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El pasado nos alcanzó

Los males del Estado neoliberal

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Conocido es que Andrés López Obrador ha declarado extinto el neoliberalismo en México, y apela a él como causa de descomposición social, feminicidios, consumo de drogas, creación de organizaciones de la sociedad civil y hasta de protestas feministas. Como estrategia de comunicación ha resultado contraproducente porque hacer del neoliberalismo chivo expiatorio de todo e incubadora de nuevas amenazas, lo convirtió en objeto de sátira política y un concepto vacío de sentido. El discurso contra el Estado neoliberal pretende persuadir a la ciudadanía de que el gobierno actual es gestor de un cambio histórico, sin siquiera haber pasado por el juicio del tiempo, y dejando de lado las cualidades disímbolas del Estado mexicano, en el que existe una negociación entre neoliberalismo y políticas sociales. 

Según el teórico marxista, David Harvey, el neoliberalismo es una respuesta al desgaste del capitalismo en la década de los setenta del siglo XX, causado por el descontento de amplios sectores sociales que denunciaban la acumulación del capital. Las elites, para mantener su poder económico, reformularon la función y el alcance del Estado. Contrario a lo que suele pensarse, el neoliberalismo no suprime al Estado, sino que lo emplea como vehículo para alcanzar sus fines. A grandes rasgos, el Estado neoliberal es garante de la propiedad privada, el libre mercado y el cumplimiento de leyes que protegen a los anteriores. En este sentido, el gobierno mexicano conserva su corte neoliberal, en estrecha alianza con el sector empresarial. Para muestra basta un botón: el Jefe de la Oficina de la Presidencia de la República es Alfonso Romo, empresario que labró su fortuna gracias a la biotecnología, emparentado con la acaudalada familia Garza Sada y amigo cercano de Salinas de Gortari 

Si bien es cierto que el gobierno federal ha emprendido una campaña de redistribución de la riqueza mediante pensiones y becas, mantiene el carácter público de la educación y la salud (aunque esta última en condiciones de precarización e incertidumbre) y pretende recuperar injerencia en algunos sectores económicos, como la banca, también es cierto que son acciones que hallan forma de coexistir con el modelo neoliberal. Sucede así, citando nuevamente a Harvey, porque hay un Estado neoliberal en teoría y otro en la práctica, atravesado por tensiones y contradicciones. Ningún Estado neoliberal es igual a otro y es normal que oscile entre momentos de relajación y recrudecimiento.

Una de las grandes contradicciones del neoliberalismo es que defiende la libertad de individuos y empresas para competir en el mercado, siempre y cuando asuman sus ganancias y pérdidas. Pero al involucrar al Estado en la fórmula, las empresas se desentienden de los costos medioambientales y comunitarios para transferirlos al primero, quien opera para abrir mercado, haciendo uso de la coerción legal y la fuerza pública. Controvertidos han sido el asesinato de Samir Flores, activista que lideraba la protesta contra la construcción de una termoeléctrica en Morelos, la oposición del EZLN y comunidades de Calakmul al proyecto del Tren Maya, y la inconformidad de comunidades circunvecinas al aeropuerto de Santa Lucía, por no saber qué sucederá con sus tierras y el abastecimiento de agua. Desde hace décadas, el Estado mexicano legitima los grandes proyectos que detonarán la economía, esta vez, mediante consultas altamente cuestionables. Después de la intervención del gobierno, ¿quién poseerá las tierras y el derecho a usufructuar el aeropuerto y el Tren Maya?: ¿los habitantes de aquellas localidades o los grandes empresarios? ¿En qué medida el gobierno federal controlará la explotación de los suculentos yacimientos de litio donde empresas extranjeras están buscando oportunidades de negocio? ¿Cuánto cedió México en el Tratado México-Estado Unidos-Canadá (T-MEC)?

