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El pasado nos alcanzó

Contagio y juicios colectivos

Ricardo Maldonado Arroyo-

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¿Deben ser sancionadas las personas que salen a la calle durante la contingencia por Coronavirus? ¿Avalaría que personas con Covid-19 sean vigiladas y forzadas al confinamiento? ¿Estaría de acuerdo en exhibir nombres y domicilios para alertar del riesgo? ¿Ha pensado que hay quienes están propagando el virus deliberadamente? Estos días la consternación mundial ha orientado el debate público hacia la responsabilidad individual y colectiva sobre la salud, contemplando escenarios que, en otras circunstancias, serían impensables. Las interrogantes no son nuevas, surgen cada vez que una enfermedad desconocida o una epidemia altera la vida cotidiana y tiene elevado costos económicos y sociales.

Tratar de hallar responsables de una epidemia o sus efectos cae en una esfera ética que no debe tomarse a la ligera. Dado la creciente polarización de las opiniones, es pertinente analizar cómo las personas estamos entendiendo el riesgo y a quiénes se les está adjudicando, pues parece que la gran preocupación de hoy es señalar sujetos culpables. La furia de una sociedad atemorizada se vuelca sobre personas “irresponsables”, que “ponen en peligro” a las demás, porque en alguien habrá de recaer “la culpa” del contagio y los decesos. Esto apenas comienza ¿Cómo reaccionaremos cuando las estadísticas nos revelen el saldo de la pandemia en nuestras comunidades? ¿A quiénes lincharemos para calmar nuestro disgusto?

No me malinterprete, sé que hay personas que desestiman las medidas de prevención, pero, en materia de salud, es un error participar de juicios colectivos en torno a decisiones individuales. Hay que comprender que no son decisiones aisladas, sino las que todas y todos tomamos en conjunto, lo que nos expondrá o protegerá del nuevo Coronavirus. De acuerdo, salir de casa, si no es necesario, es una decisión riesgosa, pero ¿no tienen el mismo efecto las acciones que merman nuestra salud y nos vuelven vulnerables al virus o que pueden contribuir a la saturación de los hospitales? ¿No soy irresponsable cuando fumo cinco cigarros al día o me mantengo sedentario, a pesar de que tengo sobrepeso (el confinamiento no es pretexto para la inactividad física)? ¿Fue irresponsable comer el domingo ese delicioso mondongo o mi torta de lechón sabiendo que soy hipertenso(a), beber ese café tentador o la botella de licor que guardaba hace tiempo? ¿Sigo consumiendo pan dulce y refrescos azucarados sabiendo que padezco diabetes? ¿Estoy tomando las pastillas de mi tratamiento que llevo hace años o, extrañamente, se me “olvidan”? ¿Debería confesar que participé del “asalto” a supermercados y farmacias por el que escasean tapabocas y gel antibacterial?

Respecto al confinamiento, ¿debo señalar al vecino por salir a comprar su cerveza o él a mi por hacer una visita “rápida” a un amigo aprovechando que está en casa? ¿O mejor nos unimos para castigar con la mirada a la vecina que sigue distribuyendo productos de su negocio multinivel o que saca tres veces al día a pasear a sus mascotas? ¿Qué tanto es “tantito” fuera de casa y quiénes son las personas irresponsables? ¿Qué sucederá si me diagnostican Covid-19, me quedaré en casa o indagaré quién me contagió para ver si así me curo? Este enfoque de autoexploración invita a pensar los riesgos en primera persona, para contribuir de manera efectiva a la prevención. Pretender controlar a la población mediante sanciones, vigilancia y señalamientos públicos, es un camino lleno de asperezas que fomenta el abuso y la discriminación.

Si todas y todos somos corresponsables de la salud comunitaria, podemos contribuir a reforzar las medidas de prevención con el ejemplo, medidas notablemente sencillas y prácticas. No son necesarias patrullas, armas ni cárceles llenas de gente enferma para combatir el nuevo Coronavirus. El gobierno federal lo tiene muy claro, por lo que se ha comprometido a no militarizar la respuesta y a privilegiar el enfoque de salud pública. De nada servirá tener a un policía en cada esquina o en la puerta de cada vivienda, si en la cola de las tortillas no somos capaces de guardar un metro de distancia.

