A propósito de…
Rézale al santo de tu devoción.
Publicado
hace 7 añosen
A propósito de la noticia del quebranto económico del ISSSTE, seguramente cada uno de los más de 13 millones de derechohabientes tiene una experiencia que contar de sí o de algún familiar en esa institución.
La mía tuvo lugar en septiembre de 2016 en el hospital Darío Fernández de la Ciudad de México.
En Urgencias, contrario a la lógica, todo parece estar concebido para demorar la atención a los enfermos, a los heridos, a quienes acuden en busca de ayuda. El ingreso está resguardado por vigilantes cuya prioridad inalterable es registrar al paciente y a quién lo acompaña. Sin importar la gravedad de la dolencia, lo profuso de la hemorragia, la potencia del dolor, el tamaño de la fractura, la frecuencia o intensidad de las contracciones, lo fundamental es recoger la identificación.
Luego habrá que atravesar el estacionamiento de ambulancias, unos 50 metros, sin más ayuda que el apoyo del familiar. Nada más alejado de las escenas de los programas de televisión en los que un grupo de médicos y enfermeras acuden presurosos, provistos del todo tipo de instrumentos, a recibir al paciente. Ese no es el caso: ni camillas, ni sillas de ruedas. Pude observar a un hombre que entraba literalmente saltando “de cojito” por una lesión en la pierna, apoyándose en la pared, mientras los vigilantes exigían la credencial de elector de su acompañante.
Podría pensarse que el quicio es la meta y al traspasar la puerta llegará la ayuda ¡craso error!, la antesala de Urgencias constituye un escenario de película de Buñuel del que todos quisieran alejarse lo más pronto posible, pero el anhelo de presenciar la aparición de una bata blanca pronunciando el nombre que interesa, se convierte en una especie de imán que mantiene a enfermos, lesionados, parturientas y familiares atados a una interminable espera, empeorada por los terribles olores que despiden los baños insuficientes para el público.
Como en los hospitales del ISSSTE suele tener mejor resultado pedir ayuda divina que médica, a la entrada de la antesala del lado derecho se encuentran dos altares en un solo aparador, el reservado a la Virgen de Guadalupe, al Santo Niño o “Niñopa” y a San Charbel, el libanés “santo patrono de los que sufren en cuerpo y alma”, cuyos devotos acostumbran colgarle un listón con su petición escrita, y el destinado a los teléfonos celulares, porque precisamente ahí se encuentra el tomacorriente para cargar la batería de una decena de aparatos, iluminados por las llamitas de veladoras variadas.
A la mujer encargada de realizar el aseo parece no afectarle el desagradable olor de los baños que limpió apenas; tampoco se le nota inquieta ante el dolor de una mujer que se aprieta el vientre y gime, ni el hecho de que el hombre que entró brincando en un solo pie, con la rodilla inflada como un balón, permanezca parado porque no hay una silla disponible. En cambio, al encontrar una botella de agua casi vacía en el altar, al costado del Santo Niño, su paciencia se agota y con intenso fervor católico empieza a vociferar, dirigiendo su mirada acusadora a cada uno de los presentes “¡Qué puercos, ya no respetan nada, el lugar de nuestra señora no es basurero…”
Los asientos, como todo en esos lugares, son insuficientes y las esperas prolongadas, por lo que devienen en un bien altamente cotizado. Se dejan encargados para ir al baño o para estirar un poco las piernas, se prestan si se trata de una persona con buenos sentimientos y es sólo por corto tiempo y hasta se heredan, cuando el paciente al que se acompaña es dado de alta o transferido a un área diferente. Oiga – llama una mujer a otra que antes la invitó a unos cacahuates japoneses – le dejo mi silla, porque ya pasaron a mi abuelita a piso.
Todos los usuarios de ese servicio médico –directos o indirectos- saben que mantener guardia las 24 horas es una obligación, desventuradas las familias chicas o aquellas cuyos enfermos permanezcan hospitalizados por largas temporadas.
Durante uno de mis turnos, me mantuve firme 8 horas, sin abandonar mi sitio, como buena vigía, atenta a la aparición de la bata blanca, pendiente de los listados de nombres, sin escuchar el de mi familiar. En cambio, era molesta la insistencia con que voceaban “familiares de Vázquez Méndez Carmen”, una y otra y otra vez.
