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Madre América

Capitolio, democracia y economía

Juan J. Paz y Miño Cepeda

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El año 2021 empezó con un acontecimiento de impacto mundial: la toma del Capitolio en Washington DC, el 6 de enero. Alentados por el presidente Donald Trump, quien se negó a reconocer los resultados electorales a favor de Joe Biden, los manifestantes que participaron en el cerco al Capitolio (tratados como amigos” y “grandes patriotas”), pertenecen a diversas organizaciones: MAGA, QAnon, Proud Boys, Oath Keepers, Boogaloo Bois, Bundy Ranch, “Confederados” y otras agrupaciones neonazis, racistas, supremacistas blancos. No lejos se hallan sus parientes políticos: Asociación Nacional del Rifle, Ku Klux Klan, Tea Party, White Power, Skin Heads, Metal Militia. También empresas y gigantes intereses económicos que han sostenido a Trump y sus acciones para recuperar la hegemonía mundial bajo la consigna del “America First”.

Entrevistado por la BBC, el profesor de la Universidad de Harvard, Steven Levitsky, sostuvo que lo sucedido responde a “cuatro años de desacreditar y deslegitimar la democracia” por parte del Partido Republicano y del presidente; lo ha juzgado como “un intento de autogolpe” y no ha podido menos que sentenciar: “la democracia estadounidense es un desastre.https://bbc.in/3nLQ9Ni

En su libro “Capitalismo Progresista” (2020), el premio Nobel de economía, Joseph Stiglitz, ha verificado que a la crisis de la democracia norteamericana durante la “era Trump” acompañó una administración económica que descuido la atención social, aunque profundizó el poder y la riqueza en una elite de multimillonarios y empresas, al compás de los supuestos del mercado libre.

Pero el “derrumbe” de la democracia y de la economía es el signo de los tiempos en todo el continente.

En América Latina el nuevo año se inicia sobre la grave herencia del 2020. La pandemia del Coronavirus no sólo ha resultado un acontecimiento excepcional que alteró la vida cotidiana en todos los países, sino que ha cobijado el profundo desequilibrio de sus economías. De acuerdo con la CEPAL, la región tendría su peor crisis económica en 120 años, con un derrumbe promedio del 7.7% en el PIB https://bit.ly/3nP9oFJ; y según el Panorama Laboral 2020 de la OIT, la desocupación subirá al 10,6%, lo que significa que las personas que buscan empleo pasa a 30,1 millones, mientras que unas 23 millones de personas salieron de la fuerza laboral temporalmente y han perdido sus empleos y sus ingresos. https://bit.ly/3sCbnAX. La CEPAL considera que en el 2021 habría una ligera recuperación de las economías, pero la OIT advierte que la tasa de desocupación podría subir hasta el 11,2%. 

Sin embargo, mientras la propia CEPALargumenta que el problema está en el “modelo de desarrollo”, demostrando en sus estudios que no es sostenible, resulta injusto, agrava las condiciones sociales y no provoca desarrollo, sino beneficios para pocos y con grave concentración de la riqueza, los gobiernos conservadores, que hoy predominan en la mayoría de países latinoamericanos, encontraron en la pandemia del Coronavirus el pretexto ideal para culpar del deterioro económico y social a un agente externo, inédito e imprevisto.

En forma más clara y directa, desde la perspectiva histórica continental es necesario afirmar que el año de la pandemia demostró que los modelos de economía empresarial y neoliberal no sólo han agravado las condiciones de vida y trabajo de amplios sectores humanos, sino que minaron las bases de la democracia institucional. De modo que lo sucedido en los EEUU es comparable con la conflictividad que se vive en América Latina, porque las derechas económicas, políticas, mediáticas, ideológicas y hasta académicas, han logrado converger, junto con el americanismo imperialista, en la defensa del modelo de desarrollo que la CEPAL cuestiona, es decir, en un tipo de economía que pretende empresarios y mercados dueños de los recursos de cada país, controladores del Estado y dominadores del conjunto de la sociedad. 

