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Madre América

La expansión territorial de Estados Unidos, un libro clave

Sergio Guerra Vilaboy

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Han transcurrido 85 años de la primera edición en La Habana de La expansión territorial de los Estados Unidos a expensas de España y de los países hispanoamericanos, del historiador cubano Ramiro Guerra Sánchez (1880-1970). A pesar del notable crecimiento de la bibliografía sobre el tema, este libro mantiene su vigencia y sigue siendo de imprescindible consulta.

Su autor fue uno de los renovadores de los estudios históricos en Cuba durante la primera mitad del siglo XX, contribuyendo con sus obras, en particular Manual de Historia de Cuba (1938) y la Guerra de los Diez Años (1950-1952), a la formación de una conciencia patriótica y de defensa de la nación. Además, otros dos textos suyos tuvieron una amplia repercusión continental. Nos referimos a Azúcar y población en las Antillas (1927) y a la mencionada La expansión territorial de Estados Unidos,  enfiladas respectivamente contra el monocultivo y la dominación norteamericana sobre los pueblos de Nuestra América.

Esta últimafue resultado de una rigurosa investigación en fuentes bibliográficas y de archivos, sobre todo de Estados Unidos, país en el que su autor vivió después del derrocamiento de la dictadura de Gerardo Machado, del que había sido Secretario de la Presidencia durante su último año de gobierno. Disgustado con la descarnada injerencia estadounidense en los asuntos internos de Cuba, que obligaron al régimen machadista a negociar con parte de la oposición y luego a renunciar, en agosto de 1933, bajo una fuerte presión popular, Guerra se propuso con esta obra denunciar el historial expansionista e intervencionista norteamericano en América Latina desde su formación como nación.

En este enjundioso libro, el historiador cubano explica en forma pormenorizada y fundamentada la conversión de los Estados Unidos, desde su independencia a fines del siglo XVIII, en una potencia geófaga. Relata con lujo de detalles el ascenso de su poderío mediante el arrebato de territorios a España y México, así como por la compra a otros países, como fueron los casos de Luisiana a Francia, Alaska a Rusia, junto a otros espacios más pequeños obtenidos de Inglaterra. El propio autor compara los métodos de este proceso de ocupación de tierras con la brutal conquista de América en los siglos XVI y XVII, y los evalúa como otra etapa histórica de una misma dominación colonial.

Para Ramiro Guerra, en determinado momento de su historia la ocupación física de tierras se hizo innecesaria para Estados Unidos, adentrándose en una “nueva etapa” al finalizar el siglo XIX, al adquirir su expansión un carácter neocolonial, aunque no usa el término. En los últimos capítulos, desnuda los cambios ocurridos en la potencia norteamericana en la siguiente centuria, que no alteraron su esencia expoliadora. Por añadidura, considera que la supremacía política, militar y económica de Estados Unidos se expresó desde entonces en forma mucho más sutil, al asumir modalidades de “orden psicológico”, en alusión al creciente impacto del modo de vida, la mentalidad y los valores de la sociedad norteamericana en los pueblos latinoamericanos, introducidos en su época a través de la enseñanza, la prensa y el cine.

Las entonces novedosas tesis de Ramiro Guerra, quien deliberadamente evita llamar a Estados Unidos por su nombre (imperialismo), lo conducen a valorar que el principal favorecido de la explotación de los pueblos de América Latina y el Caribe no es Wall Street, al que considera simple instrumento, sino la mayoría de los propios ciudadanos norteamericanos, beneficiados conscientes de la rapiña de los recursos y el saqueo de las riquezas de los demás países del continente. Para el historiador cubano, todo este proceso de dominación y subordinación ha sido posible por la falta de una contundente respuesta por parte de los pueblos y gobiernos latinoamericanos, desgastados en luchas intestinas o en guerras fratricidas, “facilitando y precipitando, en la pugna con el adversario invasor la propia derrota vergonzante”.

