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Crónicas de La Colonia Yucatán

Fernando Uribe Medina, estudiante y profesional destacado

José Antonio Ruiz Silva

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Seguramente muchos recuerdan a Fernando “Patín” Uribe Medina, quien nació y vivió en la Colonia Yucatán en las décadas de los 60 y 70 como muchos jóvenes hijos de trabajadores. Sus padres fueron los señores Joaquín Uribe Poot, originario de la ciudad de Mérida  y doña Lucía Medina Jiménez, originaria de la vecina población de Calotmul. Don Joaquín trabajó durante muchos años en el departamento de Calderas de Maderera del Trópico cuyo encargado era don Ramiro Villalobos. Cuenta “Patín”,  que recuerda “… que cuando a veces le llevaba el lunch o la cena a mi papá cuando estaba de turno, a veces me dejaban pasar donde trabajaba y al entrar a ese lugar, yo tenía que gritar con gran fuerza para hacerme escuchar, había mucho ruido en ese espacio. Allá arriba siempre había una persona echando desperdicios de madera para mantener el calor de esas enormes calderas y equipos que producían la fuerza necesaria para las máquinas industriales.”

 Patín”  como se lo conocían todos en la Colonia Yucatán siempre fue un buen alumno con ganas de destacar en los estudios. Para ello, después de cursar la enseñanza primaria y secundaria se traslada con su mochila llena de sueños a la ciudad de Mérida donde cursa la preparatoria y posteriormente la carrera de Ingeniería Civil.

“Fueron tiempos muy difíciles, pero nos fuimos acostumbrando y apoyando entre amigos en todos los aspectos. Había que sobrevivir, primero en esa gran urbe que nos parecía enorme después de haber vivido tranquilamente en un pequeño pueblo como era la Colonia Yucatán, y además nuestras condiciones económicas no nos alcanzaron para realizar viajes y conocer más allá de algunos puertos y pueblos del oriente a donde acudíamos en intercambios deportivos. Durante el tiempo de mis estudios, para pagar costos y al menos vestirme adecuadamente, me contraté con el grupo musical Los Deltons, que estaba de moda en ese entonces, pero no como músico sino como asistente para ayudarlos en todo lo concerniente al trabajo pesado como era bajar y subir instrumentos, bocinas, cables y demás aperos del grupo. Con ellos estuve varios meses acompañándolos en sus presentaciones en algunos restaurantes de Mérida y en algunos poblados cercanos cuando lo permitían mis estudios en la Facultad de Ingeniería. Por cierto, en la misma facultad también estudiaban Miguel Oy, Ricardo Tec, y “Beto” Aguilar, de la Colonia Yucatán. Al terminar mi carrera en 1984, entré a trabajar en el Ayuntamiento de Mérida, luego construyendo clínicas del IMSS  Coplamar en Chiapas, y posteriormente en el INFONAVIT. Es en este instituto cuando apenas tenía unos meses trabajando con ellos,  me enviaron a Cancún para un corto período  y es cuando me ocurre una desgracia. Resulta que yo tenía la costumbre cada sábado de ir a bañarme al mar con mi esposa y mis dos hijos y me encantaba tirarme de clavado al final del muelle de playa Langosta, tal como lo hacía en los cenotes cercanos a la Colonia Yucatán. Pero el día sábado 22 de septiembre de 1990, le dije a mi esposa antes de retirarnos para ir a nuestra casa, voy a tirarme un clavado más y cuando lo hice, caí de cabeza azotando mi cabeza sobre la arena y me rompí tres cervicales. Recuerdo que no me dolía nada bajo el agua y como podía emergía dando manotazos y alcancé a ver que mi esposa decía ¡salte ¡¡salte ¡y al ver que no lo hacía gritó pidiendo auxilio y es cuando tres jovencitos se lanzan al agua, me agarran de los pies, de la cabeza y de la cintura y me llevan a la playa evitando con esto que me ahogara. Entonces empecé a sentir terribles dolores que se me hicieron eternos, esperando la ambulancia que apenas tardó 15 minutos en llegar. Luego me trasladaron a Mérida donde me hicieron tres difíciles intervenciones quirúrgicas, hasta que el médico encargado me dijo: lo más que podemos hacer por ti es que logres sentarte en una silla, lo que para mí sonó y retumbó en todo mi ser como una sentencia. Cuando logré sentarme después de largas y cansadas sesiones de rehabilitación, empecé a trabajar en mi casa elaborando planos arquitectónicos por encargo, luego dar clases de algebra, trigonometría y cálculo en mi casa, hasta que supe de que podría ser un buen negocio el servicio de moto taxis. Conseguí en el Ayuntamiento de Mérida una moto taxi, reuní a un grupo de personas en situación como la mía y creamos una cooperativa de 50 personas que al escindirse se fraccionó en dos grupos, uno de los cuales me correspondió atender. Estoy orgulloso de lo que hemos logrado en este grupo vulnerable pues significa una gran responsabilidad, llevar el control de casi 25 socios moto taxistas, la contabilidad, los asuntos jurídicos, ayudarlos a solucionar los problemas que se presentan, con la ventaja de que, a partir del 29 de julio del 2020, ya somos reconocidos por las autoridades de transporte del Estado de Yucatán.”

