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Mérida de siempre

Una ficha del Night Club Saratoga: objeto con historia

Edgar A. Santiago Pacheco

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Hace unos dieciocho años, con una amplia sonrisa y mesándose una juvenil barba de “chivo”, me visitó un estudiante de antropología, hoy un profesional de la comunicación al que la vida ha sonreído y abofeteado como a todos. Cruzó el umbral del edificio que ocupaba la biblioteca Dr. Alfredo Barrera Vásquez de la Facultad de Ciencias Antropológicas de la UADY, en la calle 76 con 43 y 45, del centro de Mérida.  

Con paso decidido, propio de quién está en planes de conquistar el mundo se dirigió al lugar donde entonces yo trabajaba, metió la mano en la bolsa de su camisa y puso sobre el escritorio un grisáceo objeto redondo. Al instante pensé en una moneda antigua, la tomé, la miré y seguidamente me dijo: ¡te la regalo! Me parece recordar la mención del origen familiar del pequeño objeto o, la cercanía de algún familiar con la administración del lugar de donde provenía. Era una ficha de 50 centavos de un centro nocturno de la zona de tolerancia de Mérida.

Fue un regalo por demás original, que guardé entre mis objetos con historia, que además me remite al aprecio que le tengo al hoy curtido colega, desde entonces bebedor compulsivo de café. Objetos con historia les llamo, pues indistintamente de la antigüedad o valor monetario, tienen elementos de origen que los hacen singulares a la mirada del interrogador interesado, permiten respuestas de su origen, material, dueño, uso, producción y muchos otros temas que enriquecen la comprensión del pasado, de dónde provienen, son además guía para entrar a los vericuetos de la historia. El pequeño objeto del que ahora les hablo tiene esas características.

Con unos tres centímetros de diámetro, de tamaño similar a nuestros diez pesos actuales, de plomo, tiene por uno de sus lados, al centro un jinete sobre un caballo en dos patas, y sobre él la palabra Saratoga. Debajo las palabras Night Club, en la otra cara su valor: 50 centavos. Hemos averiguado que estas fichas las había de diverso valor, según la calidad de las bebidas que se consumía o el servicio que se prestaba. Eran manejadas por la administración de los centros nocturnos para llevar control de las bebidas a que eran invitadas las acompañantes de los clientes y ciertos servicios como compañeras de baile, generalmente el que estaba a cargo de la barra era quién se las entregaba a la empleada/acompañante. 

Podría decirse que “las ficheras” trabajaban por comisión incitando al cliente al consumo de bebidas embriagantes. El cliente pagaba por una acompañante o pareja momentánea y lo que ésta consumía. Al finalizar la jornada establecida se canjeaban las fichas por dinero, que equivalía a una cantidad acordada con los administradores del lugar de trabajo.  

El origen de la Zona de Tolerancia no está claro, pero según diversas informaciones, su surgimiento fue gradual queriendo alejar ciertos “giros negros” del centro de la ciudad, no atenderlos o corregirlos, sino arrinconarlos y administrarlos lejos de la mirada del “buen ciudadano”. El caso es que a inicios de la década de los cincuenta ya era reconocida como una zona de cantinas, centros nocturnos y prostíbulos. 

Ocupaba en los sesenta del siglo XX, su época de auge, aproximadamente 10 manzanas de extensión al final de la calle 66 en su lado sur, correspondiente a la colonia “Amapola”. Con locales a ambos lados de la calle, en algunas manzanas se adentraba hasta dos calles al interior de la colonia. Hacia el norte amplio terreno enmontado lo separaba de la zona habitacional de la Melitón Salazar.

Antes de ingresar a la zona, viniendo de norte a sur, sobre la 66, junto al Panteón Florido estaba la Garita de Salud –donde se daba seguimiento al estado de salud de los que en ella trabajaban- y el área de vigilancia a cargo de los militares. El que deseaba entrar a la “zonaja” debía pasar por la Garita y mostrar su cartilla de servicio militar a los soldados que cuidaban el acceso, aunque había formas de evitarla sí era necesario.

Allá es donde funcionó el Saratoga cabaret o, Night club como se anunciaba, propiedad de J. Betancourt, dueño de ese y otros sitios de la zona. El Saratoga era uno de los mejores, aunque el reconocimiento del más lujoso le correspondía al Villa Magdalena, en ellos era común la presentación de espectáculos de calidad y la participación regular de artistas cubanas, que arribaban directo de La Habana los fines de semana 

La zona de tolerancia no era precisa y exclusivamente una zona marginal, había lujosos cabarets que replicaban las imágenes que podemos mirar en las películas mexicanas de los cincuenta y sesenta, aunque también los había de segunda y peligrosos antros de ínfima clase. Mérida replicaba su estructura social en el ámbito lúdico, había locales para todos los niveles económicos y gustos. Y hotelitos, pequeños teatros nudistas, cantinas, cuartuchos, hasta cabarets de alto nivel como el Mambo, Saratoga, Palacio hindú y el reconocido Villa Magdalena.

La zona oficialmente fue clausurada un 6 de febrero de 1970 a las 19:00 horas, en el marco de la campaña moralizante del Gobernador Loret de Mola, argumentó el gobernador que  buscaba “…el saneamiento de las buenas costumbres”. Se rumoraba en las calles que el detonante había sido el asesinato del hijo del jefe de la policía de Yucatán Leopoldo Castro Gamboa, hijo que a la vez era novio de una hija del Alcalde panista de Mérida por esos años. Esa ficha de baile, es vestigio de una Mérida que simplemente se mudó, dispersándose por otros rumbos y cambiando de nombres, más no de esencia, el tema sigue hoy aquí y ahora.

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