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A propósito de…

43 un número grabado en nuestra conciencia

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del sexto aniversario de la noche de Iguala, cuando fuerzas de seguridad del Estado Mexicano perpetraron un crimen en el que desaparecieron los 43 jóvenes normalistas de Ayotzinapa, me preguntó si hay un ser humano capaz de abstraerse emocionalmente del sufrimiento de sus familias.

María Martínez Zeferino, madre de Miguel Ángel Hernández Martínez, durante el informe de las investigaciones del caso dijo, a nombre de madres y padres de los estudiantes, que hay quien considera una locura continuar la búsqueda y mantener la esperanza de encontrar vivos a sus hijos: “Estamos locos de dolor, porque cargamos este dolor, ¿dónde lo dejamos?, tenemos que tener una esperanza

Y esa esperanza es la misma que cuando iniciaron su movimiento, la que corean en cada acto público, en cada marcha, en cada evento oficial, en México y en otros países, la que una de las madres lleva escrita en la mica de su careta “vivos los queremos.

 En el acto oficial para informar de los resultados de las investigaciones, prácticamente todo lo que se dijo merecería “la nota de ocho”, según la frase que se usaba en los periódicos para señalar la importancia de una información. Sin embargo, este espacio es para las madres, para los padres, cuyo incansable caminar en busca de la verdad “por dolorosa que sea” ha llevado a desarmar aquella versión construida a partir de engaños y manipulación y a emprender un nuevo camino, para buscar respuestas verdaderas a las preguntas que se hacen desde 2014.

Por eso, María Martínez no se arredra en manifestarle al presidente de la República la insatisfacción del grupo por los resultados: Queríamos llegar con algo más –sostiene mientras mira directamente al mandatario–para nosotros es desesperante; nos quitaron lo que más queremos, nos dieron donde más nos duele, lo que exigimos no es nada material, es nuestro derecho.

Porque suena a mucho cuando aseguran que la Secretaría de la Defensa ha puesto a disposición de las investigaciones a todos los elementos del 27 batallón de infantería de Iguala y que han girado 70 órdenes de aprehensión de las cuales 35 se han cumplido. Parece muy significativo el recuento de las acciones realizadas, en voz del subsecretario Alejandro Encinas y sus palabras “no estamos cansados y no nos vamos a cansar”.

En tanto, uno de los padres, con su sombrero de palma, posiblemente tejido por él mismo, mira a un punto indeterminado y en su mirada parece concentrarse el sufrimiento de toda la humanidad.

Suena convincente el fiscal especial Omar Gómez Trejo cuando afirma que los objetivos son lograr justicia, paradero y verdad. Hace las preguntas que seguramente los padres de los normalistas se habrán hecho cientos, miles de veces en estos seis años: ¿Cómo?, ¿Por qué?, ¿Para qué?

Al escucharlo, una de las madres, de cabellera blanca, peinada hacia atrás, inclina la cabeza y mira al piso. Otra familiar, muy joven, tal vez sea esposa o hermana de uno de los normalistas, parpadea rápido, posiblemente trata de contener las lágrimas.

Impresiona el yo acuso del fiscal general, Alejandro Gertz Manero: “No cabe duda, el gobierno anterior, desde la cúspide del poder hasta los operadores más elementales encubrieron, mintieron, torturaron, realizaron falsas diligencias,” y su aseveración respecto a que el gobierno federal fue el operador de un encubrimiento generalizado.

Cuando Gertz termina de hablar, otro de los padres, cierra los ojos un momento. ¡Sería maravilloso que al abrirlos descubriera que todo fue una pesadilla y se encontrara con su hijo entrando por la puerta de su casa!

Durante los casi 90 minutos de la ceremonia, el presidente Andrés Manuel López Obrador, la secretaria de Gobernación Olga Sánchez Cordero y los demás funcionarios, tienen frente a si los rostros de los 43 jóvenes, siempre presentes, plasmados en los carteles que los familiares llevan siempre como percheros.

Una niña de unos 10 años, se mantiene sentada, muy seria de principio a fin. Sostiene el cartel con la fotografía de su hermano o su padre, mueve las piernas, para desentumirlas o como un juego y la imagen se distorsiona, ondula, baila. Se trata de un objeto tan cercano, tan familiar. De tanto llevarlo consigo se ha vuelto cotidiano.

