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Madre América

A 62 años de un acontecimiento hito en la Historia de Nuestra América

Héctor Hernández Pardo

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Aquel Primero de Enero de 1959, cuando triunfó la Revolución Cubana

Fue la llegada de un año nuevo de verdad, sustancialmente diferente para los cubanos y lo sería también para muchos pueblos del mundo, porque marcaría un hito en la historia de Nuestra América y universal. Aquel Primero de Enero de 1959 se desmoronaba la tiranía batistiana, apuntalada por el Gobierno de Estados Unidos, y triunfaba la Revolución encabezada por Fidel Castro.

La ofensiva guerrillera en el Oriente de la Isla y en otros territorios, especialmente el centro del país, era arrolladora. Luego de derrotar un despliegue militar sin precedentes del gobierno de la tiranía en un esfuerzo por aplastar a los guerrilleros en la Sierra Maestra, el movimiento revolucionario se consolidaba cada vez más, se extendía a otros territorios. Las fuerzas rebeldes obtenían victorias sucesivas en combates tras combates y en nuevos frentes abiertos de lucha armada, para los cuales el líder revolucionario había designado respectivamente a los comandantes Raúl Castro, Juan Almeida y Delio Gómez Ochoa. Esta ofensiva se combinaba con la epopéyica invasión a occidente de columnas al mando de Camilo Cienfuegos y Ernesto Che Guevara, luego de difícil trayecto, se asentaron en el centro de Cuba.

En los últimos días de diciembre de 1958, los combatientes rebeldes en el oriente de la Isla, con Fidel Castro a la cabeza, estaban ya a las puertas de la histórica Santiago de Cuba, la segunda ciudad más importante del país caribeño. Mientras, en la provincia central de Las Villas las tropas guerrilleras de Camilo y Che, el 31 de diciembre de 1958, alcanzaban importante éxitos. El legendario comandante Cienfuegos tomaba la ciudad de Yaguajay luego de intenso combate.

Por su parte, en esos días finales de año, en lo que representó prácticamente un tiro de gracia para la tiranía, columnas combinadas del M-26-7 y del Directorio Revolucionario, dirigidas por el Che combatían en la ciudad de Santa Clara (la más importante ciudad del centro del país) y ya estaban a punto de rendir allí al último bastión de la tiranía: el cuartel donde se encontraba el regimiento Leoncio Vidal. Antes habían logrado descarrilaron un tren que transportaba cientos de soldados gubernamentales con pertrechos de guerra que se dirigía al territorio oriental y que tenía la misión del Estado Mayor de la tiranía de tratar de evitar el avance del Ejercito Rebelde en aquella zona. Pero, aquella tropa -íntegramente- fue hecha prisionera por los rebeldes.

Ya, muy próximo al nuevo año, los analistas militares de la tiranía sabían que le quedaba poco a la dictadura, que faltaban horas para que Fidel entrara victorioso a Santiago de Cuba; que Santa Clara estaba perdida y que el plan de enviar nuevas tropas de refuerzo a Oriente había fracasado. Batista no esperó.

En la mañana de ese histórico día Primero de Enero de 1959 ya se supo que el dictador se había fugado en la madrugada con sus familiares y unos pocos amigos cercanos. Un avión, con maletas cargadas con millones de dólares, le trasladó a él y a su séquito a Santo Domingo, República Dominicana, donde lo esperaba otro célebre tirano: Rafael Leónidas Trujillo.

 El estusiasmo popular que se desató por aquel ansiado acontecimiento, esperado y al mismo tiempo sorpresivo, fue indescriptible. La gente en la calle con banderas cubana y del Movimiento 26 de Julio, gritando, saltando de alegría, saludándose mutuamente…Las milicias del M-26-7 en las ciudades tratando de evitar que aquello se saliera de control y ocurriera como en 1933, cuando una huelga general y la presión popular derrocó al asno con garras, el dictador Gerardo Marchado, y se desataron entonces actos entonces sangrientos de venganza.

Habían transcurrido dos años y 30 días desde aquel 25 de noviembre de 1956 en que bajo la lluvia, y de madrugada, saliera de Tuxpan, México, el yate Granma con 82 hombres a bordo, dispuestos a seguir el ejemplo de José Martí: luchar por la libertad y la verdadera independencia de Cuba, sin importar que en ese empeño se perdiera la vida.

