Crónicas de Espita
El agua la manda Dios: peca el hombre al contaminarla
Publicado
hace 6 añosen
En ocasiones, durante las pláticas propias de nuestra niñez lamentábamos que en el territorio yucateco no existieran ríos, como veíamos en algunas de las películas que llegaban al pueblo. Sería refrescante -decíamos- para darnos ir a nadar en la época del agobiante calor o para atrapar peces en algún día de excursión.
Las fantasías infantiles se transformaron al estudiar Historia Universal, lo hacíamos a través del texto de Macedonio Navas y de la gran elocuencia de nuestro maestro de sexto año: El Bachiller Alonzo. Entonces ya púberes, anhelábamos tener un Río Nilo que permitiera el riego de los campos agrícolas y con eso se obtuvieran tres cosechas por año. Sin duda era preocupante para las familias, en una dependencia casi exclusiva de la producción agropecuaria local, que la alimentación y la economía en general estuviesen sujetas a las erráticas lluvias orientales del verano.
No sabíamos aún, o no valorábamos quizá, del tesoro acuífero de nuestro subsuelo, que, aunque carente de minerales de alto valor comercial, contenía agua a tan sólo unos cuantos metros de la superficie. Tampoco se estima el oxígeno, igual de vital, porque existe en abundancia. Luego supusimos también que lo era el agua como fuente inagotable.
Quizá la letrilla de una canción de moda contribuía con el fomento de nuestra mala cultura para el cuidado del agua: “… La lluvia la manda Dios, el agua la da el alcalde.” No éramos tantos los habitantes del territorio yucateco. Cierto, se recogía el agua de las lluvias y se almacenaba en aljibes. Era para el consumo humano. Por supuesto que muy pocos tenían los recursos para construir esos tanques de almacenamiento, y por mayor que fuese el cuidado siempre se corría el peligro de desarrollar bacterias nocivas.
Otra forma de obtener el vital líquido era con la perforación de pozos artesanales hasta el primer manto freático. Los pudientes extraían con la fuerza eólica de las veletas o motores a gasolina, luego los eléctricos; antes fue en las norias. Algunos de menor condición económica, tenían pozos en sus solares comunitarios y compartían con los vecinos; la extracción era manual utilizando carrillos y sogas. Había también pozos públicos, para los de mayor infortunio.
Altas eran las tasas de enfermedades gastro intestinales y tremendos los porcentajes de mortalidad infantil; sobre todo por el fecalismo al aire libre que se filtraba en la temporada de las lluvias o por el aumento en la utilización de los sumideros o fosas sépticas, para llamarlas con elegancia, en las zonas urbanas, que también traspasaban todos los contaminantes de los hogares hasta las fuentes de agua.
Luego hubo presión social para dotar a Yucatán de agua potable. Los gobiernos de entonces iniciaron los trabajos con financiamientos de la banca internacional. Cuando se dieron a conocer las tarifas del nuevo servicio, hubo malestar social, les parecía muy oneroso en una sociedad que culturalmente aceptaba que el agua la manda Dios. Los gobernantes tenían otra presión, la de los organismos financieros que exigían el cumplimiento de los compromisos. Fue un problema generalizado en la capital, que incluso ocasionó que el PRI perdiera por primera ocasión la alcaldía de Mérida.
El presidente Díaz Ordaz, brusco y altivo, dijo al enterarse del conflicto local: Que los yucatecos sigan tomando caldo de microbios.
Empezó la era del agua potable en Yucatán distribuida en redes por casi toda la ciudad y los municipios más populosos del Estado. Fue en los años sesenta. No se sabe a ciencia cierta si el agua ahora se potabiliza en toda la entidad o exclusivamente se clora y con eso sea suficiente. De todas formas, resulta una ganancia con relación al pasado. Pero insuficiente.
Durante los años noventa hubo una epidemia de cólera en Suramérica, ya en los albores de la actual era de una comunicación masificada, que traía noticias fatalistas, como ahora con el coronavirus chino. Por supuesto, la sociedad se alarmó y se pensó que el agua potable -apta para el consumo humano- no lo era del todo, y para no correr riesgos empezó el consumo de las aguas llamadas purificadas. Se dice que su incremento fue por cuestiones de seguridad. Hoy las empresas que la comercializan en envases manejan los precios a su arbitrio y eso sí afecta el bolsillo de la clase trabajadora. Muchas de esas “industrias extractivas” tampoco tienen el control sanitario.
