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Arte y ciencia

Be aware of you digital data

María de Lourdes Pérez

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En The year of the flood, de la escritora canadiense Margaret Atwood. Ren, una de las pocas sobrevivientes del diluvio que acabó con la población mundial, recorre todos los días los pasillos y las habitaciones del edificio donde quedó atrapada. Ahí, acosada y confrontada por los recuerdos de su vida antes del diluvio, la asaltan algunas imágenes pasadas de su infancia: “Beware of words. Be careful what you write. Leave no trails/ Cuidado con palabras. Ten cuidado con lo que escribes. No dejes rastros “.

En este mundo distópico creado por Atwood, los Jardineros son un culto religioso que surgió como respuesta a la crisis climática del siglo XXI. Ren creció bajo sus preceptos donde le enseñaron a depender de la memoria, porque lo escrito no era algo digno de fiarse. La doctrina establecía que “el espíritu viajaba de boca en boca, no de cosa en cosa. Escribir era peligro porque cualquier enemigo podía encontrarte, cazarte o utilizar lo escrito contra ti”. Ahora, mientras Ren se miraba frente al espejo sabiéndose la única sobreviviente, ya no tenía por qué temer. Todos estaban muertos, incluidos los miembros de su comunidad religiosa. En realidad,  ya nadie podía cazarla ni usar la palabra escrita para lastimarla. Ahora podía ser libre de toda transgresión, de toda moral. Así que como pequeño acto subversivo para reclamar su identidad, su nueva autonomía, su cordura, Ren comenzó a escribir su nombre por todos lados.

En la literatura de Atwood constantemente se nos confronta con las ideas que hemos usado para reconocernos en cierta idea de lo humano. En sus historias, el orden social, económico y ecológico es llevado a sus últimas consecuencias, invitándonos a mirarnos nuestros reflejos a través de ese espejo. Me parece que ese el maravilloso regalo que nos deja como lectores es el de cuestionar todo orden, todo marco a través de la mirada de sus personajes. Pero, sobre todo, a través de pequeños gestos, como la escritura, la lectura o el resguardo del nombre propio, esos en los que me gusta pensar como subversivos.

Regresemos a la advertencia de los Jardineros sobre los peligros de la palabra escrita. ¿Por qué no podemos confiar en la palabra escrita? ¿Es tan engañosa? ¿Por qué es inmoral que la memoria quede fijada materialmente?

Me parece que hay dos posibles lecturas. La primera es que mantener registros en papel o en otros tipos de materiales, sigue siendo pertinente, aún cuando nos encontremos rodeados por la tecnología digital. Muchos vaticinaron que, con la llegada de los formatos digitales, como el MP3 o el Ebook, tanto los CD’s como los libros en papel desaparecerían por completo. No sucedió. Si bien la industria musical comenzó a privilegiar los formatos digitales, aún se editan y venden CD’s. Para el caso de la industria del libro, el Ebook nunca logró desplazar al libro impreso en papel. Considero que no importa la naturaleza del material o los soportes. Cualquier tipo de registro, de surco o huella nos permite hacer memoria.

La segunda lectura sobre la advertencia del registro es quizás una crítica, que no es exclusiva de los Jardinero de The Year of the Flood, sino de pensadores y filósofos de la teoría social post-estructural: Hay que cuestionar, en alguna medida, nuestro logocentrismo. ¿Hay otras formas de dejar registro y hacer memoria que no sean exclusivas de nuestros alfabetos y nuestras escrituras logotípicas? ¿Por qué lo escrito debe ser la única fuente de conocimientos? ¿Podemos imaginar otras formas de hacer memoria, de dejar registro? En ese sentido no podemos dejar de lado lo que las tecnologías digitales han aportado desde la sociabilidad. En estas formas remediadas en las que dialogamos o charlamos en los chats o en los respectivos muros de nuestras cuentas de social media, llaman mi atención los stickers, y los GIF’s animados, los emoticones, que ya no usan ninguna palabra escrita. Es verdad no nos alejan del todo del logocentrismo, pero nos ayudan a simular (o a imaginar) otras formas de hacer memoria y registro son posibles.

Me sigue asaltando como a Ren, esa prohibición. ¿Por qué lo que yo escriba puede hacerme daño? ¿Por qué no debo dejar ningún rastro…escrito? La prohibición del culto de Los Jardineros advertía sobre toda superficie tangible: papel, piedra, tela, madera. ¿Qué sucede con lo digital? Qué a diferencia del papel, no existe como algo físicamente tangible, pero si como un surco eléctrico, que puede ser rastreable dentro de la red y en la memoria del hardware que lo contiene.

Pensamos, inocentemente, que en nuestras cuentas de social media, a través de las configuraciones de privacidad podemos controlar y filtrar quién puede ver qué de nuestra información, de nuestros datos. Y no sólo eso, también creemos en la posibilidad de que toda esa información puede bajarse o eliminarse de forma permanente. Lo cierto es, que, inmersos en esta economía de plataformas digitales mundiales, sin el papel, con conectividad móvil y con esta idea tan abstracta de la nube, estamos dejando todo tipo de rastros que son usados en nuestra contra.

