Arte y ciencia
El Caballero de París: un personaje vivo en el alma habanera
Publicado
hace 5 añosen
Por
Marieta Cabrera
La estatua de un hombre con larga y enmarañada cabellera, capa negra y aquella hidalguía con que solía andar por las calles de La Habana despierta la curiosidad de los visitantes que pasan cerca de la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís, en el centro histórico de la capital cubana. Es el Caballero de París, un personaje anclado para siempre en el alma de la ciudad.
José María López Lledín era su nombre y nació el 30 de diciembre de 1899, en un pueblo llamado Vilaseca, municipio de Fonsagrada, en la provincia de Lugo, en Galicia, España. En 1913, con apenas 14 años, llegó a Cuba junto a tres de sus hermanos, a bordo del vapor alemán Chemnitz, ayudados por un tío con la intención de mejorar la situación económica de la familia.
Aquel muchacho instruido y con buenos modales trabajó en una tienda de flores, en varios hoteles de la ciudad, y en la casa de una familia acaudalada, entre otras labores, hasta que un día de 1920 lo acusaron de un delito que al parecer no había cometido y fue encarcelado. Nadie sabe qué sucedió realmente, unos dijeron que se le culpó del robo de billetes de lotería, otros de hurto de joyas, y no faltó quien hablara de desquite por parte de un empleador debido a celos pasionales.
Lo cierto es que el tiempo que el joven gallego permaneció en la cárcel desencadenó en él una enfermedad mental que lo llevó a deambular por la ciudad, cargado de papeles viejos y cartones que usaba para protegerse del frío en los portales donde dormía.

Nunca pedía limosnas, ni ofendía a nadie con un gesto o una palabra. Quienes lo conocieron de cerca refieren que si alguien le daba dinero o alguna cosa, lo aceptaba, pero entregaba a cambio una hojita de un árbol, un pedacito de periódico, cualquier objeto que tuviera a mano, como una expresión de agradecimiento.
Eusebio Leal Spengler, cronista excepcional de La Habana e historiador de la ciudad hasta su fallecimiento el 31 de julio último, evoca en el libro Fiñes un pasaje de su infancia relacionado con aquel ser errante. Cuenta Leal que una tarde jugaba con un grupo de amigos y vieron andar por la acera, “gallardo y elegante, a un personaje insólito”. Se acercaron a él, y comenzó una conversación que ni los padres de los niños ni nadie, osó interrumpir.
Luego de preguntarle a los pequeños arremolinados a su alrededor cómo se llamaban, rememora Eusebio, el hombre dijo con voz clara: “Yo soy el Caballero de París, nací en una ciudad antigua que ustedes no conocen, pero los invito a imaginar que tuvo murallas, palacios y castillos, se llama Lugo y está en Galicia, tierra bellísima, donde llueve a cántaros, que tiene un mar azul del que vuelven cargados de maravillas los pescadores”.
Como era de esperar, continúa Leal, “estábamos atónitos. Mientras hablaba, su conversación era como un libro de cuentos que por arte de magia se hubiese transformado en palabra viva, y cuando tales cosas nos decía, iba entregando, mano a mano, las espigas del helecho y unas pequeñas estampas con el retrato del Apóstol, al dorso de las cuales, de su puño y letra, se leía un mensaje que decía: ‘Sólo Martí’.
“Ningún habanero habría ofendido de palabra o de obra al Caballero de París, admirado calladamente, ni niño alguno lanzaría contra él una palabra altisonante; a nadie importunaba, no podíamos explicarnos dónde comía o bebía, y, en su aparente vagar por la capital, era probable hallarlo en algún sitio recóndito donde ocultaba su lecho ordenado con restos de papeles y cartones, inseparablemente unido a su insólita biblioteca”.
Quizás por su talante y las historias que contaba en su peregrinar–en las que él podía ser Vizconde de las Américas, Conde de Montecristo o Supremo Emperador del Mundo–, el pueblo lo bautizó con el sobrenombre de Caballero de París.
En 1977, debido al deterioro de su salud, las autoridades deciden internarlo en el Hospital Psiquiátrico de La Habana. Tenía entonces 78 años y, según ha relatado el doctor Luis Calzadilla, psiquiatra que lo atendió en sus últimos años de vida, López Lledín padecía de parafrenia, una enfermedad considerada por algunos especialistas como una forma de esquizofrenia.
En la clínica, le entregaron un traje negro similar al que él solía vestir, y se le creó un ambiente donde pudiera vivir sus fantasías, pero bajo vigilancia médica. En un documental de los realizadores Natasha Vázquez y Rigoberto Senarega, el doctor Calzadilla narra que contrario a lo ocurrido otras veces cuando se intentó hospitalizarlo, el Caballero se adaptó a la institución y nunca intentó fugarse. “Él hablaba del hospital como su quinta de recreo, su paraíso terrenal, caminaba y recogía florecitas que luego colocaba en el limpiaparabrisas de los autos”.
El 11 de julio de 1985, a los 86 años de edad, fallecía en ese centro José María López Lledín, cuyos restos mortales reposan en una cripta en el interior de la Basílica Menor, cerca de la mencionada escultura creada por el artista cubano José Villa Soberón. Cuando se cumplen 121 años del nacimiento del gallego más habanero de todos los que echaron raíces en la capital cubana, recordamos, más que al vagabundo o al personaje célebre, al hombre, que al decir de Eusebio Leal es “el símbolo de la dignidad. Y la dignidad está más allá de la locura y de la cordura. Es un estado del alma que pueden no tener ni el más elegante ni el más cuerdo, y que sin embargo el Caballero tenía en demasía. Él era como si el Quijote de la Mancha hubiese vuelto a vivir”.
