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El pasado nos alcanzó

Derecho a la reproducción asistida

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El pasado 11 de octubre se publicó la tesis de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) que reconoce el derecho de las parejas de matrimonios homosexuales a recurrir a la reproducción asistida. La reproducción asistida es la asistencia médica que, basada en resultados de investigación científica, tiene por objetivo la fecundación y el nacimiento de un ser vivo; comprende técnicas como la inducción de la ovulación, la criopreservación de ovocitos y embriones, la inseminación artificial, la fertilización in vitro, la gestación subrogada, por mencionar las más conocidas. Este es un gran paso en México, toda vez que sienta otro antecedente para que las parejas homosexuales se amparen ante obstáculos para hacer uso de servicios de reproducción asistida, fundados en discriminación a las familias homoporantales y lesboparentales.

La SCJN argumentó su tesis con principios como la protección legal a todo tipo de familias, el respeto a la decisión de ser padre o madre, el derecho a la vida privada y la familia, el derecho a la autonomía reproductiva, el acceso a los beneficios del progreso tecnológico, la libre elección y acceso a métodos para regular la fecundidad. La tesis publicada derivó del amparo en revisión 553/2018, del que resultó una tesis anterior publicada el 21 noviembre de 2018, por la que se reconoció el derecho de una pareja de hombres a asentar a su hijo en el Registro Civil de Yucatán, con los apellidos de ambos. La SCJN concluyó que en casos de reproducción asistida la autoridad no siempre podrá basarse en la filiación biológica, por lo que es necesario reconocer la filiación legal que emana de la voluntad procreacional, es decir, el compromiso de ambos padres de asumir todos los derechos y obligaciones de la filiación. Respecto al mismo, cabe mencionar que se trató de gestación subrogada, no habiendo, por parte de la mujer que prestó su vientre, interés alguno en reclamar la maternidad.

El hecho de que el amparo en revisión se tratara de dos hombres y, por tanto, personas que no pueden gestar, hace de este un caso emblemático. Si bien se ha debatido la validez ética de la gestación subrogada, lo importante de las dos tesis de la Suprema Corte es la equiparación de las parejas homosexuales con las parejas heterosexuales. No hay que perder de vista que tanto las primeras como las segundas recurren a las técnicas de reproducción asistida, así que las posibilidades y limitaciones que marque la ley deben aplicar sin distinción del tipo de familia. Yucatán tiene un vacío legal en cuanto a la reproducción asistida que ya no debiera ser empleado para negar su acceso a las familias homoparentales y lesboparentales.

En un ámbito personal, también es un caso emblemático para Yucatán y para el país, porque los padres tuvieron que atravesar un largo y costoso proceso para obtener la atención médica de la reproducción asistida, así como otro largo y costoso proceso legal para obtener el acta donde su hijo lleva los apellidos de ambos. Sólo personas que tienen la convicción de la paternidad o la maternidad tienen el arrojo de emprender una empresa que las mismas autoridades locales obstaculizaron. Saber que en nuestro estado hay dos personas que defienden con decisión inquebrantable la forma en que está compuesta su familia, es esperanzador en el contexto actual, donde la injerencia de grupos religiosos se afinca con mayor fuerza. La decisión de esta pareja no sólo ha beneficiado a su familia, sino a todas aquellas que, en situación similar, podrán recurrir a las tesis en comento para protegerse. Personas así hacen el cambio en nuestra sociedad y merecen todo nuestro reconocimiento.

El pasado nos alcanzó

Contagio y juicios colectivos

Ricardo Maldonado Arroyo-

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¿Deben ser sancionadas las personas que salen a la calle durante la contingencia por Coronavirus? ¿Avalaría que personas con Covid-19 sean vigiladas y forzadas al confinamiento? ¿Estaría de acuerdo en exhibir nombres y domicilios para alertar del riesgo? ¿Ha pensado que hay quienes están propagando el virus deliberadamente? Estos días la consternación mundial ha orientado el debate público hacia la responsabilidad individual y colectiva sobre la salud, contemplando escenarios que, en otras circunstancias, serían impensables. Las interrogantes no son nuevas, surgen cada vez que una enfermedad desconocida o una epidemia altera la vida cotidiana y tiene elevado costos económicos y sociales.