Para la vida democrática ello ha significado que esas mismas derechas traten de impedir el ascenso histórico de las nuevas izquierdas sociales, identificadas con trabajadores, indígenas, campesinos, movimientos sociales, capas medias, sectores populares, medianos y pequeños empresarios, que buscan liquidar definitivamente los modelos neoliberales de las elites empresariales hegemónicas en la economía, y aspiran a economías sociales, con Estados que impongan los intereses nacionales sobre los intereses capitalistas privados.

Esas nuevas fuerzas históricas marcan, hasta el momento, el ascenso social y político del siglo XXI. Lograron expresarlas los gobiernos del primer ciclo progresista en América Latina, que han merecido numerosos estudios por la novedad de sus administraciones, sus logros sociales, sus triunfos electorales e incluso las posibilidades de construcción del “socialismo del siglo XXI”.

Desde luego, el progresismo del primer ciclo ya demostró sus avances y también sus límites. El triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador, Alberto Fernández y Luis Arce, en México, Argentina y Bolivia, respectivamente, ha permitido hablar de un segundo ciclo progresista. Bajo ese marco, en2021 habrá elecciones presidenciales en Chile, Perú, Ecuador, Honduras y Nicaragua. Al importante proceso constituyente de Chile ha acompañado el fortalecimiento de las izquierdas. En Ecuador, aunque bajo condiciones adversas, la candidatura de  Andrés Aráuz encabeza todas las encuestas para las elecciones presidenciales del 7 de febrero, en una coyuntura con 16 binomios y en la cual la polarización política se presenta con la candidatura del banquero Guillermo Lasso.

Pero sería un error histórico reducir las fuerzas del progresismo de nueva izquierdasocial al progresismo político-partidista y mucho menos a un candidato específico. La tendencia determinante de lo que va en el siglo XXI rebasa la coyuntura, es un fenómeno de largo plazo y, sin duda, asegura los avances; pero enfrenta a fuerzas poderosas, que demostraron las capacidades que tienen para desmontar y perseguir todo aquello que pretenda “destruir” el capitalismo rentista de los modelos empresariales.

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Cuauhtémoc y la rendición de Tenochtitlan en 1521

Sergio Guerra Vilaboy

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Cinco siglos se cumplen este año de la prolongada resistencia de Tenochtitlan al asalto de las huestes de Hernán Cortés, que en abril de 1521 pusieron sitio a la ciudad con el apoyo de miles de guerreros tlaxcaltecas aliados de los españoles. La destrucción de los canales de agua que abastecían la capital azteca y la falta de alimentos sellaron la suerte de los defensores, vencidos por la sed, el hambre y las epidemias, algunas de ellas, como la viruela y la sífilis, desconocidas en América y traídas por los conquistadores. La heroica lucha de sus habitantes, dirigidos por Cuitláhuac-Moctezuma había muerto tratando de calmar la sublevación de su pueblo-, y después por el legendario Cuauhtémoc, se prolongó hasta el 13 de agosto de 1521.

El primer testimonio de la caída de Tenochtitlan procede de las extensas Cartas de Relación del propio Hernán Cortés, dirigidas a la Corona. Son cinco, escritas desde 1519, aunque la inicial nunca se encontró y sólo se conoce por el resumen incluido en la obra Segunda parte de la crónica general de las Indias que trata de la conquista de México (1552) de Francisco López de Gómara. Se trata de la misiva que envió Cortés a Carlos V, junto con regalos entregados por Moctezuma, cuando marchaba hacia el altiplano central de México, en la que prometía un nuevo reino “con título y no menos mérito que el de Alemania, que por la gracia de Dios vuestra sacra majestad posee”.