Mientras tanto, María Martínez Zeferino dice que ninguno de ellos sabía agarrar un micrófono– hoy lo hace con pericia, no necesita llevar un discurso escrito para conmover–si estamos aquí, es porque nos pusieron. Sí, cargamos el coraje ¿quién de ustedes no haría lo mismo o hasta más?

 Ahí, los aretes de otra de las madres vibran, como vibra el número 43  tallado en el metal. No los usa como un recordatorio personal, ¿para qué, si ni un minuto puede desprenderse de lo que significa?, sino para contribuir, de una manera tan sutil, a que ese símbolo quede grabado en la conciencia de cada uno de nosotros.

A propósito de…

Cortesía en tiempos de COVID

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito la transformación de nuestros hábitos a lo largo de este 2020, es de considerarse cómo se han modificado algunos códigos de cortesía. ¿Quién habría imaginado a mediados del año pasado, por ejemplo, que saludar de mano sería no solamente una falta inadmisible, sino un atentado contra la salud e integridad propias y las de aquél con quién chocamos las palmas?

El significado de este acto ha sido diverso a través del tiempo y no siempre con propósitos afectuosos. La imagen más remota de la que se tiene referencia es un relieve procedente de Babilonia del 1800 AC donde se retrata a un rey asirio y uno babilonio estrechando sus diestras.

Aseguran que en la antigua Grecia, cuando dos extraños se encontraban en algún camino o en medio del campo, el primer impulso era sacar la daga y mostrarla al otro, anticipando un posible ataque. Si las intenciones no eran agresivas, se procedía a guardar el arma y tomar con fuerza el antebrazo del desconocido hasta comprobar que no blandiría un cuchillo.

El apretón de manos en sí, tuvo diferentes significados a lo largo de la historia. Para refrendar acuerdos, en la Roma antigua, para cerrar un negocio durante el Renacimiento y finalmente, como una expresión de afecto o respeto al encontrarse con alguien. Hoy, sin embargo, el solo intento  de extender la mano hacia otra persona resulta inadmisible.

Aunque me esfuerzo, no logro recordar cuándo fue la última ocasión en que estreché la mano de alguien. Posiblemente habrá sido en los últimos días de 2019 o en los primeros meses de este 2020. Sin duda, fue antes de marzo pasado, porque en ese mes empezó el confinamiento y la advertencia del peligro de acercarnos a otros.

Un abrazo constituye también un crimen contra la salud propia y ajena. Ese gratificante movimiento mediante el cual se rodean con los brazos mientras se atraen dos personas para manifestarse confianza, amistad, afecto, cariño o amor y cuyos beneficios son magníficos para la salud emocional, al punto de que existe un tratamiento contra el desánimo, la tristeza, el dolor, el enojo o la depresión, denominado “abrazoterapia”.

Personalmente, son estas muestras de afecto las que más extraño. Me declaro aficionada al abrazo. Hoy, en las contadas ocasiones de encuentro– siempre de a pocos–debo contener el reflejo de abrazar a mis seres queridos, mientras me llamo al orden para no permitir la reducción del espacio de, por lo menos, dos metros. Tal vez, podría recompensarme con un abrazo a mí misma, a manera de felicitación, porque nadie de entre mis más cercanos ha enfermado, lo cual debería constituir en sí motivo de felicidad.

En cuanto al beso, ignoro si alguien se permitiría tal trasgresión a las reglas de la sana distancia, porque besar a alguien en tiempos de COVID equivale al mismísimo beso de Judas y no es una parábola.

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De “descubridor” a iniciador del genocidio

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la conmemoración de la llegada de Cristóbal Colón a tierras americanas y el retiro de la estatua de quien recorrió medio mundo con la intención de apropiarse de la riqueza ajena para sí mismo y para los monarcas españoles Isabel y Fernando, conviene reflexionar en cómo se ha modificado nuestra percepción respecto a ese hecho histórico.

Los nombres que les damos a los acontecimientos son un claro reflejo de cómo los conceptualizamos. Así, aquel suceso se transformó del “Descubrimiento de América”, según nos enseñaron en la primaria hace varias décadas, en “Día de la Raza”, cualquiera que sea el significado de esa frase, que puede demolerse con la pregunta ¿cuál raza?