El pasado nos alcanzó

Un murciélago en la sopa

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Salud y enfermedad son conceptos que no pasan únicamente por las lentes inertes de un microscopio, sino que tienen como marco de referencia percepciones y emociones humanas. No sorprenda, entonces, que el Covid-19 despierte miedos y divida opiniones. Tampoco que, sin importar la solidez del actual conocimiento científico, aspectos culturales determinen la manera de comprender cómo y a quiénes afecta esta enfermedad. Antes de que se expandiera más allá de China, surgieron publicaciones formales e informarles que relacionaban el origen del Sars-CoV-2 con el consumo de sopa de murciélago en la ciudad de Wuhan. Esto desencadenó desde bromas hasta agresiones xenofóbicas y racistas. Si bien en México ha sido más usual lo primero, también se han dado situaciones de rechazo a personas que “parecen” chinas (aunque la mayoría son connacionales).

Desde la diáspora del siglo diecinueve, los inmigrantes chinos se han percibido como una amenaza y, por extensión, sus hábitos alimenticios. Han sido rechazados lo mismo en Estados Unidos que en Australia. En México este rechazo obedeció al proyecto nacionalista que promovió el mestizaje como parámetro racial. Cabe subrayar que en el mestizaje la raíz española tenía preponderancia sobre la indígena. Para la población indígena, volverse mestiza significaba abandonar su lengua, costumbres e instituciones. De igual forma, otras nacionalidades racializadas se volvieron indeseables para este proyecto que aspiraba al blanqueamiento. Entre las décadas de 1920 y 1930, hubo leyes y circulares que impidieron el ingreso al país de afroamericanos, chinos, judíos, inmigrantes de Medio Oriente, África y Europa del Este.

A los inmigrantes chinos se les atribuía cierta degeneración racial por su estatura y pliegues en los ojos que podría derivar en un fenotipo similar al de los pueblos indígenas, precisamente el que el mestizaje trataba de evitar. También fueron y siguen siendo percibidos como mano de obra barata que desbanca a los trabajadores locales. Hubo en Sonora y en la Ciudad de México tal grado de xenofobia que se fundaron organizaciones antichinas. Al respecto, son comparables las imágenes de publicaciones posrevolucionarias que reproducían estereotipos de la población china con los memes que actualmente circulan en redes sociales, en los que se hace mofa de sus rasgos culturales y aspecto físico (v.g. todos los chinos se parecen).

Con la imagen racializada de la población china se gestó igualmente un racismo culinario. Desde los primeros contactos de comerciantes y dignatarios europeos con población china se le estigmatizó por incluir en su dieta caballos, gatos, murciélagos, perros, serpientes, ratas y otros animales calificados de exóticos o aberrantes. Hoy que el Sars-CoV-2 parece provenir de murciélagos estos estereotipos se refuerzan. Debido a que nuestros prejuicios están tan naturalizados, es necesario recalcar que lo extraño depende de nuestra perspectiva cultural: en Ghana y Filipinas también comen murciélagos; en Francia, caballos; en Tailandia, India y Vietnam, ratas; en Corea del Sur, gusanos y pulpos vivos, en Emiratos Árabes Unidos, camellos; en Suiza, perros y gatos. La lista es interminable. Y no se diga México donde se consumen chapulines, cocodrilos, gusanos, iguanas, ranas, ratas de campo, serpientes, tortugas y, en general, todo lo que el ambiente provea. En contraparte, algunas religiones prohíben carne que habitualmente consumismos: los hindúes no deben comer res, judíos y musulmanes no deben comer cerdo.

Una vez aclarado que lo comestible depende, en gran medida, del filtro cultural, también es necesario señalar que los estereotipos sesgan la realidad de un país de población heterogénea y territorio vastísimo. El hecho de que en Wuhan se consuma sopa de murciélago no quiere decir que todos los habitantes de China lo hagan. Mucho menos que comer murciélago (por repugnante que parezca) sea la única manera de exponerse a nuevos patógenos. Los virus de la gripe aviar subtipos H5N1 y H7N9 se han relacionado con aves de corral y la influenza AH1N1 con los cerdos. Sí, pollo y cerdo, lo más habitual en nuestra mesa. Además, hay otras enfermedades transmitidas por comer productos cárnicos y vegetales. En general, todo de lo que el ser humano se alimenta entraña un riesgo potencial, no sólo por comerlo, sino por manipularlo.

Por ejemplo, de ser cierta la hipótesis de que el nuevo Coronavirus pasó del murciélago al ser humano, es probable que esto haya sucedido antes de ingerirlo, es decir, durante su caza y manipulación. ¿Entonces debemos comer todo lo que camine, nade o vuele? No necesariamente, eso dependerá del conocimiento que tengamos de las especies que consumimos (algunas, definitivamente, no son recomendables) y, sobre todo, de la forma en que preparamos los alimentos, donde entra en juego la higiene. El sesgo hacia ciertos platillos chinos radica en no saber diferenciar lo anterior de aquello que nos resulta culturalmente inaceptable. La pandemia que vivimos ha demostrado, una vez más, que el murciélago en la sopa es una metáfora de nuestros temores que nadan en un mar de prejuicios.

