El argentino José Antonio Miralla,
(1790-1825), nació en Córdoba del Tucumán. Muy joven conoció en Buenos Aires al
italiano José Boqui, un comerciante de metales preciosos. Juntos viajaron en el
mes julio de 1810 a Lima, Perú. Ya por esa época, estimulado por su amigo,
escribía poesías de temas religiosos y se enrolaron en una conspiración que fue
descubierta por los colonialistas y la mayoría de los complotados terminó en
prisión o el destierro.
Aunque las autoridades acusaron a
Miralla de agitador y ordenaron su expulsión del país, finalmente logró
quedarse y graduó de Bachiller en Medicina. En 1812 viajó a Madrid acompañando,
en calidad de secretario, al conde de Vista Florida, designado miembro del
Consejo de Estado de España por la Regencia.
Al principio Miralla se sentía feliz porque el
Conde promulgaba las ideas liberales, luego cambió de opinión, pues su
protector mudó de casaca, convirtiéndose en fiel devoto del rey Fernando VII.
Entonces el argentino decidió separarse de él y marchó a Londres, y es que
desde tiempo atrás había participado en un debate político escrito para el Mercurio Español, en defensa de los
hispanoamericanos y del liberalismo.
En la capital del imperio británico se vinculó con otros emigrados latinoamericanos independentistas. A Cuba llegó en 1815 e hizo fortuna rápidamente como comerciante. También fue propietario de cañaverales y sembradíos de tabaco. Fundó la casa mercantil Miralla y Compañía que se dedicaba a la importación y venta en la Isla de madera, alimentos, ropa, entre otros productos provenientes de los Estados Unidos. Asimismo se relacionó con la intelectualidad habanera que admiraba su condición de escritor y libre prensador.
Acerca de las cualidades que le ganaron
la simpatía de sus coetáneos nos dice un historiador cubano: “… era de presencia decidora, bien parecido de
cara, trigueña la tez, rizados los cabellos, mirada centelleante, y con
movimientos airosos y desenvueltos propios de quien posee señorío natural. Además, con garbo gentil y trajeado siempre
elegantemente a la moda bonapartina, usando guantes y estoque para realzar más
su prestancia física. A este empaque había que sumarle unas dotes de
conversador tan ameno como elocuente, erudito en literatura universal y en
cuestiones científicas, con pleno dominio de cinco idiomas, amén de la lengua
materna y que sabía matizar las charlas con fáciles improvisaciones en el
cualquier metro poético”, refiere su biógrafo Francisco José Ponte.
El prestigio social de Miralla creció
con su incorporación a la Real Sociedad Patriótica de La Habana el 16 de
febrero de 1816 como miembro de su sección Educación, la de mayor importancia.
Y más tarde, en 1821, integrante de la Junta de Gobierno de la Real Casa de
Beneficencia de La Habana La Revista de la Sociedad Patriótica premió, en 1817,
una memoria suya, donde exponía la necesidad de aumentar la población blanca en
la Isla. Sus inquietudes periodísticas lo llevaron, en el mes de mayo 1820, a
publicar y dirigir el rotativo satírico La
Mosca. Sus colaboradores, que denunciaban los abusos de la época, escondían
su identidad bajo seudónimos. Tuvo vida efímera porque solo salieron 7 números,
cada uno de ocho páginas. El último de ellos se publicó el 13 de junio de este
mismo año.
En 1822 Miralla emigró a los Estados
Unidos para continuar trabajando a favor de la libertad de Cuba, empeño que lo
llevó a Colombia y México, donde falleció en 1825.