La de Gonzalo
Guerrero, padre del mestizaje mexicano, es una historia por descubrir. Es la
historia de nuestro origen. Es la crónica inconclusa de una gesta de amor a su
mujer, a sus hijos y a una tierra que penetró en su alma. Renegó de su patria,
de su religión, de sus compañeros de armas, de su lengua, de su tradición. Y
murió peleando contra sus antiguos camaradas.
Gonzalo Guerrero
y Jerónimo de Aguilar, sobrevivieron a un naufragio frente a las costas de lo
que ahora es conocido como el Caribe mexicano, en 1511. Y aquí protagonizó una
historia de amor que ha traspasado los siglos. Una historia de amor que marcó
la historia nuestra, de la que provenimos, nuestra raíz mineral, nuestra sangre
compartida, las alas y el barro de que estamos hechos.
Gonzalo Guerrero
y su esposa, la hija de Nachan Cán, cacique del sur de Quintana Roo, en la
región donde se ubica Chetumal, la capital del Estado, fueron los padres de los
primeros mestizos mesoamericanos. Se ignora el nombre de la esposa de Gonzalo
Guerrero. Ningún cronista recogió ese dato esencial que se ha perdido quizá
para siempre. Pero no importa. Para fines de la leyenda se llama Xzazil, porque
así la llamó una novelista guatemalteca del siglo pasado, Argentina Díaz
Lozano. Y así se consigna en el Himno de Quintana Roo, cuya letra fue escrita
por el poeta Ramón Iván Suárez Caamal. Pero su nombre verdadero está en las
sombras, salvo que algún día aparezca algún documento oculto en el Archivo de
Indias que nos revele el nombre de esa mujer maya que cautivó al conquistador
español.
Cuando en 1518
Hernán Cortés llegó a Cozumel procedente de Cuba, guiado por el destino para
someter a los aztecas, tuvo conocimiento de que en el continente vivían dos
españoles y envío emisarios para que se incorporarán a su expedición, pero sólo
Jerónimo de Aguilar aceptó unirse a Cortés. Bernal Díaz del Castillo nos dejó
las estremecedoras palabras que Gonzalo Guerrero le dijo a Jerónimo de Aguilar
para quedarse, para no unirse a las fuerzas de Hernán Cortés: “Hermano Aguilar: Yo soy casado y tengo tres
hijos, y tiénenme por cacique capitán cuando hay guerras; idos con Dios, que yo
tengo labrada la cara y horadadas las orejas… Y ya veís estos mis hijitos cuán
bonicos son. Por vida vuestra que me deis de esas cuentas verdes que traéis,
para ellos, y diré que mis hermanos las envían de mi tierra”.
El cronista de
la conquista consigna esta escena conmovedora, que a lo largo de cinco, casi
cinco siglos, conserva la ternura de un hombre que ama a su esposa y a sus
hijos que lo arraigaron a su nueva patria, la patria de los mayas del Caribe: “Y Aguilar tornó a hablar a Gonzalo que
mirase que era cristiano, que por una india no perdiese el ánima, y si por
mujer e hijos lo hacía, que la llevase consigo si no los quería dejar. Y por
más que le dijo y amonestó, no quiso venir…”
Bernal lo
sintetiza en tres palabras: “no quiso
venir…” Y deja el testimonio del reclamo de Jerónimo de Aguilar a Gonzalo
Guerrero: “que por una india no perdiese
el ánima”.
Renunció a su
patria, a su religión, a su lengua, a la posibilidad de retornar con sus
paisanos. Hay quien dice que era gitano; otros especulan que era un judío
converso. Lo cierto es que murió en Honduras, tierra maya, combatiendo a sus
antiguos compañeros de armas. Por el amor de una mujer cuyo verdadero nombre
quizá nunca conoceremos. Y por el amor a sus tres hijos, que son la raíz y el
ala de nuestros sueños.
En 1978, en Aquí
los Congregó la Aurora, escribí:
En la tierra
donde todo florece y canta
Y en el viento
que dispersa la luz
Nació, como un
canto y un vuelo,
El fuego y la
raíz de Quintana Roo.
Ese fuego y esa
raíz tienen su origen en 1511, en el naufragio de un barco español que iba del
Darién a La Española, que arrojó aquí a un hombre natural del puerto de Palos
llamado Gonzalo Guerrero. Ese hombre que no quiso irse. Ese hombre que por una
“india perdió el ánima”. Ese hombre
que se quedó a vivir, a soñar y a luchar con nosotros y por nosotros, que somos
sus descendientes.