Crónicas de Sacalum
Memoria de un tupil
Publicado
hace 6 añosen
Testimonio viviente de un maya-coreano que trabajó en los planteles henequeneros de la antigua hacienda Yunku de Peón, hoy comisaría de Sacalum, Yucatán.
Los deseos de saludarlo y saber si continuaba con vida, motivó ir a su encuentro. La última ocasión que lo vimos fue durante la fiesta patronal de la comisaría de Yunku, su lugar de nacimiento y donde reside. Don Marciano Cutz mi padre, también exhenequenero me acompañó. Relaciones de trabajo como peones unieron por muchos años a mi padre, a mi suegro y a él. Según cuentan, los tres fueron grandes peloteros, y entre plática y plática don Marciano recordó que a don Sixto le decían el coreano, y que su posición en el béisbol era de centerfile –yo era pitcher, me pegó varios jonrones– comentó mi padre. Su nombre es Sixto Kim, uno de los últimos maya-coreano que vive en la comisaría de Yunku (Dios supremo) antigua hacienda henequenera que empleó a numerosos coreanos que llegaron a Yucatán durante el auge del llamado “oro verde”.
Su vivienda se encuentra en la periferia de la antigua hacienda, en la actualidad comisaría de Sacalum, Yucatán. La puerta de su casa se encontraba cerrada, y mis gritos ocasionaron que dos perros salieran a mi encuentro, antes que la ventana de la puerta fuera abierta y una cara espigada con ojos rasgados apareció en ella. Por un momento pensé que no iba a recibirme, –bix a beel don Sixto– (cómo estás don Sixto) saludé.
Fue entonces cuando decidió abrir –Máaxech– (quién eres) contestó y un poco más en confianza dije mi nombre y lugar de procedencia –Aaaaaaah teech u ja’an sáabel (eres el yerno de Isabel) –bey– le respondí. Nos sentamos en la puerta de su hogar, mi padre lo saludó con afecto dado que los dos trabajaron en la misma hacienda, al igual que mi difunto suegro Isabel Rosado.
Comenzó diciendo –Táantik in suute’ (acabo de regresar) me invitó a comer relleno negro mi vecino, aquí continua la tomadera por el fin de año pero yo hace años que dejé la bebida, fui un tremendo borracho y fumador, una cajetilla de Alas Extra o Fragantes no era nada para mí en un día, gracias a mi esposa dejé todo, no me da vergüenza decirlo. La memoria de don Sixto continua intacta:
-Muchas veces- agregó don Sixto- mi esposa salía a buscarme por las calles, aquí de Yunku. Hubo veces que de la hacienda me sacaba totalmente borracho, recuerdo que la regañaba porque me molestaba que saliera a buscarme, mis amigos me burlaban, pero gracias a ella estoy vivo, también ya me dio tres infartos, fue así como me alejé del alcohol y el cigarro
-Te recuerdo bien- me dijo-una vez platicamos en la capilla de la hacienda, eres yerno de Isabel, me contaron que ya se murió. Aquí vivo con mi esposa, la pensión que recibo nos ayuda. La primera vez que platicamos, me contaste un poco sobre la vida de tu abuelo y tu papá. ¿Lo recuerda don Sixto? Pregunté. Respirando hondo, respondió:
-Mi abuelo, según contó mi padre, llegó de Corea a México porque les dijeron que aquí había buen empleo, a él lo llevaron a trabajar en Izamal, después lo mandaron a trabajar aquí a Yunku, aquí conoció a mi madre, y ya mis hermanos y yo aquí nacimos aquí, los patrones nos decían “tupiles” que porque éramos los más pobres y pobres.
En mis adentros recordé parte de la historia henequenera y sus indignantes niveles sociales en esa época. Tupil es un término peyorativo que los hacendados pusieron a los peones henequeneros o servidumbre, significa “los apagados, los que no pueden pensar, los que no saben nada” tuup=apagar, il=prefijo
El dueño de la hacienda fue don Joaquín Peón, después pasó a ser propietaria Anita Peón, una mujer que al parecer nunca se casó. Semanalmente venían a la hacienda a pagarnos, recuerdo que los encargados y mayocoles tampoco sabían escribir mucho. Sin embargo el mayocol apuntaba nuestro trabajo en las pencas del henequén, ahí rayaba los días trabajados y nunca se confundían, hoy con todo y calculadora o computadora se confunden –sonríe don Sixto-.
-Hubo un tiempo que nos juntaron a todos los peones para llevarnos a Arizona para trabajar en los campos de algodón, recuerdo que conocí tres lugares en Estados Unidos pero más tarde nos regresaron a la hacienda.
-Aquí frente a mi casa existe todavía los rieles del xtruck, plataforma donde se transportaban los trabajadores y pencas de henequén después de procesarlos. Aquí conocí a tu suegro, el hacía kolichkij (chapear entre pencas) otros hacían xotkij (cortar las pencas del henequén) también hacíamos molta’kij (los que recogen el bagazo de las pencas después de procesarlos, también había los que sacaban la “borra” del bagazo (tipo de fibra fina que se saca del bagazo), los fogoneros eran los que quemaban los desperdicios, las chimeneas de las haciendas echaban humo durante días. Con facilidad podías distinguir dónde había haciendas, por el humo de las chimeneas.
-Fui cazador, cacé venados y serpientes de cascabel, tengo una foto donde tengo alzado una tremenda culebra con 16 cascabeles, de 16 años. Pero hace muchos años que regalé mi rifle a un sobrino, yo ya no puedo cazar, hoy vivo de mi pensión, la primera casa donde viví con mis padres hace muchos años que se derrumbó, es aquí al lado, recuerdo cuando viniste la primera vez, le tomaste fotos.
En un rincón de su casa se encuentra un altar Católico con varias veladoras encendidas, y continuo don Sixto diciendo:
-Los presbiterianos que me visitan, siempre preguntan que cómo me hice Católico, ellos no entienden que todos los que trabajábamos en las haciendas nos impusieron desde pequeños la religión, quieras o no tenías que ir a misa, los patrones nos daban doctrina, nos enseñaban la religión, el padre que oficiaba misa venía de Muna, entonces nos juntaban a todos los peones y cocineras para entrar a la capilla de la hacienda, así nos hicimos Católicos, no te preguntaban si querías.
-Estoy cerca de cumplir 90 años, me sobreviven dos hermanos, uno vive en México y otro en Mérida, a veces viene el de Mérida a visitarme, el otro no, aquí en Yunku vivo tranquilo, tengo mis animales y una tienda conasupo (así le dicen a Diconsa), sólo así vivimos aquí.
Durante varias horas disfrutamos de amena e interesante conversación con don Sixto que conservando su origen coreano y es un gran mayahablante que resguarda en la memoria su vida henequenera. Las primeras sombras de una inmensa ceiba que se encuentra enfrente de su vivienda, nos avisó que había llegado el ocaso pues eran cerca de las seis de la tarde cuando nos despedirnos. Nos pusimos de pie mi padre y yo, estrechamos la manos de don Sixto cuya entereza señala indica que de tupil no tiene nada.