Al día siguiente, recibiría la severa reprimenda de la doctora responsable del área de terapia intensiva: ¿Que no les interesa su enfermita, ayer los estuvimos llamando toda la mañana y no había nadie? – regañó.
-Pero, si aquí estuve toda la mañana, me defendí sin mucho éxito a juzgar por su mirada incrédula.
-Bajó la trabajadora social, bajaron las enfermeras y hasta yo bajé una vez a buscar a los familiares de – buscó en la lista de ingresados a terapia intensiva y leyó – Vázquez Méndez Carmen.
¿Cuántos errores de lectura y escritura se habrán sumado hasta convertir a Carmen Urzaiz Mediz en Carmen Vázquez Méndez?, no lo sé. Mi conclusión es que cuando te veas en la desafortunada situación de acudir a un hospital del ISSSTE, encomiéndate al santo de tu devoción, porque puede suceder que pierdas hasta el nombre.
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A propósito de…
Se cierra un ciclo en Informe Fracto, otros se abrirán
Publicado
hace 5 añosen
septiembre 30, 2021
A propósito de los cierres de ciclo, hoy se publica esta columna por última vez en Informe Fracto, luego de más de dos años y medio en que nos hemos encontrado cada semana. Mi primer sentimiento es de tristeza por tener que dejar un espacio en el que pude escribir con total libertad y me dio la oportunidad de llegar a tantos lectores.
De inmediato, viene la necesidad de agradecer. El agradecimiento a Carlos Bojórquez Urzaiz quien me abrió esta oportunidad. Me dijo: “a tus textos no se les va a cambiar ni una coma” y cumplió ese compromiso a carta cabal. También debo dar las gracias, a Lilia Balam y Rocío Valencia cuya información muchas veces me dio la pauta para elegir el tema, así como a todo el equipo de Informe Fracto. A todos los colaboradores, cuyos escritos enriquecieron mis puntos de vista y contribuyeron a afinar el enfoque.
Pero, principalmente, quiero darle las gracias a cada uno de los lectores, que ocasional o constantemente prestaron atención a mis palabras. Coincidimos en tiempos inimaginables: ¿quién iba a decir que viviríamos la experiencia de encerrarnos en nuestras casas, a piedra y lodo, ante el temor del contagio de un virus desconocido que nos regresaría a la Edad Media?, ¿Quién hubiera previsto que el cubrebocas se convertiría en parte indispensable-casi la más importante-de nuestra indumentaria cotidiana?, ¿Quién que se formarían filas de cientos de personas para recibir el antídoto inyectado?
Esta es una época fecunda en cambios y noticias. Informe Fracto ha consignado con ética, con compromiso social, con honestidad: el movimiento de las mujeres que se han hecho escuchar como nunca en este país y le han arrancado al poder reivindicaciones fundamentales, el reconocimiento del derecho humano del matrimonio igualitario prácticamente en todo el territorio, la visibilización, con respeto, sin condescendencia de las personas con discapacidad como parte imprescindible de una sociedad que se pretende incluyente.
Informe Fracto ha estado siempre atento para darle voz a esas luchas, pero también para denunciar abusos policiales, actos de injusticia, violencia contra las mujeres, hechos de discriminación. Y mantuvo la mira. Siguió los casos, acompañó a las víctimas con un muy claro compromiso social, para prevenir, en la medida de lo posible, la impunidad y el olvido.
A esa visión quise sumarme en todo momento con la mínima contribución de un texto semanal, en el que, lamentablemente, fue escaseando el humor de las primeras fechas, dada la gravedad de muchos de los temas indispensables de abordar.
Para celebrar la libertad que se me ofreció me atreví a escribir de movimientos sociales, de política, de arte, de literatura y de cine. También aproveché para compartir algunas reflexiones y experiencias personales, como mi devenir en este mundo pandémico. Tuve algunas conversaciones con artistas extraordinarias.
Siempre encontré la recepción afectuosa y la aquiescencia de mi querido Carlos Bojórquez Urzaiz y la seguridad de que en algún lugar, en algún momento, A propósito de… hallaría a un lector que le permitiera cumplir con su vocación de encontrarse con otra mente, con otra inteligencia.
