Historia
LA SECCIÓN PUERTO RICO
Publicado
hace 6 añosen
La semana pasada publicamos un artículo sobre la constitución del Partido Revolucionario Cubano en Venezuela. Damos continuidad al tema con una breve reseña de su sección Puerto Rico, fundada con el fin de aunar los esfuerzos de los emigrados de las dos islas para lograr la independencia del colonialismo español
La organización, siguiendo la línea de acción del PRC, creó delegaciones en varios países. En Venezuela su máximo representante fue Lorenzo Mercado, presidente del Club Carlos Manuel de Céspedes. Sotero Figueroa, experimentado conspirador y editor de Patria, a quien Martí llamó “mi amigo preferido, mi amigo de alma americana”, solicitó al Directorio de la Sección ir a este país para recaudar recursos. Su solicitud fue aprobada, y el 12 de abril de 1896 le entregaron la credencial de Comisionado Especial para realizar la misión.
Cuando llegó a Caracas, debido a indiscreciones, elementos contrarios a la causa cubana conocían el objetivo de su viaje. Mercado, quien supo tardíamente la visita de su compatriota, sintió lastimada su autoridad y pidió la renuncia al cargo que ostentaba. Entonces Sotero realizó una labor de persuasión que tuvo éxito. A partir de ese momento Mercado fue su entusiasta colaborador.
Vencido este escollo, se entrevistó con los principales líderes de la emigración antillana en la patria de Bolívar y convocó a una reunión del Club Carlos Manuel de Céspedes. En la cita pronunció un discurso y obtuvo una elevada colecta para los fondos del Partido Revolucionario Cubano y su Sección Puerto Rico, nos dice la historiadora Josefina Toledo en su obra Sotero Figueroa, editor de Patria.
Aprovechó su estancia para fundar el Cuerpo de Consejo del PRC en Caracas. En el informe que escribió al Directorio de la Sección, el 26 de mayo de 1896, valoró así los resultados de la encomienda: “El viaje del que suscribe a la República de Venezuela ha sido fructuoso… porque, con conocimiento de causas, ha llevado el ánimo del señor Delegado del Partido Revolucionario Cubano, que los recursos necesarios para el impulso inicial de la guerra en Puerto Rico los debe suministrar dicho partido, formado por cubanos y puertorriqueños, y porque la política de unión y concordia que el que suscribe realizara en Venezuela, ha sido de inmediato beneficio para Cuba, y ha dejado acopiados simpatías y elementos valiosos para cuando estalle en breve plazo la verdadera, la invencible lucha por la independencia en el último baluarte de la dominación de España en Puerto Rico”.
Este fue el único Cuerpo de Consejo que existió en Venezuela, formado por los clubes Carlos Manuel de Céspedes, Dos Antillas, Betances y el Centro Propagandista Cubano Martí. Luego se incorporaría el Cuba Libre.
Concluía así el proceso de organización del Partido Revolucionario Cuba en Venezuela, sus afiliados a pesar de penurias y de la inestabilidad política de aquella nación cumplieron el legado de Apóstol: aportaron recursos, hicieron propaganda, algunos se sumaron a las filas del Ejército Libertador.
Todavía vibra la protesta enérgica del emigrado Andrés Villalón, residente en Maracay, quien cuando conoció que los estadounidenses nos arrebataban la independencia escribió una carta abierta el 28 de diciembre de 1899 en la que manifestó su posición antimperialista, y denunció el entreguismo de los anexionistas: “Cuba ha llegado a su mayor edad y debe ser árbitra de sus destinos, pese a quien pesare y cueste lo que costare. La Unión Americana, no por humanidad, que ninguna ha demostrado en Puerto Rico, Filipinas ni Cuba, sino por dignidad y honor, debe cumplir su compromiso”.
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A inicios de los años ochenta, don Juan de Dios Pérez Galaz visitaba la Facultad de Ciencias Antropológicas de la UADY, para departir con el maestro Salvador Rodríguez Losa, director de dicha institución en esa época, y con su querido amigo don Miguel Civeira Taboada, que anualmente viajaba de la Ciudad de México para impartir el curso de Historia de España, a los estudiantes de la carrera de Historia que recién se había instaurado como una especialidad de la Licenciatura en Ciencias Antropológicas. En las mesas de café dispuestas bajo la sombra de un frondoso árbol de zapote, que fue un lugar representativo de la antigua Facultad, cuando se ubicaba en la calle 76 entre 41 y 43, los estudiantes y profesores jóvenes rodeábamos a los tres maestros mencionados, tratando de escuchar hasta el mínimo detalle de las conversaciones que combinaban hechos y sucesos de la historia antigua de Yucatán y Campeche, con sus anécdotas personales, relacionadas con figuras de la política, la ciencia y el arte.
