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Arte y ciencia

Las playas, el Covid-19 y las prohibiciones ¿incongruencias?

Delfín Quezada Domínguez

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Hoy por hoy vemos a diario como los visitantes a las playas yucatecas acuden con incertidumbre por la situación que prevalece en ellas: vigilancia policiaca, poca información por la prohibición al adentrarse al mar, limitado servicio en los restaurantes, etc. No culpamos a las autoridades locales por prohibir algo que no tiene justificación de ser, es decir, no existe hasta este momento un argumento científico que indique que estar en la playa o ingresar al mar sea un riesgo de contagio de Covid-19. O si existe el argumento, valdría la pena que se haga público para no arriesgar a las personas que ingresan a la playa y al mar en los descuidos de la inspección policiaca. Progreso es el ejemplo claro de esta situación –complicada- y recurrente en la zona costera de Yucatán, y creo de otros estados ribereños de México.

Al respecto me propongo reflexionar por la contradicción que existe en nuestro estado de Yucatán en dos aspectos. Primero, se ha liberado la apertura de cines, centros religiosos, plazas comerciales, restaurantes y otros espacios donde concurren familias enteras, la mayoría de ellas obedeciendo las medidas sanitarias y de respeto social, recomendadas por las autoridades correspondientes. Segundo, hay en este momento una circulación de personas en autobuses urbanos y foráneos, donde el riesgo es mil por ciento mayor que estar en un espacio abierto y al aire libre como es la costa y el mar. ¿Se comprende la total incongruencia de la prohibición de estar en la playa y “bañarse” en el mar?

Pero mi punto de vista no corresponde al de aquellos críticos que solamente ven la parte mala de la situación, o de los que critican sin fundamento las acciones de las autoridades locales. Quisiera aportar algunas recomendaciones de cómo ir a una playa en tiempos de coronavirus, pues durante estos meses de 2020 hay que tomar toda una serie de precauciones a la hora de ir a la costa para evitar los contagios por COVID-19. Aquí te describimos cómo ir a una playa en tiempos de coronavirus.

Tras una primavera y comienzo de verano bajo las circunstancias excepcionales del estado de alarma y el confinamiento, llegó a nuestras vidas la “nueva normalidad“. Una de las actividades que tratamos de recuperar es la de ir a la playa, en tanto que nadie quiere perderse las playas más bonitas de nuestra Estado. En las playas se debe de establecer una guía de uso de playas de todas las comunidades costeras de Yucatán, pues hasta ahora no existen datos de la persistencia del SARS-CoV-2 en agua de mar, y que en el futuro se debería hacer un estudio con el tiempo de planificación suficiente. Sin embargo, si queremos realizar esta actividad, tenemos que tener en cuenta que ya no se puede hacer igual que antes y por eso, aquí te sugerimos cómo ir a una playa en tiempos de coronavirus.

1. Llevar mascarilla

Las prohibiciones LEGAL Y CONSTITUCIONALMENTE NO han llegado a las playas, pero llevar mascarilla es la primera medida que necesitamos tener en cuenta a la hora de ir a una playa. Tenemos que recordar que la principal vía de transmisión del virus es a través de secreciones respiratorias que se generan con la tos y los estornudos y el contacto de persona a persona, por lo que deben mantenerse las recomendaciones generales relativas a cualquier otro lugar. Esto quiere decir que a la hora de ir a la playa tenemos que mantener la distancia de seguridad y llevar la mascarilla puesta. Si bien es cierto que anteriormente el uso de la mascarilla no era obligatorio, recientemente se ha implantado como necesaria en todos los espacios públicos.

En cualquier caso, no olvidemos cómo debemos llevar la mascarilla (que cubra boca y nariz) y que ésta tiene una vida efímera. No sirve de nada acudir a la playa con una mascarilla que llevamos utilizando quince días. Lo responsable sería llevar una nueva y de poder ser, una quirúrgica desechable. Recordamos que la OMS ha establecido que las mascarillas de algodón pueden ser una fuente potencial de infección, ya que no son resistentes a los fluidos y pueden retener la humedad y contaminarse. 

2. Lavarse o desinfectarse las manos

En segundo lugar, sería necesario lavarse o desinfectarse las manos en la medida de lo posible. Las autoridades deben tener en cuenta la complejidad existente con respecto al lavado de manos estando en la playa, puesto que el lugar no suele disponer de zonas habilitadas para esto. Sin embargo, si tenemos a nuestro alcance una ducha o una fuente, sería necesario lavarse las manos frecuentemente. De la misma forma, debemos llevar con nosotros un gel hidro-alcohólico y usarlo también varias veces a lo largo de la jornada en la playa. 