Vendría luego aquello del “Encuentro de Dos Mundos” eufemismo sacado de la chistera de algún mago de la demagogia, ante el “descubrimiento” de que el navegante genovés no realizó hallazgo alguno, estando él mismo perdido, porque los habitantes de Santo Domingo sabían quiénes eran y dónde estaban, en cambio, Colón murió sin tener idea de dónde hincó la rodilla, según cuentan que hizo al bajar a tierra.

 Desubicado en lo geográfico, el marino, en cambio, estuvo siempre claro en cuanto al objetivo de sus traslados: tomar para sí y para los patrocinadores de sus excursiones todo cuanto fuera posible. Como bien sabemos,  la reina Isabel La Católica no acuñó la frase de “el fin justifica los medios”, aunque pareciera su divisa, dado que también fue  madrina de la Inquisición, cuyo primer objetivo era hacerse de los bienes de los judíos sefaraditas, expulsados de España en 1492.

El 12 de octubre de ese mismo año, el navegante llegó a bordo de su carabela a la República Dominicana, creyendo que había encontrado un nuevo camino a los países orientales.

Nuestra idea respecto del personaje se modificó también. Pasó de  adalid de la aventura marítima a constituirse en la avanzada de uno de los procesos de saqueo y explotación más sanguinarios de la historia de la humanidad, que se prolongaría por más de tres siglos (cuatro en los caso de Cuba y Puerto Rico) en contra de los habitantes originarios del Continente Americano.

Y si de dichos se trata, el de  “Dios los hace y ellos se juntan” puede aplicarse a la letra al acontecimiento mediante el cual el papa Alejandro VI, mejor conocido como Rodrigo Borgia, valenciano de nacimiento, emitió en 1493, apenas se estrenó en el papado, la bula “Inter Caetera” mediante la cual se reconocía la propiedad de la recién descubierta “terra nullis” (tierra de nadie) a sus paisanos Isabel de Castilla y Fernando de Aragón.

Con la anuencia del jerarca religioso y la corona española, ávidos de dinero para financiar sus guerras, Colón se adueñó de las tierras cuyos habitantes fueron convertidos en “nadie” por efecto de la firma del prelado que tan mala fama ganó. Vino luego el genocidio.

La madrugada de este lunes, el gobierno de la Ciudad de México retiró la estatua del navegante de la avenida Paseo de la Reforma donde se mantuvo por 133 años, los últimos 30 con protestas cada 12 de octubre. La explicación oficial fue la restauración de la escultura, pero podría ser una señal para el inicio de una era de reconocimiento a los verdaderos propietarios de estas tierras, a quienes deberíamos pedir perdón, primero, desde aquí, por todo el racismo, la discriminación y la marginación en que han vivido desde entonces y todavía hoy.

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La nula sensibilidad de Donald Trump

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la asombrosa recuperación del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, luego de que resultó positivo a COVID 19 la semana pasada, una de mis reflexiones es en torno a la notoria injusticia de un sistema económico en el que el mismo padecimiento puede ser mortal para más de un millón de personas en el mundo o curarse en dos días, dependiendo del dinero y el poder del individuo.

Se trate de COVID 19 o de cualquier otra enfermedad, nunca será lo mismo para un maestro, una agente de policía, un bombero, un taxista o una bibliotecaria de los Estados Unidos, que para el presidente, a quien se le suministró un tratamiento que solamente han recibido 275 personas en aquel país, un coctel de un antiviral, usado principalmente para combatir hepatitis C y ébola y anticuerpos monoclonales, es decir, defensas artificiales, de un tratamiento que se utiliza para SIDA y algunos casos de cáncer.

 Los precios de  esos fármacos, los hacen inaccesibles para la mayoría de las personas, ya no digamos, el tipo de atención que recibió el mandatario, los traslados en helicóptero, las instalaciones que ocupó en el hospital militar, la cantidad de especialistas que le dedicaron su tiempo, las camionetas blindadas en las que salió a pasear, todo lo cual significa una cantidad ilimitada de dólares.

Por otra parte, el detestable espectáculo del presidente estadunidense cuando, primero, recorrió los alrededores del hospital, luego, se deshizo del cubrebocas y llamó a sus compatriotas a no tenerle miedo al coronavirus “porque no es más peligroso que un resfriado común”, cuando ha matado a más de 210 mil personas en EU, coincide plenamente con la insensibilidad, falta de empatía e irresponsabilidad del personaje.