Pero también el Estado neoliberal teme a las libertades civiles porque las únicas que privilegia son las mercantiles. Es decir, cayendo nuevamente en una contradicción, el neoliberalismo promueve la democracia y los derechos humanos únicamente cuando sirven para imponer el libre comercio ahí donde encuentra obstáculos, y el orden social necesario para su supervivencia. No es una gran revelación que Estados Unidos ha usado la democracia como justificación moral para invadir países. Pero López Obrador se equivoca, el mensaje de la sociedad civil en México es absolutamente diferente al discurso moralizador de Estados Unidos. En México, la sociedad civil y los movimientos sociales encontraron canales de defensa en el Estado neoliberal, pero no crecieron bajo su amparo. Antes bien, los ha reprimido y criminalizado, como hace el gobierno actual. El movimiento feminista existía mucho antes que nacieran Margaret Thatcher o Ronald Reagan, antes que Salinas de Gortari aprendiera sus primeras palabras. La violencia de género comprende prácticas que son milenarias y que se han recrudecido con el neoliberalismo, donde las mujeres son traficadas como mercancía sobre vergonzosos flujos globales. La sociedad civil (la de base, no las fundaciones que evaden impuestos) es pretérita al neoliberalismo, incluso, es la plataforma donde se montó López Obrador para llegar a la presidencia. En resumidas cuentas, no nos confundamos, el Estado neoliberal sigue vigente porque mantiene su férrea defensa de la propiedad privada, la acumulación del capital y el orden. México es un Estado neoliberal.

El pasado nos alcanzó

Contagio y juicios colectivos

Ricardo Maldonado Arroyo-

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¿Deben ser sancionadas las personas que salen a la calle durante la contingencia por Coronavirus? ¿Avalaría que personas con Covid-19 sean vigiladas y forzadas al confinamiento? ¿Estaría de acuerdo en exhibir nombres y domicilios para alertar del riesgo? ¿Ha pensado que hay quienes están propagando el virus deliberadamente? Estos días la consternación mundial ha orientado el debate público hacia la responsabilidad individual y colectiva sobre la salud, contemplando escenarios que, en otras circunstancias, serían impensables. Las interrogantes no son nuevas, surgen cada vez que una enfermedad desconocida o una epidemia altera la vida cotidiana y tiene elevado costos económicos y sociales.

Tratar de hallar responsables de una epidemia o sus efectos cae en una esfera ética que no debe tomarse a la ligera. Dado la creciente polarización de las opiniones, es pertinente analizar cómo las personas estamos entendiendo el riesgo y a quiénes se les está adjudicando, pues parece que la gran preocupación de hoy es señalar sujetos culpables. La furia de una sociedad atemorizada se vuelca sobre personas “irresponsables”, que “ponen en peligro” a las demás, porque en alguien habrá de recaer “la culpa” del contagio y los decesos. Esto apenas comienza ¿Cómo reaccionaremos cuando las estadísticas nos revelen el saldo de la pandemia en nuestras comunidades? ¿A quiénes lincharemos para calmar nuestro disgusto?

No me malinterprete, sé que hay personas que desestiman las medidas de prevención, pero, en materia de salud, es un error participar de juicios colectivos en torno a decisiones individuales. Hay que comprender que no son decisiones aisladas, sino las que todas y todos tomamos en conjunto, lo que nos expondrá o protegerá del nuevo Coronavirus. De acuerdo, salir de casa, si no es necesario, es una decisión riesgosa, pero ¿no tienen el mismo efecto las acciones que merman nuestra salud y nos vuelven vulnerables al virus o que pueden contribuir a la saturación de los hospitales? ¿No soy irresponsable cuando fumo cinco cigarros al día o me mantengo sedentario, a pesar de que tengo sobrepeso (el confinamiento no es pretexto para la inactividad física)? ¿Fue irresponsable comer el domingo ese delicioso mondongo o mi torta de lechón sabiendo que soy hipertenso(a), beber ese café tentador o la botella de licor que guardaba hace tiempo? ¿Sigo consumiendo pan dulce y refrescos azucarados sabiendo que padezco diabetes? ¿Estoy tomando las pastillas de mi tratamiento que llevo hace años o, extrañamente, se me “olvidan”? ¿Debería confesar que participé del “asalto” a supermercados y farmacias por el que escasean tapabocas y gel antibacterial?

Respecto al confinamiento, ¿debo señalar al vecino por salir a comprar su cerveza o él a mi por hacer una visita “rápida” a un amigo aprovechando que está en casa? ¿O mejor nos unimos para castigar con la mirada a la vecina que sigue distribuyendo productos de su negocio multinivel o que saca tres veces al día a pasear a sus mascotas? ¿Qué tanto es “tantito” fuera de casa y quiénes son las personas irresponsables? ¿Qué sucederá si me diagnostican Covid-19, me quedaré en casa o indagaré quién me contagió para ver si así me curo? Este enfoque de autoexploración invita a pensar los riesgos en primera persona, para contribuir de manera efectiva a la prevención. Pretender controlar a la población mediante sanciones, vigilancia y señalamientos públicos, es un camino lleno de asperezas que fomenta el abuso y la discriminación.