A todos muchas gracias y espero que podamos encontrarnos otra vez.
A propósito de…
La vocación de arrear ganado de los vaqueros texanos
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hace 5 añosen
septiembre 23, 2021
A propósito de las imágenes en las que se observa a elementos de seguridad en la frontera de Estados Unidos que azuzan a sus caballos en contra de migrantes haitianos, a quienes agreden con las riendas a manera de látigos o fuetes, en escenas de violación a los derechos humanos, hacen pensar que esos agentes se comportan como sus antepasados los cowboys o todavía peor, como los plantadores de los estados sureños en contra de sus esclavos, antes de la Guerra de Secesión.
Las escenas de cientos o miles de personas que caminan huyendo de la miseria y la violencia sólo para encontrarse con más miseria y más violencia es desoladora. Los que acampan debajo de un puente en la población Del Río, Texas, a donde llegaron a través de la parte menos peligrosa del Río Bravo, luego de cruzar varios países, seguramente creyeron que habían alcanzado su meta al poner pie en tierra norteamericana en el otro margen.
Me recuerda un juego de mesa que jugábamos los niños de hace muchos, muchos años, llamado Serpientes y Escaleras, en el que se ascendía avanzando casillas mediante el tiro de dados. Si tus números eran propicios, te conducían hasta una escalera que te permitía subir grandes tramos, pero si te llevaban directamente a la boca de una serpiente, podías perder el progreso y regresar hasta el inicio. Justo una casilla antes de la meta se encontraban las fauces de la víbora más larga, si la tirada te llevaba a ese punto, descendías de una vez hasta el punto de partida.
Muchos de los migrantes que pudieron alcanzar tierra estadounidense hace unos días, luego de una larga travesía y una cantidad inimaginable de tropiezos, fueron deportados casi inmediatamente a Haití, tras una recepción en la que se les infligió una nueva humillación y se les canceló su última esperanza de integrarse al “sueño americano” en lo que dura el vuelo del sur de Texas a la isla caribeña.
Haití, fue en el Siglo XVIII una de las colonias francesas más rentables y producía el 75 por ciento del azúcar del mundo. Francia se benefició de esa producción, así como la del tabaco y el café durante siglos, pero, cuando los caribeños se independizaron, en 1804, les impuso una multa de 150 millones de francos.
En 1915 fue ocupada militarmente por Estados Unidos, durante más de 15 años. Luego vendrían una serie de dictaduras con la bendición del gobierno norteamericano. Se sucedieron golpes de estado, regímenes totalitarios, represión, masacres, asesinatos políticos, el más reciente el pasado 7 de julio en contra del presidente Jovenel Moise. Hoy, es el país más pobre de América. El 80 por ciento de sus habitantes vive en la pobreza.
Hace once años, en enero de 2010 un terremoto provocó la muerte de más de 300 mil personas y dejó un millón y medio de damnificados. Tras lo cual, países como Venezuela, Brasil, Chile y Bolivia, recibieron a haitianos que huían de los efectos de la tragedia, en un país incapaz de hacer frente a la devastación.
Muchos de los haitianos que han llegado a México, en su intento de alcanzar los Estados Unidos, salieron de esos países sudamericanos, porque la crisis económica por la pandemia ha reducido sus expectativas de vida y ante la falsa noticia de que podrían ser beneficiados por el TPS – Programa de Protección Temprana – que Estados Unidos aplicará a quienes ya se encuentran ahí, según expuso el canciller mexicano Marcelo Ebrard.
Pero, quién les diría a los migrantes que al llegar al “país de las oportunidades” los recibiría un grupo de cowboys texanos dispuestos a dar, literalmente, rienda suelta a su vocación primaria de arrear ganado.
A propósito de…
Con el argumento de defender la vida, lo que buscan es el castigo
Publicado
hace 5 añosen
septiembre 17, 2021
Para Cristina Urzaiz Mediz, cuya reflexión y
análisis enriquecieron este texto.