Las cuatro cartas se conservan en la Biblioteca Imperial de Viena. Tres se publicaron por primera vez en Sevilla (1522-1523) y Toledo (1525) y fueron muy difundidas, mientras la última estuvo inédita hasta 1842. En la segunda de ellas, fechada el 30 de octubre de 1520, Cortés relata el sometimiento del cacique de Zempoala y su alianza con los tlaxcaltecas, el avance hacia el territorio azteca y el encuentro con Moctezuma, incluyendo la tremenda impresión de los europeos al llegar a la espectacular Tenochtitlan, que denomina Temixtitan. El conquistador la describe con amplias calles que por un lado dan al agua, por donde andan canoas, y que es “tan grande y de tanta admiración, que…es casi increíble, porque es muy mayor que Granada y muy más fuerte, y de tan buenos edificios y de muy mucha más gente que Granada tenía al tiempo que se ganó, y muy mejor abastecida de las cosas de la tierra, que es de pan y de aves y caza y pescados de los ríos, y de otros legumbres y cosas que ellos comen muy buenas. Hay en esta ciudad un mercado en que cotidianamente, todos los días, hay en él de treinta mil ánimas arriba vendiendo y comprando, sin otros muchos mercadillos que hay por la ciudad en partes.

Es en la tercera de las Cartas de Relación, fechada el 15 de mayo de 1522, donde Cortés narra, en un lenguaje más agresivo y crudo que en la anterior misiva, los acontecimientos de la rebelión azteca, que obligó a los conquistadores a huir de Tenochtitlan el 30 de junio de 1520 (la “Noche Triste”), hasta la ocupación de la urbe y la captura, el 13 de agosto del año siguiente, de Cuauhtémoc: “Y los bergantines entraron de golpe por aquel lago y rompieron por medio de la flota de canoas, y la gente de guerra que en ellas estaba ya no osaba pelear … un capitán de un bergantín, … llegó en pos de una canoa en la cual le pareció que iba gente de manera; y como llevaba dos o tres ballesteros en la proa del bergantín e iban encarando en los de la canoa, hiciéronle señal que estaba allí el señor, que no tirasen, y saltaron de presto, y prendiéronle a él y a aquel Guatimucín …  señor de la ciudad y a los otros principales presos; el cual, como le hice sentar, no mostrándole riguridad ninguna, llegóse a mí y díjome en su lengua que ya él había hecho todo lo que de su parte era obligado para defenderse a sí y a los suyos hasta venir a aquel estado, que ahora hiciese de él lo que yo quisiese; y puso la mano en un puñal que yo tenía, diciéndome que le diese de puñaladas y le matase”.

Cortés mantuvo en cautiverio a Cuauhtémoc durante cuatro años, para asegurar la colaboración de los mexicas, aunque lo sometió a crueles torturas, quemándole los pies y las manos. En 1525, como relata el propio conquistador español en su quinta Carta de Relación a Carlos V, lo llevó, junto a cientos de indígenas, en su expedición a las Hibueras (Honduras). Durante la travesía ordenó su ejecución, acontecimiento que se conmemora como duelo oficial en México cada 28 de febrero. En el lugar de la capital mexicana donde Cuauhtémoc fue apresado por los invasores europeos, en las inmediaciones del actual mercado de Tepito, hay una placa en un muro de la iglesia de la Concepción con este texto: “Tequipeuhcan. Aquí fue hecho prisionero el Emperador Cuauhtemotzin la tarde del 13 de agosto de 1521”.

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Gobierno nacionalista de J.J. Torres en Bolivia

Sergio Guerra Vilaboy

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Uno de las víctimas más connotadas de la tenebrosa Operación Cóndor, que mencionamos la semana pasada en Informe Fracto, fue el expresidente de Bolivia general Juan José Torres (1920-1976).  A principios de los años setenta, bajo el tremendo impacto de la malograda guerrilla del Che Guevara, se fue vertebrando en la república andino-amazónica un grupo militar partidario de transformar la atrasada estructura socioeconómica y la dependencia del país. Encabezado por el jefe del estado mayor general J.J. Torres, esos altos oficiales estaban influidos por las acciones revolucionarias de los militares peruanos vecinos, llegados al poder en 1968 con el general Juan Velasco Alvarado.