Si todas y todos somos corresponsables de la salud comunitaria, podemos contribuir a reforzar las medidas de prevención con el ejemplo, medidas notablemente sencillas y prácticas. No son necesarias patrullas, armas ni cárceles llenas de gente enferma para combatir el nuevo Coronavirus. El gobierno federal lo tiene muy claro, por lo que se ha comprometido a no militarizar la respuesta y a privilegiar el enfoque de salud pública. De nada servirá tener a un policía en cada esquina o en la puerta de cada vivienda, si en la cola de las tortillas no somos capaces de guardar un metro de distancia.

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El pasado nos alcanzó

Políticas de riesgo y erosión del tejido social

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El 29 de marzo el gobernador de Yucatán, Mauricio Vila, anunció que se impondrá multa de hasta $86,800 o 3 años de cárcel a quien, sabiéndose portador del nuevo Coronavirus, viole el confinamiento recomendado por las autoridades. Esta medida, que apela al marco legal vigente, se reviste de cuidado a la salud pública y seduce a la población ávida de soluciones contundentes ante la contingencia actual. No cabe duda que el temor está extendido y el riesgo es real, pero ¿debemos permitir que se avance en esa dirección?

El sociólogo británico Nikolas Rose denomina políticas de riesgo a las decisiones tomadas por los estados en torno a los procesos de salud/enfermedad que implican, en última instancia, la administración de la vida. ¿Por qué hoy en día estamos procurando distanciamiento físico? ¿Por qué prestamos especial atención a las recomendaciones del sector salud? Porque no deseamos adquirir el nuevo Coronavirus, porque no deseamos saturar los hospitales y carecer de la atención médica que pueda salvarnos. Pero el problema real es que nuestras acciones están motivadas por cierta concepción de riesgo, no por la comprensión de la estructura biológica del virus, sino por la idea de contagio que puede desencadenar la estigmatización de aquellas personas que tienen o sospechamos que tienen Covid-19.

Los gobiernos del mundo han tomado diferentes decisiones para controlar el avance de la pandemia. Hay sitios donde el estado de excepción ha restringido la movilidad empleando vigilancia policiaca y militar, fuertes sanciones económicas, inclusive, pena de cárcel. En este sentido, el gobernador de Yucatán no sugiere algo excepcional, sino consecuente con la agitación global que lleva a considerar la supresión de derechos y libertades una alternativa válida. Antes de aplaudirla, invito a reflexionar sus consecuencias y la viabilidad de su aplicación.

Sabemos que los cuidados necesarios para amortiguar el contagio son extremar la higiene, aislarse en casa y, para el personal de salud, proteger mucosas y manos cuando entra en contacto con una persona infectada. Pero esto no es tan simple. ¿Cómo extreman higiene quienes carecen de agua potable o habitan viviendas precarias? ¿Cómo se aislarán si su vivienda es de una sóla pieza? ¿Cómo se procurarán alimento y medicinas si son personas de bajos ingresos o desempleadas y, ahora, además, confinadas? ¿Quién procurará atenciones mínimas a familias completas que sean aisladas? ¿Qué ganamos multando o encarcelando a personas que padecieron Coronavirus? ¿Habrá suficientes policías y militares para vigilarlas? ¿Cuáles serán las sanciones para familiares que puedan o no tener el Coronavirus? ¿Existen las condiciones económicas y sociales para que toda la población acate el confinamiento?

Al margen de la acción del gobierno, hay escenarios que la misma interacción social está propiciando, encauzada por desinformación y paranoia. En México se empieza a negar a personal de salud el servicio de transporte y el acceso a comercios, existe desabasto de cubrebocas y gel antibacterial, ya hay actitudes de segregación entre vecinos de quienes han recibido diagnóstico de Coronavirus. ¿Debemos consentir que estos temores colectivos que apenas germinan se aviven con la persecución de personas infectadas? Uno de los grandes errores de la prevención es depositar el riesgo en las personas, es decir, temerles más que al virus mismo. Las personas no somos “focos de contagio”, nuestro comportamiento irresponsable, sí. Pero en salud la coerción suele ser contraproducente. ¿Quién querrá reportarse enfermo(a) si sabe que le pueden multar con lo que gana en un año? ¿Quién pedirá el apoyo de familiares, amistades y vecinos(as) si son potenciales denunciantes? ¿Quién se ofrecerá a ayudar a una persona enferma con la posibilidad de contagiarse y que también sea blanco de persecución? Es absurdo.

