Recién salíamos
por esos meses del Festival Olof Palme, un festival que convocó a lo más
representativo de la canción latinoamericana. Eran tiempos agitados, ciertamente,
pero en medio ya de cierto desaliento que signaba el clima social, algunas
esporas de optimismo gravitaban todavía sobre nuestras cabezas. Y fue así como
entre el mes de agosto y septiembre, en realidad en menos de dos meses, comenzó
lo que sin duda fue el último ramalazo represivo contra el movimiento estudiantil
universitario de la Universidad de San Carlos, en su mayor parte organizado
alrededor de la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU). Uno a uno, de
manera selectiva y sistemática, fueron secuestrados, en diversos puntos de la
ciudad, 10 compañeros universitarios. Dio inicio la carnicería humana una
mañana con el secuestro de Silvia Azurdia y Víctor Hugo Jaramillo, estudiantes
de la Escuela de Ciencia Política. Luego seguirían Iván González Fuentes y
Carlos Contreras Conde, de la Escuela de Psicología, y Aarón Ochoa y Hugo
Gramajo, de Ciencia Política y miembros asimismo de la Coordinadora Estudiantil
Ejecutiva de AEU.
Días después, el
23 de agosto, fue secuestrado Arturo de León, dirigente de AEU y responsable
ante el proceso de Reforma Universitaria. El mes siguiente, en septiembre, en
una lógica desarticuladora y tenebrosa, continuó la máquina de engullir seres humanos
su tarea minuciosa: ahora serían Carlos Cabrera, de la Facultad de Humanidades,
Carlos Chutá Camey y Eduardo López Palencia.
La jornada alcanzaría su máximo nivel de
impunidad e insania cuando, según testigos oculares, de un vehículo azul, como
si fueran devueltos simbólicamente de donde fueron extraídos, fueron arrojados
en la Colonia Villasol, colindante con la ciudad universitaria, los cadáveres
brutalmente torturados de Silvia Azurdia, Víctor Hugo Jaramillo, Carlos Cabrera
y Carlos Chutá Camey.
La Comisión de
Esclarecimiento Histórico, en su informe, involucra a Inteligencia Militar del Estado de tales
secuestros y ejecuciones extrajudiciales. Incluso, según documentación
desclasificada por el gobierno de Estados Unidos “existía una cárcel clandestina en la zona 6. Un informante, ex miembro
de Inteligencia militar, observó que los estudiantes desaparecidos estuvieron
en ese lugar, denominado La Isla, que era administrado por el Estado Mayor de
la Defensa”. Aunque la estrategia central estaba destinada a desarticular
el movimiento estudiantil organizado y sus bases de apoyo a través de AEU como
eslabón último dentro de la lógica contrainsurgente, factores específicos como
la implementación de la Reforma Universitaria, el apoyo a la huelga magisterial,
así como su apoyo activo y manifiesto a demandas sindicales, populares y campesinas
pudieron asimismo formar parte del dilatado plan represivo. Mientras, frente a
tales niveles de terror y secuencia criminal desembozada, la Universidad quedó
suspensa en un hilo. Tensa, desolada, enmudecida, apenas si logró mantener
precariamente un nivel de desarrollo académico normal. Llegó a un punto, donde,
afuera, el paisaje se minaba eventualmente de jeeps polarizados. No obstante,
AEU y el movimiento estudiantil aglutinado
alrededor de diversas asociaciones respondió con una valentía, organización y
persistencia excepcionales. Pronto la Coordinadora Estudiantil Ejecutiva de AEU
convocó a marchas casi diarias, marchas donde la indignación, el asco y la
solidaridad detonaron una unidad estudiantil pocas veces vista, se dispararon
las pintas y los aerosoles apenas si alcanzaban para nombrar los nombres de los
desaparecidos, los manifiestos, los pronunciamientos escritos al fragor de las
acciones, los mítines con líderes relevantes, cualquier manifestación, un
abrazo, una lágrima, una barricada, una mentada de madre, todo valía y se
esgrimía, pero todo fue igualmente infructuoso pues el Terror de Estado hizo lo
que sabía hacer con extrema eficacia, imponer la aniquilación física masiva o
selectiva a fin de mantener el sistema de dominación imperante. Curioso, y hoy
se sabe: uno de los líderes estudiantiles más activos y carismáticos —dio prueba
fehaciente con su flamígero discurso oratorio en un mitin junto al Padre
Girón—jugó el papel de infiltrado y fue, en buena medida, el responsable del
desmantelamiento de AEU: Edgar Ligorría Hernández. (Se sabe, ahora, por
investigaciones más recientes, de otros infiltrados). Se escribe aquí, luego de
27 años, porque, acaso, los muertos no mueren enteramente, ni las derrotas son
definitivas mientras haya una expresión que las historice, reivindique y exhume
del olvido.