Historia
Che Guevara en Ecuador
Publicado
hace 6 añosen
En Huaquillas el sol, verdaderamente abrasador, deja la boca reseca al viajero. Los ojos se cansan ante el paisaje semidesértico. Sin embargo, es un lugar muy visitado. Diría este cronista que demasiado visitado. Lo demuestran los miles de transeúntes que llegan a diario al punto fronterizo entre Ecuador y Perú para comprar, al por mayor casi siempre, y a precios muy bajos, las más diversas mercancías fabricadas en China, Colombia, Perú y Chile, por solo mencionar algunos países.
Este fue el primer pueblo ecuatoriano que visitó el Che Guevara. Arribó el 27 de septiembre de 1953. En sus apuntes escribió que sufrieron, él y Carlos Calica Ferrer, su compañero de viaje, “los asaltos de las bandas que hacen el transporte de un lado a otro del puente que marca la frontera”.
El Che llegó agobiado por un ataque de asma. Poco pudo ver del entonces caserío, que fue invadido por los peruanos en 1941. El 28 de septiembre, después del registro migratorio, ya más recuperado, el joven médico se trasladó en barco hacia Puerto Bolívar. Navegaron cerca del archipiélago de Jambelí, de playas negras y aguas frías. La distancia entre Puerto Bolívar, ubicado en la ciudad de Machala, y Guayaquil era más factible, en aquellos tiempos, vencerla por mar que por tierra, debido al mal estado de las vías, intransitables cuando llovía. Los ríos desbordados arrasaban con todo a su paso. Por eso el Che, en horas de la noche, subió a bordo del barco que lo llevó a Guayaquil, el mayor puerto del país. El destino final de aquel recorrido era Venezuela.
Inquilino en Las Peñas
Encontraron en Guayaquil al coterráneo Ricardo Rojo y a tres estudiantes de Derecho, quienes los acogieron a él y a Calica en la pensión de mala muerte donde se alojaban. Celebraron la reunión tomando mate. Hoy el Cerro Santa Ana es un lugar de interés turístico, mirador excelente para apreciar el paisaje urbano. Por doquier encuentras restaurantes, cafés, galerías de arte, cibercafés y tiendas de artesanías que habitan en armonía con sus plazoletas y áreas verdes para la recreación y el descanso. Allí está el barrio Las Peñas, el más antiguo de la ciudad. Allí residió el Che. La casa de huéspedes signada con el número 199, de madera, con vista al río hoy no existe. Un busto de 1.20 metros, obra del escultor guayaquileño Luis Gómez, perpetúa en la zona la estancia del mítico guerrillero.
En calma transcurrieron los primeros días. Los ataques de asma cedieron. Conoció a los doctores Jorge Maldonado Reinilla y Fortunato Safadi, ambos de ideas comunistas. Ellos lo relacionaron con especialistas en lepra. Recorrió el puerto. Realizó una excursión por sus riberas. “Conocí el domingo unos lugares de la costa parecidos a cualquier zona lluviosa con ríos inundables, pero el viaje fue particularmente interesante por la compañía del Dr. Fortunato Safadi”, escribe en su libreta de notas.
De acuerdo con el testimonio del periodista José Guerra Castillo, quien conoció al joven argentino, el Che disfrutaba los tangos que cantaba Carmen Rivas, en radio El Mundo, emisora propiedad de Gabriel Vergara Jiménez. Visitaba el inmueble ubicado donde hoy está el edificio San Francisco 300. A veces jugaba ajedrez, uno de sus deportes preferidos. También intentó, sin éxito, una audiencia con el presidente José María Velasco Ibarra para solicitarle ayuda económica que le permitiera proseguir viaje a Panamá y de allí a Guatemala. Es que la situación financiera del Che y Calica era muy crítica. Habían partido de Argentina con 700 dólares, pero este dinero se agotó luego de recorrer Bolivia y Perú. Para poder dormir tenían que hacerlo por turnos, pues el cuarto sólo disponía de dos camastros. Apenas comían. La deuda con la dueña de la pensión crecía. Vendieron la escasa ropa que poseían. El Che gestionó la venta de su anillo y de su bien más preciado: la máquina de escribir portátil.
