Muchas
cosas en la vida dejan huella, pero hay otras, muy pocas, que pasan el umbral
del simple vestigio. Son urdimbre de las decisiones que se toman a diario, son
argamasa de la vida que se comparte con familia, amigos, compañeros, vecinos y en
general con todos los que nos rodean; pasan a ser sustancia primigenia de los
entornos donde se actúa como profesional y como ciudadano común. Vista de esa
manera, entendemos porqué la Universidad es parte fundamental de ese núcleo
alrededor del cual se construye algo que algunos llaman “vida”. Decenas de miles que han abrevado en sus aguas formadoras podrán
dar testimonio de ello, entre esos miles soy uno más de los que mucho le deben
al Alma
Mater.
Llegué
a ella cuando celebraba sus 63 años de vida institucional, en tiempos también
de crisis, madura y rígida supo acogerme y entender, no sin reclamos, al joven
indeciso que pedía atención, aceptó su visión crítica, permitió su lucha por
lograr un cambio laboral que exigía la atención de las necesidades de todos y
no de unos cuantos, también, sin saber que era observada, mostró su interior y exhibió
las pasiones encontradas de grupos políticos, las acciones que perseguían
beneficios inconfesables, las malas decisiones impulsadas por rencores e
intereses, pero aun así, su grandeza, por mucho supero a esas pequeñas ramas
torcidas que hay en todo árbol.
En
estos días, se conmemoran 99 años de que la Universidad Autónoma de Yucatán
abrió sus puertas a todas las clases sociales, en los momentos actuales donde
las circunstancias políticas y económicas no son las más propicias para una
institución como la nuestra, cabe el momento de agradecer lo que de ella se ha
recibido, educación, compromiso social, civilidad, y muchos otros tantos
valores y conocimientos. Pero también hacer conciencia de que una institución
por más grande y fuerte que sea, no puede sin el apoyo y compromiso de su gente,
transitar hacia un futuro incierto y continuar dando lo que siempre ha dado, seguridad
laboral, formación de calidad, civilidad, paz social.
En
1922, surgió como parte de un proyecto de educación nacional que retomó el
Gobernador Felipe Carrillo Puerto, en el 2021 son borrosas las líneas sobre las
cuales transitar en el concierto educativo nacional, las presiones económicas
sobre ella, según noticias oficiales, rayan en lo insostenible, nubarrones se
ven en lontananza, pero la Universidad Pública y Autónoma, nuestra Universidad,
tenemos certeza sabrá encontrar el camino adecuado, las decisiones tomadas por
las autoridades correspondientes así lo muestran. Como expresaba conocido
bibliotecario: “Las aves de mal agüero siempre
rondan los cielos, pero nunca se posan en suelo firme”.
Los
universitarios, cada uno de ellos, tendrá su propia valoración sobre lo que la
Universidad sembró en su conciencia y en su conocimiento, pero el ser y actuar
como universitario es una obligación a la que no puede volteársele la cara. Por
ello, a sólo un año de ser CENTENARIA,
siento la urgente necesidad de expresar, que la Universidad palpita viva en mí
y mis acciones, como estoy seguro en miles de mexicanos, gracias a ella soy el
ciudadano y profesional que soy. Estoy consciente que el agradecimiento se expresa
de diversas maneras, el mío va acompañado de un compromiso público por seguir
dando el mejor de mis esfuerzos para mantener a la Universidad como la Luz que
guía las aspiraciones educativas de las juventudes yucatecas, a través de la Ciencia
y empujada por la Verdad.