Don Juan de Dios Pérez Galaz, solía romper el calendario de las tertulias normales con Rodríguez Losa y Civeira, y comenzó a visitarnos acompañado de libros y revistas bajo el brazo que nos obsequiaba a quienes tuvimos la suerte de convivir más con el maestro Pérez, entre los que recuerdo a Carlos Magaña Toledano y a Rafael Molina Contreras, por mencionar un par de nombres. De esas agradables y generosas visitas logré reunir varios títulos de Pérez Galaz que conservo con enorme cariño. A vuelo de pájaro recuerdo sus obras, La introducción de la imprenta en Campeche (1942) Elementos de archivología; manual de divulgación (1952) y desde luego una edición que circuló muy poco de su Diccionario geográfico e histórico de Campeche (1979).
Las anécdotas con Salvador Rodríguez Losa y Miguel Civeira Taboada, quedan diferidas para ser contadas en otro tiraje. Pero en el caso de Juan de Dios Pérez Galaz, que había nacido en Mérida el 10 de julio de 1915, si mal no recuerdo, quiero mencionar que fue secretario particular de don Héctor Pérez Martínez, gobernador de Campeche de 1939 a 1943. Sin duda la afinidad con Pérez Martínez, uno de los pioneros en el estudio de la piratería en el Caribe, se relacionaba con su mutua pasión por el estudio de la Historia. El propio Pérez Galaz me obsequió Piraterías en Campeche, posiblemente la obra más destacada de don Héctor Pérez Martínez.
Traigo a cuento una anécdota de don Juan de Dios Pérez Galaz, quien se enteró que por esos años empezaba yo a publicar en el Diario de Yucatán la reseña histórica o mítica de algunas esquinas de Mérida, guidado por los apuntes que publicó en la prensa del siglo XIX, José Tiburcio Cervera, que amablemente me hizo llegar en un índice don Pedro Castro Aguilar. De esta manera, una tarde se apersonó Pérez Galaz a mi mesa de trabajo en el desaparecido Departamento de Historia de la Facultad de Antropología, y me entregó un par de cuartillas escritas a máquina, donde registraba la historia de una tienda de víveres localizada en el cruzamiento de las calles 10 y 59 de la ciudad de Campeche. La tienda se denominaba El brazo fuerte, y perteneció al señor Ismael Haedo, veracruzano avecinado en la capital campechana, que casó con doña Carmelita Martínez Alomía, hermana de Salvador Martínez Alomía, una figura notable de la Revolución mexicana.
Narra Pérez Galaz que el señor Ismael Haedo se caracterizó por su gran honestidad y rigidez en los negocios, además de ser poseedor de un gran corazón para ayudar a la gente que estaba en apuros. Pero el señor Haedo tenía una fornida constitución física, que hacía difícil que pasara desapercibido en su diario trajín por las calles campechanas. Don Ismael tuvo una amante en uno de los barrios de extramuros, por lo que al cerrar por las noches su tienda, se cubría con una capa obscura e iba a visitarla discretamente. A pesar de la soledad nocturna del Campeche antiguo, su voluminosa figura lo hacía reconocible y pronto su esposa supo de los amoríos del propietario de la tienda El brazo fuerte, por lo que le reclamó de la siguiente manera:
Ismael– exigió doña Carmelita-me han llegado rumores que tienes una amante.
Esa es cuestión mía -respondió don Ismael
Esa una mujer es una desvergonzada– insistió doña Carmelita- puesto que me conoce y sabe que eres mi esposo
-Esa es cuestión de ella.
-Pues no toleraré esa situación; le reclamaré su conducta y haré que se aleje de ti, amenazó la esposa.
-Esa es cuestión tuya, terminó don Ismael sin dar tregua a más reproches.
En una nota a pie de página de aquellos apuntes, don Juan de Dios anotó: Ver Diccionario, pág. 485. Y en efecto en dicho apartado de su monumental obra, hay una entrada donde registra la misma fábula pero de manera más extensa.