El extraordinario libro de Ramiro Guerra cierra con un esclarecedor análisis sobre temas entonces de palpitante actualidad, al acusar a Estados Unidos por su abierta hostilidad al Gobierno Revolucionario cubano de 1933 y desenmascarando la novedosa política estadounidense de buena vecindad, que en su opinión sólo cambia aspectos formales y diplomáticos, pero no la esencia de su intervencionismo en América Latina. Por eso concluye con esta advertencia premonitora: “Los Estados Unidos, hoy como ayer, querrán mantener su vida y su pujanza. Si es posible, respetarán el derecho ajeno; si no lo es, erigirán, como en el pasado, en ley su necesidad. Las líneas de menor resistencia del Sur están expuestas de nuevo, si las dificultades apremian en los Estados Unidos, a sentir una vez más, la mano dura del “buen vecino” del Norte”.

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Antecedentes históricos de la CELAC

Sergio Guerra Vilaboy

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Este fin de semana se reunió en Ciudad México la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), surgida en 2011 para unir a los países de la región sin la nociva presencia de Estados Unidos, como ocurre en la desprestigiada Organización de Estados Americanos (OEA). Después de varios años de inmovilidad ante la ofensiva de gobiernos de derecha, la CELALC se reanima con el impulso dado por el presidente Andrés López Obrador y el nuevo panorama político de nuestra América.

Los orígenes de la CELAC hay que buscarlos en la crisis definitiva del colonialismo europeo a fines del siglo XVIII y principios del XIX. Fue el venezolano Francisco de Miranda el primer criollo que concibió un proyecto de integración hispanoamericana, compartido por otros patriotas como Bernardo O’Higgins, Gaspar de Francia, Miguel Hidalgo, Mariano Moreno y José de San Martín. Sobre esa unidad soñada escribió Simón Bolívar en su Carta de Jamaica (1815): “Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse. ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el Corinto para los griegos!”.

A esa aspiración se sumó en 1820 el mexicano fray Servando Teresa de Mier cuando propuso la convocatoria de un cónclave unionista en Panamá que contuviera “las pretensiones que pudiesen formar los Estados Unidos”. En realidad, ese fue el principal objetivo del Congreso Anfictiónico de 1826 convocado por el Libertador, al que asistieron delegados de estados que actualmente son doce repúblicas latinoamericanas, pero que no consiguió fundar la confederación hispanoamericana.

El intento de revivir ese proyecto, tras la muerte del Libertador, correspondió al gobierno peruano que, en reacción a la guerra de Estados Unidos contra México, reunió en Lima (1846) al primer congreso hispanoamericano después del de Panamá. Las continuas agresiones norteamericanas, entre ellas el robo a México de más de la mitad de su territorio (1848) y las depredaciones por Centroamérica de William Walker desde 1854, revivieron los esfuerzos unitarios. En ese ambiente, el pensador chileno Francisco Bilbao proclamó que la América Latina –comenzaba a utilizarse este término- tenía que integrarse, pues en el Norte desaparecía la civilización y emergía la barbarie.

En 1856 se firmaron dos pactos por varias repúblicas latinoamericanas, el Tratado Continental, concretado en Santiago de Chile, y el Tratado de Alianza y Confederación, acordado en Washington. En este último se preveía crear la Confederación de Estados Hispanoamericanos, propuesta por el diplomático guatemalteco Antonio José de Irisarri. La oleada colonialista de los sesenta, entre ellas la intervención francesa en México, compulsó otra vez la anhelada unión continental. En 1864 el gobierno peruano reunió otro congreso en Lima, que fue el último intento para vertebrar una confederación en la región.

En la década del ochenta, con el advenimiento del panamericanismo promovido por Estados Unidos, terminaron los esfuerzos de los gobiernos de América Latina para unirse acorde a la tradición bolivariana, aunque muchos políticos y pensadores continuaron defendiendo esa estrategia fundamentada en la identidad histórica de nuestros pueblos. Uno de sus máximos exponentes fue José Martí, quien en La América de New York, en enero de 1884, escribió sobre “aquellos que son en espíritu y serán algún día en forma, los Estados Unidos de la América del Sur.”

