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Temporada de lluvias

La alegría del maíz

Carlos Bojórquez Urzaiz

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La alegría es una semilla que brota después de la seca y apura su cimiente con la caída de la lluvia que destila aguas a través del suelo, pedregoso, caliente y casi negro, donde el grano de maíz aloja toda su esperanza. Arropado por el calor del terreno, uno no alcanza a imaginar que detrás de los aguaceros de mayo y junio, surgirá en silencio el tallo sensible de una planta, una planta antiquísima que en la comisura de los labios dibujará un sol que no es sino el abandono de la tristeza y la angustia que explican el verdadero significado del refrán: “dar tiempo al tiempo”. La calma y la quietud, en consecuencia, son instantes necesarios para alcanzar la alegría. De manera que no por falta de serenidad, sino porque en su suelo patrio espigan los primores del trigo, Borges no supo que la alegría se podría alcanzar en un grano de maíz, y en su inolvidable, Soneto del Vino, se preguntaba con melancolía y tesón, lo que sigue:” ¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa conjunción de los astros, en qué secreto día que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa y singular idea de inventar la alegría?”   A pesar de que Borges jamás encontró al ilustre inventor de la alegría, se puede aseverar, sin dejo de duda, que existen momentos colmados de júbilo, como cuando se ve nacer un elote radiante, contiguo a las hojas que soplan para obsequiarle un suspiro a la espiga hervida por el sol. Pero desgajando ideas preconcebidas, contrarias a la natural subjetividad que tenemos las personas, he llegado a preguntarme: ¿quién aventuró la idea de que las mazorcas y las hojas de una planta inmemorial no pueden conversar sobre temas profundos como la necesidad de que caiga la lluvia cada mañana? Por fin, después de muchas indagaciones, observo y descubro en el horizonte, que además del efecto que produce la floración del maíz y su júbilo solar, hay granos de alegría en los pequeños actos y gestos de la gente que está dispuesta a cultivar semillas solidarias, y por su conducto, germinar confianza en aquellos momentos decisivos de quienes atraviesan momentos difíciles.  Se concluye, por tanto, que si los mayas comienzan a depender desde el vientre materno de la santa gracia, del santo ixi’im, que no es otro que el sagrado maíz, y con sus granos germina el regocijo, dibujando sonrisas en seguida de efectuar la cosecha, el trabajo colectivo, como establece el canon antiguo de la milpa, con ánimo incluyente, donde participan muchos para atrapar la gracia en un pañuelo, es un camino comunitario que exploró muchas veces Antonio Mediz Bolio con el propósito de mantenerlo vivo en Yucatán, y que José Martí resumió escribiendo con gran sabiduría: “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz.”

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