Honocui honorem honorem!
Ariel Avilés Marín: Maestro MODELO de origen a fin
Publicado
hace 6 añosen
Nuestra querida Escuela Modelo cumplía 60 años de vida en el mes de septiembre de 1970. Siendo las 7 en punto de la mañana del martes 2, la campana que se encontraba en la esquina superior del corredor de arcos del plantel sonó para hacer su llamado habitual de inicio de clases; así pues, a quienes éramos sus alumnos nos reunieron en la cancha de básquetbol, formando filas de acuerdo a nuestro grado escolar. En esa ocasión especial, nos presentaron a don Luis Brito Pinzón como nuevo Director General y, con él al frente, nuestra escuela iniciaría una nueva etapa de su desarrollo. A mí, siendo alumno, me tocó estrenar a don Menalio Villanueva como nuevo maestro del tercer grado de primaria y recuerdo que, en mi casa, ese día, también, había motivos para sentir ese nervio especial (ese que es producto de un honor por probar), nuestro hermano mayor, Ariel, estrenaría su vocación de maestro al asumir la cátedra de Física del tercero de secundaria que, amablemente, le había legado-nada menos-que la maestra Lucrecita Vadillo y, con ello, se empezarían a escribir páginas de oro en la vida de mi hermano y, al mismo tiempo, en él, se fue esculpiendo un singular ícono de la Escuela Modelo contemporánea.
El Mundo entero, Latinoamérica y México (Yucatán no era la excepción) estaban atravesando circunstancias de grandes e importantes cambios con reclamos de libertad, justicia, igualdad de oportunidades y búsqueda de mejores modelos de vida social; guerras, asesinatos, revueltas, revoluciones y otras manifestaciones dan nota a la formación de una nueva generación que, verdaderamente, cambió a la humanidad, de esa generación forma parte Ariel Avilés Marín y, puedo asegurar que es un digno representante.
Ariel, desde sus primeros pasos como maestro de la Modelo le tocó entender y comprender la inquietud y motivos de los adolescentes de la década de los 70 para ganarse una amistad y cariño que prevalece hasta nuestros días. A muchos de sus alumnos nos tocó ser partícipes de la forma como Ariel adosaba sus magníficas sesiones académicas con todo tipo de elementos pedagógicos (para ese entonces raros e incomprendidos) para lograr nuestra atención e interés en esas horas de literatura o artísticas que, como muchos decíamos, nunca queríamos que se terminaran. Había, desde escuchar, comprender y debatir a los grandes maestros de la música (Bach, Beethoven, Mozart, etc.) apoyados en un viejo y portátil tocadiscos de su propiedad, hasta participar como actores en diferentes obras de la literatura. Me resulta muy difícil distinguir cuál de las tareas educativas de Ariel fueron las más brillantes, pues debido a mi orfandad temprana (12 años), me tocó acompañar a mi hermano en casi todos los frentes por los que se ocupó de realizar labores educativas “formales” y hasta las mal llamadas “no formales”. Me constan de él sus investigaciones, pláticas y otras labores más con el Padre Pech (en la iglesia de la colonia Alemán) y con el Hermano Onésimo para encontrar las mejores formas de contrarrestar el consumo de las drogas que tenían varios de sus alumnos de aquel entonces; llevo grabadas en el corazón la responsabilidad de Ariel en idas a la playa, a sitios arqueológicos, haciendas, etc., en su vehículo y con sus propios recursos para que sus alumnos tuvieran formaciones complementarias y, sobre todo, humanitarias por la convivencia que otorgan el compañerismo y la solidaridad; fui testigo de cómo Ariel fue asumiendo muchas otras más responsabilidades en nuestra Escuela Modelo que, dadas las circunstancias críticas que atravesaba y que poco se decía, fueron fundamentales para la promoción y posicionamiento social del Modelismo en el Yucatán de los últimos 30 años del siglo XX, tales como la difusión y su incansable participación en el Club Escuela Modelo (donde Ariel ha sido en muchas ocasiones su presidente) o las valientes gestiones que emprendió con varios de nosotros para lograr convencer a los autoridades del Consejo de Administración de la Escuela para hacer un cambio radical que tanto requería nuestra preparatoria (redactamos en mi casa un extenso y detallado documento con señalamientos y propuestas para resolver diferentes problemas que aquejaban a ese nivel educativo de la Modelo) y con ello, el arribo de Carlos Sauri Duch (su compañero de toda la vida) para iniciar lo que sería el despegue de la modernización y progreso de la Escuela Modelo como hasta nuestros días. También cuenta el trabajo de Ariel en todos los festivales conmemorativos de aniversarios de la Escuela, los 12 de octubre por el descubrimiento de América, los 10 de mayo por día de las madres y los de fin de cursos (cada vez y cada ciclo escolar más brillantes y acogedores), los desfiles del 16 de septiembre y 20 de noviembre con escoltas, bandas de guerra y contingentes de verdadero orgullo, que llevan marcadas las largas y entregadas jornadas de amor a la Escuela Modelo de Ariel. Y he dejado para comentar, por separado, algo insólito: mi hermano Ariel nunca fue un gran deportista, mucho menos fue diestro con el balón de fútbol, sin embargo, su pasión y cariño por su escuela, por sus alumnos-amigos, sus colores blanco y azul, lo llevaron a ser y a desarrollar un talento tal que, para la historia, mi hermano mayor ha sido un gran entrenador, director técnico y promotor de los años de oro del fútbol Modelista, al grado de ser partícipe en la creación de la Liga Juan N. Cuevas y de la Liga Premier del Estado de Yucatán, así como haber dirigido a selecciones del Estado de Yucatán en certámenes nacionales de fútbol.
