El
huracán Wilma golpeó a Cancún hace catorce años. Fueron 70 horas de vientos
implacables y de lluvias intensas. Los cancunenses resistimos, como hoy
resistimos los golpes de la inseguridad.
Hace
catorce años que Wilma azotó Cancún y las demás poblaciones del norte de la
entidad. El tiempo transcurre veloz, pero hay que recordar para sacar lecciones
del pasado. Y Wilma dejó muchas. Un año después del paso destructor de ese
huracán, un notable grupo de fotógrafos quintanarroenses armó un libro que es ya,
desde entonces, un vívido testimonio de esos días que marcaron a quienes lo
vivieron. He aquí un fragmento del texto que escribí para ese documento
gráfico:
“Las
imágenes de este libro van enhebrando –en un imaginario hilo de oro– la
estremecedora crónica de Wilma…
“Esta
es una obra colectiva. Colectiva por muchas razones. Porque son fotografías de
todos ellos, de Alfredo Maya, Jair Domínguez, Gerardo González, Víctor Ruíz,
Arturo Cid, Rafael Vázquez, Juan Novelo, Alonso Cupul, Marte Rebollar, Ricardo
Vallejo y Francisco Gaburel…
“Este
es un libro hecho con las barajas de una memoria compartida. Al mirar estas
fotografías nos reencontramos con esos días que parecieron eternos, esos días
que no se han ido del todo, esos días que todavía están en algún resquicio de
nuestra alma…
“El
huracán destruyó muchas cosas, pero nos ayudó a reencontrar nuestra fuerza
colectiva, que muchos creían inexistente…
“Mucho
más que muchos textos, sobrecoge el alma ver a los niños y niñas en los
albergues, el rostro atribulado de sus padres, la mirada llena de sombras
deambulando en las calles vacías; los árboles desnudos frente al viento; la
soledad frente a la furia de la naturaleza…
“Wilma
cambió los paradigmas para enfrentar a los huracanes en esta parte mexicana del
Caribe. Fueron poco más de 70 horas de viento duro, impío, y de lluvia
imparable. La furia de la naturaleza se desató sobre el Caribe mexicano con su
lenguaje dulce y violento al mismo tiempo…
“Muchos
oídos siguen escuchando ese viento que parecía interminable, con su ulular que
parecía surgir de las cavidades del inframundo de esta tierra maya…
“La
noche, las noches de Wilma fueron una aventura íntima. Fueron noches sin
sosiego. Fueron noches de vértigo. Acompañados por fantasmas hurgando en los
laberintos del alma. Con la insomne fruición de los que no saben qué esperan,
pero que están allí con los ojos abiertos y el corazón como un aldabón golpeando
puertas que nunca se abrirán”.