No fue hasta principios del siglo XXI cuando el panamericanismo comenzó a revertirse con los cambios positivos registrados con el ascenso al poder de gobiernos populares y progresistas, proceso abierto en 1999 con el triunfo de Hugo Chaves Frías en Venezuela. La fundación de la CELALC significó el nacimiento de una nueva modalidad de integración latinoamericana y caribeña, con la mira puesta en una confederación política moderna, que preserve y consolide la independencia de la región basada en el legado bolivariano y el respaldo popular, como nos los recuerdan estos hermosos versos de Pablo Neruda: “Yo conocí a Bolívar una mañana larga,/en Madrid, en la boca del Quinto Regimiento,/Padre le dije, ¿eres o no eres o quién eres?/Y mirando el Cuartel de la Montaña, dijo /“Despierto cada cien años cuando despierta el pueblo”.

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Vigencia Antillana de José Martí*

Julio A. Muriente Pérez

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Fueron Cuba y Puerto Rico las últimas colonias de España en América. No pudieron unirse estas dos Antillas al concierto de naciones latinoamericanas que surgieron a principios del siglo XIX, entre otras razones, por la presión que impusieron los Estados Unidos a los revolucionarios sudamericanos. Vibrante y comprometido era el reclamo del Libertador Simón Bolívar que en fecha temprana—en su Carta de Kingston del seis de septiembre de 1815—hiciera en defensa de la libertad de Cuba y Puerto Rico. Allí sentenció Bolívar: “Las islas de Puerto Rico y Cuba que, entre ambas pueden formar una población de 700 a 800,000 almas, son las que más tranquilamente poseen los españoles, porque están fuera del contacto de los independientes. Mas, ¿no son americanos estos insulares?, ¿no son vejados?, ¿no desean su bienestar?

Haití era independiente aun desde antes—fue la primera nación latinoamericana en independizarse, en 1804–;también había alcanzado la independencia Santo Domingo; aunque era convulsa la situación que prevalecía en estas dos naciones.

Septiembre u octubre de 1868 estremecieron a Puerto Rico y a Cuba. En Puerto Rico fue Lares; en Cuba fue Yara, inicio de la más amorosa unidad entre pueblos que luchan por su redención. Ya lo hubo dicho así el Apóstol cubano: “Unas son en el porvenir, como han sido unas en el pasado, el alma de Lares y el alma de Yara. Unos son hoy en la preparación, como fueron ayer en la cárcel y el destierro, los cubanos y los puertorriqueños. Unos han de ser en la acción para acelerar, con el esfuerzo doble, la libertad común”.

A partir de entonces germinó segura la semilla de la unidad antillana. Cuba fue Puerto Rico y Puerto Rico fue Cuba, y con ambas Haití, Dominicana, Jamaica y toda América. “…!los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata de las raíces de los Andes…”

Fue José Martí portaestandarte del antillanismo revolucionario, otros de cuyos exponentes más brillantes los fueran Ramón Emeterio Betances—Padre de la Patria Puertorriqueña–, Eugenio María de Hostos, Gregorio Luperón y Segundo Ruiz Belvis. En la hora de Martí ya Betances se encuentra en el duro exilio en Francia, que duraría casi treinta años, hasta su muerte en 1898. Para Betances la luz de Cuba sería la que alumbraría el camino de su querido Puerto Rico. Entusiasta, se abocó, como representante del Gobierno Revolucionario de Cuba en Armas, a la entrega de cada gramo de sus energías a la causa cubana y martiana.

