Madre América
Centroamérica y los Estados Unidos en 200 años de independencia
Publicado
hace 5 añosen
Hay una constante que ha pesado siempre en el devenir centroamericano: su posición geográfica. No hablamos sólo del período republicano, es decir, de la independencia hasta nuestros días sino en general de toda su historia.
Por un lado, ser estrecho puente que une y, a la vez, separa las dos grandes masas continentales del norte y del sur; por otro lado, ser dique entre el Océano Pacífico y el Atlántico; ser barrera, istmo.
Antes que ser humano alguno hollara sus tierras, su ubicación geográfica ya determinaba rasgos que la caracterizarían y diferenciarían del resto del continente. Siendo puente, especies vegetales y animales encontraban a través suyo la forma de transitar de sur a norte y viceversa, pero también de convivir como no lo hacían en sus respectivos hábitats norteños o sureños.
Por otra parte, en Centroamérica se extinguen especies que no reaparecerán en el sur, o del sur que no reaparecerán en el norte. Una zona especial para tal tipo de extinciones es la depresión del lago Cocibolca, también conocido como Gran Lago de Nicaragua. Los grandes bosques de coníferas que pueblan gran parte de los montes de las alturas mayores a los 1000 metros en el norte del continente, por ejemplo, desaparecen en esta depresión; al otro lado, cuando el territorio vuelve a ganar altura y el lago deja de ser un obstáculo, las coníferas se convierten en especies exóticas que solo existen ahora por haber sido introducidas artificialmente por la acción humana.
Una vez presente el ser humano, su forma específica de existir en el mundo, es decir, su cultura, también se vio afectada por esta transitividad de la región. En el norte, el espacio civilizatorio mesoamericano, con todas sus expresiones culturales particulares, la cultura náhuatl, los toltecas, los olmecas, los mayas. En el sur, las culturas chibchoides, que poblaron los ubérrimos bosques del sur de Costa Rica, Panamá, Colombia, y que colindaron con el espacio civilizatorio andino quechua. En el norte las grandes construcciones piramidales sobresaliendo entre la floresta que como mar se extendía sobre las planicies de Yucatán, de Belice, de Guatemala, colindando con las transparentes aguas del mar Caribe. En el sur la filigrana del oro, la fraternización con la naturaleza, las casas cónicas de techo de palma, frescas entre la humedad y el calor de la selva.
En Centroamérica las culturas del norte y del sur se tocaron las manos, convivieron durante miles de años, se mezclaron e influyeron mutuamente.
Durante todo ese larguísimo período que dura más de 12,000 años, antes de la llegada de los europeos a nuestras costas, lo que hoy denominamos como Centroamérica fue puente y no barrera, porque quienes aquí vivían sabían que era una estrecha faja que se cruzaba a pie entre el follaje en unos cuantos días.
Fue con la llegada de los europeos, obsesionados con encontrar un paso que evitara las largas travesías hasta el Cabo de Hornos y el estrecho de Magallanes, que Centroamérica fue entendida como istmo, es decir, como barrera que no permitía, aunque los tuviera a mano a ambos, el paso del Pacífico al Atlántico y viceversa.
Cuando el gallego Vasco Núñez de Balboa vio por primera vez en 1513, llegado desde la costa del Caribe, el Océano Pacífico, nació para Occidente una de las obsesiones que mayor persistencia han tenido en Centroamérica: primero, la de identificar un paso a través del istmo y, luego, una vez cerciorados que no existía tal cosa, la de construir ese paso aprovechando algunos de los números ríos y lagos.
Desde tiempos coloniales, la Corona española y los franceses (especialmente Napoleón III), exploraron posibilidades y barajaron opciones. En 1524, por ejemplo, Hernán Cortés le envió una carta al emperador Carlos V de España exponiéndole: “el que posea el paso entre los dos océanos podrá considerarse dueño del mundo.” Se pensó, entonces, en el istmo de Tehuantepec, ubicado en la estrecha cintura semidesértica y ventosa mexicana entre Oaxaca y Chiapas. También se exploraron la posibilidad en el área caribeña de la actual Guatemala-en donde ahora se piensa hacer un canal seco-,que comunicara el lago de Izabal, Río Dulce y El Estor, con las tierras bajas de los actuales departamentos guatemaltecos de Zacapa, Jalapa y Santa Rosa en el Pacífico. En Honduras, en 1853 Ephraim G. Squire presentó a los accionistas de la compañía Honduras Interoceanic Railway el reporte preliminar sobre la ruta de construcción de un canal seco para ferrocarril interoceánico que uniría el golfo de Fonseca, en el Océano Pacífico, con la costa de La Mosquitia, en el Caribe.
