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Historias en la palma de la mano de Yasunari Kawabata

Aracelly Guerrero Maldonado

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A Kawabata lo leí por primera vez cuando era adolescente,  y me encontré con el libro Historias en la palma de la mano por mero accidente. Si soy sincera, debo decir que no lo disfruté tanto, pero las imágenes de las historias, así como toda la cultura japonesa que contenidas en sus páginas, vivieron conmigo desde entonces y persisten hasta ahora.  Me intrigaban las palabras nuevas: kimonos, bayas de goji, tatami, tabi, shamisen, cada palabra u objeto fuera de un lugar de referencia de mi pequeño y estrecho mundo, fue un descubrimiento que se tornó incluso más importante que la lectura propiamente dicha y pronto olvidé las historias en la palma de la mano, pero no todo lo demás.

La razón de que no disfrutara con la literatura de Kawabata la primera vez, quizás resida en el ritmo de su pluma: escribe melancólicamente, contemplativamente, si es usted cinéfilo, tal vez esté familiarizado con el término: Slow cinema, un término vago y controversial pero que alude a un tipo de cine de ritmo lento, pausado, donde la forma de contar es más importante que lo que se cuenta. Bueno, para mí, la literatura de Kawabata, es el equivalente del Slow cinema, si alguien, con palabras pudiera fotografiar con la palabra, ese sería Yasunari Kawabata, con una precisión que evidencia claramente las cualidades de observación, enfoca su mente y nos recrea cuadro por cuadro las escenas más cotidianas, y sin embargo conmovedoras de la vida diaria de todo tipo de personas del Japón de la pos guerra. El Japón que ya sólo sobrevive en las letras y en la historia.

Cada que termina un relato, uno siempre se queda con la sensación de algo inacabado, de algo que sólo se termina en la mente del lector. Pero uno puede darle más vueltas al cuento, a las situaciones, algunas extrañas o demasiado oníricas y otras tan mundanas que nos hacen sentir cercanos a ese país del otro lado del océano.

Una cosa en la que nunca reparé entonces, es que Kawabata no es de Tokio, la capital japonesa, sino que  es de la provincia de Osaka, una región que habla un dialecto del japonés, y que se distingue tan fácilmente para ellos, como para los mexicanos la forma de hablar de un yucateco. En la relectura, este rasgo me llamó poderosamente la atención, pues aunque para nosotros de este lado no exista tal vez una diferencia en su escritura, también debido a la traducción, tal vez para los japoneses sí, y eso me hizo sentir identificada.

El libro de Las historias en la palma de la mano es también el resumen de toda la obra del autor, de 1924 a 1972, y en ellos puede verse la progresión de su estilo y de los elementos que le otorgaron el Nobel de Literatura en 1968.

Aunque lo recomiendo ampliamente, no es para primeros lectores, son 70 relatos, que si bien son breves, no son para leerse con rapidez o con premura, son relatos que deben tomarse a sorbos, saboreándolos, degustándolos y maravillándose de la ternura, la sencillez y la gracia de una gota de agua, o de una hoja caída, los sentimientos que evoca en nosotros el autor con su pluma.

“¿Significaba este sueño que en el fondo de mi corazón yo sabía que ella no tenía el menor afecto por mí?  El sueño es expresión de mis emociones.  Y sus emociones en el sueño eran las que yo había creado para ella.  Eran mías.  En un sueño no hay simulación ni fingimiento.  Me sentí desolado al pensarlo”

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Apicultura y los problemas alimentarios de Yucatán: temas de la revista Península

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El nuevo número de la publicación acoge nueve artículos sobre investigaciones realizadas en la península yucateca.

Mérida, Yucatán, 21 de septiembre del 2020.- Apicultura, una revisión histórica de los problemas alimentarios de Yucatán, entre otros temas de antropología, arqueología, historia, filosofía y literatura, así como críticas de libros, son algunas de las temáticas abordadas en los nueve artículos contenidos en el nuevo número de la revista semestral “Península”, del Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales (CEPHCIS) de la Universidad  Nacional Autónoma de México (UNAM).

Al respecto, la Mtra. Virginia Carrillo, editora de la revista, comentó que el contenido de Península es resultado del estricto proceso de dictaminación a doble ciego realizado por pares académicos sobre los manuscritos que los autores y autoras proponen para publicar.

Entre las y los autores publicados en esta nueva edición, se encuentran Javier Becerril e Iván Hernández, quienes colaboran con un artículo sobre la apicultura y su incidencia en la economía familiar en Yucatán. Jaime Peralta analiza cómo durante el virreinato en Nueva Granada se representó a los insectos locales como especies desagradables e indeseables, y su eliminación se utilizó como argumento para la explotación de los recursos, dominación política y homogeneización cultural.

