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Fragmentos

El Salvador

Carlos Bojórquez Urzaiz

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Anduve las calles de San Salvador, para acariciar un pedacito de su alma angustiada, que luego supe que no era otra que la mía, abatida por la tormenta que nos impidió descender en San José, Costa Rica. ¿Quién diría que fue esa la semilla del girasol? ¿Cómo saber que aquella escala forzada ayudó a fincar raíces? Pregunté a la estrella del sur que guiaba mi naufragio, vestida de vecina indigente: ¿Por dónde tejen las redes de pesca? En las orillas Lago de Coatepeque, porque allá nacen los lirios de mejor aroma, los más brillantes. Era media noche y sentí caer una lluvia de rayos tersos, sin pretensiones de ser el sol inmenso que apresa en una migaja todo el verano.

La ciudad lucía tan diferente y al mismo tiempo tan parecida, que me propuse no dormirme lejos de los locos y los soñadores que deambulan por la Plaza Libertad, porque de haberlo hecho me hubiera aseguraba una poesía malograda, en desconcierto absoluto. Amanecí con la luna en las manos como si fuera el sol del estío, y desde entonces El Salvador no fue más un simple punto en el mapa, sino el trovador apremiante que destila cantos ilógicos en distancias convencionales, pero que son bellos como el girasol que ronda mi persona.

Ponerme al corriente de lo que ocurre en San Salvador a través de un par de cartas recibidas en Mérida, es apenas un fragmento de lo que allá ocurre en estos tiempos de pandemia. Los rumores que desató el presidente de ese entrañable país centroamericano, Nayib Bukele con su discurso sobre las fórmulas que propone  para  afrontar el virus. Aún no se saben los resultados, pero tengo en la memoria a los amigos  con quienes anduve la capital salvadoreña, de la intersección de la 1a. Calle Oriente y Avenida España hasta la Avenida Cuscatlán. Espero que todo marche bien y mientras puedo palpar de nuevo el sabor de las pupusas, enviamos solidaridad y afecto a los compañeros de siempre. El Salvador seguirá bregando.

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