Pero los dos sitios privilegiados para la excavación de un canal interocéanico, por sus condiciones naturales, fueron Nicaragua y Panamá. Durante mucho tiempo, fue el primero el que se privilegió como opción para localizar el “estrecho dudoso”, y pronto se entendió que este debía ubicarse en el río San Juan, que actualmente sirve de límite entre los estados de Costa Rica y Nicaragua, y el lago Cocibolca.
De hecho, la ruta fue utilizada como canal seco, sobre todo durante la fiebre del oro en California, pues resultaba más rápido y menos dispendioso viajar desde Nueva York hasta el puerto de Greytown en el Caribe nicaragüense, atravesar el istmo por el río y el lago, hacer los últimos kilómetros en diligencia y embarcarse de nuevo hacia los Estados Unidos.
La ruta escogida por la potencias de la época, Francia primero y los Estados Unidos después, para construir el canal fue sin embargo Panamá, posiblemente por la presencia de varios volcanes en la ruta que debía atravesar en Nicaragua, lo que predecía un riesgo telúrico inminente.
Los dos canales interoceánicos, el real (construido en Panamá, y el virtual que aún no se construye en Nicaragua) signaron toda la vida republicana de Centroamérica, pues convirtieron a la región en una zona vital para la seguridad nacional estadounidense que, como se sabe, ha hecho de ésta uno de los bastiones fundamentales de su política internacional.

Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la influencia y presencia norteamericana en la región es anterior al tema del canal. Cuando Centroamérica accedió a la independencia en 1821, las discusiones sobre la forma como debía organizarse el Estado (que en los primeros años incluía a lo que posteriormente serían cinco estados independientes) o el perfil que podía asumir su primera constitución, estuvieron permeadas por el modelo norteamericano. Criollos pro independentistas como José Cecilio del Valle y Pedro Molina, por ejemplo, analizaron la experiencia emanada de la Revolución de Independencia norteamericana, una de las dos grandes revoluciones atlánticas, junto a la francesa, que dieron pie al nacimiento de la modernidad.
Pero el peso geoestratégico del canal puso el punto sobre la i, y ha sido la causa principal para que Centroamérica esté incluida en el primer círculo del anillo de seguridad de los Estados Unidos, y siendo Nicaragua y Panamá los espacios privilegiados para construirlo, fueron los dos países del istmo que han sufrido más directamente la constante presencia de los Estados Unidos en su historia.
En el caso de Panamá, es claro que, aunque sepan rastrearse en el tiempo hechos y procesos que pueden leerse, actualmente, como premonitorios de la separación de Colombia a principios del siglo XX, el hecho determinante fue, sin lugar a dudas, la negativa del congreso de ese país a dar luz verde a la construcción del canal en su territorio, con lo que los Estados Unidos se vieron “forzados” a segregar del país la porción del territorio en donde querían construirlo. Creado el estado panameño y construido el canal, la presencia norteamericana cristalizó en la Zona del Canal, un verdadero Estado dentro de otro Estado, que tuvo tal gravitación en el resto del país que la misma moneda panameña, el Balboa, prácticamente no circuló nunca, dejando que el dólar fuera la moneda en la que se realizaban todas las transacciones.
Y Nicaragua, con su canal virtual, es decir, el que no se había construido pero podía construirse y que los Estados Unidos debían estar vigilantes para que tal cosa no sucediera, también vio toda su historia republicana encadenada a su destino de paso transistmico: en 1855 el norteamericano William Walker, bajo el hálito del Destino Manifiesto que se había convertido en mesiánica orientación de la política exterior norteamericana, invadió Nicaragua y dio pie a la Campaña Centroamérica contra los filibusteros, en la cual las cinco repúblicas centroamericanas unieron fuerzas para terminar expulsando, primero, y fusilando en Honduras, después, al aventurero y sus huestes.