Peripecias para viajar a Guatemala
Decidido a cambiar el rumbo de su viaje, el Che concentró sus esfuerzos en gestionar el traslado a Guatemala, donde ocurría una revolución agraria bajo la dirección de Jacobo Árbenz. Pero la falta de dinero continuaba siendo un obstáculo, al parecer, insalvable. Calica se marchó a Quito, con el propósito inicial de ir hacia Venezuela. El Che tenía un plan para salir del atolladero en que se encontraba: “… si un capitán semiamigo accede a hacer la matufia necesaria, podremos viajar a Panamá García y yo, y luego el esfuerzo mancomunado de los que llegaron a Guatemala, más los de aquel país, remolcarán al rezagado que queda en prenda de las deudas existentes; si el capitán de marras se hace el burro, los mismos dos compinches seguirán con rumbo a Colombia, quedando siempre la prenda aquí, y de allí partirán con rumbo guatemalteco[…”. Un nuevo ataque de asma lo obligó a permanecer en cama. Finalmente llegó la luz: el cónsul argentino había conseguido la anhelada visa.
La partida
Un amigo intercedió con la dueña de la pensión y también les entregó 500 sucres. El Guayos zarpó. Agotado, el Che rememoraba lo vivido en los últimos días: “Ahora estamos en un camarote de primera, que para los que pagan será malo, pero para nosotros ideal; tenemos como compañeros de pieza un paraguayo conversador que hace un viaje relámpago por América en avión y un ecuatoriano farabuti (bueno), ambos un par de boludos. García se ha mareado y tras de vomitar y tragarse un Benadril duerme a pierna suelta. Para esta tarde hay sesión de mate con el ingeniero”. La despedida del país andino ocurrió en la ciudad portuaria de Esmeraldas: “… hicimos el gran derroche y nos patinamos un dólar”. Después de recorrer el “pueblito en medio de montes tropicales”, continuó el viaje que comenzó con una frase célebre pronunciada en Buenos Aires, cuando decía adiós a la familia. Frase que pronto sería una realidad: “¡Aquí va un soldado de América!”
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A inicios de los años ochenta, don Juan de Dios Pérez Galaz visitaba la Facultad de Ciencias Antropológicas de la UADY, para departir con el maestro Salvador Rodríguez Losa, director de dicha institución en esa época, y con su querido amigo don Miguel Civeira Taboada, que anualmente viajaba de la Ciudad de México para impartir el curso de Historia de España, a los estudiantes de la carrera de Historia que recién se había instaurado como una especialidad de la Licenciatura en Ciencias Antropológicas. En las mesas de café dispuestas bajo la sombra de un frondoso árbol de zapote, que fue un lugar representativo de la antigua Facultad, cuando se ubicaba en la calle 76 entre 41 y 43, los estudiantes y profesores jóvenes rodeábamos a los tres maestros mencionados, tratando de escuchar hasta el mínimo detalle de las conversaciones que combinaban hechos y sucesos de la historia antigua de Yucatán y Campeche, con sus anécdotas personales, relacionadas con figuras de la política, la ciencia y el arte.
Don Juan de Dios Pérez Galaz, solía romper el calendario de las tertulias normales con Rodríguez Losa y Civeira, y comenzó a visitarnos acompañado de libros y revistas bajo el brazo que nos obsequiaba a quienes tuvimos la suerte de convivir más con el maestro Pérez, entre los que recuerdo a Carlos Magaña Toledano y a Rafael Molina Contreras, por mencionar un par de nombres. De esas agradables y generosas visitas logré reunir varios títulos de Pérez Galaz que conservo con enorme cariño. A vuelo de pájaro recuerdo sus obras, La introducción de la imprenta en Campeche (1942) Elementos de archivología; manual de divulgación (1952) y desde luego una edición que circuló muy poco de su Diccionario geográfico e histórico de Campeche (1979).