Las fuerzas oligárquicas, los altos mandos militares y la Embajada norteamericana, no se quedaron con los brazos cruzados. Se había planeado la fuga del tirano. Maniobraron con urgencia para impedir el desenlace revolucionario. Nombraron un gobierno provisional que duró lo que un merengue en la puerta de un colegio, y a cuyo frente pusieron de manera espuria a Carlos Manuel Piedra, un gris magistrado, que el Tribunal Supremo rechazó. El objetivo de esta farsa era evitar la victoria del pueblo.

Fidel Castro con rapidez advierte la traicionera y siniestra operación y, a través de la emisora Radio Rebelde en cadena con otras, desde la ciudad de Palma Soriano, muy cerca de Santiago de Cuba, da instrucciones a todos los jefes revolucionarios y hace un histórico llamado al pueblo cubano en que alerta al pueblo y exhorta a la huelga general para que no sea escamoteado el triunfo. En aquella alocución Fidel dijo textualmente:

“INSTRUCCIONES DE LA COMANDANCIA GENERAL A TODOS LOS COMANDANTES DEL EJÉRCITO REBELDE Y AL PUEBLO:

Cualesquiera que sean las noticias procedentes de la Capital, nuestras tropas no deben hacer alto al fuego en ningún momento.

Nuestras fuerzas deben proseguir sus operaciones contra el enemigo en todos los frentes de batalla.

“Acéptese sólo conceder parlamento a las guarniciones que deseen rendirse.

“Al parecer, se ha producido un golpe de estado en la Capital. Las condiciones en que ese golpe se produjo son ignoradas por el Ejército Rebelde.

“El pueblo debe estar muy alerta y atender sólo las instrucciones de la Comandancia General.

“La dictadura se ha derrumbado como consecuencia de las aplastantes derrotas sufridas en las últimas semanas, pero eso no quiere decir que sea ya el triunfo de la Revolución.

“Las operaciones militares proseguirán inalterablemente mientras no se reciba una orden expresa de esta Comandancia, la que sólo será emitida cuando los elementos militares que se han alzado en la Capital se pongan incondicionalmente a las órdenes de la Jefatura Revolucionaria.

“¡Revolución SÍ; golpe militar NO!

“¡Golpe militar de espaldas al pueblo y a la Revolución NO; porque sólo serviría para prolongar la guerra!

“¡Golpe de estado para que Batista y los grandes culpables escapen, NO; porque sólo serviría para prolongar la guerra!

“¡Golpe de estado de acuerdo con Batista, NO; porque solo serviría para prolongar la guerra!

“¡Escamotearle al pueblo la Victoria, NO; porque sólo serviría para prolongar la guerra hasta que el pueblo obtenga la victoria total!

“Después de siete años de lucha, la victoria democrática del pueblo tiene que ser absoluta, para que nunca más se vuelva a producir en nuestra Patria un 10 de marzo.

“¡Nadie se deje confundir ni engañar!

“¡Estar alerta es la palabra de orden!

“El pueblo y muy especialmente los trabajadores de toda la República, deben estar atentos a Radio Rebelde y prepararse urgentemente en todos los centros de trabajo para la huelga general e iniciarla apenas se reciba la orden si fuese necesario para contrarrestar cualquier intento de golpe contrarrevolucionario.

“¡Más unidos y más firmes que nunca deben estar el pueblo y el Ejército Rebelde, para no dejarse arrebatar la victoria que ha costado tanta sangre!

Junto al avance incontenible del Ejército Rebelde, el pueblo se movilizó. Los trabajadores respaldaron masivamente a la dirección revolucionaria. La maniobra imperialista, apoyada por sus cómplices criollos, se derrumbó estrepitosamente. La victoria rebelde fue un hecho. Nadie pudo detenerla. Y mientras el pueblo lo celebraba en las calles, asesinos y torturadores, políticos corrompidos y testaferros, los comprometidos con la tiranía,  huían desesperadamente a Estados Unidos.

Aquél primero de enero Fidel entró triunfante a Santiago de Cuba, donde el pueblo le esperaba jubiloso y al que dirigió palabras también históricas. Como conductor político genial de una genuina Revolución que tendría un alcance extraordinario y que significaría un cambio de época en Nuestra América,  dijo palabras premonitorias, alertando y preparando para el futuro a aquel pueblo enardecido por la victoria:  “La Revolución empieza ahora, la Revolución no será una tarea fácil, la Revolución será una empresa dura y llena de peligros”.