El ingeniero Fernando “Patín” Uribe vive en la ciudad de Mérida en la colonia Juan Pablo II, acompañado y apoyado por su hermano mayor Carlos, tal como le hiciera su hermano “Bicho” durante mucho tiempo, desde donde continúa sirviendo a la sociedad a pesar de padecer algunas enfermedades y utilizar su inseparable silla de ruedas para desplazarse.

Asociación de Cronistas e Historiadores de Yucatán A.C.

Crónicas de La Colonia Yucatán

El restaurante “Erick” de Carlos Medina

José Antonio Ruiz Silva

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Una larga conversación con el amigo Carlos Medina, quien no recuerda  quien le puso el sobrenombre de “Paleta”, pero que sin duda es un personaje que goza de mucha estima en la Colonia Yucatàn y en el rumbo oriente de  Mèrida, su ciudad natal a la que regresó  muchos años despuès de salir con rumbo a la Colonia industrial donde vivió y trabajó a gusto. Muchos lo recordarán como uno de los empleados del gran Departamento de Costos que cumplió funciones muy importantes durante la época de auge de las industrias madereras en el oriente del Estado. Carlos llega antes de los años 60 a la Colonia Yucatàn en compañía de sus hermanos Ramón, Raúl , Agustín y Marcos,  quienes tambien trabajaron desde muy jóvenes en las fàbricas,  a excepciòn de Ramón,  el mayor de ellos, quien no permaneciò en el poblado.

Su ingreso al departamento de Costos se da cuando era  jefe el señor Enrique Geyne, un colaborado experto en en los ramos de  administraciòn y finanzas, y hombre  de confianza del entonces Director General, quien lo invitó por su experiencia a estructurar tan importante área administrativa. Del tema del departamento de Costos, nos ocuparemos en subsiguientes escritos.

Nos cuenta el amigo Carlo  Medina “A espaldas de lo que fue la  tienda de abarrotes de  don Arturo Orozco, frente al parque, existe hasta ahora un edificio de madera conocido como el restaurante. Recuerdo que bajo ese giro comercial funcionó, primeramente baja la administraciòn del señor José Medina y su esposa Carmen Arjona, posteriormente con Felipe “Pilón”  Leal  y luego  por algun motivo fue cerrado, permaneciendo asì  durante algunos años. En esa época, muy jòven me fui a Mèrida a estudiar una carrera comercial y a mi regreso me casé con la señorita Concepción Ravell y fue cuando entré a trabajar al Departamento de Costos, lugar  donde platicando con los choferes de los trailers que venían por los productos de madera, me di cuenta que no tenían un lugar donde comer y a veces se quedaban hasta 2 días esperando turno para cargar sus camiones, y  me nació la idea  de rescatar el antiguo restaurante. Para ello  le dije al entonces encargado de las fábricas el Ing. Rafael Villamil, pues el edificio pertenecia a la empresa,  que yo podrìa hacerme cargo y levantarlo con una nueva imagen. Después de la restauración y la consabida inauguración, contraté a 2 cocineras de Valladolid que hacían deliciosos guisos, entre ellos el Escabeche oriental, Relleno negro y diferentes comidas corridas que degustaban las maestras, los visitantes y la principal clientela que eran los traileros con los cuales hicimos una muy buena amistad. Recuerdo entre otros por sus apodos a Cabillo”, “Camote”, “Carote”, “La hormiga”, “El bruto” y los hermanos Basulto, casi todos de la empresa de transporte de carga  Saeta. El platillo especial era la carne de  venado en bistec, dzic o  pipian, manjares regionales que a todos encantaban. Debido a las necesidades de los parroquianos, tambien dábamos servicio por las tardes con la venta de antojitos regionales como panuchos, salbutes, tortas y por primera vez en la Colonia comenzamos la venta de hot-dog y hamburguesas, que resultó una grata novedad. En esta misma época, y para ambientar el lugar que se llenaba constantemente a toda hora, introdujimos la primera rock-ola en el pueblo para deleite de  la juventud de esa época. Por cierto, como dato curioso yo adquirí el restaurante para cumplir un deseo personal, porque en mis años de estudio fui  asiduo cliente del restaurante “Erick” situado a un costado  del cine Mérida y me dije- algún día voy a tener uno asì  en mi Colonia y gracias a Dios se me cumplió. Con el paso de los años y al cerrar las fábricas en 1975, trabajé algunos años más atendiendo a funcionarios y técnicos, que contrataron los nuevos dueños y que eran sus empleados de confianza. Ya un poco cansado de trabajar en este tipo de negocio que  absorve todo nuestro  tiempo y por estudios de mis hijos Erik, Karla y David , todos ellos nacidos en la bella Colonia Yucatàn, nos trasladamos a vivir a la ciudad de Mérida en el Fraccionamiento Brisas , lugar donde actualmente resido. Antes de salir de la Colonia Yucatán, cedí los derechos del restaurante a Leopoldo “Polo” Concha, mismo que lo atendió durante varios años.