Las anécdotas con Salvador Rodríguez Losa y Miguel Civeira Taboada, quedan diferidas para ser contadas en otro tiraje. Pero en el caso de Juan de Dios Pérez Galaz, que había nacido en Mérida el 10 de julio de 1915, si mal no recuerdo, quiero mencionar que fue secretario particular de don Héctor Pérez Martínez, gobernador de Campeche de 1939 a 1943. Sin duda la afinidad con Pérez Martínez, uno de los pioneros en el estudio de la piratería en el Caribe, se relacionaba con su mutua pasión por el estudio de la Historia. El propio Pérez Galaz me obsequió Piraterías en Campeche, posiblemente la obra más destacada de don Héctor Pérez Martínez.
Traigo a cuento una anécdota de don Juan de Dios Pérez Galaz, quien se enteró que por esos años empezaba yo a publicar en el Diario de Yucatán la reseña histórica o mítica de algunas esquinas de Mérida, guidado por los apuntes que publicó en la prensa del siglo XIX, José Tiburcio Cervera, que amablemente me hizo llegar en un índice don Pedro Castro Aguilar. De esta manera, una tarde se apersonó Pérez Galaz a mi mesa de trabajo en el desaparecido Departamento de Historia de la Facultad de Antropología, y me entregó un par de cuartillas escritas a máquina, donde registraba la historia de una tienda de víveres localizada en el cruzamiento de las calles 10 y 59 de la ciudad de Campeche. La tienda se denominaba El brazo fuerte, y perteneció al señor Ismael Haedo, veracruzano avecinado en la capital campechana, que casó con doña Carmelita Martínez Alomía, hermana de Salvador Martínez Alomía, una figura notable de la Revolución mexicana.
Narra Pérez Galaz que el señor Ismael Haedo se caracterizó por su gran honestidad y rigidez en los negocios, además de ser poseedor de un gran corazón para ayudar a la gente que estaba en apuros. Pero el señor Haedo tenía una fornida constitución física, que hacía difícil que pasara desapercibido en su diario trajín por las calles campechanas. Don Ismael tuvo una amante en uno de los barrios de extramuros, por lo que al cerrar por las noches su tienda, se cubría con una capa obscura e iba a visitarla discretamente. A pesar de la soledad nocturna del Campeche antiguo, su voluminosa figura lo hacía reconocible y pronto su esposa supo de los amoríos del propietario de la tienda El brazo fuerte, por lo que le reclamó de la siguiente manera:
Ismael– exigió doña Carmelita-me han llegado rumores que tienes una amante.
Esa es cuestión mía -respondió don Ismael
Esa una mujer es una desvergonzada– insistió doña Carmelita- puesto que me conoce y sabe que eres mi esposo
-Esa es cuestión de ella.
-Pues no toleraré esa situación; le reclamaré su conducta y haré que se aleje de ti, amenazó la esposa.
-Esa es cuestión tuya, terminó don Ismael sin dar tregua a más reproches.
En una nota a pie de página de aquellos apuntes, don Juan de Dios anotó: Ver Diccionario, pág. 485. Y en efecto en dicho apartado de su monumental obra, hay una entrada donde registra la misma fábula pero de manera más extensa.
Las tardes con don Juan de Dios Pérez Galaz en la Facultad- muchas veces acompañado de Salvador Rodríguez y Miguel Civeira Tobada- fueron determinantes en la fundación de un ambiente adecuado para comenzar a formar profesionales de la Historia en nuestra Alma Mater, desde hace 40 años.
Historia
Rocafuerte y la conspiración de Soles y Rayos de Bolívar
Publicado
hace 6 añosen
octubre 26, 2020
Los orígenes la conspiración Soles y Rayos de Bolívar se remontan a 1821. Liderada por el habanero José Francisco Lemus, coronel del ejército colombiano, que pretendía fundar la República de Cubanacán, estado libre de la dominación española. Este movimiento debía su nombre a la manera en que se captaba a sus miembros: cada iniciado debía reclutar a otros seis. A partir de ese momento recibía el grado de Sol y los reclutados formaban sus Rayos.
