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Editorial

Cambios en el Imperio, ¿retorno a la normalidad o auténtico progreso?

Mario Alejandro Valdez

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Este 20 de enero ha iniciado la gestión de Joe Biden como presidente de los Estados Unidos de América, y ha iniciado fuerte, con varios gestos vigorosos: en ese su primer día al frente de la Casa Blanca, el nativo de Pensilvania anunció, entre otras novedades importantes, el retorno de su país al Acuerdo de París contra el cambio climático y a la Organización Mundial de la Salud, reparando así dos de las bravatas más escandalosas de su predecesor. Otro anuncio sacudidor fue el nombramiento de la doctora Rachel Levine, una mujer transgénero, como subsecretaria de salud, dándole un puntapié a las políticas homofóbicas y restrictivas a la transexualidad que impulsara Trump a lo largo de su mandato. En el caso de nuestro país, el cambio en la política migratoria y la cancelación en la práctica del famoso “muro” son noticias que nuestros paisanos en la Unión Americana y nuestro gobierno recibieron con esperanza y agrado.

Tras la negra noche trumpiana, concluida con el amenazante ataque de turbas neonazis al Congreso norteamericano, el inicio de la era Biden es un respiro alentador, pero ¿realmente se anticipa una transformación en la política de Washington y el abandono del papel de policía mundial? En ese sentido, las expectativas no son muchas, ni para nada positivas. Biden no ha hecho declaraciones puntuales ante temas cruciales, como las relaciones con Cuba, Nicaragua y Venezuela, que estuvieron en situación de pre-guerra durante toda la gestión de Trump. En cambio, varios políticos cercanos al nuevo presidente se han apresurado a declarar que “no todo lo que hizo Trump respecto a las dictaduras fue errado”, así como que “Cuba no ha cumplido con los ofrecimientos hechos a Obama”, y que “la situación de los regímenes latinoamericanos enemigos es muy precaria, por lo que hay que aprovechar la coyuntura”. Regímenes más moderados, como el mexicano, el boliviano y el argentino, tampoco pueden bajar la guardia ante el cambio de presidente, pues si bien ya no hay que temer el demencial fanatismo de Trump, si se debe mantener la alerta ante el regreso de la racionalidad imperial que parece caracterizará a Biden.

Y no hay que olvidar que en el frente interno subsisten las condiciones que permitieron que un demente ganara la presidencia en 2016 y peleara con vigor la elección de 2020. La crisis terminal del capitalismo en su etapa neoliberal no ha hecho sino agravarse por la pandemia, y no se mira por donde pueda revertirse la situación. Por lo contrario, ya en Europa se anticipan terribles caídas en Francia y Alemania, países que flexibilizaron su política financiera ante la primera ola, y ahora, afectados por una segunda ola mucho más severa, están en riesgo de colapsar en caso de verse obligados a mantener su cierre económico por más tiempo. Estados Unidos nunca cerró, y lo está pagando con cerca de medio millón de muertes hasta el momento, sin que se vea cercano el fin de la amenaza, pese a los avances en el tema de la vacunación. La crisis, pues, se continuará profundizando, y una política moderadamente neoliberal -que es lo que ha planteado Biden- no revertirá la situación.

También el tema de la vacunación contra COVID-19 nos proporciona datos desalentadores sobre la gestión del veterano demócrata. Si bien la retórica ha cambiado, lo cierto es que Biden está respetando el programa de inmunización que representa indudables privilegios para la población de los países ricos a costa de las naciones menos desarrolladas, lo que ya fue señalado por el director general de la OMS, quien justo el mismo día en el que celebró el retorno de Estados Unidos al organismo, lamentó que en todo el continente africano únicamente hubieran recibido la vacuna la ridícula cantidad de ¡25 PERSONAS!, lo que contrasta con los casi 20 millones de vacunados en Estados Unidos. Como se sabe, aunque la vacunación ha iniciado en casi la mitad del mundo, los diez países más ricos concentran el 90 por ciento del total de dosis aplicadas, y más de un centenar de naciones aún no han inmunizado a uno solo de sus ciudadanos.