Quienes conocen la propensión histriónica de Trump han manifestado dudas respecto a la autenticidad de su contagio. Si se toma en cuenta la gran cantidad de funcionarios de la Casa Blanca infectados y la negativa de su jefe a usar protección y hasta la prohibición de portarla cuando se encuentran con él, es probable que sea verdad.

Si se trata de una estrategia para aumentar su popularidad, a pocas semanas de las elecciones, o si, realmente, fue contagiado, se evidenció, una vez más, su falta de empatía con el sufrimiento de sus gobernados y lo descomunal de su ego, porque para Trump, lo único que importa es Trump.

Según una encuesta de CNN, el 63 por ciento de los norteamericanos considera irresponsable  el manejo de su presidente respecto a la pandemia, mientras que el 57 por ciento desaprueba su administración. 

Es posible que el mandatario estadunidense pierda la última apuesta, en su intento por remontar la adversidad de las encuestas, al insistir su actitud brabucona y machista, frente a un tema tan sensible para Estados Unidos que ha aportado el 20 por ciento de los fallecimientos a nivel mundial.

Donald Trump, le diagnosticaron COVID la semana pasada, deja de ser un lugar común la frase “El coronavirus no respeta sexo, edad, condición social” y yo agregaría, ni el tamaño de tu ejército, el prestigio del servicio secreto encargado de resguardarte, la magnitud de la economía que encabezas, la importancia de tu puesto en el orden mundial, ni la enormidad de tu ego.

 Aunque el virus no hace distinciones, las sociedades sí.                      

Teníamos indicios en ese sentido. Algunos de los pesos pesados en el concierto internacional cayeron previamente bajo el influjo del organismo microscópico. Uno de ellos fue también rubio y grandote, el primer ministro británico, Boris Johnson, a finales de marzo y lo trasladaron a cuidados intensivos cuando el virus atacaba inclemente al Continente Europeo y aquí lo veíamos todavía lejano de nuestra realidad. 

Antes que él, supimos de la esposa del primer ministro canadiense Justin Trudeau, Sophie Gregoire, quien lo contrajo justamente durante un viaje al Reino Unido, porque el género tampoco es escudo protector. Fue el 12 de marzo, en esos tiempos – ¡hoy parecen tan lejanos! – en que los enfermos venían del llamado viejo continente y quienes no pudimos ir, paradójicamente,  nos sentimos afortunados.

Y si fueran necesarias más pruebas para demostrar que la Covid 19 no respeta alcurnia, nobleza, reinado o monarquía, el duque de Cornualles, y de Rothesay, conde de Carrick y de Chester, señor de las Islas, príncipe de Gales, cuyo tratamiento debe ser su alteza real, ¡en el siglo XXI, háganme favor!, y heredero al trono en línea directa de la familia Windsor, en mismísimo hijo de la Reina Isabel, Carlos de Inglaterra se contagió también en marzo.

Para confirmar que la sangre azul no constituye un antídoto, otro noble, con el mismo rango del anterior, el príncipe Alberto II jefe de estado de Mónaco, con todo y sus ¡25 títulos nobiliarios!, dio positivo unos  días después. Las publicaciones de chismes decían que se contagiaron entre ellos  durante Cumbre del Agua y el Clima en Londres, el 10 de marzo, cuando estuvieron sentados uno frente al otro.

Si  no hace distinción por el color de la sangre, tampoco por el tinte de la ideología política. El 7 de julio informaron que el muy derechista presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, quien, como Trump, desestimó la pandemia, llamándola “gripecita”  y negándose a utilizar el cubrebocas, dio positivo y estuvo en cuarentena durante 20 días. Por las mismas fechas, Diosdado Cabello, segundo en la jerarquía venezolana, también se contagió, no obstante que se trata de un funcionario innegablemente de izquierda.

Otra mujer, otra ultraderechista, quien ocupó por la fuerza la presidencia de Bolivia, tras una andanada con tufo golpista contra el anterior mandatario Evo Morales, Jeanina Añez, contrajo Covid 19 también a principios de julio. Y en este punto, podríamos asegurar que este virus tampoco respeta creencias religiosas, porque esta boliviana quiso mostrar un gran apego a los símbolos católicos cuando asumió su cargo.

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