En las ciudades y poblados de mayor importancia de Cuba se fundaron células. Incluso integrantes de la burocracia colonial —jueces, alcaldes y jefes de milicias—se sumaron a los grupos clandestinos. Los integrantes de la conspiración no disponían de uniformes; los identificaba una placa redonda, con pliegues que imitaban rayos. Lemus dibujó el distintivo. Para la lucha acopiaron cuchillos, pistolas y algunos rifles. Dentro del plan del máximo líder, las milicias facilitarían sus armas a los juramentados cuando comenzara el levantamiento. Para lograr tal fin, se infiltraron en ese cuerpo miembros de Soles y Rayos. Colombia y México también suministrarían equipamientos a los independentistas. Lemus promulgaba la abolición de la esclavitud y se pronunció contra la oligarquía esclavista comercial, a la que calificó de “sirenas aristocráticas y sagradas que tenían sumergida a la multitud para chuparle el jugo de su labranza”.
La participación del ecuatoriano Vicente Rocafuerte en esta conspiración es uno de los temas pendientes, apenas mencionado por sus biógrafos. El primer elemento que debe tenerse en cuenta es que, aunque en 1820 manifestó públicamente que la felicidad de Cuba estaba “fijada a los destinos de la gloriosa España”, al mismo tiempo conspiró en una logia secreta a favor de la libertad de la Isla. En ese momento, con el pie en el muelle para viajar a Madrid y decir lo contrario, habría sido demasiado peligroso. Sin embargo, cuando regresó, su pensamiento se había radicalizado aún más. Ya estaba convencido de que sólo la separación del gobierno colonial traería la felicidad a los cubanos. Otra era la situación internacional. Su patria ya disfrutaba de la libertad, y el fracaso de los liberales hispanos era sólo cuestión de tiempo. De ellos nada podía esperarse. Factores subjetivos se sumaban a los anteriores: el aumento del sentimiento independentista entre la juventud criolla ilustrada y sus relaciones con otros dos exiliados latinoamericanos José Fernández Madrid y Antonio Miralla, fervientes partidarios de la emancipación de la isla. De que los tres influyeron en los jóvenes conspiradores cubanos, no cabe duda; ya hemos expuesto algunos aspectos que así lo corroboran. Pero disponemos de otros. La Real Sociedad Económica de la Isla expuso: “Los agentes ocultos de otras Provincias emancipadas, sembraron la fatal semilla, que acaloró la imaginación de jóvenes alucinados, hijos, empero, de padres idólatras de su rey”.
Entre aquellos “jóvenes alucinados”, conspirador de Soles y Rayos de Bolívar, se hallaba José María Heredia, el primer gran poeta lírico de Cuba. Los vínculos entre Miralla y el poeta se afianzaron porque el argentino fue el primer maestro de inglés del cubano. Ambos eran creadores; es lógico que leyeran y comentaran sus obras. Rocafuerte estaba entre los amigos íntimos del autor de la “Oda al Niágara”. En una carta que este último escribe a Silvestre Luis Alfonso, fechada en Matanzas el 16 de octubre de 1822, daba fe de la significación del ecuatoriano en su vida y de los vínculos que mantenía con él mientras la Conspiración Soles y Rayos de Bolívar se hallaba en su apogeo: “Me alegro infinito que haya venido Rocafuerte. Tú sabes cuánto le quiero. Bajo cubierta de Domingo le escribo y si se detiene pienso ir a verlo”. Otro aspecto que evidencia la influencia de Rocafuerte en Heredia y la afinidad ideológica entre ellos es la oposición que, a fines de ese año, entablaron contra la tiranía de Agustín Iturbide en México. El cubano escribió “Oda a los habitantes de Anáhuac” y el ecuatoriano el ensayo Bosquejo ligerísimo de la revolución de México, por un verdadero americano. En la primera edición del trabajo de Rocafuerte, en Filadelfia, se incluyó la obra poética de Heredia, sin su firma, para evitar las represalias del régimen español. El ecuatoriano aplicó otra estratagema para burlar a los sabuesos hispanos en La Habana: estampó como rúbrica un anagrama de su nombre. Pero los vínculos iban más allá de lo político. Heredia residía en Matanzas; necesitaba, para ejercer la abogacía, tramitar su certificación. A dos de sus amigos, Silvestre Luis Alfonso y Vicente Rocafuerte, confió la realización de las gestiones: Rocafuerte me escribió que había hablado a Nicolás Escobedo sobre mi certificación, y que éste me ofreció que se la daría. Rocafuerte me dice que vaya por ella, y que no dude conseguirla. Yo no puedo hacer este viaje, y te ruego que veas en mi nombre a Escobedo, le recuerdes la recomendación, y le procures sacar la certificación, que deseo tener aquí a vuelta de vapor para enviarla al Príncipe con mi título, que debe ir en el próximo correo. Yo fío en tu amistad. Rocafuerte viajó por aquellos días a los Estados Unidos, donde el embajador de España tomó notas sobre sus actividades. El 16 de diciembre de 1822, reportaba al secretario de estado de Madrid: “Dice que se trabaja mucho para excitar en Cuba la revolución tanto por los Americanos como por los Habaneros, a cuyo efecto han llegado allí (Nueva York) el Conde [sic] de Rocafuerte y un tal Miralla”.
