Apuntes para una crónica
Inicio de un día laboral meridano cualquiera
Publicado
hace 6 añosen
Seis de la mañana en punto, Centro Histórico de Mérida. Área del mercado municipal y dos calles alrededor de él. No importa si es época de horario de verano o de invierno. Tampoco importa si llovió, llueve o no, igual es irrelevante si hay calor o frío.
La actividad en este lugar de la ciudad es siempre la misma: intensa. Un flujo de gente, como hormigas salidas de un hormiguero o dirigiéndose a él, recorre las calles con el mismo andar apresurado de los himenópteros, la misma cercanía de unos con otros.
El informe contingente se detiene de pronto en una calle por el tráfico de vehículos, como si éstos fueran otras hormigas, más grandes y de duro caparazón, no como las otras que van a pie, pequeñas y de frágil cuerpo.
Mientras todo esto ocurre en la ciudad, otros contingentes, pero estos de vehículos, como grandes escarabajos de metal, se deslizan por las carreteras hacia Mérida, formando filas de hasta 10 vehículos, uno tras otro. Son las camionetas que viajan desde las diversas localidades, más o menos cercanas a esta urbe, trayendo esa numerosa población flotante que nutre esta ciudad: empleados, vendedores, estudiantes, etc.

Pero antes, mucho antes de las 6 de la mañana, antes del alba, antes de esta miríada, la zona del mercado ya hervía de actividad en las últimas horas de la madrugada, con los puestos de comida que ofrecen sus raciones mientras inundan con su aroma el ambiente, con los vendedores de hortalizas y legumbres que llegan con sus productos, y los trabajadores que concluyen su horario nocturno y aquellos que entran a laborar cuando el sol despunta, entre otras acciones.
Y en ese ir y venir de inusuales hormigas de grueso carapacho o de sencilla y débil estructura, es posible distinguir direcciones u orientaciones de ese apresurado flujo: proviene principalmente del sur y el oriente de la ciudad y un poco del poniente, de las numerosas colonias y fraccionamientos que en esos rumbos hay.
Todas esas personas se congregan en el centro, inundan las calles, se confunden entre sí en un área de cuatro o cinco cuadras, y todos invariablemente se dirigen al norte de Mérida, inundan ahora los paraderos de autobuses o combis para ese sector urbano formando largas filas, en ocasiones de hasta 60 metros, para abordar de uno en uno, ordenadamente, los entonces pocos vehículos para satisfacer tan inmensa demanda de transporte. Viajar en las denominadas combis o los autobuses atestados, constituye en realidad toda una aventura en la que los sentidos, el ánimo y la fuerza física pueden ser puestos a prueba, intensamente en ocasiones, ya sea que se viaje sentado, o de pie en los camiones, debido a varios factores como: la velocidad que el conductor imprima al vehículo, el grado de higiene de algunos pasajeros lo que puede permitir apreciar toda una gama de olores corporales, o el estado de ánimo de las personas, ya sea que lo externen o no, pues las frustraciones, enojos, alegrías, tristezas, indecisiones, anhelos, las trasudan en ocasiones desde la médula de sus huesos, alcanzando desde su silencio a quienes estén a su alrededor.
En el norte de la ciudad, la nueva Mérida, están ahora los recientes, grandes y abundantes puntos de febril labor: construcción de edificios; inmuebles que comienzan a elevarse sobre la sólida roca peninsular, a mayor altura de las construcciones características de esta región; numerosos núcleos de centros comerciales; establecimientos diversos; escuelas, campos universitarios; conjuntos habitacionales ubicados o no, en áreas privadas, de mayor o menor tamaño, dueñas también de mayor o menor lujo.
La nueva Mérida demanda muchos trabajadores, empleados para sus múltiples puestos en sus diversos niveles. El sur, oriente y poniente de la ciudad se los proporciona, junto con la otra ancestral e importante cantera laboral: las ciudades y pueblos cercanos a la urbe meridana.
La Mérida nueva contrapone el ímpetu de sus colores recientes, sus formas y diseños contemporáneos, su esbozo de estilo de vida norteamericana, a la historia, el ambiente ancestral que rezuma en las calles y edificios, aún en las edificaciones mutiladas, de la Mérida antigua, la de barrios tradicionales, la de sitios y casas históricas, la de evocaciones coloniales, esa Mérida construida sobre los vestigios ahora perdidos irremediablemente de la ciudad maya que ahí existió: Ho’.
Pero Mérida no tiene sólo dos rostros, tiene muchos: económico, social, cultural, arquitectónico, entre otros. Rostros que se entrecruzan, se dibujan, se desdibujan, trazando así las nuevas líneas de su historia.