Luego, el 8 de enero, tras una caravana con paradas en las principales ciudades del país, Fidel llegó a La Habana, que le tributó un recibimiento apoteósico. En el primer campamento militar de la tiranía (Columbia), luego convertido en Ciudad Escolar Libertad, diría lo mismo a millares de personas que allí se reunieron  para escucharle, junto a Camilo, mientras una paloma blanca se posaba sobre sus hombros.

Después de 61 años de Revolución, todos los cubanos sentido y conocido en carne propia que absolutamente cierto que una Revolución, cuando es profunda y verdadera, cuando va a las raíces y quiere la justicia social y no acepta el sometimiento a intereses imperiales,  no es tarea fácil y es un proceso duro y lleno de peligros.

Pero aquel primero de enero la mayoría de la gente (entre ellos yo), no éramos capaces de advertirlo. No sabíamos. Sobre todo los que éramos apenas unos adolescentes. Y lo vivimos como un día pleno de alegría, de felicidad, cargado de entusiasmo, de pasión patriótica, de admiración por aquellos barbudos que ganaron una guerra por la libertad contra un ejército mucho más numeroso y poderoso en armas, que dieron continuidad a la lucha de nuestros mambises y que rescataron el sueño de José Martí. Quizás el poeta exprese con mayor nitidez lo que significó para la mayoría aquel primero de enero de 1959. Así lo cantó, de manera hermosa, el Indio Naborí (Jesús Orta Ruiz), en su Marcha Triunfal del Ejército Rebelde:

¡Primero de Enero!

 Luminosamente surge la mañana.

¡Las sombras se han ido! Fulgura el lucero

de la redimida bandera cubana.

El aire se llena de alegres clamores.

Se cruzan las almas saludos y besos,

y en todas las tumbas de nobles caídos

revientan las flores y cantan los huesos.

Pasa un jubiloso ciclón de banderas

y de brazaletes de azabache y grana.

Mueve el entusiasmo balcones y aceras,

grita desde el marco de cada ventana.

A la luz del día se abren las prisiones

y se abren los brazos: se abre la alegría

como rosa roja en los corazones

de madres enfermas de melancolía.

Jóvenes barbudos, rebeldes diamantes

con trajes olivo bajan de las lomas,

y por su dulzura los héroes triunfantes

parecen armadas y bravas palomas.

Vienen vencedores del hambre, la bala y el frío

por el ojo alerta del campesinado

y el amparo abierto de cada bohío.

Vienen con un triunfo de fusil y arado.

Vienen con el ansia del pueblo encendido.

Vienen con el aire y el amanecer

y, sencillamente, como el que ha cumplido

un simple deber.

No importan los días de guerra y desvelo

No importa la cama de piedra o de gramas

sin otra techumbre que ramas y cielo.

No importa el insecto, no importa la espina,

la sed consolada con parra del monte,

las lluvias, el viento, la mano asesina

siempre amenazando en el horizonte.

¡Sólo importa Cuba! Sólo importa el sueño

de cambiar la suerte.

¡Oh, nuevo soldado que no arruga el ceño

ni viene asombrado de tutear la muerte!

Los niños lo miran pasar aguerrido

y piensan, crecidos por la admiración,

que ven a un rey mago, rejuvenecido,

y con cinco días de anticipación.

Pasa fulgurante Camilo Cienfuegos.

Alumbran su rostro cien fuegos de gloria.

Pasan capitanes, curtidos labriegos

que vienen de arar en la Historia.

Pasan las marianas sin otras coronas

que sus sacrificios: cubanas marciales, 

gardenias que un día se hicieron leonas

al beso de doña Mariana Grajales.

Con los invasores, pasa el Che Guevara,

Alma de los Andes que trepó el Turquino,

San Martín quemante sobre Santa Clara,

Maceo del Plata, Gómez argentino.

Ya entre los mambises del bravío Oriente,

Sobre un mar de pueblo, resplandece un astro:

ya vemos… ya vemos la cálida frente, el brazo pujante,

la dulce sonrisa de Castro.

Lo siguen radiantes Almeida y Raúl,

Y aplauden el paso del Héroe ciudades quemadas,

ciudades heridas, que serán curadas,

y tendrán un cielo sereno y azul.

¡Fidel, fidelísimo retoño martiano,/ asombro de América, titán de la hazaña,/ que desde las cumbres quemó las espinas del llano,/ y ahora riega orquídeas, flores de montaña.