¿Este viaje constituía una encomienda de los conspiradores? No hay pruebas documentales que lo aseguren, pero puede suponerse que sus acciones estaban en sintonía con los confabulados. Apenas llegó Miralla a Washington, observó que la libertad de Cuba corría peligro porque un representante a la Cámara había pedido la intervención armada en la Isla con el pretexto de que las propiedades de los norteamericanos estarían amenazadas, en caso de que estallara una insurrección. A esto se sumaban las afectaciones causadas al comercio por los ataques de corsarios y piratas que atacaban a los barcos de comerciantes estadounidenses. Miralla, para aplacar los ánimos, publicó el artículo “Independencia de Cuba” en el periódico Salem Gazette, el 27 de diciembre de 1822 Como se sabe, el gobierno español tenía en sus manos los hilos de la sedición; en 1823 sus principales líderes fueron detenidos. Algunos de los complotados lograron evadir la persecución y se refugiaron en los Estados Unidos para proseguir su labor revolucionaria. Las altas esferas del poder en La Habana afirmaban que los patriotas latinoamericanos eran promotores de la Conspiración Soles y Rayos de Bolívar. Prueba irrefutable de esto es una misiva del general Vives a Tomás Gener, fechada el 6 de septiembre de 1823, poco después del inicio del proceso judicial a los implicados en el movimiento sedicioso:
“…sabe muy bien que Miralla, Madrid y Tanco son el alma de la conspiración y que siempre han trabajado por la independencia, desgraciadamente Tanco está en el Ayuntamiento y a cada paso unido con los Capitulares de sus mismas ideas hacen menciones estudiadas para lucir sus arengas en los debates que preparan imponiendo así a la multitud y yendo siempre directamente a su fin, haciendo nacer desconfianzas que debilitan y desacreditan la Autoridad, Madrid y Miralla sabe Ud. la parte activa que tuvieron en las ocurrencias pasadas suceso que quedó dormido como sucedería con la causa actual si hubiera conocido uno de los jueces de letras de la averiguación sumaria. Rocafuerte y Miralla se hallan en los Estados Unidos con Vidaurre desde donde dirigen estos movimientos y yo tengo avisos de que trata el primero de pedir al Congreso la unión de esta Isla a su federación, despertando así la ambición de los Americanos demasiado propensos a entrar en semejantes intrigas”.
Historia
Céspedes y el corresponsal de guerra James O’kelly
Publicado
hace 6 añosen
octubre 5, 2020
Vestido con camisa de franela y calzando pesadas botas, portando dos revólveres y un cinto en el que ocultaba abundante cantidad de monedas de oro llegó James O’Kelly (1845-1916) a Cuba Libre a mediado del mes de febrero de 1873.