Las tardes con don Juan de Dios Pérez Galaz en la Facultad- muchas veces acompañado de Salvador Rodríguez y Miguel Civeira Tobada- fueron determinantes en la fundación de un ambiente adecuado para comenzar a formar profesionales de la Historia en nuestra Alma Mater, desde hace 40 años.
Historia
Rocafuerte y la conspiración de Soles y Rayos de Bolívar
Publicado
hace 6 añosen
octubre 26, 2020
Los orígenes la conspiración Soles y Rayos de Bolívar se remontan a 1821. Liderada por el habanero José Francisco Lemus, coronel del ejército colombiano, que pretendía fundar la República de Cubanacán, estado libre de la dominación española. Este movimiento debía su nombre a la manera en que se captaba a sus miembros: cada iniciado debía reclutar a otros seis. A partir de ese momento recibía el grado de Sol y los reclutados formaban sus Rayos.
En las ciudades y poblados de mayor importancia de Cuba se fundaron células. Incluso integrantes de la burocracia colonial —jueces, alcaldes y jefes de milicias—se sumaron a los grupos clandestinos. Los integrantes de la conspiración no disponían de uniformes; los identificaba una placa redonda, con pliegues que imitaban rayos. Lemus dibujó el distintivo. Para la lucha acopiaron cuchillos, pistolas y algunos rifles. Dentro del plan del máximo líder, las milicias facilitarían sus armas a los juramentados cuando comenzara el levantamiento. Para lograr tal fin, se infiltraron en ese cuerpo miembros de Soles y Rayos. Colombia y México también suministrarían equipamientos a los independentistas. Lemus promulgaba la abolición de la esclavitud y se pronunció contra la oligarquía esclavista comercial, a la que calificó de “sirenas aristocráticas y sagradas que tenían sumergida a la multitud para chuparle el jugo de su labranza”.
La participación del ecuatoriano Vicente Rocafuerte en esta conspiración es uno de los temas pendientes, apenas mencionado por sus biógrafos. El primer elemento que debe tenerse en cuenta es que, aunque en 1820 manifestó públicamente que la felicidad de Cuba estaba “fijada a los destinos de la gloriosa España”, al mismo tiempo conspiró en una logia secreta a favor de la libertad de la Isla. En ese momento, con el pie en el muelle para viajar a Madrid y decir lo contrario, habría sido demasiado peligroso. Sin embargo, cuando regresó, su pensamiento se había radicalizado aún más. Ya estaba convencido de que sólo la separación del gobierno colonial traería la felicidad a los cubanos. Otra era la situación internacional. Su patria ya disfrutaba de la libertad, y el fracaso de los liberales hispanos era sólo cuestión de tiempo. De ellos nada podía esperarse. Factores subjetivos se sumaban a los anteriores: el aumento del sentimiento independentista entre la juventud criolla ilustrada y sus relaciones con otros dos exiliados latinoamericanos José Fernández Madrid y Antonio Miralla, fervientes partidarios de la emancipación de la isla. De que los tres influyeron en los jóvenes conspiradores cubanos, no cabe duda; ya hemos expuesto algunos aspectos que así lo corroboran. Pero disponemos de otros. La Real Sociedad Económica de la Isla expuso: “Los agentes ocultos de otras Provincias emancipadas, sembraron la fatal semilla, que acaloró la imaginación de jóvenes alucinados, hijos, empero, de padres idólatras de su rey”.