3. Mantener la distancia de seguridad

La Secretaría de Salud en Yucatán recuerda que además de la mascarilla, la recomendación general es la de mantener la distancia de seguridad. Los trabajos científicos establecen que la infección por SARS-CoV-2 por contacto con el agua de condiciones estándar para el baño, es muy poco probable, aunque advierte que estas actividades generalmente implican una pérdida de las medidas recomendadas de distanciamiento social. En consecuencia, habría que tener aún más precaución con la distancia social y tratar de dispersarse a lo largo de la playa con una distancia de más de dos metros entre grupo y grupo.

Las playas de España son en este momento ejemplo mundial de cómo comportarse social y responsablemente ante al problema del Covid-19, pues se puede ver que en las playas existe una línea de sombrillas y toallas separadas con la distancia de seguridad necesaria. Además, la gente que pasea por la playa lo hace junto al mar respetando las normas de prevención. Todo un ejemplo de cómo hay que mantener la distancia social. En consecuencia, se anima a la ciudadanía a participar del turismo nacional, pero siempre de una forma responsable.

Por otro lado, también se aconseja y se viene impulsando en los últimos años la prohibición de fumar en las playas como medida para prevenir el contagio del coronavirus, ya que se ha explicado que la limitación del tabaco en la costa tiene un doble objetivo, centrado, por un lado, en la mejora de los hábitos saludables y en evitar que los fumadores pasivos estén sometidos al humo. Por otro lado, en mejorar la calidad de la arena y del agua. Por ejemplo, cada colilla perdida en la playa puede contaminar hasta 50 litros de agua y que hasta el 14% de los residuos localizados en los arenales proceden de las colillas de cigarro. Un resto del tabaco puede tardar hasta 10 años en degradarse completamente. En adición, el humo de tabaco es perjudicial y contiene más de 7.000 sustancias tóxicas. Digamos  no es el humo en sí mismo el que supone un peligro para la transmisión del virus, sino la exhalación forzada que expulsa gotitas y aerosoles capaces de transmitir el virus. Se puede comparar la exhalación con la que se produce cuando se canta o se grita, todas ellas conductas que aumentan las gotitas respiratorias desprendidas, que pueden contener el virus si la persona está infectada, aunque no muestre síntomas, así como la distancia que alcanzan.

Por este motivo, en algunas playas de España se ha justificado la ampliación a cuatro metros de la distancia de seguridad en el caso de fumar en la proximidad de niños, mayores de 65 años, personas con discapacidad y cualquier población vulnerable al virus.  Finalmente, podemos recalcar que los lugares que visitamos para nadar, jugar y relajarnos en el agua (incluyen playas, áreas con acceso a océanos, lagos y otros espacios acuáticos) y piscinas, parques de agua y bañeras de hidromasaje, no existe evidencia de que el SARS-CoV-2, que es el virus que causa el COVID-19, pueda propagarse entre las personas a través del agua en estos lugares.

La Habana

Un recuerdo, una calle

Adianés de los Ángeles Cruz Basallo

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Envuelta en tantísimos años, mantiene la destreza de su figura, la comodidad del asfalto y ese aire citadino que la distinguen. La Habana, mi Habana, queridísima madre de todo el que ponga un pie en ella.

Hace poco más de un año estudio en la capital cubana, y por ende vivo en una residencia estudiantil, perteneciente al Vedado, el barrio de las calles limpias y de olor a salitre. Mi apartamento tiene un balcón, con vista al mar, blanco perfecto para apostar la mirada sin importar el estado de ánimo que se tenga.

Aquel día de noviembre La Habana tenía una peculiaridad marcada en el calendario hace muchos años. Mis anisas de ver cómo ocurriría aquella celebración de alto renombre eran incontrolables. Las aguas del mar no tenían quietud, querían soltarse. La naturaleza también sabía de esto, y nadie pudo sentarse a contemplar las vistas grandiosas desde el malecón habanero, que aunque viejo, aquel día tenía sabor a juventud. En fin, las olas bailaban en el aire y rompían en pleno asfalto.

Cuando regresé de la Facultad, disfruté del paseo entre los citadinos, algunos nuevos, mientras otros ya dominaban las calles con su idioma, su cultura y su idiosincrasia de una ciudad repleta de letras, armonía, gente buena, guitarra para un bolero y botella de ron en mano.

Yo quería ser partícipe del movimiento en plena calle: comida criolla y chatarra, música, tribuna, libros, amigos. Todo aquel alboroto guardaba un amor por alguien, por ella, por La Habana. Pero contemplé el panorama desde el balcón, con mi café caliente y mi soledad, y el horizonte de la ciudad me permitía disfrutar a mi antojo de lo que acontecía minuto a minuto diez pisos hacia abajo.