Vital relación esa que se diera entre Betances y Cuba, entre Martí y Puerto Rico, entre ambos próceres que apenas se conocieran y tanto se apreciaran. “Yo se que no hay para usted—le escribe Martí a Betances—mar entre Cuba y Puerto Rico, y siente usted en su pecho los golpes de las armas que hieren a los nuestros”. El médico de los pobres, como asintiendo, afirmaba en 1895: “Todo ese trabajo es largo y penoso, y cualquiera que a él se dedique habrá de pensar que su vida ha de ser de sacrificio, fatigas sin número, de desengaños y hasta de miseria. La patria lo merece todo”. Cuando dice la patria, Betances dice Cuba y dice Puerto Rico.

Esa unidad ejemplar de propósitos y querencias se funde orgánicamente en el Partido Revolucionario Cubano, constituido en 1892 en el exilio estadounidense. Reza así el primer artículo de la constitución del PRC: “El Partido Revolucionario Cubano se constituye para lograr, con los esfuerzos unidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico…”.

¿Qué criterio, si queremos ser precisos, hemos de utilizar para determinar en qué medida y profundidad está vigente hoy el pensamiento y la obra de José Martí y con la obra de José Martí, añadimos, el pensamiento y la obra de Betances, Hostos, Ruiz Belvis, Luperón y otros patriotas que junto al Apóstol de Cuba representan lo más  puro y preclaro de nuestras Antillas en la lucha por la liberación?

¿En que medida se han logrado materializar los objetivos revolucionarios que unos y otros se trazaron, especialmente a partir de Lares y de Yara? ¿Cuánto falta por hacer? ¿Cuánto de lo que hace falta por hacer es continuación natural y armónica de esa lucha más que centenaria que libran nuestros pueblos por la libertad? Aquellas frases de unos y otros, los versos y discursos, las citas que se reproducen sin cansancio para referirnos a hechos y situaciones de hoy; palabras aquellas dichas para alentar, estimular, reclamar, convocar al combate y a la victoria, a la entrega total por la patria antillana, ¿nos suenan huecas, sin sentido, o plasman en su esencia nuestras más caras aspiraciones por la emancipación antillana?

Decía Martí que había que “…impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”. Decía más: hablaba del “…Norte revuelto y brutal que nos desprecia…”; nos recuerda que, “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas…”. Y, sobre todo que, “Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo en la cabeza, sino con las armas en la almohada”. Fue sublime al expresarse sobre la naturaleza esencial de las Antillas, “…ojeadas de cerca por la codicia pujante…”; “…las tres islas que, en lo esencial de su independencia y en la aspiración del porvenir se tienden los brazos por sobre los mares, y se estrechan ante el mundo, como tres tajos de un mismo corazón sangriento, como tres guardianes de la América ambiciosa, como tres hermanas…las tres hermanas que de siglos atrás  se vienen cambiando los hijos y enviándose los libertadores, las tres islas abrazadas de Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo”.

Otra vez Cuba y Puerto Rico dan luz a nuestra interrogante sobre la vigencia precisa de Martí en nuestros días; ahora es una relación lamentablemente inversa. Prevalece en Cuba una situación que es contrapartida de la situación que existe en la menor de las Antillas Mayores. En Cuba se han ido consumando las aspiraciones martianas, haciéndose realidad irrefutable la creación de una nueva sociedad, justa y democrática. Pasaron sesenta y cuatro anos desde la muerte en combate de José Martí hasta enero de 1959. Seis largas y oscuras décadas fueron necesarias antes de que la luz del Apóstol y Libertador antillano brillará en todo su esplendor. En Cuba, Martí no es pasado, es presente alentador y futuro promisorio. Hay diez millones de Martí que muchos años después de aquel glorioso primero de enero de 1959 han demostrado que, efectivamente, “La patria…es la voluntad viril de un pueblo dispuesto al triunfo de su emancipación, a un triunfo indudable por el arranque unido y patente de la libertad contra el corazón inmortal y el tesoro arruinado de sus opresores”.

