Tantas publicaciones en redes sociales y en
diferentes medios de comunicación, unas explicando qué es el lenguaje inclusivo,
cómo se usa y otras ridiculizando con memes, nos relatan que si tanto deseamos
ser personas inclusivas empecemos por tratar con respeto a un anciano, con
dulzura a un niño, aprender lenguaje de señas, aprender braille, y recalcando que el verdadero cambio está en esas
acciones e iniciativas, nos mencionan que es una aberración idiomática cambiar
el lenguaje. ¿Acaso tienen que estar
peleadas estás iniciativas con el lenguaje inclusivo?
El lenguaje inclusivo es apenas uno de los tantos
cambios que se necesitan y se están logrando en la sociedad para erradicar
tanta violencia. Desigualdad y combatir el adoctrinamiento que las promueve
como normales. Reconocer los derechos de personas que no han sido incluidas
histórica y socialmente, que tampoco se les ha reconocido sus derechos y por lo
tanto, se les ha negado su existencia.
Hablar lenguaje inclusivo es una postura política y
de resistencia donde le damos cabida a lo que el mundo o nuestro entorno no
quiere y se niega a reconocer.
El lenguaje es importante porque es una forma de
reconocer y narrar nuestro mundo, todo lo que mencionamos le damos existencia y
significado, construimos con el lenguaje. Por cierto, existe mucha ciencia
detrás de tal afirmación, que van desde los postulados de Ludwing Wittgenteins
y Jacques Derrida hasta los trabajos de Edward Sapir y Benjamín Whorf, los
cuales, invito a leer con detenimiento.
Crecimos y hemos recibido una educación pensando
que la palabra “todos” incluye a la
sociedad completa, cuando en realidad sólo incluye a los hombres puesto que han
sido los únicos a los que se les ha reconocido como sujetos. Después aprendimos
a decir “todos y todas” para ahora si
reconocer como sujetos a hombres y mujeres; y ahora quieren incluir el “todes” para reconocer otras identidades
como el género no binario, ¿qué tan complicado resulta hacer esto?
Los cambios son incómodos porque nos hace
cuestionarnos y hacerlo es difícil pues es reconocer que estamos fallando como
sociedad, es reconocer que hemos construido una sociedad desigual y que muchas
acciones que creímos normales y justas simplemente no lo son, por eso estos
cambios nos resultan incomodos, nos causan molestia, o mejor aún nos hace
cuestionarnos lo normal y lo que se supone que es justo.
Aún falta mucho más por hacer en una sociedad profundamente
machista, misógina, clasista, racista, lesbofóbica y homofóbica, donde lo
normal es ridiculizar a las personas que son diferentes al orden hegemónico.
Simplemente se está reconociendo la diversidad, sus
colores, las diferentes identidades y formas de pensar, de sentir, de ser y de
relacionarnos. Faltan muchos cambios desde los espacios políticos, la educación,
el área de la salud, los espacios lúdicos, estamos tan adoctrinadxs que no
podemos ver más allá de nuestras narices y mucho menos cuestionarnos sobre lo
aprendido o tener empatía con las personas aludidas para preguntarles sobre su
percepción en dichos temas.
Por eso nos parece tan ridículo cambiar el lenguaje
porque no podemos ni siquiera reconocer que hay otras personas a las que por
décadas no se les ha incluido ni reconocido sus derechos y ahora que eso está
pasando nos están incomodando, pero esa incomodidad también es parte del
cambio.
Necesitamos lenguaje no sexista ni discriminatorio
para poder reconstruir una sociedad justa y equitativa, por eso necesitamos el
lenguaje inclusivo, y también necesitamos educación sexual, en derechos
humanos, reconocimiento de la diversidad sexual y relacional, eso no se logra
de la noche a la mañana, es por eso que estamos en resistencia y el lenguaje
también forma parte de esta resistencia.