Pero no fue esta la última vez que los Estados Unidos intervinieron groseramente en Nicaragua, pues la tónica durante todo el siglo XX fue su beligerante presencia: contribuyeron a derrocar a José Santos Zelaya, gobernante liberal con veleidades nacionalistas en 1909 y ocuparon el país, manejando el cobro de impuestos, las aduanas y el Banco Central (hasta la guardia personal del presidente, que estaba conformada por Marines) hasta 1934, cuando la lucha de Augusto César Sandino logro echarlos, no sin que antes dejaran conformada la tenebrosa Guardia Nacional comandada por Anastasio Somoza García, primer representante de una dinastía de dictadores que no sería derrocada sino hasta el triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional en 1979.
Y como es harto conocido, con el presidente Ronald Reagan como principal adalid de la intervención, crearon, alentaron y financiaron a la contra revolución contra los sandinistas, la cual desangró a la nación a tal punto que, exhausta, eligió en 1990 a la oposición, llevando a la presidencia a la señora Violeta Barrios de Chamorro.
Todos los años de vida independiente de Centroamérica han estado signados por esta omnipresencia norteamericana, la cual cristalizó de forma definitiva luego que desplazara, en el último decenio del siglo XIX y primero del XX, a Gran Bretaña, que se había hecho con amplios y estratégicos territorios que permitían una buena posición para el control de la cuenca del Caribe en la costa de Honduras y Nicaragua, en donde había creado la ficción del Reino Mosco o de la Mosquitia, y mantenían el dominio sobre Belice.
Guatemala, por ejemplo, sufrió un cruento golpe de Estado organizado y apoyado por la CIA en 1954, cuando en el marco de la Guerra Fría todo intento nacionalista en la región era visto con suspicacia. Ese golpe de Estado determinó toda la historia guatemalteca de la segunda mitad del siglo XX, que se vio envuelta en una de las guerras civiles más largas del continente, 36 años de enfrentamientos que no cesaron hasta 1996, cuando se firmó la paz entre las partes involucradas.
Durante todo ese largo período de guerra, en el que se cometieron algunas de las mayores atrocidades que se tenga memoria en el continente, y que apenas algunas fueron juzgadas en los tribunales guatemaltecos, los Estados Unidos alentaron y apoyaron al gobierno y al Ejército guatemaltecos; fueron un elemento central en el asesoramiento, la formación de cuadros, el apertrechamiento y el apoyo internacional y económico no solamente del Ejército sino también de los grupos paramilitares de extrema derecha que ayudaron a fundar y con quienes colaboraron.
No hay país centroamericano que no haya sufrido las consecuencias de encontrarse en una región sensible para los intereses norteamericanos. Véase por ejemplo el caso de El Salvador, en donde sin su apoyo el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) habría seguramente derrotado al Ejército en la ofensiva de 1989.
Todo esto se encontró enmarcado en la Doctrina de Seguridad Nacional que le dio a cada país un lugar y un papel en las cuentas que sacaban sus intereses geoestratégicos. Aún Costa Rica, país sin ejército y con una larga tradición pacifista, ha tenido su lugar determinado en este tablero al constituir prácticamente una isla entre dos canales, el real y el virtual, el de Panamá y el de Nicaragua, lo que le otorgo a los ojos norteamericanos una importancia crucial como zona que debe mantener estabilidad política a toda costa, por lo que no ha dudado en transformarse en su principal sostén en períodos en los que el Estado costarricense se encontraba en apuros, como en 1982, cuando llegó a subvencionarlo con más de un millón de dólares diarios con tal que no se “contaminara” de la furia del combate que asoló al resto de Centroamérica en esa década.
Centroamérica pasó, entonces, casi sin solución de continuidad, del colonialismo español al neocolonialismo norteamericano, y ese ha sido su sino a través de la historia. Los Estados Unidos no han actuado, sin embargo, solos, sino con la complicidad de los grupos dominantes locales, que han estado dispuestos siempre ha jugar el papel de intermediarios, de centinelas, de socios menores de los intereses de la gran potencia.
¿Se puede hablar, en estas circunstancias, de independencia? Desde una perspectiva histórica, se puede sólo en algunos cortos tramos: en el período de los “diez años de primavera” guatemalteca entre 1944 y 1954; en los diez años de gobierno sandinista en la década de los 80. Incluso en la actualidad, cuando los sandinistas y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) se han encontrado en el poder político, hay que ser muy cuidadoso para emitir un juicio al respecto. De muy diversas formas, los Estados Unidos saben ejercer control y doblar la voluntad de los gobiernos que tienen líneas de pensamiento y acción que difieren de los suyos.
