Conocí
a don Sil en ChanChen Comandante. Estábamos sentados frente a frente en dos
banquillos de tosca madera. Ese anciano guerrillero me dice: “Tú hablas mi
lengua, por eso le ofrecí ese banquillo para sentarse”. Escuché de sus labios
la crónica de una guerra antigua cuyo estrépito todavía sacude el alma. En sus
labios la lengua maya adquiría resonancias épicas. Y la memoria reconquistaba
territorios perdidos:
A veces pienso que somos un ejército de
sombras custodiando un sueño, porque muchos de los nuestros ya murieron, y yo
estoy cerca de la muerte porque poco a poco me olvido de las cosas. Morir es ya
no poder recordar ni donde nacimos ni hacia donde se dirigen nuestros pasos. Es
ya no saber si existe un pasado; es ignorar el presente; es caminar sobre todos
los tiempos; es ya no poder soñar.
Por eso pienso que ahora somos unas
sombras que se niegan a morir del todo. Las sombras ya no pueden recordar, pero
nosotros mientras vivamos, los recordamos.
-Ustedes ya no tienen capacidad de combatir con las
armas, le dije-
–Entiendo lo que me dices –me respondió. Pero entonces tenemos una ventaja, porque
las sombras no pueden ser derrotadas. Lo mismo se mueve en la noche que en el
día con el sigilo del jaguar, con su misterio y con su valor. Somos la sombra
del jaguar. Y sólo nos puede delatar la melancolía.
La noche se acerca al tiempo donde todo
es olvido. Mi memoria tropieza al pretender rastrear las huellas ocultas de la
guerra.
–De repente se asoman a mi memoria las voces
de la ausencia. Son las voces que me llegan de los árboles, de las piedras, de
las viejas trincheras donde está la sangre de los nuestros. Por eso me
despierto en la madrugada para conversar con los que regresan del olvido.
-Es
una historia triste, le dije.
–No es triste. Usted no la puede entender
porque no la vivió. La tristeza es de los que pierden. Nosotros no hemos
perdido, no nos hemos rendido. La tristeza se siente en el cuerpo; la
melancolía se lleva en el alma.
Nosotros regresamos del olvido. La
Santísima con su palabra hermosa y perfecta nos dijo que aquí está nuestra
tierra para honrarla. Ella sólo escucha nuestra lengua no la de castlán.
A veces me despierto en la madrugada y
veo sombras que se enredan en mis pies. Y entonces pienso: vienen porque no los
he olvidado.
PD: Esta conversación sucedió en 1975;
mi amigo Hipólito Kau Puc fue guía y testigo