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De ideología y género

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El pasado Día Internacional contra la Homofobia ha sido excusa para que organizaciones ultraconservadoras alerten nuevamente de lo que han llamado “ideología de género”. Mi propósito en estas líneas es evidenciar que este término es incorrecto, infundado y el primer error ha sido juntar de manera arbitraria los conceptos ideología y género. Lo que acusan como ideología de género es, en realidad, teoría de género y una serie de causas defendidas por movimientos sociales.

Teoría es un conjunto de conceptos y proposiciones que estructuran el conocimiento científico. Aunque la teoría nunca es perfecta ni acabada, su fortaleza estriba en que está basada en investigación científica, es decir, en la aproximación a la realidad mediante un método. Así se ha construido en las últimas décadas un cuerpo teórico monumental en torno al género, que se enriquece incesantemente. Sus objetos de estudio podrían resumirse en dos: mujeres y diversidad sexo-genérica. Las teorías de género han permitido diferenciar entre el sexo, o sea, la clasificación biológica que deriva de la estructura genital, y el género, que abarca ideas, actitudes, comportamientos, expectativas y normas aprendidas por ser mujer u hombre. El gran descubrimiento es que no existe un dictado biológico que determine el género, sino que varía de sociedad a sociedad.

No extrañe, por tanto, que las teorías de género se retroalimenten constantemente con los movimientos feminista y LGBTI, razón por la cual despiertan furiosos ataques de instituciones y sectores que promueven una visión cerrada, universal y estática del género. La contradicción de estos ataques es que su postura sí entraña una visión ideologizada de la sexualidad y el cuerpo. A fin de comprender esta afirmación es menester saber qué es una ideología.

Para el filósofo mexicano Luis Villoro, una ideología se basa en creencias comunes, por tanto, no nace de investigaciones, métodos, ni siquiera de observaciones sistemáticas. Las organizaciones ultraconservadoras creen en al menos cuatro cosas: 1. Mujeres y hombres están destinados a pensar, sentir y comportarse conforme a convenciones sociales atribuidas a un orden natural. 2. La función primordial de las prácticas sexuales es la reproducción. 3. Existe un único tipo de familia que responde a un orden natural o divino. 4. Ser mujer u hombre depende de los genitales y no hay forma de cambiarlo.

Estas creencias son fácilmente rebatibles, pero difícilmente desplazadas porque son funcionales al dominio de una clase. Esta segunda característica de las ideologías recuerda que necesariamente deben provenir o ser aceptadas por quienes detentan el poder económico y político. Es un argumento osado e inverosímil acusar a los movimientos feministas y LGBTI de dominar e imponer, cuando la ideología ultraconservadora tiene de su lado a la mayoría de los gobiernos, empresas e iglesias del mundo. El aplastante poder de estas instituciones dicta formas únicas de ser mujer u hombre y la legitimidad exclusiva de las familias heteroparentales. Es necesario subrayar que las personas ultraconservadoras son parte de un grupo dominante y no viven bajo amenaza alguna: nadie en la historia ha perdido la vida ni se le han negado derechos por ser heterosexual, ajustarse a convenciones sociales o asumir un sexo asignado. La idea de un lobby gay es francamente absurda.

Tampoco es necesario alarmar acerca de una conspiración mundial. Las organizaciones LGBTI y feministas son de conocimiento público, no trabajan en cuevas porque lo primero que exigen es visibilidad, ser portavoces de sus propias demandas. Esta es la tercera característica de las ideologías: tarde o temprano enfrentan corrientes de pensamiento que pretenden alterar el orden establecido. Las teorías de género, así como los movimientos sociales, han contribuido a transformar la percepción de la diversidad sexual y a derribar estereotipos de género, lo que se ha traducido en leyes y políticas públicas. En consecuencia, grupos ultraconservadores coaccionan a tomadores de decisiones, porque están conscientes de haber perdido terreno político. Tras centurias de imposición ideológica, acusan a otros de hacer lo mismo y caricaturizan derechos y libertades como imposiciones (basta observar cómo protestan por la educación sexual). De victimarios ahora pretenden pasar por víctimas. En síntesis, emplear el término “ideología de género” enmascara una posición de poder con la que se intenta perpetuar la discriminación, creando el mito de una conspiración planetaria. Reflexione antes de usarlo.

