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Crónicas de Kanxoc

Navidad entre novenas y nostalgia

José Antonio Cutz Medina

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El  frío y la llovizna acompañaron las noches de diciembre. La fecha se acercaba cada vez más y dentro de unas horas llegará la Navidad. Las nocheras, como cada año, desde la víspera organizaron novena y rosarios, y con las afinadas campanas de la Iglesia llamaron a la novena vespertina. Los campesinos que asisten asiduamente, conversan a un costado de la capilla, escondidos bajo las sombras de los laureles pero el humo de sus cigarrillos los delata.

Familias enteras llegan al templo, algunas llevan velas y veladoras, los ancianos se sientan en las bancas traseras, las señoras van adelante, mientras los niños corretean y juegan cerca del púlpito. Los cantos y alabanzas al Niño Dios se alcanzan a escuchar en todo el pueblo. Atole, arroz con leche y galletas se comparten al finalizar los cánticos navideños.

Así se preparan los fieles católicos del poblado para celebrar el nacimiento de Jesús. Las bombitas y los gritos de alegría en las esquinas no pueden faltar. En muchas casas se pueden apreciar árboles adornados con luces navideñas y nadie duda que éstas son noches para estar en la gloria tomando arroz con leche o café caliente con galletas animalitos.

El frio de la noche obliga a cerrar temprano puertas y ventanas. Mi hija, la más pequeña, jugaba con Sasil, mi otra hija, quienes unas horas antes habían preparado dulceros y otros obsequios para mis alumnos de la escuela primaria por quienes profeso un cariño especial.

Sin querer, la nostalgia me va invadiendo, los pensamientos regresan y evocan los días de mi infancia. La Navidad se nos vino encima,  y apenas hace unos días conversaba con mi padre de lo rápido que pasaron los meses, mientras lo acompañaba a consultar en el hospital. Decíamos que el tiempo se nos escurre entre los dedos, y percibía que sus ojos me miraban con ternura, en tanto yo aparentaba carácter fuerte pretendiendo ocultar mi preocupación por su estado de salud.

“Jach séeb u máan le k’iino’oba’” (los días pasan muy rápido) me decía.  Y en efecto, me parece que el año por terminar acaba de iniciar, pero estoy claro que se ha ido para no volver. Las horas, los días y los meses se fueron rápido, y el trajín de la vida casi no permite detenerse a recapacitar sobre la prisa con conque se desvanece el tiempo.

Recuerdo que de niño esperaba con ansias la llegada de mi padre que por motivos laborales se había ido a Tenosique Tabasco. Su “patrón, como él decía, era Eduardo Campos Rivas, próspero empresario meridano del ramo agropecuario y dueño de ranchos ganaderos en los años ochenta. Después de varios meses de no verlo, por fin llegó el día de su regreso, era el mes de diciembre y arribó precisamente el 24 de diciembre. Creo que eran más de las 10 de la noche cuando llegó a casa. Él contó que la “Sultana” venia repleta de Tabasco  y que durante el trayecto hizo muchísimas paradas. Poco me interesaban poco los comentarios, mis ojos estaban puestos en su valija,  y apenas la asentó corrí a ver los regalos que nos trajo. ¡Qué alegría! al abrir su equipaje aparecieron unas pistolas de calamina con su cincho, un caballito de madera y trompos. A mi hermana le trajo muñecas y unas libretas con la imagen del Chavo del Ocho. Esa noche casi no dormí de emoción, y en cuanto rayó el alba salí a jugar a los pistoleros, brincando en mi rocín de palo por todo la calle.

En realidad mi padre siempre fue y sigue siendo cariñosos conmigo, en aquel tiempo cuando lo veía recostado, me tiraba encima de él, me hacía “loch” y jugaba conmigo haciéndome cosquillas. Me alzaba y decía “hueso, hueso, hueso, hueso”. Años más tarde nos trasladamos a Valladolid seguramente pensando en darnos una mejor vida en esa bella ciudad.

En la actualidad cuando llega  la Navidad, trato de disfrutarla con mis hijos, mi esposa y mis familiares, pues es un gran regalo regocijarse en familia. En el centro de Kanxoc tenemos un pequeño pesebre con luces de colores. Mi hija Yutsil gusta observar cómo brillan los matices encendidos, y con eso recordamos la fuerza de la fe católica y las creencias bíblicas.

Este mes de diciembre los seres que amo están conmigo, con la sensación de que los años pasan rápido. Y en realidad pasan rápido, pero aprovecho jugar y conversar con mis hijos en el marco de la Navidad, con su simbolismo de amor y paz. La vida continúa su trayecto, las fiestas y los regalos van quedando atrás, y no es sino al cerrar la puerta de casa cuando valoro la felicidad de encontrarme en familia.

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