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Madre América

La efímera República Mayor de Centroamérica

Sergio Guerra Vilaboy

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En vísperas del primer centenario de la independencia de Centroamérica resurgió con fuerza inusitada el movimiento unionista, como no se veía probablemente desde la época de Francisco Morazán, tema al que dedicamos una nota de Madre América. En realidad, la idea de la reunificación de los países de la región nunca había desaparecido, como demostraron el fallido intento de imponerla manu militari por el presidente guatemalteco Justo Rufino Barrios en 1885, que le costó la vida, y los esfuerzos finiseculares del mandatario de Nicaragua José Santos Zelaya.

Compulsada por el desastre telúrico de 1917, el movimiento unionista brotó en Guatemala entre los opositores a la larga dictadura de Manuel Estrada Cabrera, iniciada en 1898. Este personaje, como Porfirio Díaz en México, se había reelegido en forma ininterrumpida (1904, 1910 y 1916) con el apoyo irrestricto de la oligarquía cafetalera y Estados Unidos, cuyos intereses representaba, en especial los del monopolio frutero norteamericano United Fruit Company, al que concedió grandes extensiones de tierras y exenciones tributarias.

Al frente de la lucha antidictatorial estaba la debilitada elite conservadora, desplazada del poder por la revolución liberal de 1871, y la minúscula burguesía industrial, dueña de una fábrica de cervezas y otra de cemento en la capital, así como algunas pequeñas manufacturas en Quezaltenango. El movimiento contestatario, cuyos líderes eran todos de familias acaudaladas, no alcanzó verdadera fuerza hasta conquistar a las masas populares, en especial a los reducidos núcleos de obreros y artesanos, bajo influencia mutualista.

En 1919 los opositores a Estrada Cabrera fundaron el Partido Unionista, que se proponía el derrocamiento de la dictadura y el restablecimiento de la federación centroamericana al acercarse el centenario de su independencia de España (1821). El programa de esta agrupación incluía también la elevación del nivel de vida de la población, mejorar la instrucción pública y convocar a elecciones para formar un gobierno parlamentario. Con estas banderas, el movimiento unionista creció rápidamente, mientras se incrementaba el descontento por el incesante deterioro de la economía. Huelgas obreras, protestas públicas y motines, pusieron en crisis al régimen que, tras resistir durante toda una semana, cayó el 9 de abril de 1920. Estrada Cabrera fue declarado “enfermo mental” y encarcelado—moriría en prisión tres años después—y en su lugar asumió la presidencia el magnate azucarero Carlos Herrera.

Su gobierno constituyó un breve paréntesis democrático: fue disuelto el congreso cabrerista y se convocó a una Asamblea del Estado, llamada así pues Guatemala, siguiendo el ideario unionista, pasaba a integrarse a la denominada República Mayor de Centroamérica, a la que también se habían adherido El Salvador y Honduras. Otras medidas de Herrera, dictadas bajo la presión del nuevo parlamento, fueron la anulación de los contratos de 1908 con la UFCO, cancelándose además la bochornosa entrega de la antigua planta eléctrica alemana a la Electric Bond and Share. Las posturas soberanas del mandatario, quien tampoco aceptaba las recomendaciones de la Comisión Kemmerer para una reforma monetaria, le granjearon la hostilidad de Estados Unidos y sus aliados guatemaltecos.

Cuando el presidente Herrera se negó a contraer un nuevo empréstito con la banca norteamericana, mientras empeoraba la situación económica por la indetenible caída de los precios del café, el ejército, encabezado por el general José María Orellana, lo derrocó el 5 de diciembre de 1921. A renglón seguido se sucedieron tres gobiernos militares que sacaron a Guatemala del efímero Pacto Federal, derogaron todas las disposiciones nacionalistas, aplicaron la cuestionada reforma bancaria, pagaron una jugosa compensación a la empresa estadounidense que monopolizaba los ferrocarriles, exonerando a la UFCO del pago de impuestos, y legalizaron sus plantaciones en el litoral atlántico (1924). Las endémicas tiranías volvían a la tierra del quetzal, como pronto confirmó el ascenso al poder de un dictador todavía más sanguinario, Jorge Ubico, pero en el imaginario de los pueblos de la región persistiría el ideal de la antigua unidad centroamericana.

Madre América

La teoría de la dependencia

Sergio Guerra Vilaboy

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El triunfo de la Revolución Cubana, seguido de la proclamación del socialismo en la Mayor de las Antillas y el auge de un movimiento revolucionario en todo el continente, abrió las ciencias sociales a la crítica de las tesis tradicionales sobre la existencia en América Latina de rezagos feudales, que debían liquidarse para impulsar el capitalismo, mediante una fase imprescindible de transformaciones democrático burguesas, como proclamaban entonces los partidos comunistas.