Y esto, esto que las hieles se volvieran miel, se llama…

¡Fidel!

Y esto, esto que la ortiga se hiciera clavel, se llama…

¡Fidel!

Y esto que mi Patria no sea un sombrío cuartel, se llama…

¡Fidel!

y esto que la bestia fuera derrotada por el bien del hombre,/ y esto, esto que la sombra se volviera luz,/ esto tiene un nombre, sólo tiene un nombre…

¡Fidel Castro Ruz!

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La traición de Cochrane

Sergio Guerra Vilaboy

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El 6 de octubre de 1821 el almirante inglés Lord Thomas Alexander Cochrane (1775-1860), jefe de la flota que había traslado el año anterior al Virreinato del Perú al Ejército Expedicionario del general José de San Martín, sublevó la escuadra, que tenía bandera de Chile, argumentando el atraso en el pago de sus servicios, y se la llevó rumbo norte. La traición de Cochrane fue un severo golpe a la causa de la independencia y debilitó al gobierno de San Martín como Protector de la Libertad del Perú.

Después de merodear con su flota por las costas de México y otros territorios hispanoamericanos del Pacifico, atacando barcos y guarniciones españolas, Cochrane volvió a Chile en junio de 1822, donde trató de indisponer a su gobierno con San Martín. Fracasado en sus propósitos, se puso a las órdenes de Pedro I de Brasil, que contrataba oficiales y soldados desmovilizados de las guerras napoleónicas. Además de dirigir la escuadra imperial brasileña en operaciones contra los portugueses, el almirante británico también reprimió a los republicanos de la Confederación del Ecuador, formada en Pernambuco en 1824, sublevados contra el absolutismo de los Braganza, por lo que fue gratificado con el título de marqués de Maranhao. Luego estuvo en Grecia entre 1827 y 1828, con los independentistas que luchaban contra el imperio otomano, para después dejar sus aventuras, al servicio del mejor postor, para regresar a su tierra natal.

Nacido en Escocia en 1775 en una familia arruinada de la nobleza, a los doce años se había enrolado como tripulante en la marina de guerra británica, donde tuvo una carrera meteórica y ganó cierta notoriedad. Se distinguió en las guerras napoleónicas y llegó a capitán de la armada real y a tener un escaño en la cámara de los lores. Acusado de un mega fraude en la bolsa de valores de Londres, fue expulsado en 1817 de la marina y el parlamento, despojado de condecoraciones, títulos e incluso condenado a prisión. Liberado, puso un aviso en un periódico para conseguir trabajo, anuncio que leyó un representante de San Martín, que lo contrató junto a otros oficiales y marineros británicos.

Al año siguiente, fue recibido por el Director Supremo de Chile, Bernardo O´Higgins, quien organizaba junto con San Martín la campaña para la liberación del Perú, recibiendo el grado de vicealmirante de la naciente flota nacional y la ciudadanía chilena. Además de contribuir a la ocupación de la base naval española más poderosa del Pacífico en Valdivia, el 3 de febrero de 1820, la escuadra de Cochrane transportó unos meses después al ejército de San Martín al Perú. En El Callao encerró a la flota enemiga y en sorpresivo combate naval se apoderó de la fragata Esmeralda, buque insignia de la marina española.

Pero Cochrane no era un patriota desinteresado, sino un mercenario obsesionado por recuperar su fortuna, por lo que cada vez que se apoderaba de una embarcación exigía su botín como si fuera un simple corsario, lo que San Martín no admitió. El tema fue enturbiando la relación entre los dos jefes militares, sobre todo desde agosto de 1821, cuando la situación hizo crisis al apoderarse sin autorización de recursos públicos del gobierno que estaban en una goleta anclada en Ancón. Indignado por el robo, San Martín le ordenó el 15 de septiembre que “restituya, a bordo de los respectivos buques, las propiedades que han sido tomadas de ellos por pertenecer, las más, al gobierno y las otras a los particulares que se hallan bajo mi protección.” Distanciados por el grave incidente, el almirante inglés, declarado en rebeldía, zarpó con la escuadra bajo su mando integrada por dos fragatas, una de ellas la propia Esmeralda, una corbeta, un bergantín y una goleta, lo que mereció el lapidario comentario de San Martín: “Este Lord metálico, cuya conducta puede compararse al más famoso filibustero”.