Nuestra interacción en las plataformas digitales deja rastros que alimentan y reconfiguran sus algoritmos. Se alimentan de nuestra sociabilidad y lucran nuestros datos. Si, hasta cierto punto la advertencia hecha a Ren en la novela de Atwood cobra otra dimensión. No sólo hay que tener cuidado del registro hecho en papel, hay que tener cuidado con todo registro que hagamos, incluso en lo digital, por qué está siendo en nuestra contra. En la era del Internet, no hay derecho al olvido, todo queda registrado. Nada se elimina por completo, porque alguien más (algoritmo, programa, persona) podrá seguir los rastros de algún comentario, imagen y exponernos a través de una captura de pantalla. Es ahí donde somos cazados, o peor aún, ahí nos encontraremos con la identidad y la autonomía propia vulneradas.

¿Cómo sobrevivimos a las huellas, a surcos que dejamos en el contexto digital?

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Arte y ciencia

Producción musical en Mérida

Gigio Ortiz

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Una actividad novedosa en la localidad en torno a la música, a veces hace formular la siguiente pregunta ¿Es trampa trabajar con un productor a la hora de grabar tu música? Esclarecer algunos aspectos de esta labor en nuestra ciudad, es el propósito de esta nota.

¿Cuántas veces no hemos intentado materializar una idea musical y simplemente no suena a lo que tenemos en la cabeza?  En ocasiones desconocemos los procesos o las herramientas para concretar lo que nos estamos imaginando y eso nos genera frustración y como última consecuencia, tirar la toalla al momento de la composición.

Existen muchos matices cuando hablamos de producción musical. En algunos casos no entendemos el rol que tiene un productor a la hora de la grabación del material, o a veces se desvirtúa al grado de decir: “es que a tal banda, le compusieron su música, ellos no tocan así”. Pero es necesario entender que un productor musical debe formar parte del equipo, durante el proceso de grabación, y es su responsabilidad conocer a la banda en todos los aspectos y no sólo en el musical. De esa manera podrá entenderse con claridad el carácter de la música y de cada integrante de la banda.

Todo el proceso que deben llevar tanto la banda como el productor tiene un fin común: lograr el mejor ambiente para una mejor sesión de grabación. El productor necesita conocer las características de cada músico y en qué tipo de situación se favorecería su ejecución a la hora de grabar, procurar un ambiente idóneo en el que la banda saque lo mejor de sí para que desde la “fuente” la grabación suene lo mejor posible.

Otro aspecto del trabajo del productor que a veces puede resultar tedioso y cansado (si desconocemos su importancia), es el de “sacar el sonido” como se le llama coloquialmente. Este proceso consiste en probar con todas y cada una de las herramientas físicas o digitales que tenga a la mano para que los instrumentos suenen de la manera en la que acentúen el carácter de la canción. Esta parte puede llegar a tomarse varias horas o incluso un día completo de estudio, pero el resultado hace valer la pena a cada minuto invertido.

De la misma manera, otra piedra angular del trabajo de un productor musical, aunque no es estrictamente necesario, es proponer. Proponer arreglos o cambios en las canciones que hagan resaltar  cada una de las partes de la misma. En este aspecto es donde radica esa opinión “satanizada” del productor, donde se cree que el resultado final termina siendo muy alejado de lo que la banda es o de su esencia musical. Pero como comentaba anteriormente, durante el proceso, el productor prácticamente llega a ser un integrante más de la banda. Se involucra a tal grado que sus opiniones y decisiones tienen el mismo peso que las del resto de la banda, claro, como en todo; debe de existir un balance en el que el objetivo principal sea el beneficio del material grabado y de la ejecución en vivo.

En resumen, contar con un productor musical a la hora de una grabación es una herramienta más  para lograr plasmar las ideas de la banda. Aunque también hay productores que lo único que hacen es decidir qué funciona y qué no, la mayoría se inmiscuye en el proceso y canaliza toda su atención y emociones al proyecto en turno.

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Arte y ciencia

Diversión y adrenalina en el Grand Prix UTM

Avatar

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Decenas de personas se animaron a vivir la experiencia del tradicional Grand Prix UTM 2019, donde carritos sin motores diseñados por alumnos de la Universidad Tecnológica Metropolitana (UTM) compitieron en una carrera de 400 metros planos por relevos.

A las 10 de la mañana de este viernes 15 de noviembre comenzó el evento en el Campus de la UTM, cuyo objetivo es que los alumnos fortalezcan y pongan en práctica los conocimientos adquiridos en clases. En esta lógica, los alumnos tuvieron que buscar patrocinios y demostrar sus capacidades en publicidad y liderazgo para llevar a cabo su proyecto.

“HALLOWEEN” vistió la competencia

Se contó con la participación de más de 10 equipos, quienes diseñaron sus vehículos con base en la temática de este año que fue “HALLOWEEN”, de manera que algunos modelos lucieron estampados de payasos, calabazas, dráculas, etc. Entre los premios se entregó una remuneración económica, un reconocimiento y un trofeo.