Después de fatigosas marchas había arribado, al fin, a un campamento mambí. De allí se trasladó a Tempú, cuartel del Coronel Matías Vega. Luego prosiguió hacia Dos Bocas donde se hallaba el General Calixto García y su tropa. En compañía de él presenció el ataque al poblado de Jiguaní. Y más tarde, cumplió la esencia de su misión: entrevistar a Carlos Manuel de Céspedes.
O’Kelly era corresponsal del periódico New York Herald. Natural de Irlanda. Entre 1868 y 1871 había sido Secretario del Consejo Supremo de la Hermandad Republicana Irlandesa (IRB) y fue el agente principal de adquisición de armas de la IRB en Gran Bretaña, pues también era un independentista, en su caso contra la dominación inglesa.
Su encuentro con Céspedes estuvo alejado de todo protocolo:
“Al entrar en él (bohío) un hombre de buen talante, algo robusto de cuerpo y
estatura mediana, se levantó para recibirme. Uno de los oficiales dijo:
“El señor es el Presidente.”
Al mismo tiempo éste, adelantándose con la mano extendida, dijo muy correctamente en inglés: “Tengo mucho gusto en verlo a usted.”, relató James O’ Kelly en su libro La tierra del mambí. A la pluma del irlandés debemos uno de los mejores retratos que de Céspedes se haya realizado:
“Aunque el presidente… es un hombre de corta estatura, posee una constitución de hierro. Nervioso por temperamento, permanece siempre en una posición recta. Los rasgos de su fisonomía son pequeños, aunque regulares. De frente alta y bien formada y ojos entre grises y pardos, aunque brillantes y llenos de penetración, reflejados por el tiempo y los cuidados. Además, oculta su boca y la parte inferior de su cara un bigote y barba color gris con unos cuantos pelos negros entremezclados; muestra al sonreírse sus dientes extraordinariamente blancos, y con excepción muy bien conservados”.

Durante los días que estuvo al lado del presidente del gobierno insurrecto llegaron a un acuerdo que traería beneficios mutuos para las causas independentistas de Irlanda y Cuba. Al respecto el Padre de la Patria escribió en una carta a su esposa Ana de Quesada:
“O’Kelly se presta a servir los intereses de Cuba. He formado una combinación para explotar el elemento irlandés. Si ayuda para alcanzar y se alcanza el reconocimiento de nuestra beligerancia por los Estados Unidos la República de Cuba le dará 20 000 rifles y un vapor, cuando esté definitivamente establecida y reconocida por las naciones como tal. Ese individuo se compromete, de acuerdo con nuestro agente a ganar los demás elementos de los Estados Unidos, incluso el presidente. Si lo consigue será acreedor a una recompensa. En garantía se hará un depósito de bonos cubanos. Si se cree, de buena fe, que esto dará resultado, se le autorizará provisionalmente y se me dará aviso para hacerlo en forma; pero en caso contrario, se me darán todas las razones que me convenzan de la ineficacia de la medida. Los convenios pueden hacerse sobre toda clase de valores, pero no excederán de 30 000 000 calculados en la especie depositable, según arriba se expresa. Todo esto necesita de mucho tacto y experiencia, sobre todo una probidad a toda prueba. Por tu conducto será puesto en contacto con agentes confidenciales de la República, si ya estuvieren en ejercicio; pero de ninguna manera con los cesantes. Cuando veas al individuo, le darás para entendernos, esta clave MURVIEDRO.”
A pesar de que O’Kelly realizó una formidable campaña mediática a favor de la causa cubana, el reconocimiento de la beligerancia por parte del gobierno estadounidense era un asunto muy complejo en el que, ni el elemento irlandés, de peso en la política, pero no determinante dentro de las esferas del poder norteamericano, ni la opinión pública, podían decidir.
El 24 de marzo de 1873, O’Kelly se despidió de Céspedes y marchó a Manzanillo. Después de ser encarcelado por los españolas, pudo escapar del pelotón de fusilamiento gracias a la presión internacional sobre el gobierno colonialista. Una vez liberado continuó colaborando con la causa insurrecta hasta en la guerra del ’95. Su libro La tierra del mambí es considerado un clásico de la literatura de campaña.