Tratar de hallar responsables de una epidemia o sus efectos cae en una esfera ética que no debe tomarse a la ligera. Dado la creciente polarización de las opiniones, es pertinente analizar cómo las personas estamos entendiendo el riesgo y a quiénes se les está adjudicando, pues parece que la gran preocupación de hoy es señalar sujetos culpables. La furia de una sociedad atemorizada se vuelca sobre personas “irresponsables”, que “ponen en peligro” a las demás, porque en alguien habrá de recaer “la culpa” del contagio y los decesos. Esto apenas comienza ¿Cómo reaccionaremos cuando las estadísticas nos revelen el saldo de la pandemia en nuestras comunidades? ¿A quiénes lincharemos para calmar nuestro disgusto?

No me malinterprete, sé que hay personas que desestiman las medidas de prevención, pero, en materia de salud, es un error participar de juicios colectivos en torno a decisiones individuales. Hay que comprender que no son decisiones aisladas, sino las que todas y todos tomamos en conjunto, lo que nos expondrá o protegerá del nuevo Coronavirus. De acuerdo, salir de casa, si no es necesario, es una decisión riesgosa, pero ¿no tienen el mismo efecto las acciones que merman nuestra salud y nos vuelven vulnerables al virus o que pueden contribuir a la saturación de los hospitales? ¿No soy irresponsable cuando fumo cinco cigarros al día o me mantengo sedentario, a pesar de que tengo sobrepeso (el confinamiento no es pretexto para la inactividad física)? ¿Fue irresponsable comer el domingo ese delicioso mondongo o mi torta de lechón sabiendo que soy hipertenso(a), beber ese café tentador o la botella de licor que guardaba hace tiempo? ¿Sigo consumiendo pan dulce y refrescos azucarados sabiendo que padezco diabetes? ¿Estoy tomando las pastillas de mi tratamiento que llevo hace años o, extrañamente, se me “olvidan”? ¿Debería confesar que participé del “asalto” a supermercados y farmacias por el que escasean tapabocas y gel antibacterial?

Respecto al confinamiento, ¿debo señalar al vecino por salir a comprar su cerveza o él a mi por hacer una visita “rápida” a un amigo aprovechando que está en casa? ¿O mejor nos unimos para castigar con la mirada a la vecina que sigue distribuyendo productos de su negocio multinivel o que saca tres veces al día a pasear a sus mascotas? ¿Qué tanto es “tantito” fuera de casa y quiénes son las personas irresponsables? ¿Qué sucederá si me diagnostican Covid-19, me quedaré en casa o indagaré quién me contagió para ver si así me curo? Este enfoque de autoexploración invita a pensar los riesgos en primera persona, para contribuir de manera efectiva a la prevención. Pretender controlar a la población mediante sanciones, vigilancia y señalamientos públicos, es un camino lleno de asperezas que fomenta el abuso y la discriminación.

Si todas y todos somos corresponsables de la salud comunitaria, podemos contribuir a reforzar las medidas de prevención con el ejemplo, medidas notablemente sencillas y prácticas. No son necesarias patrullas, armas ni cárceles llenas de gente enferma para combatir el nuevo Coronavirus. El gobierno federal lo tiene muy claro, por lo que se ha comprometido a no militarizar la respuesta y a privilegiar el enfoque de salud pública. De nada servirá tener a un policía en cada esquina o en la puerta de cada vivienda, si en la cola de las tortillas no somos capaces de guardar un metro de distancia.

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El pasado nos alcanzó

Políticas de riesgo y erosión del tejido social

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El 29 de marzo el gobernador de Yucatán, Mauricio Vila, anunció que se impondrá multa de hasta $86,800 o 3 años de cárcel a quien, sabiéndose portador del nuevo Coronavirus, viole el confinamiento recomendado por las autoridades. Esta medida, que apela al marco legal vigente, se reviste de cuidado a la salud pública y seduce a la población ávida de soluciones contundentes ante la contingencia actual. No cabe duda que el temor está extendido y el riesgo es real, pero ¿debemos permitir que se avance en esa dirección?