Hacer un recuento de las múltiples facetas donde Ariel ha cultivado sus conocimientos y talento que, invariablemente ha puesto al servicio y nombre de su amada Escuela Modelo es, para mí, motivo de repasar memorias gratas y enaltecedoras, pues mi hermano difícilmente ha dejado pasar área del conocimiento alguna sin atender. He sido testigo y compañero de su afición por las antigüedades y la orfebrería fina (por su reconocimiento al arte humano y no por aristócrata, como muchos erróneamente pudieran pensar), de la historia y arquitectura de Mérida y sus linajes, de su pasión por la promoción cultural y artística en diversas asociaciones civiles de nuestra capital, de su sapiencia y amor por la fiesta brava (Juez de plaza en más de 40 años de la Monumental “Avilés” de Motul), de sus vastos conocimientos y liderazgo en canofilia, entre otros, y que, directa o indirectamente, ha transmitido en sus cátedras Modelistas que, empezaron en nivel de la secundaria, pero -a mérito- fueron pasando por la preparatoria y hasta la universidad Modelo.
En un ser humano de la generación del cambio, de los tamaños de Ariel Avilés Marín, no podía dejar a un lado su compromiso con la conciencia social, con ese afán de justicia desde el acontecer de “lo público”; por eso Ariel tenía que estrenar el siglo XXI encabezando un ejemplo de democratización en nuestro terruño y que lo llevó a presidir la institución garante de la participación social y la democracia de Yucatán (el Instituto Electoral del Estado), a pesar de muchos intereses, pero que le ha valido el respeto y reconocimiento hasta de quienes en su momento, lo detractaron. Poco después, por si no le bastara, su compromiso con lo socialmente justo y la transparencia de lo público, lo llevó a incursionar y presidir el entonces incipiente Instituto de Acceso a la Información Pública del Estado de Yucatán.
Es un estímulo para todos nosotros (hablo de mi familia consanguínea y la Modelista) tener a un galardonado como Ariel. Recuerdo las palabras del Lic. Héctor Navarrete Muñoz, presidente de la Liga de Acción Social y hermano de Ariel de cariño), en la ocasión que el H. Ayuntamiento de Mérida y la Asociación de Amigos de la Trova le otorgaron el pergamino de “Ciudadano Distinguido de la Ciudad de Mérida” en el año de 2006, al dirigirse al público, cuando dijo… “¿Ustedes recuerdan qué es un sabio? … ¿recuerdan qué significa?… ese es Ariel Avilés Marín”. También, nuestro hermano, ha recibido -para el orgullo y motivación de todas y todos-, la medalla magisterial “Belisario Domínguez” en el año de 2010 y, también, ha sido recipiendario de la máxima presea que otorga nuestro Estado, la Medalla Yucatán en el año de 2013.
Queda para la historia del periodismo cultural de nuestra entidad, la incursión vocacional que hiciera Ariel en los casi últimos 10 años, nada menos que decidió escribir para un rotativo local importante, el Por Esto!, un sinfín de publicaciones culturales y artísticas que van, desde las más magistrales crónicas de conciertos de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, hasta puestas en escena teatrales, musicales, dancísticas y exposiciones de arte visual y plásticas con una disciplina y conocimientos de la más alta calidad; también constan en esas páginas de periodismo sus infinitos saberes del patrimonio cultural tangible e intangible de Mérida y de Yucatán, en general, como la arquitectura urbana, los oficios populares, las biografías de mujeres y hombres ilustres, etc. y, de manera admirable, su valiente defensa por los derechos humanos y la diversidad sexual, como un ejemplo de persona avanzada, audaz y de muy amplio criterio. Recientemente, su calidad periodística lo ha llevado a publicar en otros reconocidos medios de comunicación como La Revista Peninsular, La Jornada Maya e Informe Fracto.
Ahora, en el primer día hábil de este mes de septiembre, Ariel está disfrutando esas merecidas luces de oro que otorgan 50 años de amor al cultivo y a la cosecha del saber y el deber de la educación desde su muy querida Escuela Modelo. No puedo dejar pasar por alto el recuerdo de una pregunta que algún día le hice a mi Papá-grande… ¿por qué nuestro padre se llamaba Ariel?, a lo que su respuesta fue breve y sencilla, “mi vida se marcó con mi compromiso en el saber y la justicia de la educación rural, más aun, cuando leí la obra Ariel de Enrique Rodó. Y quise que mi primer hijo llevara por nombre Ariel.” Afortunadamente mi abuelo supo encausar sus motivaciones en mi padre (fue un magnífico Ariel), y éste, unido al amor y conciencia de nuestra querida madre, refrendaron en su primogénito ese compromiso del Ariel, que simboliza los ideales, la unidad y defensa de la vasta y profunda cultura de América Latina; un canto al espíritu libre, al heroísmo en la acción y al afán de excelencia de nuestros congéneres.
Ariel, -el nuestro, el de nuestra sangre, el Avilés, el Marín, el del ejemplo que educa, el Modelista que hoy viste de oro- nos pone de pie, lo admiramos y lo aplaudimos con el más profundo amor y un respeto que nos enaltece como sus hermanos: Jorge Alberto (Pelón, q. e. p. d.), Noemí del Rocío (Mimosa) y un servidor, José Enrique (Pepete).
“Para sí, para todos”