Renata Escamilla desglosa las dinámicas sociales y territoriales en Quintana Roo a partir del turismo; y Luis Navarrete propone una revisión histórica al problema alimentario en Yucatán, entendiéndolo como un complejo y multifactorial.

En el ámbito educativo, el artículo de Felipe Hevia, Elisa Saldaña, Ana Viveros y Samana Vergara-Lope presenta el monitoreo hecho al gasto público de los programas de lectura y aritmética básica en los estados de Campeche y Quintana Roo, para mostrar su calidad y transparencia. En el nivel de educación superior, Carlos Gamboa se preocupa por las habilidades de comprensión lectora del idioma inglés de los estudiantes de una universidad local y propone como método de enseñanza las estrategias metacognitivas.

María del Carmen Orihuela explica los elementos de identidad maya identificados en Chuiná, espacio de adoración indígena católica y uno de los santuarios más visitados en la península de Yucatán. Verónica Araiza, hace una descripción del pensamiento crítico de Donna Haraway, una de las autoras más sugerentes de la teoría social contemporánea; y Carolina Depetris traza un panorama de la influencia que tuvieron las observaciones y estudios de Alexander von Humboldt, en otros viajeros por Nueva España, y cómo este se volvió un referente en el tema.

El número también contiene las reseñas de “Naturalezas peninsulares, visiones imperiales. Los Departamentos de La Laguna – El Carmen en 1865 – 1866” de la autoría dePascale Villegas, Rosa Torras Conangla y Mario Humberto Ruz, realizada por Lyneth Lowe; de “Resistir es construir. Movilidades y pertenencias”, de la autoría deMariflor Aguilar Rivero, escrita por Rubén Torres; y de “La migración temporal de los mayas de Yucatán a Canadá: la dialéctica de la movilidad”, de la autoríadeMarie France Labrecque, realizada por Pedro Lewin.

Como principal órgano de difusión del CEPHCIS, la revista “Península” se enfoca en la publicación de trabajos científicos sobre el sur y sureste de México, así como del Caribe y Centroamérica, aunque está abierta a propuestas sobre textos de otras latitudes, los escritos deben ser inéditos y pueden presentarse en español, inglés, francés o maya yucateco. Puede consultarse de manera gratuita en: http://www.revistas.unam.mx/index.php/peninsula/issue/view/5761. El correo-e para hacer llegar las propuestas de artículos y reseñas es revistapeninsula@cephcis.unam.mx.

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XXV Aniversario de la Fundación Fernando Ortiz

Pedro de la Hoz

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Retrato de Fernando Ortiz, 1941. Foto: Obra de Jorge Arche

Ciencia, conciencia y consecuencia

Miguel Barnet y sus colaboradores, y junto a ellos la comunidad académica y el movimiento intelectual y artístico cubanos, pueden mirar con orgullo la cosecha de la Fundación a lo largo de estos 25 años, y la consecuencia con que han desplegado los objetivos y proyectos de una institución que prestigia a la sociedad civil insular

Por los días en que el joven poeta y etnólogo en formación, a punto de irrumpir en la lírica con paso firme y sentar los pilares de la novela testimonio, visitaba al sabio en la casona de L y 27, en el Vedado, tenía muy claro ya la enorme trascendencia de la obra de aquel hombre y el valor imperecedero de sus lecciones, pero distaba mucho de imaginar que tres décadas después, alentado por Armando Hart y Abel Prieto, asumiría a plenitud la misión de multiplicar el legado del maestro, a partir de la creación, el 21 de septiembre de 1995, de la Fundación Fernando Ortiz.

Miguel Barnet y sus colaboradores, y junto a ellos la comunidad académica y el movimiento intelectual y artístico cubanos, pueden mirar con orgullo la cosecha de la Fundación a lo largo de estos 25 años, y la consecuencia con que han desplegado los objetivos y proyectos de una institución que prestigia a la sociedad civil insular.

Si como ha dicho el presidente de la Fundación, Don Fernando fue “un espejo de lo cubano que nos hizo descubrir y revalorizar zonas ocultas de la realidad”, también cabe decir que, en el tiempo transcurrido, sobre la base del principio orticiano de cultivar “ciencia y conciencia”, han sido fecundas las contribuciones a la vida cultural y al tejido social de la nación.

Esa labor, metódica, sistemática, persistente, muchas veces fuera del foco de los reflectores y renunciando a golpes de efecto mediáticos, se ha sostenido desde el entendimiento de una vocación de servicio en la que el ejercicio científico dinamita compartimentos estancos para debatir e insertarse en procesos de cambio tan complejos como los que ha registrado el país en el cruce de uno a otro siglo.