En 1828, enriquecido y de regreso en Londres, recibió cuatro años después el perdón de la reina Victoria por el fraude cometido y se le permitió heredar el título de conde de Dundonald y recibir el rango honorífico de contraalmirante de la marina real. Al morir con 85 años de edad fue enterrado con honores en la Abadía de Westminster y sobre su tumba se puso la inscripción “Libertador de Chile y Perú”. Quizás, como anota el historiador argentino Norberto Galasso en su biografía de San Martín Seamos Libres y lo demás no importa nada (2009), en reconocimiento al mercenario inescrupuloso que contribuyó a la expansión del imperio británico.

Adenda

Sirvan estas líneas para despedirme de los queridos lectores de la revista digital Informe Fracto y, en particular, de su sección Madre América, que invoca el nombre de un texto paradigmático de José Martí. Quiero agradecer en especial al doctor Carlos E. Bojórquez Urzaiz por la oportunidad brindada, desde abril de 2019, para colaborar en esta aventura del periodismo mediático, que me ha abierto nuevos horizontes. La publicación de más de doscientas cincuenta notas cortas, dos semanales, sobre temas desconocidos, insólitos o mal contados de la historia de América Latina, fue un verdadero desafío. No sólo para mantener una entrega regular y puntual, sino también conseguir que atrajeran a un público amplio y exigente, que de una ojeada pudiera leerlas en sus celulares. Gracias a Informe Fracto, y su excelente equipo editorial, algunas de esas notas aparecen en sendos libros publicados en Chile, lo que reconoceré siempre.

Sergio Guerra Vilaboy

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Madre América

El Manifiesto de Montecristi: Desarrollo del pensamiento nacionalista en el mundo colonial

Julio A. Muriente Pérez

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Con fecha del 25 de marzo de 1895-treinta días después de iniciada la guerra de independencia en lo que se conoce como el Grito de Baire- este es el manifiesto de una guerra anunciada, casi dos décadas después de firmada la paz de Zanjón, en Cuba. Por lo menos cuatro asuntos relevantes  contiene el Manifiesto de Montecristi—suscrito en la ciudad dominicana de ese nombre– que se reiteran de principio a fin:

1-La anunciación de la guerra, necesaria e inevitable;

 2-La crítica y distanciamiento de las guerras de independencia de América Latina a principios del siglo XIX;

3-La reafirmación de que Cuba cuenta con las condiciones necesarias para convertirse en una república independiente;

4-La diferenciación entre las poderosas fuerzas militares y económicas españolas que hacen inevitable la guerra, y el pueblo o las masas, incluyendo a los españoles que residen en Cuba y los soldados que son enviados a combatir a los cubanos.

No es corto en calificativos su autor, José Martí, para referirse a la guerra anunciada, cuyo objetivo es, según afirma, el saneamiento y la emancipación del país, para bien de América y el mundo. Será una guerra civilizada, juiciosa, no vengativa, ordenada, moderada, indulgente, fraternal, sin odios, respetuosa, piadosa, culta, pensadora y magnánima, sana y vigorosa,  dador de vida plena, “revolución del decoro, el sacrificio y la cultura digna”, no la ineficaz y desautorizada del extranjero. Inflexible solo con el vicio, el crimen y la inhumanidad.

Tienen claro los firmantes-el Delegado del PartidoRevolucionario Cubano (PRC) José Martí y Máximo Gómez, patriota dominicano que sería General en jefe del Ejército Libertador-cuál es su aspiración política: una república democrática y popular, la fundación de un pueblo, fruto de una ‘fusión sublime’; una ‘república moral’ y un archipiélago libre; un pueblo conocedor de la práctica  moderna del gobierno y el trabajo.

Es un discurso de su tiempo, influido por la modernización y articulado en momentos en que en Europa se consolidan naciones y nacionalidades. Tenemos aquí algunos anacronismos que confluyen. De un lado la colonia que quiere seguir el rumbo republicano de las naciones europeas. Pero al mismo tiempo esa colonia difícilmente puede mirarse en el espejo de la metrópoli española para tomar ‘prestado’ o mimetizar aspiraciones nacionales y sociales.

Lo cierto es que España no parece ofrecerle un modelo a los revolucionarios cubanos, no sólo porque se trata de la potencia que intenta impedir la independencia de la colonia, sino porque aquella España se ha quedado a la retaguardia del desarrollo de los tiempos.