En el caso salvadoreño, sólo para dar un ejemplo, la dependencia que ha desarrollado el país de las remesas que envían los migrantes salvadoreños es incuestionable, y la necesidad de evitar que se les deporte vuelve vulnerable su política internacional.
A casi 200 años de la independencia, lo centroamericanos hemos sido protagonistas de las más humillantes manifestaciones de neocolonialismo pero al mismo tiempo, y como reacción a tal situación, de gestos, acciones, hechos y procesos que nos han colocado en la vanguardia latinoamericana y mundial en la lucha por un mañana independiente y libre.
El 6 de octubre de 1821 el almirante inglés Lord Thomas Alexander Cochrane (1775-1860), jefe de la flota que había traslado el año anterior al Virreinato del Perú al Ejército Expedicionario del general José de San Martín, sublevó la escuadra, que tenía bandera de Chile, argumentando el atraso en el pago de sus servicios, y se la llevó rumbo norte. La traición de Cochrane fue un severo golpe a la causa de la independencia y debilitó al gobierno de San Martín como Protector de la Libertad del Perú.
Después de merodear con su flota por las costas de México y otros territorios hispanoamericanos del Pacifico, atacando barcos y guarniciones españolas, Cochrane volvió a Chile en junio de 1822, donde trató de indisponer a su gobierno con San Martín. Fracasado en sus propósitos, se puso a las órdenes de Pedro I de Brasil, que contrataba oficiales y soldados desmovilizados de las guerras napoleónicas. Además de dirigir la escuadra imperial brasileña en operaciones contra los portugueses, el almirante británico también reprimió a los republicanos de la Confederación del Ecuador, formada en Pernambuco en 1824, sublevados contra el absolutismo de los Braganza, por lo que fue gratificado con el título de marqués de Maranhao. Luego estuvo en Grecia entre 1827 y 1828, con los independentistas que luchaban contra el imperio otomano, para después dejar sus aventuras, al servicio del mejor postor, para regresar a su tierra natal.
Nacido en Escocia en 1775 en una familia arruinada de la nobleza, a los doce años se había enrolado como tripulante en la marina de guerra británica, donde tuvo una carrera meteórica y ganó cierta notoriedad. Se distinguió en las guerras napoleónicas y llegó a capitán de la armada real y a tener un escaño en la cámara de los lores. Acusado de un mega fraude en la bolsa de valores de Londres, fue expulsado en 1817 de la marina y el parlamento, despojado de condecoraciones, títulos e incluso condenado a prisión. Liberado, puso un aviso en un periódico para conseguir trabajo, anuncio que leyó un representante de San Martín, que lo contrató junto a otros oficiales y marineros británicos.
Al año siguiente, fue recibido por el Director Supremo de Chile, Bernardo O´Higgins, quien organizaba junto con San Martín la campaña para la liberación del Perú, recibiendo el grado de vicealmirante de la naciente flota nacional y la ciudadanía chilena. Además de contribuir a la ocupación de la base naval española más poderosa del Pacífico en Valdivia, el 3 de febrero de 1820, la escuadra de Cochrane transportó unos meses después al ejército de San Martín al Perú. En El Callao encerró a la flota enemiga y en sorpresivo combate naval se apoderó de la fragata Esmeralda, buque insignia de la marina española.
Pero Cochrane no era un patriota desinteresado, sino un mercenario obsesionado por recuperar su fortuna, por lo que cada vez que se apoderaba de una embarcación exigía su botín como si fuera un simple corsario, lo que San Martín no admitió. El tema fue enturbiando la relación entre los dos jefes militares, sobre todo desde agosto de 1821, cuando la situación hizo crisis al apoderarse sin autorización de recursos públicos del gobierno que estaban en una goleta anclada en Ancón. Indignado por el robo, San Martín le ordenó el 15 de septiembre que “restituya, a bordo de los respectivos buques, las propiedades que han sido tomadas de ellos por pertenecer, las más, al gobierno y las otras a los particulares que se hallan bajo mi protección.” Distanciados por el grave incidente, el almirante inglés, declarado en rebeldía, zarpó con la escuadra bajo su mando integrada por dos fragatas, una de ellas la propia Esmeralda, una corbeta, un bergantín y una goleta, lo que mereció el lapidario comentario de San Martín: “Este Lord metálico, cuya conducta puede compararse al más famoso filibustero”.