La derrota de Trump fue justamente recibida con agrado por el mundo progresista, pero ello no nos debe llevar a la ingenua idea de que Biden, pese a sus simbólicas acciones, es realmente un aliado de los pueblos. Por el contrario, la presidencia del demócrata representa el retorno de una racionalidad imperial, menos demencial y agresiva, pero mucho más eficaz en su política de dominio mundial. Alertas ante el nuevo halcón, que sobre advertencia no hay engaño.

Editorial

Elecciones 2021: la batalla por el Congreso

Mario Alejandro Valdez

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Hace apenas un par de semanas, un viejo operador priísta me comentaba su visión sobre la votación del Yucatán rural: en una puja entre tres fuerzas competitivas, el PRI tenía muchas posibilidades de retener un número de escaños muy significativo, y ser el fiel de la balanza en el Congreso local. A nivel federal, su pronóstico era de una competencia muy reñida: “MORENA será primera fuerza, sin duda, pero con pocas probabilidades de retener la mayoría absoluta”. En una nueva comunicación hace un par de días, la variación fue radical: el nuevo pronóstico apuntaba a una victoria rotunda de MORENA, tanto a nivel estatal como federal, con la posibilidad de mantener en éste último ámbito la mayoría calificada, e incluso de incrementar su dominio en la Cámara de Diputados. Tengo mi propia lectura de la lectura del viejo operador priísta: durante estos días, los negociadores de MORENA concertaron una alianza con su grupo, y ese pequeño detalle resultaría en el cambio de bando triunfador de los suficientes distritos como para permitir una holgada victoria al partido del presidente López Obrador.

Una visión similar produjo el astuto Dante Delgado el fin de semana pasado: en una carta, con indudables motivaciones electorales, el veracruzano reclamó al presidente de la república haber logrado dominar y ridiculizar a la alianza opositora PRI-PAN-PRD-de la que Dante se deslindó desde semanas antes-y recuperar el carácter imperial de la presidencia. Delgado, por supuesto, le está apostando desde ahora a la elección de 2024, desprestigiando por igual a tirios y troyanos, pero su afirmación realmente tiene fundamentos en la realidad: los partidos corruptos derrotados en 2018 sólo han atinado a corromperse más, oponerse al gobierno de manera ridícula, y presentarse NO como enemigos de López Obrador, sino como contrarios al progreso de México, anclados en un pasado que aún nos lacera. Dante come en el mismo plato, pero le apuesta a la falta de memoria histórica para salvar el pellejo.

En medio de la batalla electoral, la otrora prestigiada Auditoría Superior de la Federación produjo una larga serie de barbaridades, sin sustento técnico ni metodológico, que fueron fácilmente barridas por los funcionarios de la 4T, encabezados por el propio presidente de la república. Fue tan grotesca la actuación de la Auditoria, que el propio Auditor, el priísta David Colmenares, tuvo que salir a reconocer los errores, prometiendo subsanarlos a la brevedad. ¿De qué se trató el sainete? Resultó en una comedia tan absurda, que hasta uno podría pensar que Colmenares trabajó en realidad para MORENA, ayudando al gobierno a enterrar a los despistados opositores que ya estaban celebrando ruidosamente las “observaciones” a obras tan emblemáticas como la cancelación del megamonumental fraude del Nuevo Aeropuerto, cuando el Auditor tuvo que salir a reconocer los yerros. Al término de la obrita de teatro, AMLO y sus funcionarios terminaron riendo, el Auditor Colmenares en el descrédito total, y los opositores, una vez más, convertidos en ridículos fantoches, junto con Carlos Loret de Mola, “Brozo”, Aguilar Camín y otros impresentables de la misma calaña.