Gracias a la aceptación por parte del público en general y la comunidad estudiantil, esta competencia ha logrado posicionarse como uno de los mejores eventos estudiantiles que, además de promover un ambiente sano y familiar, impulsa la iniciativa y creatividad de los futuros profesionales de una manera muy divertida.

Sin duda, los aficionados ya esperan la próxima edición del evento que en estos momentos está dando de qué hablar.

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El Universo Marvel no es cine, es narrativa transmedia de ficción

María de Lourdes Pérez

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La revista Empire, publicó la semana pasada una entrevista a Martin Scorsese. Con el pretexto de hablar de su más reciente producción para Netflix, The Irishman, la entrevista (The Irishman Week: Empires’s Marting Sscorsese Interview) exploró la trayectoria creativa del director estadounidense, así como sus decisiones de trabajo con algunos actores como Robert De Niro y Leonardo DiCaprio. La conversación iba articulando la filmografía del director y la evolución de la industria de Hollywood, por lo que, al cierre, era inevitable conocer su posicionamiento frente a las más recientes producciones cinematográficas, como la que Marvel ha estado desarrollando desde 2008. Scorsese dijo: “No los he visto… Bueno, lo intenté. Eso (el Universo Cinemático Marvel) no es cine.

Las películas producidas por Marvel Studios ¿Pueden considerarse como productos cinematográficos? ¿Avengers Endgame puede compararse en el mismo nivel con The Irishman? El argumento de Scorsese es, hasta cierto punto, válido: “Están bien hechas, los actores hacen lo mejor que pueden bajo las circunstancias. Son parques temáticos. No es el cine de seres humanos tratando de transmitir experiencias emocionales y psicológicas a otro ser humano.” Kevin Feige, presidente de Marvel Studios, presentó el año pasado (ante cuestionamientos similares a los de Scorsese) otro argumento, cláve en esta discusión: “Prefiero estar en una sala llena de fans comprometidos”.

No hay que perder de vista, que tanto Scorsese como Feige trabajan en una industria comercial del cine. Ambos hacen cine y lo hacen de acuerdo con las circunstancias tecnológicas y de mercado que les ha tocado vivir. Sin embargo, asegurar que el Universo Cinemático Marvel no es cine, es arriesgado y a la vez, presenta una visión limitada sobre las posibilidades narrativas de hoy en día, porque no toma en cuenta reconfiguraciones de nuestro ecosistema tecnológico actual donde conviven viejo y nuevos medios. Digo arriesgado, porque el mismo cuestionamiento de caer contra Scorsese, por el hecho hacer cine para una plataforma de streaming y no para una sala de proyección.

Por otro lado, no podemos resumir al Universo Cinemático Marvel como una experiencia completamente cinematográfica. El universo ficcional de Marvel, de donde se extrae este universo cinemático, es en realidad, una narrativa transmedia de ficción.

Hablar de géneros en cualquier sistema de significación, implica a una clasificación que por momentos puede resultar arbitraria, ya que permite establecer ciertos límites entre un texto y otro. La perspectiva clásica indica que para establecer el género hay que tomar en cuenta la estructura dramática del proyecto, su formato y los elementos formales que lo constituyen. Sin embargo, para el caso particular de la narrativa transmedia, esto no ocurre así, porque su clasificación va en función del modo de lectura en el que debe interpretarse el proyecto. Entonces lo que ubicamos como géneros, desde la perspectiva clásica, en realidad funcionan como elementos de tono, ambientación y tema, necesarios para determinar los formatos y las plataformas tecnologías.    

Recordemos que la condición necesaria para que una narrativa transmedia pueda ser reconocida como tal, es que tiene que incluir a las audiencias en un rol activo en la expansión del relato. La segunda condición es la de mantener la coherencia narrativa en la dispersión de tramas y personajes. Por eso Feige tiene razón al decir que lo que se busca es “una sala de cine llena de fans comprometidos o enganchados”, pero estos fans no sólo se quedan ahí, en las películas, sino continúan explorando y expandiendo el relato a través de las otras ventanas del proyecto como los videojuegos, mercancía, series de televisión, sitios web, comics, etc. El universo Marvel, producido por Marvel Studios y Disney, cumple con ambas condiciones.

El proyecto transmedia de Marvel, inició su primera fase en 2008, en el transcurso de 11 años ha conseguido desplegar dos fases más. Corresponde al género de la ficción transmedia donde la acción, la fantasía y la ciencia ficción determinan su tono. Si, la temática es de superhéroes, y contrario a lo que argumentó Scorsese, me parece que, en la red de personajes desplegada por su rico universo, es posible encontrar experiencias emocionales y psicológicas significativas. Ahora, esta narrativa en su diseño ha elegido al cine o lo cinemático como su nave nodriza o punto de entrada a la experiencia transmedia, porque es la que incluye a la mayor cantidad de públicos, pero no podemos ignorar las otras plataformas y las otras experiencias significativas que genera en esos otros medios, como las series, los videojuegos, los sitios web, las aplicaciones, la mercancía como figuras de acción o mascarillas para el rostro. Marvel es una narrativa transmedia de ficción que supo aprovechar el universo de personajes de los cómics. Si, su origen y germen está en el comic.

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