El sociólogo británico Nikolas Rose denomina políticas de riesgo a las decisiones tomadas por los estados en torno a los procesos de salud/enfermedad que implican, en última instancia, la administración de la vida. ¿Por qué hoy en día estamos procurando distanciamiento físico? ¿Por qué prestamos especial atención a las recomendaciones del sector salud? Porque no deseamos adquirir el nuevo Coronavirus, porque no deseamos saturar los hospitales y carecer de la atención médica que pueda salvarnos. Pero el problema real es que nuestras acciones están motivadas por cierta concepción de riesgo, no por la comprensión de la estructura biológica del virus, sino por la idea de contagio que puede desencadenar la estigmatización de aquellas personas que tienen o sospechamos que tienen Covid-19.

Los gobiernos del mundo han tomado diferentes decisiones para controlar el avance de la pandemia. Hay sitios donde el estado de excepción ha restringido la movilidad empleando vigilancia policiaca y militar, fuertes sanciones económicas, inclusive, pena de cárcel. En este sentido, el gobernador de Yucatán no sugiere algo excepcional, sino consecuente con la agitación global que lleva a considerar la supresión de derechos y libertades una alternativa válida. Antes de aplaudirla, invito a reflexionar sus consecuencias y la viabilidad de su aplicación.

Sabemos que los cuidados necesarios para amortiguar el contagio son extremar la higiene, aislarse en casa y, para el personal de salud, proteger mucosas y manos cuando entra en contacto con una persona infectada. Pero esto no es tan simple. ¿Cómo extreman higiene quienes carecen de agua potable o habitan viviendas precarias? ¿Cómo se aislarán si su vivienda es de una sóla pieza? ¿Cómo se procurarán alimento y medicinas si son personas de bajos ingresos o desempleadas y, ahora, además, confinadas? ¿Quién procurará atenciones mínimas a familias completas que sean aisladas? ¿Qué ganamos multando o encarcelando a personas que padecieron Coronavirus? ¿Habrá suficientes policías y militares para vigilarlas? ¿Cuáles serán las sanciones para familiares que puedan o no tener el Coronavirus? ¿Existen las condiciones económicas y sociales para que toda la población acate el confinamiento?

Al margen de la acción del gobierno, hay escenarios que la misma interacción social está propiciando, encauzada por desinformación y paranoia. En México se empieza a negar a personal de salud el servicio de transporte y el acceso a comercios, existe desabasto de cubrebocas y gel antibacterial, ya hay actitudes de segregación entre vecinos de quienes han recibido diagnóstico de Coronavirus. ¿Debemos consentir que estos temores colectivos que apenas germinan se aviven con la persecución de personas infectadas? Uno de los grandes errores de la prevención es depositar el riesgo en las personas, es decir, temerles más que al virus mismo. Las personas no somos “focos de contagio”, nuestro comportamiento irresponsable, sí. Pero en salud la coerción suele ser contraproducente. ¿Quién querrá reportarse enfermo(a) si sabe que le pueden multar con lo que gana en un año? ¿Quién pedirá el apoyo de familiares, amistades y vecinos(as) si son potenciales denunciantes? ¿Quién se ofrecerá a ayudar a una persona enferma con la posibilidad de contagiarse y que también sea blanco de persecución? Es absurdo.

El loable esfuerzo colectivo de evitar todo contacto físico se construye con solidaridad comunitaria, no con persecución. La atención a personas con Coronavirus se procura con redes de apoyo, no con linchamiento. Probablemente haya gente diagnosticada que, pudiendo aislarse, optó por mantener contacto social, pero son excepciones. Estoy seguro de que la mayoría, si se diera el caso, procuraremos aislarnos en la medida de nuestras posibilidades. No olvidemos que cualquiera de nosotros(as) puede enfermar de Covid-19 (según el pronóstico, la mayoría enfermaremos) y desearemos recibir un trato solidario, no una multa. Espero, por el bien del tejido social, que el anuncio del gobernador no pase de ser una ocurrencia mediática.