Una concepción diferente, que sirviera de sustento a la lucha por el socialismo en este continente, fue el caldo de cultivo para el surgimiento de la llamada teoría de la dependencia, a la que ya se ha referido en Informe Fracto Juan Paz y Miño, en su sugerente texto Dependencia e Industrialización. Desde los primeros momentos, sus seguidores se interesaron en los orígenes del subdesarrollo y las características de los regímenes socio-económicos americanos desde las grandes culturas originarias hasta la contemporaneidad. Con esa finalidad, se pusieron de moda textos relegados de Carlos Marx, Antonio Gramsci y José Carlos Mariátegui.

Los antecedentes inmediatos de la teoría de la dependencia estaban en la producción de dos autores de la primera generación de historiadores marxistas, surgida en los años cuarenta del siglo XX: el brasileño Caio Prado Junior y el argentino Sergio Bagú. Nos referimos a sus obrasFormación del Brasil contemporáneo (1942) e Historia económica del Brasil (1945), del primero, así como en Economía de la sociedad colonial (1949) y Estructura social de la colonia (1952), ambos subtitulados: Ensayo de historia comparada en América Latina, del segundo.

Lo más relevante de las obras de estos dos autores era su tesis sobre la implantación del capitalismo desde los albores de la conquista europea, opuesta a la visión de un régimen colonial marcado por el feudalismo hispano-portugués y a la consagrada interpretación evolucionista del positivismo, que reducía la historia a una sucesión progresiva de etapas, compartida a pie juntillas por la historiografía marxista. Al cuestionar la armónica articulación de las tesis liberal-positivista con el dogma stalinista del escalonamiento de modos de producción, Caio Prado y Bagú no sólo enriquecieron la historiografía marxista latinoamericana, sino que aportaron los nutrientes a la sociología dependentista que haría eclosión en los años sesenta.

Para agitar el debate académico aparecieron ensayos como América Latina, ¿feudal o capitalista? (1966) del historiador chileno Luis Vitale o el conocido libro del canadiense André Gunder Frank: Capitalismo y Subdesarrollo en América Latina (1967), vinculado al marxismo circulacionista de Leo Huberman y Paul Sweezy, divulgado por Monthly Review de Estados Unidos. Después de dos décadas de predominio de la concepción que entendía al subdesarrollo como una rémora precapitalista, se presentaba una novedosa interpretación que lo consideraba consecuencia del sistema capitalista mundial.

De la acalorada polémica de los años sesenta y setenta del siglo XX salieron una serie de textos que rechazaban ciertas conclusiones sociológicas-dualismo estructural, todas las variantes del funcionalismo y el desarrollismo-sobre el proceso histórico latinoamericano, así como las que procedían del marxismo de impronta stalinista. Entre los más conocidos exponentes de la llamada teoría de la dependencia estuvieron los brasileños Fernando Henrique Cardoso, Theotonio dos Santos, Rui Mauro Marini y el afamado periodista uruguayo Eduardo Galeano, quien en su best seller Las venas abiertas de América Latina (1971) llevó estas ideas al extremo. Una de las más fundamentadas críticas a sus presupuestos, que diagnosticaban capitalismo sólo por la existencia de moneda y comercio, exaltando el nacionalismo y menospreciando las luchas clasista autóctonas, provino del sociólogo ecuatoriano Agustín Cueva en su libro El desarrollo del capitalismo en América Latina (1978).

El debate abierto a escala internacional puso de relieve la necesidad de estudios de caso e investigaciones de campo que permitieran la comprobación en la pasada realidad de estas tesis abstractas y permitieran una más fundamentada comprensión de las relaciones de producción, el carácter de la economía, la acumulación del capital, la estructura de clases y otros temas de la historia social y económica de América Latina. De este modo, se abrieron nuevas indagaciones, basadas en los aportes de la moderna historiografía marxista inglesa y francesa, la escuela de los Annales y la New Economic History norteamericana, sobre haciendas, plantaciones, esclavitud, entre otros muchos tópicos, que conllevaron la diversificación de las fuentes utilizadas y abrieron la transición de la historia tradicional a una nueva historia.

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Madre América

Mensaje del escritor cubano Miguel Barnet por el 110 aniversario de la Revolución Mexicana

Miguel Barnet

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La Revolución Mexicana, cuyo 110 aniversario conmemoraremos el próximo 20 de noviembre, marcó para siempre la historia de México, y se convirtió por los ecos de su trascendencia, en un símbolo de rebeldía para el resto de lo que José Martí llamó Nuestra América.

Aquel levantamiento armado liderado por Francisco Madero, que más tarde se convertiría en una guerra civil, tuvo su origen en el descontento del pueblo mexicano por años de injusticia social. Sin embargo, ese despertar de la conciencia no se quedó solo en el intento, sino que tomó cuerpo como parte de las transformaciones políticas y sociales que tuvieron lugar en años posteriores.

La Revolución Mexicana de 1910 fijó un antes y un después en el imaginario latinoamericano. Su estela de cambios en lo agrario, legal, cultural y educativo, la ubican entre las principales revoluciones ocurridas en el mundo durante el siglo XX.