Poeta y etnólogo Miguel Barnet Lanza en Mérida 2019

Un primer anillo de interés se sitúa, por supuesto, en la promoción de la obra de Don Fernando: reediciones, rescate de textos inéditos y desarrollo de estudios acerca de los diversos campos en los que actuó el sabio. Entre las más recientes novedades destaca el ingente trabajo de clasificación, ordenamiento y depuración del epistolario del polígrafo en cuatro tomos, que abarcan el dilatado plazo de 1920 a 1963. Tantos empeños cristalizaron con la proclamación de la obra y el legado de Fernando Ortiz como Patrimonio Cultural de la Nación.

El estímulo a la investigación científica en torno a la identidad cultural, desde un punto de vista multidisciplinario, ha estado en el vórtice de la actividad de la ­Fundación, así como el trazado de puntos de contacto, que no excluyen el contrapunto ni la polémica, entre el pensamiento contemporáneo cubano y el de otras zonas de América Latina y el Caribe.

La Fundación ha dispuesto escenarios  para la discusión abierta, responsable y desprejuiciada de temas álgidos, que van de la cultura medioambiental a la cultura popular, de los usos de la tierra y el impacto de la ganadería en la historia social de la Isla hasta la reproducción de la marginalidad.

Los resultados de estas discusiones están recogidas en las casi 40 entregas de la revista Catauro, un verdadero tesoro referencial por acopiar, además, varias de las más agudas indagaciones y reflexiones acerca del etnos cubano, los cultos de origen africano, la religiosidad popular, las tradiciones rurales y las representaciones simbólicas, entre otros temas de interés.

Nada es ajeno, pero tampoco azaroso, en los caminos de la Fundación. Ni el escrutinio de los aportes de chinos, árabes, europeos y caribeños a la sociedad cubana, puntualmente llevados a los muy solicitados mapas etnográficos; ni la concesión de premios nacionales e internacionales a personalidades e instituciones; ni la articulación a proyectos como La Ruta del Esclavo de la Unesco, y en fecha más reciente, al grupo gubernamental del Programa Nacional contra el Racismo y la Discriminación Racial.

Cada acción tributa al conocimiento de nuestra realidad y, más aún, a su transformación cualitativa. Porque Barnet y sus colaboradores–cómo dejar de evocar en este minuto a Teté Linares–  nunca han dejado de defender un principio enarbolado por Don Fernando: “En Cuba, más que en otros países, defender la cultura es salvar la libertad”. 

Publicado en el periódico cubano Granma de 20 de septiembre de 2020

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A 40 años de la historia institucional en Yucatán

Edgar A. Santiago Pacheco

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El próximo octubre de 2020 se celebran los cuarenta años de que se empezó a impartir la historia como especialización en la entonces Escuela de Ciencias Antropológicas de la UDY. Incluso en estos días he leído un aviso sobre un Seminario para conmemorar tal acción, en el marco de los 50 años de fundación de la Facultad. A vuelo de pájaro no puedo dejar de recordar el activo papel en esta empresa de la terna formada por Carlos Magaña Toledano, José Tec Poot y Carlos Bojórquez Urzaiz, bajo la guía de Salvador Rodríguez Losa. Los Carlos estoy seguro tienen mucho que decir en dicho Seminario.

En la convocatoria, me llamó la atención una afirmación que hacen los responsables del Seminario: “En el último tercio del siglo XIX, personajes como Eligio Ancona y otros fueron transformando la práctica de historiografía, pero hubo que esperar un siglo para que la disciplina adquiriera su carácter científico y ocupara un lugar dominante en la Universidad”.

Tengo serias dudas en la parte de la afirmación que se subraya, pues el carácter científico de la escritura de la historia en Yucatán, se puede rastrear en obras que se escribieron antes del establecimiento de la especialidad. Entendemos que se quiera asociar la práctica científica de la disciplina con la fundación de la especialidad de historia en la Universidad, pero hay que ampliar la mirada analítica y evitar caer en un reduccionismo conceptual o en un posible anacronismo histórico.

Y es que mucha de la historiografía practicada en nuestro terruño, fue científica, aunque, no hubiese instituciones en la localidad para formar historiadores. El razonamiento sobre esta afirmación se afianza en el hecho de que existía una noción moderna de la historia, que se plasmó en nuestra historiografía regional. Esto si entendemos la noción de modernidad a partir de dos diferencias básicas con la tradición historiográfica anterior: a) No tiene el fin de moralizar sino de instruir sobre la naturaleza de la historia como una apuesta al futuro, y b) busca ser científica, y por ello basarse en evidencias interpretadas con objetividad, lo cual brinda una mirada de especialista y no de retórico.