El loable esfuerzo colectivo de evitar todo contacto físico se construye con solidaridad comunitaria, no con persecución. La atención a personas con Coronavirus se procura con redes de apoyo, no con linchamiento. Probablemente haya gente diagnosticada que, pudiendo aislarse, optó por mantener contacto social, pero son excepciones. Estoy seguro de que la mayoría, si se diera el caso, procuraremos aislarnos en la medida de nuestras posibilidades. No olvidemos que cualquiera de nosotros(as) puede enfermar de Covid-19 (según el pronóstico, la mayoría enfermaremos) y desearemos recibir un trato solidario, no una multa. Espero, por el bien del tejido social, que el anuncio del gobernador no pase de ser una ocurrencia mediática.

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Los cuatro jinetes de la desinformación

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El mayor reto que tenemos como sociedad ante la pandemia del coronavirus es adoptar medidas de prevención que amortigüen la celeridad del contagio, a fin de que el sistema de salud pueda atender los casos que se presenten, sin ser sobrepasado. El primer paso es informarnos. Identificar información confiable y separarla de la que no lo es, procesarla y difundirla por los medios adecuados, son competencias que deben adquirirse en el ámbito escolar. Desafortunadamente, son competencias que cuesta ejercitar y se olvidan ante la tentación de llevar los escenarios al límite y revelar sus datos más escabrosos. ¿Quién no ha querido contar hasta el último detalle del accidente vehicular que sucedió hace unos minutos en la esquina, sin importar que no conste lo dicho? Esta tendencia a dar por cierta la información indiscriminadamente potencia temores en medio de una pandemia que, por sí misma, ya entraña enormes riesgos a la salud. En afán de hacer una aportación a la causa, me propongo desenmascarar a los cuatro jinetes de la desinformación:

1. Noticias falsas, o fake news, como las conocemos ahora por su anglicismo. ¿Dónde se publicó la noticia? ¿Conoce el medio? ¿Especifica correctamente a las personas o instituciones responsables de la información? Es habitual que las falsas noticias esquiven estos cuestionamientos con referentes vagos como “prestigiada universidad dice que…”, “reconocidos investigadores descubrieron…”. Antes de creer una noticia, haga todas las preguntas necesarias. Si duda, mejor no la comparta.

2. Medios amarillistas. Mientras medios de comunicación serios hacen una labor extraordinaria para mantenernos informados, otros, conocidos por su ética cuestionable, están aprovechando el coronavirus para hacerse de más lectores. El morbo vende, así que los titulares que generan pánico están a la orden del día. No caigamos en el juego. Seamos lectores responsables y elijamos los medios que merecen nuestra atención.

3. Redes sociales. Facebook, Twitter y Whatsapp tienen la virtud de conectar personas, pero también el peligro de ser vehículos de propagación de información disparatada, desvirtuada y mal intencionada. Ahora mismo, con cualquier programa básico de computadora o smartphone, puedo crear un audio, video, diaporama o infograma acerca del coronavirus, con información alarmista, y hacer que circule. Basta con cautivar a los destinatarios, hacerles sentir que su contenido es importante, para que lo repliquen. Si a su celular llegan mensajes sobre el coronavirus, verifique quién se adjudica la autoría y si es una persona o institución confiable. Incluso la buena voluntad de compartir recomendaciones puede resultar contraproducente, si su autor(a) se oculta tras el anonimato.

4. Rumores entre personas. Una vez que prestamos atención a noticias falsas, medios amarillistas e información dudosa que viaja por redes sociales, es muy fácil convertirnos en sus replicadores. Dicen que una mentira a fuerza de repetirla puede convertirse en verdad. Si nosotros contribuimos a ello, perpetuamos el mecanismo del rumor y contribuimos a desantender las medidas de prevención. La consecuencia de desinformarse es actuar en sentido diferente, incluso, opuesto a las recomendaciones de las personas expertas.

Luego entonces, ¿dónde informarnos? En primer lugar, debemos atender los comunicados oficiales de las instituciones locales, nacionales e internacionales encargadas de salud pública. En segundo lugar, con personal de salud que está capacitándose y/o atendiendo la contingencia. En tercer lugar, con investigadores(as) que están produciendo o difundiendo información conforme se conoce más acerca del coronavirus. Por último, en medios de comunicación serios, que citan a las fuentes anteriores, y les respalda el trabajo profesional de reporteros y periodistas. Hoy más que nunca es importante aprender a obtener, identificar y compartir información confiable.

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