconocimiento internacional, tras la caída de la dictadura de Rosas en Buenos Aires y la instauración de la Confederación Argentina (1852-1862). Conseguida la libertad de navegación por el Paraná, el Estado paraguayo pudo vertebrar su propia flota mercante, que llegó a ser la mayor de la región, buena parte de ella construida en astilleros nacionales.
Esta proeza fue posible con la ayuda de técnicos extranjeros, contratados por López, que permitió incluso echar al agua, por primera vez en América Latina barcos de acero movidos a vapor. Los insumos materiales provenían de la fundición de Ibicuy, que también abastecía al arsenal de Asunción, del que salían cañones, armas ligeras, proyectiles, implementos agrícolas y otros artículos. En 1854 comenzó el tendido del primer ferrocarril de trocha ancha del Río de la Plata, que sería el segundo de toda la América del Sur.
Al ingresar a este insólito Paraguay, en plena efervescencia productiva, que controlaba celosamente la actividad económica privada y no permitía la libre entrada del capital y las manufacturas extranjeras, el periodista español Idelfonso Antonio Bermejo escribió: “los pasajeros deben presentar a los guardias paraguayos las onzas de oro que lleven, y las apuntan para que al retirarse del país no puedan extraer mayor cantidad de la que han introducido”. Compungido agregó: “Comprendí que en esta República no está muy acariciado el sistema de librecambio.”
Para acabar con la única nación que resistía la presión de las grandes potencias industriales, y que incluso en 1858 había llegado a sortear una intervención militar directa de Estados Unidos, como ya contamos en informe Fracto, se organizó por Inglaterra la Triple Alianza con los gobiernos de Argentina, Brasil y Uruguay. Su verdadero propósito, como escribiera el historiador inglés Pelham Horton Box en The origins of the Paraguayan war (1927), era “abrir de par en par las puertas a la civilización moderna, en forma de concesiones, financiación, inversiones extranjeras y otras emanaciones de la Bolsa de Berlín, Londres New York y Buenos Aires. Las bendiciones del laissez faire reemplazaron a los males del paternalismo y, como de costumbre, el campesino se convirtió en peón explotado y sin tierra.”