A propósito de las reacciones respecto a la declaración de inconstitucionalidad del castigo penal por la interrupción del embarazo por parte de la Suprema Corte de Justicia, es evidente el deseo de agrupaciones “provida” e integrantes de la Iglesia Católica de imponer castigos, sin sopesar las causas que ponen a las mujeres en condición de tomar una decisión tan difícil.
El burdo caso del sacerdote católico del templo de San Juan Bautista de La Salle en Monclova Coahuila, Lázaro Hernández Soto, haciendo un llamado al feminicidio en contra de las mujeres que aborten, es un ejemplo del pensamiento de aquellos que más que defender la vida, buscan mantener el control sobre el cuerpo, los pensamientos y las decisiones de las mujeres.
Aunque luego aseguró que sus declaraciones fueron sacadas de contexto, las palabras del cura son imposibles de suavizar: “No apoyen a las jóvenes matando a sus hijos para que dejen de estorbar y se diviertan; mejor maten a sus hijas para que ellas no estorben”
Lo dijo durante la homilía del domingo pasado, desde el púlpito, frente a la feligresía, lo cual le confiere un carácter de adoctrinamiento. Aseguró que una mujer que aborta “tampoco va a servir para nada, está hueca moral, física y sicológicamente” ¿Cómo funciona el cerebro de alguien que pretextando defender la vida, llama a asesinar mujeres, especialmente en un país donde se cometen 10 feminicidios diarios?
Por otro lado, estos integrantes de la Iglesia Católica se manifiestan tan profundamente preocupados por el bienestar de los niños cuando se trata del tema del aborto, pero no se escucha su voz acusadora en los casos de pederastia protagonizados por sus colegas.
Tuvo lugar otra reacción: una manifestación frente a la Suprema Corte de Justicia en contra del fallo de no penalizar el aborto, a la que asistió cerca de un centenar de personas, de acuerdo con los reportes periodísticos. Vestían de azul celeste, portaban globos del mismo color, así como imágenes religiosas y pancartas.
La reflexión se repite en este caso: si están tan preocupados por los niños mexicanos, ¿por qué no hacen mítines para demandar la acción de la justicia en contra del negocio de la pornografía infantil, que tan próspero es en este país o para cancelar los llamados “paraísos de turismo sexual” – con menores de edad que se ofrecen como mercancía – o para protestar por las constantes violaciones en contra de niñas y adolescentes, la mayor parte de los cuales quedan impunes?
Ahí es donde debería concentrarse la acción social en defensa de niñas, niños y adolescentes. Excepto algunas organizaciones de la sociedad civil, unos cuantos periodistas comprometidos con estos temas – tengo en la mente a Lydia Cacho, por supuesto–hay inacción, desinterés e incapacidad de reaccionar.
Si la Suprema Corte de Justicia acuerda – en una resolución que es un ejemplo de amplitud de miras – que es función del Estado prevenir los embarazos no deseados abordando el problema como un asunto de educación y salud, en lugar de penalizar, por ejemplo, a una adolescente que no cuenta con los elementos para hacerse cargo de un hijo, ¿no deberíamos estar todos los mexicanos complacidos por la transformación en el enfoque de un problema tan sensible?
Los banales argumentos del cura de Monclova en el sentido de que las mujeres abortan para “seguirse divirtiendo” se multiplican en las redes sociales, porque ésta es una sociedad muy dispuesta a señalar al otro – a la otra – con dedo flamígero.
Eso resulta más fácil que asumir que vivimos en un país machista en extremo, donde la violencia contra las mujeres es cotidiana, donde una gran cantidad de hombres consideran que tienen el derecho de tomar el cuerpo de una mujer o una adolescente o una niña o un niño impunemente, donde la auténtica educación sexual es inexistente, donde los servicios de salud están saturados y no funcionan o funcionan mal hasta en las urgencias, no digamos en temas de control de la natalidad o prevención de embarazos y donde las familias son incapaces de dotar de herramientas a los jóvenes para que el inicio de su sexualidad sea lo más sano posible.
En fin, muchos en nombre de la defensa de la vida, quisieran ver lapidadas a las mujeres, las adolescentes o las niñas que deciden no ser madres, la Iglesia Católica la primera, sin recordar aquello de “el que esté libre de culpa, tire la primera piedra”
