Ya estamos en la
celebración de los finados, tradición muy arraigada en los pueblos de Yucatán.
Para tal acontecimiento, con una semana de anticipación se empiezan los
preparativos: se pintan los cementerios, se limpian los terrenos, se pintan las
albarradas con cal, se elaboran las jícaras y se preparan las tablillas de
chocolate. En esta ocasión no haré una descripción de los elementos que lleva
el altar casero preparado para recibir a las almas, dedicaré estas líneas a un
personaje fundamental para la continuidad de dicha práctica y la difusión de la
religión cristiana, me refiero a la presencia de la rezadora, una mujer sencilla
con profundo conocimiento y respeto hacia la vida y la muerte. Su labor es muy
importante para la comunidad, principalmente en aquellas localidades donde no
se cuenta con los servicios de algún sacerdote o sólo se le tiene en momentos
muy especiales como la celebración de bodas, bautizos, confirmaciones o la
fiesta del Santo Patrono.
En los pueblos
de Yucatán, la rezadora es una persona muy conocida, pues sus servicios son
solicitados durante todo el año para realizar plegarias en los velorios, en los
entierros, para celebrar las siete semanas del difunto, las mesadas, los cabos
de año, los rosarios y las novenas.
Es muy fácil
identificar a la rezadora durante su paso por las calles del pueblo: lleva un
rosario en la mano, un pequeño libro o “novena”,
y una toalla o rebozo sobre las espaldas, en la noche, en la madrugada, al
amanecer, al medio día o en la tarde. Es común verla ir acompañada de alguna
niña o niño, es decir, del más pequeño de sus hijos. Así como también se le
puede ver llevando, después de haber terminado de rezar, una ollita o un plato
de comida, dulces o pan, lo cual recibe como pago de sus servicios; esto en
algunas poblaciones se ha sido sustituido por un pago en efectivo.
El trabajo de la
rezadora no tiene horario pues su presencia es requerida desde el momento en
que algún enfermo entra en agonía o al instante en que fallece. En todos los
pueblos hay rezadoras que adquieren fama por su forma de rezar, lo cual
contribuye a que sus servicios sean muy solicitados y, en algunas ocasiones,
hasta genera competencia entre sus compañeras. Las personas mayores le asignan
cierto estatus cuando la persona reza y canta muy bien, más aun si se sabe los
rezos y cantos antiguos pues para cada ocasión existen cantos y letanías
establecidas. La mayoría de las rezadoras supera los 60 años de edad y, han
desempeñado esta labor por tanto tiempo que los rezos y cantos se los saben de
memoria. Lamentablemente, este personaje poco a poco va desapareciendo del
paisaje yucateco pues las mujeres jóvenes no se interesan por desempeñar esta
actividad.
Nadie sabe con
certeza cómo surgen las rezadoras, el caso es que existen y cumplen una función
social. Algunas personas de edad avanzada dicen que hay mujeres que nacen con
ese don y han sido elegidas por Dios, es por eso se les tiene un gran respeto y
aprecio. Tal parece que esto es verdad pues no se tiene conocimiento que
alguien las enseñe a rezar, ni siquiera la misma iglesia ha instruido a las
rezadoras o implementado algún curso para su formación.
Otro factor que
influye en la pérdida de esta práctica es el surgimiento de diferentes grupos
religiosos pues para ellos el culto a los muertos no tiene significado alguno y
por consiguiente no requieren la labor de una rezadora.
Sería bueno
impulsar una iniciativa para formar rezadoras y que las costumbres religiosas,
herencia de nuestros ancestros mayas, se fomenten y perduren para siempre. Ya
para finalizar, reciban un reconocimiento las rezadoras vigentes y una oración
aquellas que han hecho el viaje sin retorno a este mundo terrenal.