Asociaciòn de Cronistas e Historiadores de Yucatàn A.C.

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Crónicas de La Colonia Yucatán

Don Ramiro Carrillo Medina prohijado por sus virtudes

José Antonio Ruiz Silva

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¡Cuántas personas y cuántos trabajadores llegaron de diferentes partes de Yucatán y de otros estados del país a la Colonia Yucatán¡  Al principio fueron hombres casados y solteros jóvenes rondando los 22 y 25 años, que al ver las buenas condiciones del trabajo y algunas comodidades que muchos no conocían, trajeron a sus esposas e hijos.

Es así como del poblado de Teabo, colindante en la zona henequenera y la ahora zona citrícola de nuestro estado, llega en una de esas oleadas migratorias un personaje que por su don de gentes y su talento muchos de nosotros acudíamos hasta su taller, localizado en su casa de la calle Paasak, para la reparación de nuestros relojes de mesa. Se trata de don Ramiro Carrillo Medina, quien habiendo  prestado sus servicios en el ejército mexicano como sargento segundo, aprendió  diversos oficios que para fortuna de él y su familia logra desempeñar como medio complementario a sus ingresos como obrero en la Colonia Yucatán. Era común que lo viéramos trabajando por  las tardes después de la jornada laboral en la fábrica maderera, dedicado a la reparación de relojes e incluso de  algunos electrodomésticos, amén de desempeñarse en la venta de cloro, como electricista, plomero y rotulista, siendo este último oficio el que le proporcionó muchas satisfacciones, puesto que durante muchos años se desempeñó como anotador de los carrerajes que se plasmaban en la enorme pizarra de madera que se encontraba entre los jardines izquierdo y central del entonces moderno campo de beisbol de la Colonia Yucatán. Este campo deportivo,  en su momento se consideró como uno de los mejores de la región, al contar con su superficie  debidamente nivelada, casetas para jugadores de ambos bandos, gradas de madera y al fondo los jardines que remataban en unas frondosas plantas de tulipanes rojos. En este campo jugaba como equipo anfitrion su adorado favorito “Maderera del Tròpico”, integrado por grandes y buenos  amigos de la localidad. Seguramente le tocó presenciar el largo e inolvidable juego de pelota entre Maderera del Trópico y el Ayuntamiento de Tizimín, quienes  se enfrascaron en un largo partido de 19 entradas en la década de los 60, en una justa deportiva que no parecía tener fin.  Su habilidad la demostró al llenar la pizarra casi dos veces al anotar las pocas carreras, y colocando cero tras cero con la mano derecha hasta el final del épico partido. Le habrá dolido el corazón dibujar la carrera que en la parte alta de ese fatìdico final, dio la victoria a los tizimileños. La afición al deporte del bate y la pelota la trajo desde su pueblo natal donde se desempeñaba con el equipo local en la difícil posición de catcher.

Don Ramiro encontró en la Colonia Yucatán durante los años que permaneció en ella, un lugar de sosiego, respeto y un sitio para educar a sus hijos Jorge, Raúl, Felipe, Nitza y Lourdes. A los varones les inculcó el gusto por la práctica del  beisbol, donde han destacado en diferentes lugares, demostrando lo bien aprendido en la Colonia Yucatán.

A su vez se debe recordad que don Ramiro trabajó durante 42 años en las fábricas en el mantenimiento preventivo y correctivo de las antiguas y  modernas maquinarias, teniendo como compañeros de trabajo a Fausto Corona, Edemar Zapata, Víctor Rodríguez y Leonarod Poot, entre otros. Entrando los años 90, don Ramiro, a petición de sus hijos, se trasladó a vivir a la ciudad de Mérida para estar cerca de ellos, cargando sobre sí con una afección cardíaca y dejando con tristeza a su amada Colonia Yucatán, donde hasta el último de sus días soñó con volver. El 8 de mayo de 1998, a la edad de 81 años, y después de una corta enfermedad fallece en Mérida, siendo depositadas sus cenizas en la Iglesia de la Colonia Alemán. De esta forma  y con descriptible nostalgia, según nos escribió su hijo Raúl Carrillo Pineda en el reciente mes de enero del 2021.