Dicho de otro modo, en palabras de Karla Alejandra Pinal Rodríguez, en su libro Vivir para historiar, historiar para vivir. La profesionalización de la historiografía en México editado en 2016: en la noción moderna de la historia el “historiador [tiene] una actitud científica y un distanciamiento en la observación; su fin debe ser la verdad y, si acaso, orientar con base en ella, no el convencimiento por sí mismo. En ese sentido, es una historiografía para el futuro y no para el presente, del que intenta separarse” (p.35). Sin duda, encontramos estos elementos en mucha de la obra histórica escrita antes del establecimiento de la especialidad en la Escuela de Ciencias Antropológicas en 1980.

Siguiendo a Pinal, y queremos ir un poco más allá en nuestra reflexión, el establecimiento de la especialidad en historia en 1980 no es el inicio de la profesionalización historiográfica, si se ve la profesionalización como un proceso y no como un acontecimiento. En el caso de Yucatán el proceso de la profesionalización de la historia ya era evidente antes de 1980, basta con hacerse un análisis historiográfico anterior a esa década, y no confundir la profesionalización con la institucionalización. Lo que nos mostraría que es posible considerar que parte de producción historiográfica anterior puede considerarse científica y profesional porque cumplió con los cánones de la historiografía científi­ca contemporánea y porque manó de un grupo reconocido en el ejercicio de una disciplina.

Entonces la pregunta sería ¿Qué cambió la fundación de la especialidad de historia en la Escuela de Ciencias Antropológicas? Una respuesta básica sería que estableció un espacio particular al interior de la profesión histórica: la investigación, que se reconoció en los términos de grupos académicos y oficiales. Desde esta posición es pertinente distinguir primero, la instauración de la prácti­ca científica de la historia; segundo, la institucionalización de la práctica científica de la historia en las universidades y, tercero, la oficialización de la investigación científica en historia. (Pinal 2016:15). En nuestro terruño los dos últimos puntos se expresaron al mismo tiempo.  

Siguiendo esa línea de pensamiento es posible explicar que “la transición de una idea moderna de la historia a una práctica contemporánea, que incluye la investigación, la difusión y la docencia financiadas por el erario público como un reconocimiento oficial de que esas actividades son profesionales y contribuyen al desarrollo social”. ¿No es lo que se hizo con la fundación del Departamento de Historia y el posterior establecimiento de la especialidad en la ECAUDY?

Por ello ¿no sería más pertinente? para entender la práctica histórica de la historia en Yucatán y el papel de las instituciones formadoras de historiadores, hablar de grupos profesionales desde la perspectiva interaccionista como lo propone la autora citada; pues el interaccionismo define lo profesional en función de los profesionales frente a la sociedad y no de la profesión en sí. La profesión se reconoce como mutable, construida culturalmente y como un producto de relaciones sociales. Alejémonos un poco de la definición clásica de profesión de la sociología funcionalista que en cierto sentido reduce las posibilidades de análisis y reflexión.  Esta no ayuda mucho al analizar y definir lo profesional a partir de que cumple los criterios de ser ejercida a jornada completa y en función de una serie de reglas específicas, practicada por individuos formados ex profeso en escuelas especializadas, con protección legal (oficial) para el monopolio del ejercicio, o que debe contar con un código deontológico. Conceptualizarla así, sin duda es ahistórico pues parte de una valoración referida a un presente, pero que no ayuda necesariamente a entender lo que antes significaba. Su aplicación lleva una carga de anacronismo pues se impone a realidades que no se refieren a aquella desde la que fue enunciada–una sociedad y tiempo específico-. Si entendemos la profesionalización como un concepto y no como un sustantivo este no puede ser definido en términos inamovibles como se ha hecho desde una concepción funcionalista de las profesiones.

No se puede limitar el análisis histórico de la profesionalización de la historia a un momento y lugar, la realidad es más compleja y aunque precisamente el establecimiento de la especialización en 1980 en la Escuela de Ciencias Antropológicas pone una X en un lugar y momento, esta X no es más que una expresión coyuntural de un proceso que aún hoy continua. Los jóvenes estudiantes de historia se merecen nuestra preocupación por ampliar horizontes y no cerrarlos, la historia de hoy lo exige.

Valdría la pena una discusión abierta e incluyente sobre la Historia y su futuro en la Universidad Autónoma de Yucatán, que no es otro que la lucha del humanismo por surfear las violentas olas del individualismo empujado por un capitalismo salvaje. Para que estos primeros cuarenta años no sean los únicos, el riesgo está presente.

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