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Voz desde Guatemala

USAC: 1989: la última ola represiva contra AEU (Asociación de Estudiantes Universitarios)

Rafael Gutiérrez

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Imagen: Transeúntes se detienen a observar fotografías de desaparecidos durante el conflicto armado en ciudad de Guatemala. Fotografía de Fernando Chuy. https://barrancopolis.com/la-ultima-oleada-de-terror-usac-1989/

Recién salíamos por esos meses del Festival Olof Palme, un festival que convocó a lo más representativo de la canción latinoamericana. Eran tiempos agitados, ciertamente, pero en medio ya de cierto desaliento que signaba el clima social, algunas esporas de optimismo gravitaban todavía sobre nuestras cabezas. Y fue así como entre el mes de agosto y septiembre, en realidad en menos de dos meses, comenzó lo que sin duda fue el último ramalazo represivo contra el movimiento estudiantil universitario de la Universidad de San Carlos, en su mayor parte organizado alrededor de la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU). Uno a uno, de manera selectiva y sistemática, fueron secuestrados, en diversos puntos de la ciudad, 10 compañeros universitarios. Dio inicio la carnicería humana una mañana con el secuestro de Silvia Azurdia y Víctor Hugo Jaramillo, estudiantes de la Escuela de Ciencia Política. Luego seguirían Iván González Fuentes y Carlos Contreras Conde, de la Escuela de Psicología, y Aarón Ochoa y Hugo Gramajo, de Ciencia Política y miembros asimismo de la Coordinadora Estudiantil Ejecutiva de AEU.

Días después, el 23 de agosto, fue secuestrado Arturo de León, dirigente de AEU y responsable ante el proceso de Reforma Universitaria. El mes siguiente, en septiembre, en una lógica desarticuladora y tenebrosa, continuó la máquina de engullir seres humanos su tarea minuciosa: ahora serían Carlos Cabrera, de la Facultad de Humanidades, Carlos Chutá Camey y Eduardo López Palencia.

 La jornada alcanzaría su máximo nivel de impunidad e insania cuando, según testigos oculares, de un vehículo azul, como si fueran devueltos simbólicamente de donde fueron extraídos, fueron arrojados en la Colonia Villasol, colindante con la ciudad universitaria, los cadáveres brutalmente torturados de Silvia Azurdia, Víctor Hugo Jaramillo, Carlos Cabrera y Carlos Chutá Camey.

La Comisión de Esclarecimiento Histórico, en su informe, involucra a  Inteligencia Militar del Estado de tales secuestros y ejecuciones extrajudiciales. Incluso, según documentación desclasificada por el gobierno de Estados Unidos “existía una cárcel clandestina en la zona 6. Un informante, ex miembro de Inteligencia militar, observó que los estudiantes desaparecidos estuvieron en ese lugar, denominado La Isla, que era administrado por el Estado Mayor de la Defensa”. Aunque la estrategia central estaba destinada a desarticular el movimiento estudiantil organizado y sus bases de apoyo a través de AEU como eslabón último dentro de la lógica contrainsurgente, factores específicos como la implementación de la Reforma Universitaria, el apoyo a la huelga magisterial, así como su apoyo activo y manifiesto a demandas sindicales, populares y campesinas pudieron asimismo formar parte del dilatado plan represivo. Mientras, frente a tales niveles de terror y secuencia criminal desembozada, la Universidad quedó suspensa en un hilo. Tensa, desolada, enmudecida, apenas si logró mantener precariamente un nivel de desarrollo académico normal. Llegó a un punto, donde, afuera, el paisaje se minaba eventualmente de jeeps polarizados. No obstante, AEU  y el movimiento estudiantil aglutinado alrededor de diversas asociaciones respondió con una valentía, organización y persistencia excepcionales. Pronto la Coordinadora Estudiantil Ejecutiva de AEU convocó a marchas casi diarias, marchas donde la indignación, el asco y la solidaridad detonaron una unidad estudiantil pocas veces vista, se dispararon las pintas y los aerosoles apenas si alcanzaban para nombrar los nombres de los desaparecidos, los manifiestos, los pronunciamientos escritos al fragor de las acciones, los mítines con líderes relevantes, cualquier manifestación, un abrazo, una lágrima, una barricada, una mentada de madre, todo valía y se esgrimía, pero todo fue igualmente infructuoso pues el Terror de Estado hizo lo que sabía hacer con extrema eficacia, imponer la aniquilación física masiva o selectiva a fin de mantener el sistema de dominación imperante. Curioso, y hoy se sabe: uno de los líderes estudiantiles  más activos y carismáticos —dio prueba fehaciente con su flamígero discurso oratorio en un mitin junto al Padre Girón—jugó el papel de infiltrado y fue, en buena medida, el responsable del desmantelamiento de AEU: Edgar Ligorría Hernández. (Se sabe, ahora, por investigaciones más recientes, de otros infiltrados). Se escribe aquí, luego de 27 años, porque, acaso, los muertos no mueren enteramente, ni las derrotas son definitivas mientras haya una expresión que las historice, reivindique y exhume del olvido.

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