Torres era un militar de carrera, que en 1946 había estudiado artillería en la Argentina, presidida entonces por el coronel Juan Domingo Perón. Opuesto cinco años después al golpe del alto mando para impedir la victoria electoral del Movimiento Nacionalista Revolucionaria (MNR), el joven oficial fue dado de baja del ejército y volvió a la Argentina peronista exiliado, hasta que pudo regresar a Bolivia, al triunfar la revolución de 1952, y reincorporarse a la vida militar.

Después del ascenso al poder del general Alfredo Ovando, en septiembre de 1969, Torres y otros oficiales impusieron al nuevo presidente boliviano el titulado Mandato Revolucionario de las Fuerzas Armadas de la Nación, que mezclaba postulados nacionalistas con viejos clichés anticomunistas. Sometido a esa presión, Ovando tuvo que derogar el entreguista Código Davenport y nacionalizar, el 16 de octubre de 1969, la empresa norteamericana Gulf Oil Corporation. El propio general Torres se encargó de ocupar manu militari las instalaciones de la empresa estadounidense y de organizar una concentración popular en la Plaza Murillo para respaldar la medida.

La oposición de Estados Unidos no se hizo esperar, en forma de presiones diplomáticas y sanciones económicas. A partir de marzo de 1970, luego de la visita a La Paz de Charles A. Meyer, secretario auxiliar del Departamento de Estado norteamericano, Torres fue apartado de la jefatura del ejército en medio de una ofensiva de la derecha contra las fuerzas progresistas. El colofón fue un golpe fascista, el 4 de octubre de ese mismo año, paralizado tres días después por la enérgica reacción del general Torres desde la base aérea de El Alto, apoyado por los sindicatos obreros, que se declararon en huelga y ocuparon las principales instituciones del país.

Nombrado presidente de Bolivia, Torres no se atrevió a aprobar el programa revolucionario de 21 puntos que le presentaron los trabajadores, aunque firmó una serie de medidas progresistas en los nueve meses de su mandato. Entre ellas estuvo la reversión al estado de las concesiones de tres empresas mineras norteamericanas y la liberación del periodista francés Regis Debray y cinco guerrilleros presos desde 1967. Además, expulsó a los llamados “Cuerpos de Paz”, que encubría a agentes de espionaje estadounidenses, incorporó a Bolivia al Movimiento de los No Alineados, estableció contactos con los gobiernos de Salvador Allende y Fidel Castro, a la vez que permitía sesionar desde el 22 de junio de 1971, en el antiguo parlamento de La Paz, un congreso obrero antimperialista devenido verdadero “poder dual”, al decir del sociólogo René Zavaleta.

La conspiración que dio al traste con el breve gobierno de J.J. Torres, el 21 de agosto de ese año, fue preparada por el propio embajador de Estados Unidos Ernest Siracusa, con el respaldo de los círculos oligárquicos de Santa Cruz encabezados por el coronel Hugo Banzer, quien estableció un gobierno fascista, para impedir que el mandatario consiguiera su declarado objetivo de forjar “la alianza de las fuerzas armadas con el pueblo boliviano”, para construir “la nacionalidad sobre cuatro pilares: trabajadores, universitarios, campesinos y militares”.

Expulsado del país, debió buscar refugio en el Perú de Velasco Alvarado, en el Chile de Allende y finalmente en la Argentina, tras el regreso de Perón (1973). Tres años más tarde, al salir de su casa en Buenos Aires, fue secuestrado (1 de junio) y al día siguiente su cadáver apareció baleado debajo de un puente. El alevoso crimen fue una acción de la Operación Cóndor, organizada por los gobiernos fascistas de Bolivia y Chile, y con la descarnada complicidad de los militares derechistas argentinos y la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos.