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La insoportable levedad de los derechos humanos

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Foto de Julián Durán Bojórquez

Los tiempos de incertidumbre suelen ser propicios para sacrificar libertades. Si además se acompañan de discursos que alertan de amenazas externas, el efecto es contundente: las personas parecen estar dispuestas a conceder que el Estado tenga mayor control sobre sus vidas. Este es un factor que explica el ascenso del fascismo en Italia y el nazismo en Alemania, pero también las inspecciones impuestas por Estados Unidos después de los ataques a las Torres Gemelas. ¿Quién se negaría a ser revisado(a) hasta los dientes si con ello pudiera prevenirse un ataque terrorista?

El Covid-19 ha generado un escenario similar. Ciertos países han declarado el estado de excepción, mientras que, en México, algunos gobiernos locales han optado por el toque de queda. El temor al contagio, pero, sobre todo, a que la situación se salga de control, ha justificado medidas extraordinarias de carácter coercitivo, lo que puede provocar una crisis de derechos humanos. Sobre esto ha alertado António Guterres, Secretario General de la ONU. En Yucatán, la Comisión de Derechos Humanos local emitió medidas cautelares para los municipios de Kinchil, Panabá, Progreso y Umán, donde se pretendía imponer toque de queda. Esto generó polémica porque existen algunas ideas incorrectas acerca de los derechos humanos, que a continuación expongo:

Restringir derechos y libertades contribuye a combatir la pandemia. Medidas como el estado de excepción, toques de queda, multas, incautamiento de bienes y encarcelamiento, incrementan la vulnerabilidad de quienes hacen uso del espacio público por necesidad y cuentan con menos recursos para desplazarse y subsistir. La regulación de la movilidad debe ser pensada en función de evitar el contagio del nuevo Coronavirus y no de castigar a las personas. Por eso el gobierno mexicano optó por desactivar las aglomeraciones en centros de trabajo, escuelas y espacios recreativos. Todavía más, los países que han tomado medidas punitivas no muestran mejores resultados que otros; basta analizar las cifras de China, Italia y Rusia. Según la ONU, las medidas extraordinarias deben ser necesarias, razonables y proporcionadas.

Los derechos humanos favorecen los contagios y las muertes. Por el contrario, los derechos humanos son aliados en una efectiva prevención y atención a la pandemia porque contemplan el acceso universal a los servicios de salud, la no discriminación, el derecho al trabajo y a la educación, que deben ser salvaguardados en medio de esta crisis. Adicionalmente, se enfoca en poblaciones vulnerables al nuevo Coronavirus que reciben menos atención de la opinión pública: adultos mayores en abandono, inmigrantes, personas en situación de calle, población recluida y menores tutelados. Los derechos humanos no se oponen a la prevención, sino a generar una crisis mayor por decisiones que, en nombre de la salud, socavan otros componentes importantes de la integridad humana. Todavía hace unos días se encendieron las protestas en ciudades bolivianas por el hambre que ha provocado el estricto confinamiento. El enfoque de derechos humanos permite formular una respuesta social a la pandemia que incluya a todas y todos.

Los derechos humanos son prescindibles. Estos derechos han sido una conquista histórica para evitar abusos de poder. Son humanos porque toda persona, desde su nacimiento, goza de ellos y no pueden ser limitados ni suspendidos salvo en casos determinados por la ley. Existe la falsa idea de que pueden otorgarse a quien los merece y retirarlos a quien no, lo que, en el contexto actual, puede servir para negar derechos a quien haya recibido un diagnóstico de Covid-19. Tal situación es inadmisible. Cabe mencionar que la suspensión de derechos y garantías es facultad exclusiva del Presidente de la República, con el visto bueno del Poder Legislativo, y sólo se aplica ante invasiones o agraves amenazas a la paz y el orden. Este no es el caso.

Las comisiones de derechos humanos están obligadas a garantizarlos. Si bien estas comisiones son merecedoras de múltiples críticas, está fuera de lugar exigirles acciones que están fuera de sus atribuciones. Hay que comprender que su función es conocer, investigar y emitir recomendaciones sobre violaciones a los derechos humanos cometidas por las autoridades. No son tribunales ni es su facultad impartir justicia. La institución responsable de garantizar los derechos humanos es el Estado mexicano. Por ende, en esta contingencia sanitaria, es al Estado mexicano al que se ha de exigir atención médica y garantizar la integridad del personal de salud, pero también respeto a la libertad de tránsito, la legalidad y la seguridad jurídica. Todos los órdenes de gobierno, hasta los municipios, están regidos por estos principios. Es peligroso pensar que los derechos humanos son nuestros enemigos. Nuestro enemigo es el miedo desorbitado que nos expone al Covid-19 y nos entrega solícitos al abuso de poder.

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