Anduve las calles de San Salvador, para acariciar un pedacito de su alma angustiada, que luego supe que no era otra que la mía, abatida por la tormenta que nos impidió descender en San José, Costa Rica. ¿Quién diría que fue esa la semilla del girasol? ¿Cómo saber que aquella escala forzada ayudó a fincar raíces? Pregunté a la estrella del sur que guiaba mi naufragio, vestida de vecina indigente: ¿Por dónde tejen las redes de pesca? En las orillas Lago de Coatepeque, porque allá nacen los lirios de mejor aroma, los más brillantes. Era media noche y sentí caer una lluvia de rayos tersos, sin pretensiones de ser el sol inmenso que apresa en una migaja todo el verano.
La ciudad lucía
tan diferente y al mismo tiempo tan parecida, que me propuse no dormirme lejos
de los locos y los soñadores que deambulan por la Plaza Libertad, porque de
haberlo hecho me hubiera aseguraba una poesía malograda, en desconcierto
absoluto. Amanecí con la luna en las manos como si fuera el sol del estío, y
desde entonces El Salvador no fue más un simple punto en el mapa, sino el
trovador apremiante que destila cantos ilógicos en distancias convencionales,
pero que son bellos como el girasol que ronda mi persona.
Ponerme al
corriente de lo que ocurre en San Salvador a través de un par de cartas
recibidas en Mérida, es apenas un fragmento de lo que allá ocurre en estos
tiempos de pandemia. Los rumores que desató el presidente de ese entrañable
país centroamericano, Nayib Bukele con su discurso sobre las fórmulas que
propone para afrontar el virus. Aún no se saben los
resultados, pero tengo en la memoria a los amigos con quienes anduve la capital salvadoreña, de
la intersección de la 1a. Calle Oriente y Avenida España hasta la Avenida
Cuscatlán. Espero que todo marche bien y mientras puedo palpar de nuevo el
sabor de las pupusas, enviamos solidaridad y afecto a los compañeros de
siempre. El Salvador seguirá bregando.