Entre aquellos “jóvenes alucinados”, conspirador de Soles y Rayos de Bolívar, se hallaba José María Heredia, el primer gran poeta lírico de Cuba. Los vínculos entre Miralla y el poeta se afianzaron porque el argentino fue el primer maestro de inglés del cubano. Ambos eran creadores; es lógico que leyeran y comentaran sus obras. Rocafuerte estaba entre los amigos íntimos del autor de la “Oda al Niágara”. En una carta que este último escribe a Silvestre Luis Alfonso, fechada en Matanzas el 16 de octubre de 1822, daba fe de la significación del ecuatoriano en su vida y de los vínculos que mantenía con él mientras la Conspiración Soles y Rayos de Bolívar se hallaba en su apogeo: “Me alegro infinito que haya venido Rocafuerte. Tú sabes cuánto le quiero. Bajo cubierta de Domingo le escribo y si se detiene pienso ir a verlo”. Otro aspecto que evidencia la influencia de Rocafuerte en Heredia y la afinidad ideológica entre ellos es la oposición que, a fines de ese año, entablaron contra la tiranía de Agustín Iturbide en México. El cubano escribió “Oda a los habitantes de Anáhuac” y el ecuatoriano el ensayo Bosquejo ligerísimo de la revolución de México, por un verdadero americano. En la primera edición del trabajo de Rocafuerte, en Filadelfia, se incluyó la obra poética de Heredia, sin su firma, para evitar las represalias del régimen español. El ecuatoriano aplicó otra estratagema para burlar a los sabuesos hispanos en La Habana: estampó como rúbrica un anagrama de su nombre. Pero los vínculos iban más allá de lo político. Heredia residía en Matanzas; necesitaba, para ejercer la abogacía, tramitar su certificación. A dos de sus amigos, Silvestre Luis Alfonso y Vicente Rocafuerte, confió la realización de las gestiones: Rocafuerte me escribió que había hablado a Nicolás Escobedo sobre mi certificación, y que éste me ofreció que se la daría. Rocafuerte me dice que vaya por ella, y que no dude conseguirla. Yo no puedo hacer este viaje, y te ruego que veas en mi nombre a Escobedo, le recuerdes la recomendación, y le procures sacar la certificación, que deseo tener aquí a vuelta de vapor para enviarla al Príncipe con mi título, que debe ir en el próximo correo. Yo fío en tu amistad. Rocafuerte viajó por aquellos días a los Estados Unidos, donde el embajador de España tomó notas sobre sus actividades. El 16 de diciembre de 1822, reportaba al secretario de estado de Madrid: “Dice que se trabaja mucho para excitar en Cuba la revolución tanto por los Americanos como por los Habaneros, a cuyo efecto han llegado allí (Nueva York) el Conde [sic] de Rocafuerte y un tal Miralla”.
¿Este viaje constituía una encomienda de los conspiradores? No hay pruebas documentales que lo aseguren, pero puede suponerse que sus acciones estaban en sintonía con los confabulados. Apenas llegó Miralla a Washington, observó que la libertad de Cuba corría peligro porque un representante a la Cámara había pedido la intervención armada en la Isla con el pretexto de que las propiedades de los norteamericanos estarían amenazadas, en caso de que estallara una insurrección. A esto se sumaban las afectaciones causadas al comercio por los ataques de corsarios y piratas que atacaban a los barcos de comerciantes estadounidenses. Miralla, para aplacar los ánimos, publicó el artículo “Independencia de Cuba” en el periódico Salem Gazette, el 27 de diciembre de 1822 Como se sabe, el gobierno español tenía en sus manos los hilos de la sedición; en 1823 sus principales líderes fueron detenidos. Algunos de los complotados lograron evadir la persecución y se refugiaron en los Estados Unidos para proseguir su labor revolucionaria. Las altas esferas del poder en La Habana afirmaban que los patriotas latinoamericanos eran promotores de la Conspiración Soles y Rayos de Bolívar. Prueba irrefutable de esto es una misiva del general Vives a Tomás Gener, fechada el 6 de septiembre de 1823, poco después del inicio del proceso judicial a los implicados en el movimiento sedicioso:
“…sabe muy bien que Miralla, Madrid y Tanco son el alma de la conspiración y que siempre han trabajado por la independencia, desgraciadamente Tanco está en el Ayuntamiento y a cada paso unido con los Capitulares de sus mismas ideas hacen menciones estudiadas para lucir sus arengas en los debates que preparan imponiendo así a la multitud y yendo siempre directamente a su fin, haciendo nacer desconfianzas que debilitan y desacreditan la Autoridad, Madrid y Miralla sabe Ud. la parte activa que tuvieron en las ocurrencias pasadas suceso que quedó dormido como sucedería con la causa actual si hubiera conocido uno de los jueces de letras de la averiguación sumaria. Rocafuerte y Miralla se hallan en los Estados Unidos con Vidaurre desde donde dirigen estos movimientos y yo tengo avisos de que trata el primero de pedir al Congreso la unión de esta Isla a su federación, despertando así la ambición de los Americanos demasiado propensos a entrar en semejantes intrigas”.
Historia
Céspedes y el corresponsal de guerra James O’kelly
Publicado
hace 6 añosen
octubre 5, 2020
Vestido con camisa de franela y calzando pesadas botas, portando dos revólveres y un cinto en el que ocultaba abundante cantidad de monedas de oro llegó James O’Kelly (1845-1916) a Cuba Libre a mediado del mes de febrero de 1873.