En 1828, enriquecido y de regreso en Londres, recibió cuatro años después el perdón de la reina Victoria por el fraude cometido y se le permitió heredar el título de conde de Dundonald y recibir el rango honorífico de contraalmirante de la marina real. Al morir con 85 años de edad fue enterrado con honores en la Abadía de Westminster y sobre su tumba se puso la inscripción “Libertador de Chile y Perú”. Quizás, como anota el historiador argentino Norberto Galasso en su biografía de San Martín Seamos Libres y lo demás no importa nada (2009), en reconocimiento al mercenario inescrupuloso que contribuyó a la expansión del imperio británico.
Adenda
Sirvan estas líneas para despedirme de los queridos lectores de la revista digital Informe Fracto y, en particular, de su sección Madre América, que invoca el nombre de un texto paradigmático de José Martí. Quiero agradecer en especial al doctor Carlos E. Bojórquez Urzaiz por la oportunidad brindada, desde abril de 2019, para colaborar en esta aventura del periodismo mediático, que me ha abierto nuevos horizontes. La publicación de más de doscientas cincuenta notas cortas, dos semanales, sobre temas desconocidos, insólitos o mal contados de la historia de América Latina, fue un verdadero desafío. No sólo para mantener una entrega regular y puntual, sino también conseguir que atrajeran a un público amplio y exigente, que de una ojeada pudiera leerlas en sus celulares. Gracias a Informe Fracto, y su excelente equipo editorial, algunas de esas notas aparecen en sendos libros publicados en Chile, lo que reconoceré siempre.
Sergio Guerra Vilaboy
Madre América
El Manifiesto de Montecristi: Desarrollo del pensamiento nacionalista en el mundo colonial
Publicado
hace 5 añosen
septiembre 29, 2021
Con fecha del 25 de marzo de 1895-treinta días después de iniciada la guerra de independencia en lo que se conoce como el Grito de Baire- este es el manifiesto de una guerra anunciada, casi dos décadas después de firmada la paz de Zanjón, en Cuba. Por lo menos cuatro asuntos relevantes contiene el Manifiesto de Montecristi—suscrito en la ciudad dominicana de ese nombre– que se reiteran de principio a fin:
1-La anunciación de la guerra, necesaria e inevitable;
2-La crítica y distanciamiento de las guerras de independencia de América Latina a principios del siglo XIX;
3-La reafirmación de que Cuba cuenta con las condiciones necesarias para convertirse en una república independiente;
4-La diferenciación entre las poderosas fuerzas militares y económicas españolas que hacen inevitable la guerra, y el pueblo o las masas, incluyendo a los españoles que residen en Cuba y los soldados que son enviados a combatir a los cubanos.
No es corto en calificativos su autor, José Martí, para referirse a la guerra anunciada, cuyo objetivo es, según afirma, el saneamiento y la emancipación del país, para bien de América y el mundo. Será una guerra civilizada, juiciosa, no vengativa, ordenada, moderada, indulgente, fraternal, sin odios, respetuosa, piadosa, culta, pensadora y magnánima, sana y vigorosa, dador de vida plena, “revolución del decoro, el sacrificio y la cultura digna”, no la ineficaz y desautorizada del extranjero. Inflexible solo con el vicio, el crimen y la inhumanidad.
Tienen claro los firmantes-el Delegado del PartidoRevolucionario Cubano (PRC) José Martí y Máximo Gómez, patriota dominicano que sería General en jefe del Ejército Libertador-cuál es su aspiración política: una república democrática y popular, la fundación de un pueblo, fruto de una ‘fusión sublime’; una ‘república moral’ y un archipiélago libre; un pueblo conocedor de la práctica moderna del gobierno y el trabajo.
Es un discurso de su tiempo, influido por la modernización y articulado en momentos en que en Europa se consolidan naciones y nacionalidades. Tenemos aquí algunos anacronismos que confluyen. De un lado la colonia que quiere seguir el rumbo republicano de las naciones europeas. Pero al mismo tiempo esa colonia difícilmente puede mirarse en el espejo de la metrópoli española para tomar ‘prestado’ o mimetizar aspiraciones nacionales y sociales.
Lo cierto es que España no parece ofrecerle un modelo a los revolucionarios cubanos, no sólo porque se trata de la potencia que intenta impedir la independencia de la colonia, sino porque aquella España se ha quedado a la retaguardia del desarrollo de los tiempos.