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1821, el año en que todo cambió en Hispanoamérica

Sergio Guerra Vilaboy

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1821 fue un año preñado de acontecimientos que dieron un giro radical a la historia de América Latina, cuando ya Paraguay (1813), el Río de la Plata (1816) y Chile (1818) habían conseguido sus respectivas independencias. En Perú, baluarte del colonialismo español, 1821 comenzó con la deposición del virrey Jacobo de la Pezuela por la alta oficialidad de su ejército, que lo sustituyó el 29 de enero por el general José de la Serna. Cinco meses después el flamante virrey se entrevistó en Punchauca con el general José de San Martín, al frente del Ejército Libertador del Perú, que desde fines del año anterior ocupaba la costa norte, incluyendo la rica ciudad de Trujillo.

Después del fracaso de esa reunión, donde se valoró el establecimiento de una monarquía independiente en Perú–el trono se ofrecía a los Borbones-, con el consentimiento de los españoles, las tropas realistas se retiraron de Lima el 6 de julio de ese año hacia la fortaleza Real Felipe de El Callao y el Cuzco.  Ocupada la capital peruana por los patriotas, San Martín proclamó en ceremonia pública y solemne, ante la presencia del claustro de la Universidad de San Marcos de Lima, las corporaciones religiosas, jefes militares, los oidores y representantes de los pueblos originarios que “Desde este momento Perú es libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa.”  Unos días después, el 6 de agosto, el propio San Martín asumió el gobierno como Protector de la Libertad del Perú y luego envió una delegación a Europa en busca de un monarca para el extinto Virreinato de Nueva Castilla.

Casi al mismo tiempo, en Nueva España, luego de la proclamación del Plan de Iguala, al que nos referimos en nota anterior de Informe Fracto, Juan O´Donojú, recién llegado de España con poderes equivalentes a virrey, y Agustín de Iturbide firmaban el Tratado de Córdoba (24 de agosto), que establecía: “Esta América se reconocerá por nación soberana e independiente y se llamará en lo sucesivo Imperio Mexicano”. A continuación, las fuerzas realistas de la capital virreinal, encabezadas por el mariscal español Francisco Novella, que habían depuesto hacia dos meses al virrey Apodaca, se rindieron el 13 de septiembre al Ejército Trigarante. 

Dos días después, el capitán general de Guatemala, Gabino Gaínza, ante las noticias de estos acontecimientos y bajo la presión de manifestantes callejeros, organizados por los criollos José Francisco Barrundia y Pedro Molina, promulgó también la separación de España, en una declaración redactada por el hondureño José Cecilio del Valle. El propio Gainza quedaba por el momento encargado del poder ejecutivo como Jefe Político Supremo de las Provincias del Centro de América, esto es, Chiapas–que ya había proclamado su propia emancipación-, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, lo que casi coincidió con la proclamación por Iturbide del Acta de independencia del Imperio Mexicano (28 de septiembre).

El 28 de enero de ese turbulento año de 1821, los habitantes de Maracaibo se levantaron en armas para incorporarse a la República de Colombia, lo que de hecho puso fin al armisticio pactado con España a fines del año anterior. Reanudada la contienda, el ejercito de Simón Bolívar derrotó el 24 de junio a los realistas guiados por el marqués de La Torre –sustituto del mariscal Morillo, de regreso a España- en la batalla de la sabana de Carabobo, que permitió al Libertador entrar triunfante en Caracas cuatro días después. El 19 de agosto su lugarteniente, el general Antonio José de Sucre, procedente de Guayaquil, vencía a los realistas en Yaguachi, interpuestos en su camino para liberar Quito, territorio considerado por la constitución de Cúcuta, aprobada el día 30 de ese mismo mes, junto con Venezuela y Nueva Granada, parte de Colombia.

El 24 de noviembre de 1821, el ayuntamiento de la ciudad de Panamá, encabezado por el gobernador criollo coronel José Fábrega, proclamó también la independencia y solicitó su incorporación a Colombia, después de la partida hacia Quito del capitán general español Juan de la Cruz, acompañado de numerosas tropas realistas. Una petición similar formuló una semana después, para cerrar con broche de oro el decisivo 1821, un grupo de criollos dominicanos, liderados por el segundo gobernador de la colonia, José Núñez de Cáceres y el coronel de las milicias Pablo Alí, tras proclamar el Estado Independiente de la Parte Española de Haití.

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