Con el nuevo escenario, y las campañas a punto de arrancar, las encuestadoras nacionales vislumbran el pleno triunfo de la alianza obradorista, el desplome de la “alianzota” opositora, y un interesante posicionamiento de Movimiento Ciudadano, que pretende ser el caballo negro rumbo al 2024. Vale la pena recordar que el Senado de la República, que representa la mitad del Congreso de la Unión, se mantendrá con una amplísima mayoría morenista y de sus aliados por los siguientes tres años, por lo que el pronóstico es que el gobierno del presidente López Obrador continuará manteniendo un amplio margen de maniobra en el camino declarado de transformar a México. Para MORENA, lo preocupante está en casa: el viejo operador priísta del que hablábamos al principio del texto es sabio para ganar elecciones, así como también para hacer chanchullos e inmoralidades. Ciertamente el partido de la 4T parece encaminarse a un gran triunfo electoral, pero el costo se antoja muy grande. ¿Ganar el Congreso y perder el país? En unas cuantas semanas sabremos el resultado de la disyuntiva.

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A propósito de…

Su pasado los condena

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de los personajes que se nos presentan como opciones para los próximos comicios, cuando se renovará una gran cantidad de puestos a nivel nacional, cabe hacer una reflexión respecto al reciclaje de políticos con una larga y, en ocasiones negra, historia y la escasa presencia de nuevas mujeres y nuevos hombres, con propuestas diferentes y un pasado que no los condene.

Evidentemente, los partidos políticos apuestan a la desmemoria de unos ciudadanos a quienes desconocen, porque hoy, gran parte de los mexicanos han salido de los límites controlados de los medios de comunicación tradicionales, como las grandes cadenas de televisión y cuentan con una amplia gama de canales de información en los que pueden conocer los oscuros antecedentes de esos que estarán buscando su voto.

El reciclaje de los mismos nombres y las mismas caras no es una característica privativa de los posibles candidatos de la llamada “oposición conservadora”, aparecen también en el gobernante Morena. El muy mediático caso del guerrerense Félix Salgado Macedonio, en el adolorido Guerrero, nos demuestra la escasez de nuevas figuras: Hace casi 30 años, en 1992, contendió, por primera vez, para la misma posición.

El hecho de que su partido no haya considerado un antecedente tan grave como una denuncia por violencia de género, demuestra que se jerarquiza la “popularidad” por encima de un historial limpio, más allá de toda duda, y una propuesta social y política que represente una verdadera alternativa para los sufragantes.

Sin embargo, no es el único. Ahí tenemos el caso extremo del ex presidente Felipe Calderón Hinojosa, quien busca para sí o para su esposa, Margarita Zavala, una posición en la Cámara de Diputados, estableciendo un indicio muy claro de que vivir del presupuesto es adictivo y muchos de quienes han bebido de esas mieles, son ya incapaces de trabajar para vivir.

Este es otro ejemplo de la apuesta por la desmemoria del mexicano, a quien – insisto – desconocen, porque nunca se preocuparon por lo que sus gobernados sentían, pensaban o vivían, mientras ellos tomaban decisiones unipersonales en defensa de sus intereses políticos y, sobre todo, económicos, como la farsa llamada “guerra contra el narco”, con decenas de miles de víctimas civiles o la decisión presidencial de no procesar el incendio de la guardería ABC, por citar sólo algunos hechos.

Ahí está también el caso del ex futbolista Manuel Negrete–hoy titular de la alcaldía Coyoacán, en la que habito–quien anunció su interés por buscar, también, la candidatura al gobierno de Guerrero, ahora por otro partido. Si no patentizara su trágico nivel de ignorancia, movería a risa recordar una de sus primeras acciones de gobierno: pintar de blanco los muros del edificio donde despacha, porque “no le gustaba” el color característico que ostentaba desde su construcción, en tiempos de la Colonia.