Puerto Rico, en cambio, sigue sumido en el colonialismo terrible. Luego de más de cuatro siglos bajo el dominio español, paso a manos de Estados Unidos como botín de guerra en 1898. Hasta el sol de hoy sigue siendo colonia yanqui. Allí el imperialismo ha caído con “esa fuerza mas sobre nuestras tierras de América”. Es el monstruo el que se ha anidado como parasito mortal en las entrañas de la patria puertorriqueña.

Estremecida en el tiempo, rondando como ciclón caribeño, iracunda ronda el alma de Martí y junto a ésta el alma de Betances en el Puerto Rico irredento. Se repite como el eco hasta el infinito el grito betancino: “No quiero colonia ni con España ni con Estados Unidos”. ¿Qué hacen los puertorriqueños que no se rebelan?

Puerto Rico es la tarea inconclusa de Martí, que diría, en labios de Betances: “…cuán importante será en adelante, no perder ocasión de hacer parecer unidos los nombres de Cuba y Puerto Rico…no dudo que así piensan los cubanos que, aun cuando hiciesen solos su independencia, no tendrían tranquilidad mientras España tuviera un pie en América”.

Al combatir por la libertad de Puerto Rico, “Recogemos los sueños y los anhelos más caros de este pueblo. ¡Somos esperanza, somos futuro, somos patria”!

Pero no sólo en relación a Puerto Rico se mantiene vigente el pensamiento libertario de José Martí. La libertad para los que por ella combaten es algo que se alcanza única e irremediablemente en la medida en que todos los pueblos son libres. Si, como decíamos al principio, Martí es, por su obra, por su acción, por su ejemplo, una figura universal, universales han de ser los objetivos que este hombre enorme trazará en su vida, tan corta como heroica.

Estará incompleta la obra de Martí, como estará incompleta la obra de Betances, Luperón, Bolívar, Lenin, Che y tantos otros, mientras haya un solo pueblo, ¡uno solo!, que sufra las consecuencias de la opresión. Y después, todavía seguirá vigente Martí en la construcción de las nuevas sociedades, señalándonos, lo mismo con su verbo vibrante y combativo que con su verso amoroso y tierno, el camino a seguir para alcanzar la felicidad de nuestros pueblos.

Ahora, como hubiera querido Martí, nos pondremos al servicio de la Patria—que es América y es el mundo por rescatar de las manos enemigas—saldremos “desnudos a que el viento se lleve las carnes, y las fieras se beban el hueso”, a impedir que pase el gigante de las siete leguas; en la marcha unida nos sostendremos y, porque la patria lo merece todo, todo le ofrendaremos.

*Este ensayo fue originalmente una ponencia presentada en el evento celebrado en La Habana—donde fungía entonces como Delegado de la Misión de Puerto Rico en Cuba—en ocasión del 130 aniversario del nacimiento de José Martí. Rindo homenaje aquí al inolvidable compañero Ramón de Armas (1939-1997), quien me fuera asignado entonces como asesor en la atrevida tarea que me habían encomendado de escribir y reflexionar sobre el Apóstol cubano. Luego de aquel ejercicio de precocidad-mía, que no de Ramón-del que salimos con vida, nos hicimos grandes amigos.

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José Miguel Carrera, controvertido prócer chileno

Sergio Guerra Vilaboy

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Los historiadores chilenos discrepan al evaluar la actuación del libertador José Miguel Carrera (1785-1821), fusilado por los propios patriotas el 4 de septiembre de 1821, hace ahora doscientos años. Hijo de un encumbrado hacendado del centro de Chile, se destacó como oficial en la lucha contra los invasores franceses en España, donde resultó herido, y desde julio de 1811 fue la principal figura de la emancipación en la tierra austral durante la llamada Patria Vieja (1810-1814).