Entrada la noche el bajo de las bocinas caló en mí con música de Moneda Dura, que mantenía a viva voz a todo un público al ritmo de “Sudeste”. ¡Joder, ya era tarde! todos mis amigos estaban allí, incluso los que ni remotamente lograré conocer. Toda una multitud al compás del Habana 500. Aún así, una llamada dio un vuelco a mis planes. ¡Mis padres estaban en la capital! Esperaban por mí, me dispuse y bajé, para disfrutar en su compañía y así mostrarles lo aprendido en dos meses.

Cuando creí pasar de aquella velada, ya me encontraba en medio del tumulto, dispuesta a andar la esquina de Tercera y G, contemplar una fuente que no se distinguía si emanaba luz o agua. Sólo sé de su hermosura porque la disfruté, y aún conservo la foto en mi galería. La sal del mar llegó hasta mis mejillas, doy fe. Luego mis padres se fueron, pero yo quise perderme en la magia de la ciudad.

Estuve en el Capitolio, tan antiguo y, a la vez, lleno de vida, de luces, rodeado de gente. En los altavoces me envolvió la melodía de un piano con la guía del maestro Frank Fernández.

Los tacones no me hicieron compañía, me dolían mucho los pies ya que me costaba trabajo caminar entre el tumulto. Quise echarlos a volar, pero también quería mantenerme glamurosa para mi Habana, prestada pero que de igual manera la sentía mía en su gran celebración.

Llegó la medianoche. Hubo estruendos en los cielos. Una magnificencia peculiar retumbaba por los aires. Vi la ciudad en aquel instante repleta toda de fineza. Lo más claro que pude percibir fue la cantidad de móviles dispuestos en el intento de captar, a través de sus lentes, una gloriosa Habana en el aniversario de sus 500 años. Esa fue mi experiencia por la parte de acá, pero se dice que en La Cabaña sucedieron muchas cosas lindas. Yo sólo pude ver, a través del mar, un pequeño reflejo que resultaba brillante.

Hoy ha pasado un año, y como la pandemia lo ha permitido, los habaneros celebran el cumpleaños 501. Pero aquella noche de tanta luz está guardada en mis historias, a decir verdad, como una de mis historias favoritas. He aquí esta nostalgia de una extranjera en medio de la localidad capitalina de Cuba. Me consumió su encanto. Hice bien en bajar al festejo, porque para conocer realmente la capital hay que andarla como su Leal Eusebio. Saberse entre los solares, los barrios recónditos, en toda ella y no sólo en un Vedado digno de una buena fotografía.

Cuando las personas sean capaces de ver a La Habana desde todas sus perspectivas, como un vórtice, y aun le queden deseos de volver, ese andante contará esta historia bajo la reafirmación de que la ciudad es el encanto de cada alma que llega hasta ella, sea con planes previos o por casualidad, pero casi siempre queda envuelto en ese aire inusual, que, en mi caso, me llena de perspectivas.

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Arte y ciencia

Galápagos de Kurt Vonnegut

Aracelly Guerrero Maldonado

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Leer a Vonnegut es similar a pegarse una muy buena borrachera, de esas épicas, que me hacen acordarme de las novatadas que se hacían en mi ex universidad, y despertar al día siguiente no muy seguro de saber qué hice la noche anterior. Al terminar de leer puede que usted se pregunte: ¿Pero qué diantres acabo de leer? A ver, espera, ¿Si leí bien? Pero uno lee correctamente, o bueno, uno descifra bien los signos y no pierde letras, o párrafos, pero lo que hay detrás de las palabras… bueno, eso sí, es otra cosa.

Y no es que Vonnegut use palabras rebuscadas o con pretensiones intelectuales, del tipo que nos obligue a buscar un diccionario, o por lo menos googlear el significado. Sin embargo las ideas son otra cosa.  Si bien es cierto que el dicho que señala que no hay nada nuevo bajo el sol, la originalidad como una fuente inagotable también puede ser novedosa, y si algo tiene Vonnegut es que es original, o díganme ustedes: ¿Dónde más encontraran una historia del fin del mundo narrada por el fantasma de un soldado desertor de la guerra de Vietnam fugitivo en Bélgica? Un testigo omnisciente, dado que puede verlo todo, y que es el espectador de la humanidad durante un millón de años.

Aquí la leyenda de que “cualquier parecido con la realidad…” es más bien absurda. Pero ¿qué realidad? ¿Es que esta serie de eventos desafortunados, pero magistralmente narrados son siquiera posibles?,  ¿Porque sigo leyendo esto? ¿Es por el humor? Y es que el humor abunda en el texto, no del tipo hilarante pero si uno que hace entender los absurdos de la vida de uno mismo, incisivo y agudo como la uña de un gato. 

