El frío y la llovizna acompañaron las noches de
diciembre. La fecha se acercaba cada vez más y dentro de unas horas llegará la
Navidad. Las nocheras, como cada año, desde la víspera organizaron novena y
rosarios, y con las afinadas campanas de la Iglesia llamaron a la novena
vespertina. Los campesinos que asisten asiduamente, conversan a un costado de
la capilla, escondidos bajo las sombras de los laureles pero el humo de sus
cigarrillos los delata.
Familias enteras llegan al
templo, algunas llevan velas y veladoras, los ancianos se sientan en las bancas
traseras, las señoras van adelante, mientras los niños corretean y juegan cerca
del púlpito. Los cantos y alabanzas al Niño Dios se alcanzan a escuchar en todo
el pueblo. Atole, arroz con leche y galletas se comparten al finalizar los
cánticos navideños.
Así se preparan los fieles católicos
del poblado para celebrar el nacimiento de Jesús. Las bombitas y los gritos de
alegría en las esquinas no pueden faltar. En muchas casas se pueden apreciar
árboles adornados con luces navideñas y nadie duda que éstas son noches para
estar en la gloria tomando arroz con leche o café caliente con galletas
animalitos.
El frio de la noche obliga a
cerrar temprano puertas y ventanas. Mi hija, la más pequeña, jugaba con Sasil,
mi otra hija, quienes unas horas antes habían preparado dulceros y otros
obsequios para mis alumnos de la escuela primaria por quienes profeso un cariño
especial.
Sin querer, la nostalgia me va
invadiendo, los pensamientos regresan y evocan los días de mi infancia. La Navidad
se nos vino encima, y apenas hace unos
días conversaba con mi padre de lo rápido que pasaron los meses, mientras lo
acompañaba a consultar en el hospital. Decíamos que el tiempo se nos escurre
entre los dedos, y percibía que sus ojos me miraban con ternura, en tanto yo
aparentaba carácter fuerte pretendiendo ocultar mi preocupación por su estado
de salud.
“Jach séeb u máan le k’iino’oba’” (los días pasan muy rápido) me decía. Y en efecto, me parece que el año por terminar
acaba de iniciar, pero estoy claro que se ha ido para no volver. Las horas, los
días y los meses se fueron rápido, y el trajín de la vida casi no permite detenerse
a recapacitar sobre la prisa con conque se desvanece el tiempo.
Recuerdo que de niño esperaba
con ansias la llegada de mi padre que por motivos laborales se había ido a
Tenosique Tabasco. Su “patrón, como él decía, era Eduardo Campos Rivas,
próspero empresario meridano del ramo agropecuario y dueño de ranchos ganaderos
en los años ochenta. Después de varios meses de no verlo, por fin llegó el día
de su regreso, era el mes de diciembre y arribó precisamente el 24 de diciembre.
Creo que eran más de las 10 de la noche cuando llegó a casa. Él contó que la “Sultana”
venia repleta de Tabasco y que durante
el trayecto hizo muchísimas paradas. Poco me interesaban poco los comentarios, mis ojos estaban
puestos en su valija, y apenas la asentó
corrí a ver los regalos que nos trajo. ¡Qué alegría! al abrir su equipaje
aparecieron unas pistolas de calamina con su cincho, un caballito de madera y
trompos. A mi hermana le trajo muñecas y unas libretas con la imagen del Chavo
del Ocho. Esa noche casi no dormí de emoción, y en cuanto rayó el alba salí a
jugar a los pistoleros, brincando en mi rocín de palo por todo la calle.
En realidad mi padre siempre fue
y sigue siendo cariñosos conmigo, en aquel tiempo cuando lo veía recostado, me
tiraba encima de él, me hacía “loch”
y jugaba conmigo haciéndome cosquillas. Me alzaba y decía “hueso, hueso, hueso,
hueso”. Años más tarde nos trasladamos a Valladolid seguramente pensando en
darnos una mejor vida en esa bella ciudad.
En la actualidad cuando
llega la Navidad, trato de disfrutarla
con mis hijos, mi esposa y mis familiares, pues es un gran regalo regocijarse
en familia. En el centro de Kanxoc tenemos un pequeño pesebre con luces de
colores. Mi hija Yutsil gusta observar cómo brillan los matices encendidos, y con
eso recordamos la fuerza de la fe católica y las creencias bíblicas.
Este mes de diciembre los
seres que amo están conmigo, con la sensación de que los años pasan rápido. Y en
realidad pasan rápido, pero aprovecho jugar y conversar con mis hijos en el
marco de la Navidad, con su simbolismo de amor y paz. La vida continúa su
trayecto, las fiestas y los regalos van quedando atrás, y no es sino al cerrar
la puerta de casa cuando valoro la felicidad de encontrarme en familia.