Para los manifestantes de Montecristi, España es lenta, desidiosa, viciosa, con un ‘trono mal sujeto’, inepta, corrupta, una ‘monarquía inerte y aldeana’. España es lo viejo en todo sentido. De ahí que en el documento se recaba el apoyo de los españoles, no sólo por la relación filiar hijos-padres que se establece allí, sino que se argumenta que, después de todo, la masa es también víctima en la metrópoli de los mismos que sojuzgan a los cubanos en la colonia.
Esa distinción pueblo oprimido-gobierno opresor, trasladada ahora al propio pueblo español, es una de las expresiones más lúcidas por lo profunda, de este documento. Pero, claro, no se trataba del poderoso y moderno imperio británico que dominaba en la India y en buena parte del planeta, cuna de la Revolución Industrial y dueña de los mares, además que escenario del avance republicano y liberal. Por lo que, es de suponer que la aportación del imperio español al discurso ideológico de los revolucionarios buenos-republicanos y demócratas-se daría por la vía de la negación, apropiándose en vez de la experiencia de Inglaterra, Francia y otras naciones europeas donde sentaron sus bases las ideas ‘modernas’ del siglo XIX.
Ese deslinde ideológico es notable también en la caracterización que se hace en el Manifiesto de Montecristi de las luchas de independencia de América Latina, a principios del siglo pasado. Se dice que de esas luchas surgieron ‘repúblicas feudales y retóricas’, se critica el mimetismo pasivo de moldes extranjeros, la inexperiencia de las elites cultas que dirigieron el proceso independentista y que estaban amarradas a las costumbres de la colonia, que abandonaron a su suerte a los indios y han dado como resultado repúblicas atrasadas económicamente.
Antes que Mariátegui en sus Ensayos, ya Martí está señalando las carencias fundamentales de las naciones nacidas de aquellas luchas decimonónicas y aclarando que esa no es su aspiración para Cuba; reflejo del carácter selectivo que hace el colonizado de las ideas de su época, emanadas de Europa en lo fundamental, para construir su propio discurso diferenciador. Para no dejar de serlo, lo es hasta de las colonias cuyas luchas le han precedido en el tiempo.
Pero Cuba ya es, en opinión de Martí y de quienes respaldaban del Manifiesto de Montecristi, cívica y culta, benigna y moderna, con convicciones democráticas y nacionalidad definida, fruto de la unión de diversos grupos y sectores. A riesgo de la utopía que pueda estar implícita, se habla allí del pueblo cubano como uno homogéneo y unido en el propósito republicano; capaz de hacer la revolución y transformarse en una sociedad superior. Superior incluso a la sociedad de la metrópoli.
Tanta seguridad proyectan estos que anuncian la guerra, que definen su patria como eje del comercio mundial, crucero del mundo y a ellos mismos como fundadores de la patria y la nación.
Este es un ejemplo de lo que Chaterjee denomina nacionalismo positivo, es decir, un nacionalismo que se convierte en instrumento de liberación, en herramienta para dar el salto del colonialismo a la república. Es la típica formación nacional que se da en el marco colonial, lo que suele ocurrir en el mundo no europeo y particularmente en el mundo dominado por Europa.
Ocurre además una contradicción que evidentemente es aprovechada por los revolucionarios cubanos en su favor. El atraso histórico de no haber alcanzado la independencia en las primeras décadas del siglo XIX, frustrando las aspiraciones bolivarianas en ese sentido, le ha permitido a los cubanos aprender de los errores y desaciertos de aquellas primeras naciones latinoamericanas. Mientras tanto, se iban articulando los cimientos de la nacionalidad, forjándose una literatura y unas tradiciones diferenciadoras de la metrópoli, que desembocarían en la Guerra de los 10 años y en la conflagración que estaba por iniciarse a mediados de los noventa.
O sea, que fueron madurando las condiciones que daban forma a la nacionalidad, las pugnas económicas con la esclavitud negra, cuyas contradicciones fundamentales Martí da por resueltas en el Manifiesto, la cubanización de la lengua ‘materna’ y el deslinde de aspiraciones políticas y sociales con la metrópoli.
Se va forjando la tradición de una nación que ya es y que a la vez esta por ser. Pero es la visión del porvenir, que tiene como bandera la modernización, la occidentalización en su sentido mas liberal. Todo ello en el marco de una lucha revolucionaria que se planea, y que se pretende que sea revolucionaria no sólo por lo que de revolucionario tenga pasar de la colonia a la república, sino por el pliego de definiciones que tendrá esa guerra-ya lo hemos mencionado al principio-que deberán moldear luego la nación independiente que aflore de la guerra.
