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Duendes y erratas

Carlos Bojórquez Urzaiz

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Son unas criaturas de baja estatura que manosean cuanto papel encuentran a su paso por la redacción de un periódico, o en las mesas de alguna imprenta, y aunque pocos aceptan haberlos visto, sus huellas resultan características. Por su condición de aparecidos, surgen minúsculos  en cada una de sus embestidas, que no son sino juegos capaces de convertir la oración más clara en galimatías, y colocar un absurdo en posición visible, sin otro propósito que poner mal al periodista o escritor ante sus lectores.

Si bien los duendes pudieran afectar con alguna evidencia previsible, en realidad no acostumbra desordenar pautas gramaticales demasiado obvias, ya que sus fechorías no descontrolarían tanto a quien transcribió una artículo que ve la luz plagado de erratas, ni asustarían al corrector de pruebas que queda paralizado frente a su acción inesperada y pícara. ¿Mayúscula por minúscula? ¿Punto por coma? ¿Masculino por femenino? Cualquier cosa cuyo interés no se centra en las cuestiones lógicas de la escritura, por lo que cuando se trata de ahuyentarlos adoptan formas increíbles  y no se puede dar con ellos fácilmente, ni siquiera con un diccionario en mano.

A pesar de todo, se pueden descubrir duendes menos convencionales, digamos gnomos con rostro e identidad ciudadana, nacidos en cualquier país, que sin empacho causan los mismos daños que el duende editor. Cuando se presentan los de este tipo, no es fácil identificarlos a la primera, ya que suelen parecer personas comunes y corrientes en busca de empleo. Otros, en cambio, simulan estar agraciados con el talento necesario para reproducir y corregir textos, y a veces solicitan trabajo luciendo fachas de intelectual, cuyo aspecto contrasta  con su falta total de ingenio. En cambio, un cronista irónico en todo cuanto escribe fue más directo recordándome el caso de un poeta  “…que habla con faltas de ortografía”. Y en cuanto a mí, con tristeza debo revelar que recibí un libro  de un “laureado” escritor, yucateco para más señas, que con cariño y provocadora ignorancia  escribió: “Carlos recuerda que las palabras son malditas o venditas,” pretendiendo referirse a la bendición que a veces envuelve al verbo.

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Contra los excesos del duende de las patas cortas casi nada se ha podido hacer, hasta el punto  de requerir de la llamada  fe de erratas, que, en vez de infundir confianza, produce cierta sensación de alerta a los lectores. Frente a los otros, los que tienen ciudadanía y tarjeta de identidad, silencio absoluto, no vale la pena hacer más comentarios.

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