Nos preguntamos si el agua que consumimos está libre de los nuevos contaminantes como litio, mercurio, herbicidas o pesticidas, más otras sustancias químicas. Nos preguntamos si no ha subido el índice de las enfermedades de la piel, incluyendo el cáncer y si el agua que utilizamos para el aseo personal no es vehículo de estas sustancias malignas para nosotros. ¿Alguna dependencia puede responder a nuestra inquietud?
Desde hace algunos años, el gobierno estatal se quedó sólo con la administración del sistema de agua potable, y dicen también de alcantarillado, en la capital yucateca. Entregó a los municipios del interior la regencia de los suyos. Desde entonces ha sido exponencial el crecimiento demográfico. Llegaron nuevos habitantes, que son bienvenidos, pero la ciudad de Mérida y los demás municipios no está preparada para recibir a tantos. El silogismo nos dice que mientras más seamos mayores contaminadores seremos. Además, llegan nuevas industrias que generan los empleos tan necesarios, pero que a la vez contaminan nuestros mantos de abastecimiento del vital líquido
Aún carecemos de un sistema de drenaje porque nos han hecho creer que por las características de nuestro suelo esto resulta imposible. ¿Ud. lo cree, amable lector? Aunque también los desechos con un sistema de alcantarillado contaminarían en algún lugar, probablemente el mar.
¿Cómo conciliar el desarrollo y el progreso con el cuidado de la naturaleza? ¿Qué debemos hacer como sociedad para cuidar la vida, empezando con la necesaria salubridad del agua? No parece ser fundamental, entre las políticas públicas prioritarias de nuestros gobiernos, atender esta bomba de tiempo. Por supuesto que es a ellos a quienes debemos exigir, empezando para que escuchen con seriedad a los expertos, aunque no siempre les sean a modo en el tema. Debe consultarse a quienes saben antes de la toma de decisiones, debido a la real amenaza. Pero es también obligación social participar en acciones concretas, empezando desde la educación en el hogar y las escuelas con destino que le damos a la basura.
Nuestros cenotes, esas bellezas del paisaje peninsular, en muchos casos los han convertido en auténticos cochineros, son el destino final de la basura. Lo mismo se observa a la vera de las carreteras, donde conductores irresponsables, sus familiares o pasajeros, arrojan sin conciencia la basura.
En el pecado está la penitencia.
Extrañaré a Julio, como todos los paisanos. Son muchos los recuerdos de toda una época. Su presencia era parte de la vida cotidiana. Extrañaré que desde lo lejos me griten: Cancheeeé, y al acercarse con la mano tendida para saludar me dijera: -No, no, no, Antonio; Canché es ese. Mi sobrino hache.
Extrañaré su fuerte voz desde el mercado que me despertaba temprano, cuando al discutir, ratificaba ser Sosa. Era terco, muy servicial. Extrañaré aquellas noches de cine con las películas del Santo y sus luchas con las desbordadas emociones de Julio.
Recuerdo cuando hacía su servicio militar, porque él decidió hacerlo y nada lo impidió. Su infalible presencia en velorios y sepelios, sus entusiasmos en los circos y espectáculos, sus inquietudes ante los trucos de los magos, sus furias cuando lo enfadaban, sus ternuras con los niños.
Se sabía de memoria el calendario cívico. Leía muy bien y sustentaba su argumento. Infalible mencionarlo en nuestras anécdotas. Referente en nuestro pueblo.
Se extrañarán sus éxtasis, sus euforias, sus alegrías y también sus dolores cuando el accidente en el que falleció Margarita, su madre adoptiva. Se nos adelantó Julio, hoy hay tristeza. Espita de luto. Nos duele su partida. Seguro a su sepelio irá el pueblo, como dijera Martí: irá el pueblo en tandas todas cargadas de lágrimas porque no lo volveremos a ver, porque con Julio se va toda una época desde la niñez hasta nuestra vejez.
Un paisano muy estimado, popular, juguetón, sencillo y bonachón: Julio todo un caballero especial con su alma de niño. Adiós amigo Julio, hoy alegre el cielo te recibe con el coro de los ángeles, y tú les dirás: ¿CÓÓÓÓMO HIZOOOO? ENTRE TANTO, LLORAMOS TODOS EN ESPITA.
28 de diciembre de 2019