El rechazo claramente expresado en la crítica a las luchas del siglo XIX, a la concepción elitista de la lucha anticolonial y revolucionaria, y en su lugar el reconocimiento de que es el pueblo todo el que aspira a la libertad-por más que sea idealización del puebl-acerca a Martí y al PRC al reconocimiento de que sólo con el respaldo y la participación popular se puede alcanzar la victoria. No se refiere el Manifiesto a una clase social en particular y al hablar de los económicamente poderosos se refiere a los españoles; pero sabemos cuantas diferencias y problemas tuvo que enfrentar Martí con los señores tabaqueros cubanos, sobre todo en el exilio en Estados Unidos. No obstante, en el discurso nacional se obvian esas contradicciones para enfrentarse monolíticamente a la metrópoli, que se intenta quebrar entre opresores y oprimidos.
Es posible identificar claves de interpretación del discurso plasmado en el Manifiesto de Montecristi: una España monárquica y atrasada, una América Latina independiente a medias; unos Estados Unidos arrebatadores y en pleno apoderamiento del Caribe antillano y centroamericano; Cuba con una condición económica y social madura para el cambio, significativamente autosuficiente y estable; la experiencia de los fundadores de la patria, en el exilio y en el propio país; un grupo letrado que ha reconocido la necesidad de unir la teoría a la acción de las masas para materializar sus aspiraciones políticas nacionales.
En esas circunstancias, cabría pensar con Martí que esa guerra anunciada era tan necesaria como inevitable.
Sustraído del reformismo, el discurso independentista y revolucionario según expuesto en el Manifiesto, podría asegurar el aprovechamiento de los avances de las nuevas y viejas metrópolis, desechando lo inútil y particularmente asegurando la autodeterminación como objetivo inalienable. Quizá por eso el discurso revolucionario martiano sigue teniendo vigencia para muchos, especialmente para quienes viven en condiciones del viejo o el nuevo colonialismo.
La lectura de este documento constituye una experiencia iluminadora. Es una valiosa posibilidad para la introspección, un atentado contra el insularismo que a veces nos hace sentir aislados y náufragos, como si la nuestra fuera una situación sin precedentes.
Ha sido además un recordatorio de la urgencia de que volvamos continuamente a la historia, a los primeros procesos en que se ha constituido la nacionalidad, hayan sido estos en Europa o en las colonias, algunas de las cuales todavía, en vísperas del siglo XXI, están por escribir sus manifiestos.
Madre América
Primero los pobres, son los migrantes haitianos
Publicado
hace 5 añosen
septiembre 27, 2021
En este año de 2021 un acontecimiento que llama la atención en todo el orbe y que lo cubren diversos medios de información y genera diversas opiniones, son los nuevos casos de la migración irregular, migración forzada y/o económica, autoexilio o simplemente exilio político o social. También parecería una diáspora o destierro de amplios sectores del pueblo haitiano. Drama del pueblo que fue el primero que se liberó del colonialismo europeo en nuestra América. Sin embargo, hoy soporta la indiferencia o peor todavía, la represión de los aparatos represivos de los estados latinoamericanos al alentar la marginación social en su drama migratorio.
En la frontera sur de los Estados Unidos, ahí en su límite lindante con México, donde convergen del lado texano Del Río y Ciudad Acuña en el estado mexicano de Coahuila, se acumulan miles de migrantes haitianos (hombres, mujeres y niños). Algunas estimaciones hablan de más de 14 mil ciudadanos caribeños. Es el drama de la migración del país más pobre de América Latina y el Caribe. El que ha sufrido en los últimos tiempos el magnicidio de su presidente, la violencia de las bandas delincuenciales y de los fenómenos naturales como los terremotos como el de 2010 y el más reciente del 14 agosto de 2021, pero también de tormentas y huracanes en este mismo año, los que finalmente desembocan en desastres sociales. A la par de todo ello, los migrantes son reprimidos por los rangers texanos que nos recuerdan en el drama de sus imágenes, la era de la esclavitud en el sur de los estados de la tristemente “Cofederate State of America” (“Estados Confederados de América”) que existió de 1861 a 1865. Esta tenía como característica más notable ser una asociación de gobiernos esclavistas. Pero la policía migratoria mexicana, Instituto Nacional de Migración (INM) no se queda muy atrás. El instinto segregacionista y represivo de los agentes migratorios que tienen fama de corruptos y por sus nexos con el crimen organizado. Especialmente con las redes de la trata de seres humanos que operan en la economía sumergida donde fluyen grandes ríos de dinero, productos del mercantilismo de la mafia migratoria (“coyotes o polleros”), ponen al gobierno de la llamada Cuarta Transformación (4T) en un predicamento.