¿Cómo no recordar a este personaje maravilloso de nuestro pueblo mágico?  Su talento y  pasión por servir al prójimo lo llevaron a formar parte de los personajes más representativos y seguirán siendo orgullo  para la  Colonia Yucatán. Sin duda un digno hijo adoptivo de este lugar , como muchos que se precian de serlo entre los verdes campos del oriente.

Asociaciòn de Cronistas e Historiadores de Yucatàn A.C.

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Crónicas de La Colonia Yucatán

El Cuyo, clave para el desarrollo de las empresas madereras (V y final)

José Antonio Ruiz Silva

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Antiguo muelle de madera.

Durante la década de los años 40, las empresas madereras se encontraban en pleno asentamiento y vertiginoso auge, y en ese entorno ven la oportunidad de utilizar la salida al mar de El Cuyo para enviar también porductos a puertos del Golfo de México como Progreso y Veracruz,  primeramente rolos de madera que eran transportados en plataformas de truck, inicialmente tirados por mulas, y luego por modernos tractores de motor de gasolina, que partían del Campamento La Sierra. Posteriormente se despacharon productos terminados que salían de las fábricas asentadas en  la Colonia Yucatán.

Pero años antes, sin contar aún con un embarcadero que sirviera para incrementar el volumen de envío de madera no procesada y luego madera industrializada, las compañías madereras se dieron a la tarea de construir un moderno y funcional muelle con maderas de la región, que estuvo en funcionamiento durante muchos años y con el tiempo se convirtió en un importante referente de ese bello puerto.

Ya con los permisos correspondientes se dieron a la tarea de contratar a don Florentino Rivera, que se encargó de reclutar al personal que realizaría los trabajos, así como señalar a los directivos de las empresas los tipos de madera que se requerirían para tan importante obra. Para ello, en los montes de los alrededores de la Colonia Yucatán se buscaron, y se extrajeron árboles de madera dura cuyas especies tuvieran las características de ser de alta resistencia a la humedad y la salinidad como son el sacyab (Gliricidia spium), chimay (Acacia millenaria), kalatox (Schwartzia sp), granadillo (Platimiscium yucatanum), mora (Maclurao Chlorophora), Chacté (Caesaalpinia platyloba) Yaxnic (Vitex),  el jabín y el zapote.  

Cuando ya se hubo concluido el moderno muelle, las fábricas madereras lograron la estabilización de su producción de triplay, y entonces en lugar de rolos de madera,  enviaban flitches de triplay, habiéndose logrado con esto un gran paso en la industrialización de la madera como una de las metas iniciales marcadas por el  ingeniero Alfredo Medina Vidiella. Con el paso del tiempo y la modernidad, la apertura de mejores caminos que conectaban a la Colonia Yucatán con Tizimín y posteriormente con Mérida, provocaron que la utilización del truck que transportaba la producción industrial a El Cuyo, cayera en desuso y con ello el posterior levantamiento de las líneas decauiville.  Quedaron entonces únicamente algunas pequeñas líneas que servían para trasladar desde el antiguo  y nuevo aserradero, los preciados desperdicios de aserrín que salían como desecho del aserrío de los troncos de árboles y que serviría durante mucho tiempo como material de combustión para las calderas que alimentaban las plantas para la producción de energía eléctrica.

El puerto de El Cuyo, entonces pasó a convertirse paulatinamente en un importante sitio de pesca, cada vez en mayor escala, llegando a ocupar un destacado lugar en la producción pesquera en nuestro estado. Durante esos años y con la construcción de un refugio pesquero al poniente del puerto, ocasionó que se dejara de utilizar el muelle y aunado a la falta de mantenimiento, debido posiblemente a lo caro que resultaría,  aceleró su deterioro, hasta que para la construcción del moderno muelle en el mismo sitio, fue necesario desmantelar por completo toda la estructura de madera, quedando únicamente un viejo poste de madera de zapote , que aún se puede observar bajo el muelle nuevo, como fiel testigo de su historia, poste que dio pie a esta serie de escritos sobre la importancia del puerto de  El Cuyo para el desarrollo de las empresas madereras asentadas en la Colonia Yucatán y en La Sierra.

Seguramente el señor Florentino Rivera, quien participó en su diseño y construcción, habrá estado orgulloso del gran servicio que prestó a la industria maderera, el antiguo muelle de madera. Él estuvo al frente de un gran equipo de fuertes trabajadores y carpinteros de la Colonia Yucatán y La Sierra que en largas, agotadoras y peligrosas jornadas lograron ese gran trabajo. Se recuerda entro otros muchos afanosos trabajadores que participaron a Antonio Castillo, quien desde muy joven laboró en ese proyecto.

Asociación de Cronistas e Historiadores de Yucatán A.C.

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