Para los manifestantes de Montecristi, España es lenta, desidiosa, viciosa, con un ‘trono mal sujeto’, inepta, corrupta, una ‘monarquía inerte y aldeana’. España es lo viejo en todo sentido. De ahí que en el documento  se recaba el apoyo de los españoles, no sólo por la relación filiar hijos-padres que se establece allí, sino que se argumenta que, después de todo, la masa es también víctima en la metrópoli de los mismos que sojuzgan a los cubanos en la colonia.

Esa distinción pueblo oprimido-gobierno opresor, trasladada ahora al propio pueblo español, es una de las expresiones más  lúcidas por lo profunda, de este documento. Pero, claro, no se trataba del poderoso y moderno imperio británico que dominaba en la India y en buena parte del planeta, cuna de la Revolución Industrial y dueña de los mares, además que escenario del avance republicano y liberal. Por lo que, es de suponer que la aportación del imperio español al discurso ideológico de los revolucionarios buenos-republicanos y demócratas-se daría por la vía de la negación, apropiándose en vez de la experiencia de Inglaterra, Francia y otras naciones europeas donde sentaron sus bases las ideas ‘modernas’ del siglo XIX.

Ese deslinde ideológico es notable también en la caracterización que se hace en el Manifiesto de Montecristi de las luchas de independencia de América Latina, a principios del siglo pasado. Se dice que de esas luchas surgieron ‘repúblicas  feudales y retóricas’, se critica el mimetismo pasivo de moldes extranjeros, la inexperiencia de las elites cultas que dirigieron el proceso independentista y que estaban amarradas a las costumbres de la colonia, que abandonaron a su suerte a los indios y han dado como resultado repúblicas atrasadas económicamente.

Antes que Mariátegui en sus Ensayos, ya Martí está señalando las carencias fundamentales de las naciones nacidas de aquellas luchas decimonónicas y aclarando que esa no es su aspiración para Cuba; reflejo del carácter selectivo que hace el colonizado de las ideas de su época,  emanadas de Europa en lo fundamental, para construir su propio discurso diferenciador. Para no dejar de serlo, lo es hasta de las colonias cuyas luchas le han precedido en el tiempo.

Pero Cuba ya es, en opinión de Martí y de quienes respaldaban del Manifiesto de Montecristi, cívica y culta, benigna y moderna, con convicciones democráticas y nacionalidad definida, fruto de la unión de diversos grupos y sectores. A riesgo de la utopía que pueda estar implícita, se habla allí del pueblo cubano  como uno homogéneo y unido en el propósito republicano; capaz de hacer la revolución y transformarse en una sociedad superior. Superior incluso a la sociedad de la metrópoli.

Tanta seguridad proyectan estos que anuncian la guerra,  que definen su patria como eje del comercio mundial, crucero del mundo y a ellos mismos como fundadores de la patria y la nación.

Este es un ejemplo de lo que Chaterjee denomina nacionalismo positivo, es decir,  un nacionalismo que se convierte en instrumento de liberación, en herramienta para dar el salto del colonialismo a la república. Es la típica formación nacional que se da en el marco colonial, lo que suele ocurrir en el mundo no europeo y particularmente en el mundo dominado por Europa.

Ocurre además una contradicción que evidentemente es aprovechada por los revolucionarios cubanos en su favor. El atraso histórico de no haber alcanzado la independencia en las primeras décadas del siglo XIX, frustrando las aspiraciones bolivarianas en ese sentido, le ha permitido a los cubanos aprender de los errores y desaciertos de aquellas primeras naciones latinoamericanas. Mientras tanto, se iban articulando los cimientos de la nacionalidad, forjándose una literatura y unas tradiciones diferenciadoras de la metrópoli, que desembocarían en la Guerra de los 10 años y en la conflagración que estaba por iniciarse a mediados de los noventa.

O sea, que fueron madurando las condiciones que daban forma a la nacionalidad, las pugnas económicas con la esclavitud negra, cuyas contradicciones fundamentales Martí da por resueltas en el Manifiesto, la cubanización de la lengua ‘materna’ y el deslinde de aspiraciones políticas y sociales con la metrópoli.

Se va forjando la tradición de una nación que ya es y que a la vez esta por ser. Pero es la visión del porvenir, que tiene como bandera la modernización, la occidentalización en su sentido mas liberal. Todo ello en el marco de una lucha revolucionaria que se planea, y que se pretende que sea revolucionaria no sólo por lo que de revolucionario tenga pasar de la colonia a la república, sino por el pliego de definiciones que tendrá esa guerra-ya lo hemos mencionado al principio-que deberán moldear luego la nación independiente que aflore de la guerra.