Haciéndose eco en defensa de los migrantes haitianos y de otros países latinoamericanos y del mundo que buscar transitar por territorio mexicano rumbo a los EU, los Diputados del Parlamento Europeo, especialmente los eurodiputados de la Izquierda Europea y del Grupo de los Verdes, han reclamado por el cambio de la política migratoria mexicana que “comenzó con una política migratoria de puertas abiertas y de garantías para la regularización para las personas que ingresaban, principalmente, por la frontera sur”, pero que cambió “a partir de la presión económica ejercida por el gobierno de Estados Unidos en junio de 2019” (La Jornada, 24/sept./21).
Dicha política, en palabras del represivo del Jefe del INM, Francisco Garduño Yañez, expresadas en un tono anti derechos humanos y con total desparpajado, dignas de la ultraderecha, a la pregunta que si México es un país de fronteras abiertas, respondió: “-No, nunca lo ha sido, y no hay país con fronteras abiertas, todos tienen condición migratoria. Válgase el ejemplo, que no es similar, pero hasta en el cielo hay control migratorio…” Y al preguntarle: -¿Ni por cuestión humanitaria?, llegó a responder: “-NO, hay una condición para poder entrar al país” (La Jornada, 23/sept./21).
Así, las reiteradas imágenes de los migrantes haitianos, centroamericanos y de otras partes del mundo por suelo estadounidense y mexicano, cuando son golpeados por los rangers texanos o por los agentes migratorios de la 4T, hacen todavía más crudo el drama migratorio de los pueblos más vulnerables de nuestra América. Lo testimonian los mismos migrantes como Claudia quien acompañada de su pequeño hijo de cuatro años, denunciaba: “-Regresar a Haití es condenarnos a muerte; no hay seguridad, en ningún lado, no hay comida, ni trabajo, ni atención médica. Queremos quedarnos en México y llegar a Estados Unidos para trabajar; no queremos hacerle daño a nadie” (ibíd.). Asimismo, Médicos Sin Fronteras han denunciado en un comunicado sobre el drama haitiano tanto en la frontera norte y sur de México, que “… es insostenible y de una vulnerabilidad extrema debido al fracaso de las políticas de asilo y las continuas deportaciones. En ese sentido, consideramos lamentable la decisión de retornar a la fuerza a cientos de personas en vuelos directos a Haití, de donde vienen huyendo debido a la crisis que afecta desde hace décadas al país” (Ibid). Esa organización también ha sufrido el hostigamiento de los agentes migratorios mexicanos.
En diversos países latinoamericanos, ya sea en el norte de Sudamérica y por Centroamérica, el éxodo de esos ciudadanos haitianos que proceden de Chile, Argentina y Brasil, buscan seguir subiendo al norte. Se estima que en Colombia se ubican unos 19 mil migrantes. En lo que va del año entre Colombia y Panamá, por la selva del Darién han cruzado miles de personas en lo que va de 2021. La migración irregular o exilio económico y social, es un fenómeno político que sigue siendo una constante en la realidad de gran parte de los países de nuestra América. Hoy en día los migrantes de esas enormes caravanas son los más vulnerables de nuestros pueblos, carecen de empleo, vivienda, atención médica y sufren hambre y pobreza. Pero también son los más expuestos a la corrupción de las autoridades migratorias y su perversa asociación con la delincuencia organizada. Es uno de los drama más impactantes de nuestra América, a la cual la derecha latinoamericana no le interesa ni le preocupa en lo más mínimo. Para la izquierda oficial, parece que le es un tema marginal. Sin embargo, para las organizaciones de la sociedad realmente comprometidas con los más vulnerables y para las comunidades religiosas que apoyan a los migrantes en su diáspora, se ha convertido es un deber moral y humano digno de elogiar pero también de apoyar y solidarizarse con los más humildes: primero los pobres que hoy son los migrantes haitianos.