Ahí está el inenarrable Ricardo Anaya, en su campaña de “turismo de pobreza”. Nos quiere convencer de su interés por acercarse a los marginados, aunque será difícil que olvidemos la mansión de mil 389 metros cuadrados donde vivía su familia en Atlanta. Hoy, se cuelga una mochila y “pasea” en un microbús, a manera de set de filmación.

Y ya en el colmo del anacronismo-busqué un adjetivo con la misma pátina que su figura–se nos presenta Diego Fernández, alias “El Jefe”, incursionando en las redes sociales para dirigirse a los “millenials” quienes probablemente no conozcan sus antecedentes de cooperador con Carlos Salinas de Gortari y señalado por su constante conflicto de intereses: en su bufete de abogados litigaba en contra del estado mexicano, mientras cobraba salario como senador de la República.

Apuestan a la propensión al olvido que se atribuyó a los mexicanos durante mucho tiempo; pero hoy, parafraseando al gran Héctor Lavoe, podremos decirles: “Te conozco bacalao, conmigo tú no te metas. Te conozco bacalao, no trates de persuadirme… Te conozco bacalao, aunque vengas disfrazao…

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La política en Yucatán

Introspección histórica: la violencia cotidiana y los orígenes de la Guerra de Castas

Mario Alejandro Valdez

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Mural de don Fernando Castro Pacheco. Palacio de Gobierno.

Según la narrativa tradicional, la Guerra de Castas inició el 30 de julio de 1847, cuando campesinos armados, dirigidos por Cecilio Chí, el batab de Tepich, masacraron a los pobladores blancos y mestizos de este pueblo. De ahí que el penúltimo día de julio sea tomado como el aniversario de dicha conflagración, pero la realidad es mucho más compleja. En esta introspección nos proponemos comenzar una serie de reflexiones sobre la violencia como un elemento fundamental en la historia política de Yucatán, a contracorriente de la visión propalada por la Historia Oficial, que afirma que nuestra región, desde los tiempos de los antiguos mayas, se ha caracterizado por su paz y armonía. El discurso, que parte de la idea de unos idealizados mayas que vivían en una sociedad en la que prevalecía el respeto e incluso la igualdad de género, continúa vigente hasta nuestros días, en los que los algunos de los actuales actores políticos se vanaglorian de las bondades de nuestra vida social, tan distante de los violentos y cotidianos espectáculos que conmueven un día sí y otro también a otras regiones de México.

Por nuestra parte, sostenemos que estas ideas constituyen una falacia: si bien hoy en día la violencia en Yucatán parece contenida, y se distingue tanto cuantitativa como cualitativamente de la que se vive en el resto del país y en buena parte de Centroamérica, ello no siempre ha sido así. Nuestra región ha pasado por ciclos de enorme y reiterada violencia, y la posibilidad de que ello vuelva a ocurrir está latente. Para ejemplificar nuestro planteamiento hemos escogido precisamente la coyuntura del origen de la Guerra de Castas, uno de los conflictos sociales más graves, violentos y prolongados en toda la historia de nuestra América, y que tuvo por escenario principal el Oriente de Yucatán.

El proceso empezó mucho antes del emblemático 30 de julio de 1847. Fue en el verano de 1834 cuando Agustín Acereto, un importante líder criollo de Valladolid, recorrió las poblaciones del Oriente, invitando a los campesinos a levantarse para lograr la anulación de los impuestos personales. Miles le respondieron, pero cuando la revuelta fue derrotada, regresaron a sus tierras rumiando su fracaso y frustración. Unos pocos años después, en 1839, fue Santiago Imán, un caudillo de Tizimín, quien agitó la región con las mismas promesas, logrando el mismo apoyo y, ahora sí, una victoria fulgurante. Pero las promesas quedaron en el olvido, lo mismo que ocurrió en las temporadas de sublevación de 1842, 1843, 1844 y 1846. Un nuevo levantamiento a fines de este último año, dirigido por un tal Domingo Barret, obtuvo de nuevo un apoyo multitudinario, pero esta vez los resultados fueron muy diferentes.