El rechazo claramente expresado en la crítica a las luchas del siglo XIX, a la concepción elitista de la lucha anticolonial y revolucionaria, y en su lugar el reconocimiento de que es el pueblo todo el que aspira a la libertad-por más  que sea idealización del puebl-acerca a Martí y al PRC al reconocimiento de que sólo con el respaldo y la participación popular se puede alcanzar la victoria. No se refiere el Manifiesto a una clase social en particular y al hablar de los económicamente poderosos se refiere a los españoles; pero sabemos cuantas diferencias y problemas tuvo que enfrentar Martí con los señores tabaqueros cubanos, sobre todo en el exilio en Estados Unidos. No obstante, en el discurso nacional se obvian esas contradicciones para enfrentarse monolíticamente a la metrópoli, que se intenta quebrar entre opresores y oprimidos.

Es posible identificar claves de interpretación del discurso plasmado en el Manifiesto de Montecristi: una España monárquica y atrasada, una América Latina independiente a medias; unos Estados Unidos arrebatadores y en pleno apoderamiento del Caribe antillano y centroamericano; Cuba con una condición económica y social madura para el cambio, significativamente autosuficiente y estable; la experiencia de los fundadores de la patria, en el exilio y en el propio país; un grupo letrado que ha reconocido la necesidad de unir la teoría a la acción de las masas para materializar sus aspiraciones políticas nacionales.

En esas circunstancias, cabría pensar con Martí que esa guerra anunciada era tan necesaria como inevitable.

Sustraído del reformismo, el discurso independentista y revolucionario según expuesto en el Manifiesto, podría asegurar el aprovechamiento de los avances de las nuevas y viejas metrópolis, desechando lo inútil y particularmente asegurando la autodeterminación como objetivo inalienable. Quizá por eso el discurso revolucionario martiano sigue teniendo vigencia para muchos, especialmente para quienes viven en condiciones del viejo o el nuevo colonialismo.

La lectura de este documento constituye una experiencia iluminadora. Es una valiosa posibilidad para la introspección, un atentado contra el insularismo que a veces nos hace sentir aislados y náufragos, como si la nuestra fuera una situación sin precedentes.

Ha sido además un recordatorio de la urgencia de que volvamos continuamente a la historia, a los primeros procesos en que se ha constituido la nacionalidad, hayan sido estos en Europa o en las colonias, algunas de las cuales todavía, en vísperas del siglo XXI, están por escribir sus manifiestos.

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Madre América

Primero los pobres, son los migrantes haitianos

Adalberto Santana

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En este año de 2021 un acontecimiento que llama la atención en todo el orbe y que lo cubren diversos medios de información y genera diversas opiniones, son los nuevos casos de la migración irregular, migración forzada y/o económica, autoexilio o simplemente exilio político o social. También parecería una diáspora o destierro de amplios sectores del pueblo haitiano. Drama del pueblo que fue el primero que se liberó del colonialismo europeo en nuestra América. Sin embargo,  hoy soporta la indiferencia o peor todavía, la represión de los aparatos represivos de los estados latinoamericanos  al alentar  la marginación  social en su drama migratorio.

En la frontera sur de los Estados Unidos, ahí en su límite lindante con México, donde convergen del lado texano Del Río  y Ciudad Acuña en el estado mexicano de Coahuila, se acumulan miles de migrantes haitianos (hombres, mujeres y niños). Algunas estimaciones hablan de más de 14 mil ciudadanos caribeños. Es el drama de  la migración del país más pobre de América Latina y el Caribe. El que ha sufrido en los últimos tiempos el magnicidio de su presidente, la violencia de las bandas delincuenciales y de los fenómenos naturales como los terremotos como el de 2010 y el más reciente del 14  agosto de 2021, pero también de tormentas y huracanes en este mismo año, los que finalmente desembocan en  desastres sociales. A la par de todo ello, los migrantes son reprimidos por los rangers texanos que nos recuerdan en el drama de sus imágenes, la era de la esclavitud en el sur de los estados de la tristemente  “Cofederate State of America” (“Estados Confederados de América”) que existió de 1861 a 1865. Esta tenía como característica más notable ser una asociación de gobiernos esclavistas. Pero la policía migratoria mexicana, Instituto Nacional de Migración (INM) no se queda muy atrás. El instinto segregacionista y represivo de los agentes migratorios que tienen fama de corruptos y por sus nexos con el crimen organizado. Especialmente con las redes de la trata de seres humanos que operan en la economía sumergida donde fluyen grandes ríos de dinero, productos del mercantilismo de la mafia migratoria (“coyotes o polleros”), ponen al gobierno de la llamada Cuarta Transformación (4T)  en un predicamento.