El 4 de septiembre de 1811 Carrera y sus hermanos Juan José y Luis, con mando de tropas en Santiago, derrocaron a la junta moderada que había sustituido un año antes al anciano capitán general. El cambio en la correlación de fuerzas fue capitalizado por el cura Joaquín Larraín, cabeza de una poderosa familia criolla conciliadora. Tras el ascenso al poder de José Miguel Carrera, el 15 de noviembre de ese año, alentado por el agente de Estados Unidos Joel R. Poinsett, se dispuso la sustitución del pabellón español por una bandera tricolor y proclamada la constitución de 1812 que organizaba un estado libre. Aunque se mantenía el reconocimiento formal a Fernando VII, el primer periódico nacional Aurora de Chile, editado por el sacerdote Camilo Henríquez, abogaba por la independencia absoluta.

La postura más moderada volvió a cobrar fuerza desde principios de 1814 al ocupar Bernardo O´Higgins la jefatura del ejército en sustitución de Carrera, que había sufridos severos reveses militares. Tras el restablecimiento del absolutismo en España, el nuevo gobierno chileno firmó el Tratado de Lircay con los representantes españoles, al que se opuso Carrera, decidido a enfrentar el pacto. El desconocimiento del acuerdo por el Virrey de Lima llevó a las dos facciones criollas a dejar sus diferencias ante la ofensiva enemiga, aunque la derrota en la batalla de Rancagua (2 de octubre) se debió a la desconfianza entre las tropas de Carrera y las de O´Higgins.

Refugiados por separado en el campamento de José de San Martín en Mendoza, mientras O´Higgins se entendía con el jefe del Ejército de los Andes Carrera terminaba expulsado. Tras una obligada estadía en Buenos Aires, se trasladó a Estados Unidos en noviembre de 1815, donde se entrevistó con el presidente James Madison. En territorio norteamericano consiguió armas, hombres y cinco barcos para una expedición libertadora. Al arribar de nuevo a Buenos Aires en febrero de 1817, la flotilla de Carrera fue desarticulada por el gobierno de Pueyrredón, al negarse a subordinarse a San Martín, que ya combatía en Chile.

Encarcelado, Carrera escapó dos meses después, se unió a los federalistas del Río de la Plata en su contienda contra la hegemonía porteña y dio a conocer al año siguiente su Manifiesto a los Pueblos de Chile contra San Martín y O´Higgins. Casi al mismo tiempo eran apresados y ejecutados en Mendoza, el 8 de abril de 1818, sus hermanos Juan José y Luis, fracasados en su intento de pasar al territorio austral para combatir al gobierno criollo. Ese trágico final fue también el de otro conspicuo carrerista, Manuel Rodríguez, que con sus guerrillas había sido indispensable para el exitoso cruce de los Andes por San Martín. Detenido en el Palacio Directorial en Santiago, al pretender ocupar el poder tras el revés patriota de Cancha Rayada (19 de marzo), Rodríguez fue detenido y enviado a la prisión de Quillota (Valparaíso), ruta en la que se le aplicó la ley de fuga (Tiltil, 26 de mayo de 1818). El propio Carrera, cuando tres años más tarde trataba de llegar a Chile para desalojar a O´Higgins, cayó prisionero en Mendoza. En la misma plaza donde habían ejecutado a sus hermanos fue pasado por las armas el 4 de septiembre de 1821, no sin antes exclamar: ¡Muero por la libertad de América!

Detrás de todos estos hechos de sangre se encontraba la Logia Lautaro, que actuaba como mando político del ejército de San Martín y cuya filosofía era la de eliminar todo obstáculo a la emancipación. O’Higgins, enemigo jurado de los carreristas y responsable directo de estas ejecuciones, ya había escrito: “Nada extraño lo de los Carrera; siempre han sido lo mismo, y sólo variarán con la muerte; mientras no la reciban fluctuará el país en incesantes convulsiones, porque siempre es mayor el número de los malos que el de los buenos. Un ejemplar castigo y pronto es el único remedio que puede cortar tan grande mal. Desaparezcan de entre nosotros los tres inicuos Carrera, juzgueseles y mueran, pues lo merecen más que los mayores enemigos de la América.”

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