Vonnegut examina el alma misma de la humanidad y concluye: bueno, eso que llamamos extraordinario, pues en realidad no lo es tanto, más bien es lo contrario.  Y hoy a 35 años de su publicación (1985) sigue pareciendo certero y que no se equivocaba.

En 1985, todavía no se hablaba del cambio climático, del calentamiento global, los microplásticos, y no habían ocurrido los incendios en Australia y el Amazonas. Sin embargo, ya se notaban las consecuencias de la desmedida avaricia post industrial y muy acertadamente, los conflictos de desigualdad que provocan las polarizaciones capitalistas.

Vonnegut nos describe un mundo muy familiar, demasiado familiar. Acaso uno podría reescribir este libro, cambiando las personalidades estrellas invitadas al “El crucero del siglo para el conocimiento de la naturaleza” y algunos detalles, sobre los años y la tecnología  y se pensaría que recién se publicó. Tal parece que 35 años es un mundo, pero para la historia de la humanidad es apenas una fracción de segundos.

Muchos autores de ciencia ficción, describieron distopías adelantadas en 50 o 100 años, o un par de siglos, pero Vonnegut no piensa en pequeño, se arriesga por la cifra de un millón de años. Puede que parezca gigantesca, pero si lo pensamos bien, los seres humanos como especie, no tenemos tanto tiempo sobre el planeta, los dinosaurios vivieron 13 millones de años aproximadamente y se extinguieron, nosotros como especie, aún no hemos recorrido la mitad de ese camino, y quién sabe si sobrevivamos.

Bueno, alerta de spoiler, los humanos no se extinguirán en este libro, al menos no en esencia, aunque tal vez algunos preferirían que sí. Personalmente me encanta el panorama retratado, siempre he creído que las narraciones post apocalípticas, son un poco ingenuas, por supuesto antropocéntricas, y por lo regular muestran un mundo donde si la humanidad termina, el mundo se acabará y la realidad es que el mundo está mucho mejor sin los humanos, quizás la vida, si la dejamos en paz, seguirá sobre este planeta y hasta prosperará.

Leer a Vonnegut no es leer al típico escritor de ciencia ficción, esperen la sorpresa y el asombro y por su puesto lo recomiendo como primera, segunda o tercera lectura, si es que están dispuestos a incomodarse con la brutalidad honesta de un pensamiento para nada ortodoxo.

Si se me permite insertar una nota personal en este punto: cuando yo estaba vivo, a menudo recibía consejos de mi propio voluminoso cerebro que, en relación con mi propia supervivencia, o la supervivencia de la raza humana, pueden describirse compasivamente como cuestionables. Ejemplo: hicieron que me inscribiera en el Ejército de los Estados Unidos y fuera a luchar a Vietnam. Un millón de gracias, voluminoso cerebro.”

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Primeros lotes de vacuna contra Covid-19 estarán listos en próximas semanas: Hacienda

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Foto: EFE

Si las cosas salen bien, en las siguientes semanas se podrán tener en México los primeros lotes de la vacuna contra el Covid-19, informó este viernes el secretario de Hacienda y Crédito Público, Arturo Herrera, durante su participación en un evento virtual organizado por el Colegio de México y el Seminario sobre Violencia y Paz.

En el encuentro denominado “El pacto fiscal. Un diálogo con Arturo Herrera”, el secretario destacó que ante este anuncio se está analizando el mapa logístico, con el propósito de tener todos los insumos necesarios para la aplicación de la vacuna.

Recordó que en el pasado se han podido aplicar hasta 10 millones de vacunas por mes; esta no es una cifra menor y la capacidad del país va a ser mayor que el número de vacunas que vamos a recibir inicialmente.

No obstante, las vacunas no es lo único que se va requerir. “Necesitamos 200 millones de jeringas, necesitamos líquido salíneo para diluir algunas de las vacunas; una de las vacunas potenciales nos la van a dar a granel, así que necesitamos frasquitos”, indicó Herrera.

Además, en su intervención este viernes en la Reunión de Ministros de Finanzas del Grupo de los Veinte (G20), el secretario Arturo Herrera planteó que hay una complejidad muy importante alrededor de las vacunas que requiere que todos los países tengan planes financieros, presupuestales y logísticos.

En esta reunión también sostuvo que la vacuna contra el Covid-19 “es la principal esperanza para mitigar la crisis sanitaria e impulsar la recuperación económica”, pero admitió igualmente que esto presenta retos logísticos que hay que atender.

 

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