Fue el 15 de enero de 1847 cuando miles de campesinos, en unión de cientos de vecinos de Valladolid, atacaron la gran ciudad oriental. Logrado el triunfo, los líderes criollos dieron permiso-como era costumbre-para embriagueces y excesos, pero esta vez los rebeldes se volvieron incontrolables, y convirtieron su desenfreno en un feroz ataque dirigido a algunas de las familias y las figuras principales de aquella orgullosa y estratificada sociedad. Acaudalados padres de familia, jovencitas recién salidas de la adolescencia y hasta el viejo vicario de Valladolid, el explosivamente racista Padre Manuel López Constante, perecieron ante la algarabía de la multitud, dirigida aparentemente por el comerciante mestizo Bonifacio Novelo. Cuando todo aquello terminó, las élites de todo Yucatán hervían en alarma, y Bonifacio y sus lugartenientes fueron encarcelados fugazmente. Su escape, unos días después, marcó el surgimiento de una numerosa facción, por un lado rebelde al gobierno, y por otro aliada de las comunidades orientales.

A nivel estatal se confrontaban los grupos representados por Santiago Méndez, que defendía los intereses de la ciudad de Campeche, y por Miguel Barbachano, ligado a las élites de la ciudad de Mérida. Pero a nivel micro regional, los batabo’ob del Oriente y del Sur Oriente comenzaron a movilizarse por su cuenta y con sus propios objetivos, coincidiendo con los que ya preconizaba Bonifacio Novelo. En ese contexto ocurrió la detención y posterior fusilamiento de Manuel Antonio Ay, batab de Chichimilá, y los fallidos intentos por detener a Cecilio Chí y a Jacinto Pat, batabo’ob de Tepich y Tihosuco, respectivamente. El ataque de Chí a Tepich el 30 de julio en realidad fue reactivo a una brutal incursión de soldados gubernamentales durante la tarde del 28.

Así, una región sin registro de actividades bélicas durante siglos, se convirtió en el epicentro de la violencia en todo Yucatán. En las siguientes semanas a aquel 30 de julio de 1847, miles de pobladores de las regiones mencionadas se levantaron en armas y marcharon contra las villas y ciudades yucatecas, provocando un creciente pavor que se mantuvo por los siguientes meses. Muertos los grandes líderes de los orígenes-con excepción del eterno Bonifacio Novelo, que murió de anciano casi un cuarto de siglo después de los acontecimientos reseñados-, la rebelión se trasladó geográficamente a las selvas y sabanas del extremo oriental de la península- principalmente en lo que hoy es el Estado de Quintana Roo-, pero mantuvo su dinámica de violencia cotidiana sobre las regiones de Valladolid y Peto durante unos 30 años más. El ciclo de violencia consuetudinaria sólo se fue cerrando hacia 1876, cuando un anciano Crescencio Poot dejó los ataques armados para privilegiar las negociaciones con Belice, por el lado de los rebeldes, y Francisco Cantón, el más importante caudillo militar vallisoletano, abandonó el negocio de la guerra para incursionar en las más productivas vetas del Ferrocarril y la Hacienda Henequenera.

Muchos años después, en 1910, arruinado económicamente y desplazado políticamente, Cantón recurrió de nuevo a la violencia política en lo que se ha dado en llamar primera chispa de la Revolución Mexicana. Su movimiento fue aplastado furiosamente, y algunos de los líderes sobrevivientes se refugiaron entre los descendientes de los rebeldes de la Guerra de Castas. Pagaron con su vida la osadía. Los tiempos violentos habían pasado, siendo sus muertes de las últimas provocadas por la violencia política en la región. Cuando llegó la Revolución Mexicana a Yucatán, el ciclo de la violencia había concluido, y salvo contadas excepciones-que abordaremos en su momento-, Valladolid y su región se mantuvieron en paz por las siguientes décadas.  

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