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La fuerza de la situación económica es muy fuerte, sostener un proyecto como este no es cosa fácil, y termina naufragando, a pesar de sus logros periodísticos y literarios, porque la frase de Quevedo sigue teniendo una tremenda vigencia: “Poderoso caballero es don dinero”; y cuando éste falta, el casco de la nave hace agua y se va a pique sin remedio, con todo y su precioso cargamento de cultura. Así de fría y brutal es la realidad económica.
Nos duele profundamente que este día, 3 de octubre de 2021, sea el último que vea la luz esta memorable revista. Le decimos adiós con una tristeza profunda. Pero sin perder la esperanza de que, en un futuro, este gran proyecto pueda ser rescatado. En muchas revistas ha habido primera y segunda épocas. Deseamos profundamente que así suceda con Informe Fracto. Mientras tanto, el decimos con el alma en la mano: ¡Hasta luego! Mérida, Yuc., a 3 de octubre de 2021.
La construcción de la opinión pública informada es uno de los grandes retos de la sociedad de la información y el conocimiento, y como es de imaginar, la prensa juega un papel importante en este proceso.
Yucatán atraviesa por una compleja situación, la pandemia agudizó la presencia de información falsa, manipulada y poco confiable. En estas condiciones, no es de extrañar que la toma de decisiones sea complicada y que el ejercicio de los derechos no sea pleno, por lo que la ciudadanía navega sin rumbo en el turbio mar de la información. Este contexto, en apariencia desalentador, puede ser superado por el trabajo de los medios de comunicación que, a través de un accionar ético y responsable pueden erigirse en herramientas que nos permitan orientarnos en estas aguas peligrosas. Eso ha sido Informe Fracto.
Los tres años de existencia de este medio de comunicación han demostrado cómo el periodismo digital puede y debe perseguir dos cosas: ética informativa y calidad de contenido. Durante la pandemia Informe Fracto fue uno de los pocos medios que suscribieron declaraciones puntuales sobre la responsabilidad de los medios de comunicación ante la emergencia por la Covid-19, mostró una clara inclinación por dar visibilidad a grupos que normalmente fueron marginados del espacio de la opinión pública, supo hacer uso del lenguaje como una forma de equilibrar el perverso juego de la desigualdad y reunió para ello a un nutrido grupo de profesionales e intelectuales.
Las páginas digitales de Informe Fracto serán recordadas como uno de los foros de opinión más importantes del espacio digital, donde convivieron algunas de las plumas más apreciadas del campo cultural yucateco. Este espacio digital mostró al periodismo regional los nuevos rostros y perfiles del periodista necesario.
No quepa duda que algún historiador ya ha tomado registro de esta publicación, por lo que su permanencia en la historia de la prensa regional esta asegurada. No se puede ocultar que éste, el medio más crítico de los últimos años, muchas veces fue a contracorriente del discurso periodístico yucateco y con ello sentó un precedente de independencia y libertad para cada uno de sus colaboradores. No se ejerció la libertad de opinión sin reflexión, no se busco ir a contracorriente sin un objetivo, por el contrario, la prioridad fue brindar certeza al lector.
Hace ya casi un año, por la generosidad de Carlos Bojórquez Urzaiz, recibí la invitación para hacer de Informe Fracto un espacio para mis ideas y reflexiones. Posiblemente no correspondí con la constancia debida, por ello valoro más la disposición permanente y entusiasta que siempre mostraron los editores al recibir mis colaboraciones.
La escritura y la reflexión nos llevan siempre por rumbos que se cruzan. Queda la memoria, queda la historia y el respeto a los valores del periodismo necesario.
Pero seré fiel a la divisa
de no escribir nunca una mentira.
Fidel Castro
La experiencia de lo digital ha sido una incitación y, sobre todo, una suerte de esperanza de que la cultura escrita todavía es constancia, y para algunos, destino. Informe Fracto es prueba de que el periodismo puede hacerse desde un discurso más humano y justo, que la escritura de la nota roja puede ir más allá de la estulticia, y que la perspectiva de género es un imperativo que debe permear las redacciones y nuestras relaciones humanas. No se puede desligar la vida diaria del periodismo responsable, de la editorial crítica. No podemos relegar la comprensión del presente a momentos fugaces en cualquier red social, o bien, a impulsos atrabancados de mentira, ego, verborrea y ripio.
Ha sido otro el latir de Informe Fracto. Seguramente otro el motivo de cada colaboradora y colaborador de este proyecto editorial en internet que, sin anuncios y propaganda, bregó por un mar embravecido de crisis pandémica, económica y globalización.
Aún y con todo, queda en la virtualidad, inequívoca constancia de lo escrito, seguro de que la reflexión, esa sí, persistirá en el día a día de quienes confluimos en este espacio diverso.
De manera personal, agradezco y reconozco desde estas líneas, la encomiable labor de Carlos Bojórquez Urzaiz, Rocío Valencia y Lilia Balam para que Informe Fracto navegara sublime. Fueron, sin duda, el viento a favor.
Para mi fue vivificante volver a escribir Notas al margen después de una lamentable y forzada pausa. Y, además, escribirla para un medio digital como Informe Fracto. No sólo fue un puntual recordatorio de la vocación, sino confirmar que este mundo se enfrenta desde nuevas trincheras con palabras, ideas y acciones.
Reencontrar al profesor de universidad, ahora como editor de una revista digital, fue del mismo modo muy grato, aunque no sorpresivo. La esencia del doctor Carlos Bojórquez Urzaiz gira siempre en torno a las ideas, el conocimiento y la creatividad. Es una dicha poder encontrar a un interlocutor como él, y por supuesto, el alto valor de su amistad. Por eso tengo la certeza de que una próxima aurora marcará no uno, sino nuevos rumbos.