Después de fatigosas marchas había arribado, al fin, a un campamento mambí. De allí se trasladó a Tempú, cuartel del Coronel Matías Vega. Luego prosiguió hacia Dos Bocas donde se hallaba el General Calixto García y su tropa. En compañía de él presenció el ataque al poblado de Jiguaní. Y más tarde, cumplió la esencia de su misión: entrevistar a Carlos Manuel de Céspedes.
O’Kelly era corresponsal del periódico New York Herald. Natural de Irlanda. Entre 1868 y 1871 había sido Secretario del Consejo Supremo de la Hermandad Republicana Irlandesa (IRB) y fue el agente principal de adquisición de armas de la IRB en Gran Bretaña, pues también era un independentista, en su caso contra la dominación inglesa.
Su encuentro con Céspedes estuvo alejado de todo protocolo:
“Al entrar en él (bohío) un hombre de buen talante, algo robusto de cuerpo y
estatura mediana, se levantó para recibirme. Uno de los oficiales dijo:
“El señor es el Presidente.”
Al mismo tiempo éste, adelantándose con la mano extendida, dijo muy correctamente en inglés: “Tengo mucho gusto en verlo a usted.”, relató James O’ Kelly en su libro La tierra del mambí. A la pluma del irlandés debemos uno de los mejores retratos que de Céspedes se haya realizado:
“Aunque el presidente… es un hombre de corta estatura, posee una constitución de hierro. Nervioso por temperamento, permanece siempre en una posición recta. Los rasgos de su fisonomía son pequeños, aunque regulares. De frente alta y bien formada y ojos entre grises y pardos, aunque brillantes y llenos de penetración, reflejados por el tiempo y los cuidados. Además, oculta su boca y la parte inferior de su cara un bigote y barba color gris con unos cuantos pelos negros entremezclados; muestra al sonreírse sus dientes extraordinariamente blancos, y con excepción muy bien conservados”.

Durante los días que estuvo al lado del presidente del gobierno insurrecto llegaron a un acuerdo que traería beneficios mutuos para las causas independentistas de Irlanda y Cuba. Al respecto el Padre de la Patria escribió en una carta a su esposa Ana de Quesada:
“O’Kelly se presta a servir los intereses de Cuba. He formado una combinación para explotar el elemento irlandés. Si ayuda para alcanzar y se alcanza el reconocimiento de nuestra beligerancia por los Estados Unidos la República de Cuba le dará 20 000 rifles y un vapor, cuando esté definitivamente establecida y reconocida por las naciones como tal. Ese individuo se compromete, de acuerdo con nuestro agente a ganar los demás elementos de los Estados Unidos, incluso el presidente. Si lo consigue será acreedor a una recompensa. En garantía se hará un depósito de bonos cubanos. Si se cree, de buena fe, que esto dará resultado, se le autorizará provisionalmente y se me dará aviso para hacerlo en forma; pero en caso contrario, se me darán todas las razones que me convenzan de la ineficacia de la medida. Los convenios pueden hacerse sobre toda clase de valores, pero no excederán de 30 000 000 calculados en la especie depositable, según arriba se expresa. Todo esto necesita de mucho tacto y experiencia, sobre todo una probidad a toda prueba. Por tu conducto será puesto en contacto con agentes confidenciales de la República, si ya estuvieren en ejercicio; pero de ninguna manera con los cesantes. Cuando veas al individuo, le darás para entendernos, esta clave MURVIEDRO.”
A pesar de que O’Kelly realizó una formidable campaña mediática a favor de la causa cubana, el reconocimiento de la beligerancia por parte del gobierno estadounidense era un asunto muy complejo en el que, ni el elemento irlandés, de peso en la política, pero no determinante dentro de las esferas del poder norteamericano, ni la opinión pública, podían decidir.
El 24 de marzo de 1873, O’Kelly se despidió de Céspedes y marchó a Manzanillo. Después de ser encarcelado por los españolas, pudo escapar del pelotón de fusilamiento gracias a la presión internacional sobre el gobierno colonialista. Una vez liberado continuó colaborando con la causa insurrecta hasta en la guerra del ’95. Su libro La tierra del mambí es considerado un clásico de la literatura de campaña.