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Los cuatro jinetes de la desinformación

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El mayor reto que tenemos como sociedad ante la pandemia del coronavirus es adoptar medidas de prevención que amortigüen la celeridad del contagio, a fin de que el sistema de salud pueda atender los casos que se presenten, sin ser sobrepasado. El primer paso es informarnos. Identificar información confiable y separarla de la que no lo es, procesarla y difundirla por los medios adecuados, son competencias que deben adquirirse en el ámbito escolar. Desafortunadamente, son competencias que cuesta ejercitar y se olvidan ante la tentación de llevar los escenarios al límite y revelar sus datos más escabrosos. ¿Quién no ha querido contar hasta el último detalle del accidente vehicular que sucedió hace unos minutos en la esquina, sin importar que no conste lo dicho? Esta tendencia a dar por cierta la información indiscriminadamente potencia temores en medio de una pandemia que, por sí misma, ya entraña enormes riesgos a la salud. En afán de hacer una aportación a la causa, me propongo desenmascarar a los cuatro jinetes de la desinformación:

1. Noticias falsas, o fake news, como las conocemos ahora por su anglicismo. ¿Dónde se publicó la noticia? ¿Conoce el medio? ¿Especifica correctamente a las personas o instituciones responsables de la información? Es habitual que las falsas noticias esquiven estos cuestionamientos con referentes vagos como “prestigiada universidad dice que…”, “reconocidos investigadores descubrieron…”. Antes de creer una noticia, haga todas las preguntas necesarias. Si duda, mejor no la comparta.

2. Medios amarillistas. Mientras medios de comunicación serios hacen una labor extraordinaria para mantenernos informados, otros, conocidos por su ética cuestionable, están aprovechando el coronavirus para hacerse de más lectores. El morbo vende, así que los titulares que generan pánico están a la orden del día. No caigamos en el juego. Seamos lectores responsables y elijamos los medios que merecen nuestra atención.

3. Redes sociales. Facebook, Twitter y Whatsapp tienen la virtud de conectar personas, pero también el peligro de ser vehículos de propagación de información disparatada, desvirtuada y mal intencionada. Ahora mismo, con cualquier programa básico de computadora o smartphone, puedo crear un audio, video, diaporama o infograma acerca del coronavirus, con información alarmista, y hacer que circule. Basta con cautivar a los destinatarios, hacerles sentir que su contenido es importante, para que lo repliquen. Si a su celular llegan mensajes sobre el coronavirus, verifique quién se adjudica la autoría y si es una persona o institución confiable. Incluso la buena voluntad de compartir recomendaciones puede resultar contraproducente, si su autor(a) se oculta tras el anonimato.

4. Rumores entre personas. Una vez que prestamos atención a noticias falsas, medios amarillistas e información dudosa que viaja por redes sociales, es muy fácil convertirnos en sus replicadores. Dicen que una mentira a fuerza de repetirla puede convertirse en verdad. Si nosotros contribuimos a ello, perpetuamos el mecanismo del rumor y contribuimos a desantender las medidas de prevención. La consecuencia de desinformarse es actuar en sentido diferente, incluso, opuesto a las recomendaciones de las personas expertas.

Luego entonces, ¿dónde informarnos? En primer lugar, debemos atender los comunicados oficiales de las instituciones locales, nacionales e internacionales encargadas de salud pública. En segundo lugar, con personal de salud que está capacitándose y/o atendiendo la contingencia. En tercer lugar, con investigadores(as) que están produciendo o difundiendo información conforme se conoce más acerca del coronavirus. Por último, en medios de comunicación serios, que citan a las fuentes anteriores, y les respalda el trabajo profesional de reporteros y periodistas. Hoy más que nunca es importante aprender a obtener, identificar y compartir información confiable.

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