Haciéndose eco en defensa de los migrantes haitianos y de otros países latinoamericanos y del mundo que buscar transitar por territorio mexicano rumbo a los EU, los Diputados del Parlamento Europeo, especialmente los eurodiputados de la Izquierda Europea y del Grupo de los Verdes, han reclamado por el cambio de la política migratoria mexicana que “comenzó con una política migratoria de puertas abiertas y de garantías para la regularización para las personas que ingresaban, principalmente, por la frontera sur”, pero que cambió “a partir de la presión económica ejercida por el gobierno de Estados Unidos en junio de 2019”  (La Jornada, 24/sept./21).

Dicha política, en palabras del represivo del Jefe del INM, Francisco Garduño Yañez, expresadas en un tono anti derechos humanos y con total desparpajado, dignas de la ultraderecha, a la pregunta que si México es un país de fronteras abiertas, respondió: “-No, nunca lo ha sido, y no hay país con fronteras abiertas, todos tienen condición migratoria. Válgase el ejemplo, que no es similar, pero hasta en el cielo hay control migratorio…” Y al preguntarle: -¿Ni por cuestión humanitaria?, llegó a responder: “-NO, hay una condición para poder entrar al país” (La Jornada, 23/sept./21).

Así, las reiteradas imágenes de los migrantes haitianos, centroamericanos y de otras partes del mundo por suelo estadounidense y mexicano, cuando son golpeados por los rangers texanos o por los agentes migratorios de la 4T, hacen todavía más crudo el drama migratorio de los pueblos más vulnerables de nuestra América. Lo testimonian los mismos migrantes como Claudia quien acompañada de su pequeño hijo de cuatro años, denunciaba: “-Regresar a Haití es condenarnos a muerte; no hay seguridad, en ningún lado, no hay comida, ni trabajo, ni atención médica. Queremos quedarnos en México y llegar a Estados Unidos para trabajar; no queremos hacerle daño a nadie” (ibíd.). Asimismo,  Médicos Sin Fronteras han denunciado en un comunicado sobre el drama haitiano tanto en la frontera norte y sur de México, que “… es insostenible y de una vulnerabilidad extrema debido al fracaso de las políticas de asilo y las continuas deportaciones. En ese sentido, consideramos lamentable la decisión de retornar a la fuerza a cientos de personas en vuelos directos a Haití, de donde vienen huyendo debido a la crisis que afecta desde hace décadas al país” (Ibid). Esa organización también ha sufrido el hostigamiento de los agentes migratorios mexicanos.

En diversos países latinoamericanos, ya sea en el norte de Sudamérica y por Centroamérica, el éxodo de esos ciudadanos haitianos que proceden de Chile, Argentina y Brasil, buscan seguir subiendo al norte. Se estima que en Colombia se ubican unos 19 mil migrantes. En lo que va del año entre Colombia y Panamá, por la selva del Darién han cruzado miles de personas en lo que va de 2021. La migración irregular o exilio económico y social, es un fenómeno político que sigue siendo una constante en la realidad de gran parte de los países de nuestra América. Hoy en día los migrantes de esas enormes caravanas son los más vulnerables de nuestros pueblos, carecen de empleo, vivienda, atención médica y sufren hambre y pobreza. Pero también son los más expuestos a la corrupción de las autoridades migratorias y su perversa asociación con la delincuencia organizada.  Es uno de los drama más impactantes de nuestra América, a la  cual la derecha latinoamericana no le interesa ni le preocupa en lo más mínimo.  Para la izquierda oficial, parece que le es un tema marginal. Sin embargo, para las organizaciones de la sociedad realmente comprometidas con los más vulnerables y para las comunidades religiosas que apoyan a los migrantes en su diáspora, se ha convertido  es un deber moral y humano digno de elogiar pero también de apoyar y solidarizarse con los más humildes: primero los pobres que hoy son los migrantes haitianos.

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