Fueron muchos los mexicanos y mexicanas ilustres que se destacaron en esa larga contienda. Pero baste mencionar a dos que tienen para Cuba un especial significado: Emiliano Zapata y Pancho Villa, generales del sur y del norte respectivamente, hombres de pueblo que se convirtieron en nítidos emblemas de resistencia del movimiento revolucionario.

La Sociedad Cubano-Mexicana de Relaciones Culturales recuerda con admiración el 110 aniversario de este gran acontecimiento y se hace eco de los años de relaciones, diálogos, influencias y confluencias que han caracterizado las profundas relaciones histórico-culturales entre México y Cuba.

¡Viva la Revolución Mexicana!

Miguel Barnet
Presidente
SOCIEDAD CUBANO-MEXICANA DE RELACIONES CULTURALES.

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La plantación esclavista

Sergio Guerra Vilaboy

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La política mercantilista de Holanda, Francia e Inglaterra, impuso desde los primeros tiempos de su ocupación de islas del Caribe, en el siglo XVII, una economía agrícola de exportación con productos de gran demanda como el azúcar, índigo, cacao y café. La masiva utilización de esclavos en esas pequeñas colonias permitió un crecimiento más acelerado de las plantaciones del que tenía lugar entonces en Hispanoamérica. 

La primera potencia europea que fomentó en América una exitosa economía de plantación basada en la esclavitud de africanos–e indígena-fue Portugal, que tuvo su centro en la costa del nordeste del Brasil (Pernambuco) desde fines del siglo XVI. La riqueza azucarera de este territorio atrajo pronto el interés de las demás metrópolis del Viejo Continente y particularmente de Holanda, que se apoderó de esta valiosa porción de territorio brasileño en 1630, aprovechando la favorable coyuntura creada con la fusión de las casas gobernantes de España y Portugal en 1580.  A pesar de que la corona lisboeta terminó convalidando de manera oficial la ocupación holandesa de Pernambuco, los colonos se sublevaron alentados por la separación de los tronos en 1640 y lograron la victoria en 1654.

El proceso de expansión de la economía de plantación por el Caribe fue favorecido por sus condiciones climáticas y geográficas, dado que la distancia entre las Antillas y los puertos del Viejo Continente era tres veces menor que el de las posesiones europeas en Asia. Además, se ubicaban en el paso obligado de las principales rutas mercantiles, del comercio triangular y muy cerca de las fuentes africanas de esclavos. Eso explica que en los comienzos de la revolución industrial, las islas caribeñas se consideraran las tierras más valiosas del planeta, pues sus producciones se pagaban a precio de oro–en particular el azúcar-y los costos eran muy bajos gracias a la explotación intensiva de esclavos. 

Las plantaciones se distinguían por la producción agrícola especializada, a gran escala, para el mercado externo, el predominio del monocultivo, una mayor capitalización que en las viejas haciendas tradicionales, su dependencia de los circuitos mercantiles y la utilización preferente de trabajadores forzados africanos. Importados de lugares tan distantes unos de otros, como Angola y Senegal, la costa oeste y el área contigua a las montañas intermedias de África, esos infelices pertenecían a diversas culturas y hablaban disímiles lenguas: mandingo, ibo, congo y otras.  La trata de esclavos fue tan brutal que sólo al atravesar el Atlántico, durante unas seis semanas, moría al menos uno de cada siete cautivos. Una vez en América, los africanos eran tratados como bestias y obligados a vivir en barracones sin distinción de lengua, origen o creencia. Muchos esclavos se sublevaban contra sus explotadores o huían de las plantaciones como cimarrones, perseguidos con saña por capataces y rancheadores

De todas las economías de plantación la más importante del siglo XVIII fue la de Saint Domingue, que tenía su vértice en la parte noroccidental de la isla La Española. Por aquí había comenzado en el siglo anterior la colonización francesa, que adquirió un ritmo vertiginoso gracias a la economía de plantación. Ya en 1754 la Parte Norte tenía unos 70 mil esclavos, y 325 molinos de azúcar, de los cuales 204 elaboraban el 80% del dulce refinado en toda la colonia, embarcado cada año en Cap François, en más de 500 barcos, con destino a Europa y Norteamérica.

Por su extraordinaria opulencia, la compacta villa de Cap François, capital de la Parte Norte, era conocida como el París de las Antillas, con sólidas viviendas, algunas de dos y tres pisos, iglesias, cuarteles y hospitales. Fue la primera en toda la isla con imprenta, periódico, teatro, librería, clubes y logias masónicas, así como la única sociedad científica. Su primacía era indiscutible cuando, el 20 de abril de 1788, 743 plantadores de esa rica región septentrional de Saint Domingue enviaron una misiva con sus demandas, en 16 folios, dirigida al monarca francés Luis XVI. Redactada por el marqués de Rouvray, la Carta al Rey, encontrada hace poco tiempo y publicada en Santo Domingo por el ex presidente Leonel Fernández (2016), refleja las agudas contradicciones existentes en el actual territorio haitiano en vísperas de la Revolución Francesa, que puso en crisis el régimen de plantación al desencadenar el mayor levantamiento de esclavos de toda la historia de la humanidad.

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