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El pasado nos alcanzó

Nadie tiró el gas lacrimógeno

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Observé unos segundos las imágenes de personas dispersadas con gas lacrimógeno en Mérida. Fue un día como hoy, 19 de enero, justo el año pasado. No es que dudara de que el gobierno pudiera usar la fuerza contra la ciudadanía, pero me sorprendió que sucediera en el marco del primer informe de Mauricio Vila y el blanco fuera indistinto: mujeres, hombres, personas de todas las edades, credos, profesiones, incluso, simpatías políticas, corrían cubriéndose nariz y boca sin comprender qué estaba sucediendo.

La protesta del 19 de enero aglomeró el descontento de aquellos sectores cuyo bienestar y dignidad han sido agraviados por la actual administración. No era una conspiración para desestabilizar al gobierno ni una turba con intereses ocultos. Las consignas eran abiertas y claras, enunciadas en voz alta, difundidas en redes sociales virtuales y medios de comunicación. Protestaba el vecino, la ex compañera de trabajo, el familiar, el hijo, la amiga, el periodista y la activista. Protestaba la ciudadanía.

Por eso no hay forma de validar las versiones dadas por el Gobierno del Estado. Primero Luis Felipe Saidén, Secretario de Seguridad Pública, aseguró que se trató de un agente solitario que, así nada más, por ocurrencia, decidió cargar una granada de gas lacrimógeno y arrojarla a los presentes. Luego el gobernador, Mauricio Vila, y la Secretaria de Gobierno, María Fritz, acusaron a “los fuereños” de agredir a los policías con actitudes que no son propias de la pacífica población yucateca; lo que deja en claro que, además de legitimar la xenofobia, ninguno conoce la historia de Yucatán, ya no digamos, de su familia, y menos, la composición del gabinete de gobierno. Por último, el dirigente estatal del PAN, Asís Cano, responsabilizó a Morena de infiltrar grupos de choque.

¿Quién ordenó tirar el gas lacrimógeno? No lo dirán. La CODHEY está aún revisando el caso, pero la Fiscalía, que es la institución que puede ejercer acciones contra los responsables, ha guardado silencio. Lo que deja entrever que, tras un año de este vergonzoso incidente, los funcionarios antes mencionados incurren en encubrimiento y complicidad. Hoy, de manera más cómoda, gracias a la sana distancia impuesta con el Covid-19, pueden encerrarse en casa y evitar las molestas increpaciones y exigencias de quienes protestan, de los periodistas o el ciudadano común. Funcionarios que ya se encerraban en sus oficinas, pero ahora tienen una justificación sanitaria.

El segundo informe de Mauricio Vila transcurrió sin sobresaltos. Nunca informó quién tiró el gas lacrimógeno ni de quién recibió la orden. Parece que nadie lo hizo, nunca sucedió. No obstante, un día las protestas volverán a las calles. ¿Habrá entonces otra respuesta con gas lacrimógeno? ¿Reprimirá a la ciudadanía de otras maneras? ¿Será tolerante a la crítica? ¿Habrá castigo para quienes violentan el derecho a la manifestación? ¿Acatará una recomendación de la CODHEY, en caso de que se emita? ¿Saldrá a recibir a la sociedad que votó por él o se resguardará tras una valla de efectivos policiacos?

El pasado nos alcanzó

Ley Agnes: recordatorio para Yucatán

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El 25 de febrero el Congreso de Puebla aprobó la llamada Ley Agnes, por la que se reconoce legalmente la identidad autopercibida de las personas transgénero y transexuales. La reforma al Código Civil les permitirá cambiar de nombre y género en el acta de nacimiento primigenia. Esto es altamente significativo en materia de derechos humanos, ya que reconoce al libre desarrollo de la personalidad y la identidad de género como condición necesaria para garantizar la igualdad plena de derechos y eliminar barreras asociadas a la discriminación.

La reforma recibe su nombre en memoria de Agnes Torres, psicóloga y activista originaria de Tehuacán, Puebla, cuyo cuerpo apareció en una barranca de Atlixco en 2012. Su asesinato ha sido catalogado como un crimen de odio por transfobia. Las autoridades ya detuvieron y sentenciaron a los perpetradores, pero el autor intelectual no ha recibido sentencia. En vida, Agnes planteó la necesidad de realizar transformaciones legales con miras a modificar el Código Civil. Después de su muerte, diversas organizaciones continuaron esta tarea, hasta lograr que la iniciativa llegara al Congreso de Puebla, primero en 2013, luego en 2016 y, finalmente, en 2020.

En mayo de 2018, la diputada Cindy Santos Ramayo, del PANAL, presentó al Congreso de Yucatán una iniciativa similar. Esta ni siquiera se discutió en comisiones y ha permanecido como otro pendiente del Legislativo relacionado con diversidad sexual. Actualmente, las personas transgénero y transexuales tienen que hacer el trámite en otro estado, donde sí reconozcan su identidad de género, pero el Registro Civil de Yucatán se niega a resguardar las nuevas actas. Para lograrlo es indispensable interponer un amparo. Mientras que en Yucatán no existan leyes que autoricen la expedición de nuevos documentos de identidad para personas transgénero y transexuales, seguirán sorteando obstáculos en todos sus trámites legales.

El rechazo a las personas transgénero y transexuales es un fenómeno histórico que se asienta en la idea de que el sexo, es decir, la estructura genital, determina la identidad de género, las expresiones sexo-genéricas, la orientación sexual y hasta las prácticas sexuales. Nombrar a una persona como “niña” o “niño”, “mujer” u “hombre”, representa, además de un rol asignado, un mandato social. Retar este mandato adoptando un género diferente al asignado, con expresiones y modificaciones corporales, implica enfrentar actos de discriminación.

La reducción de su identidad de género a los genitales de nacimiento, fundamenta la idea de que, aunque cambien de vestuario, expresiones y cuerpo, nunca podrán transitar al género con el que se identifican. Frases como: “siempre será un hombre vestido de mujer” o “se operó, pero sigue teniendo próstata”, manifiestan una transfobia que se impone mediante múltiples recursos institucionales e informales. Incluso las personas intersexuales, o sea, quienes nacieron con una anatomía o información genética que impiden establecer su sexo con claridad, experimentan rechazo desde que se les somete a cirugías y terapia hormonal para ajustarlas al género elegido por la familia.

La Ley Agnes aprobada en Puebla tiene la virtud de permitir el cambio de género en el Registro Civil con base en la identidad de género autopercibida y no en cirugías estéticas, suprimiendo las denigrantes valoraciones físicas por las que tenían que probar si “verdaderamente” eran hombres o mujeres. De esta manera, Puebla se suma a otras 13 entidades federativas que ya contaban con una ley de identidad de género. El Congreso de Yucatán debe tomar nota. La omisión deliberada de una legislación acorde con los principios más elevados de los derechos humanos, sólo confirma el penoso papel histórico que ha decidido adoptar. ¿Qué tendrá que decir la próxima legislatura?

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El pasado nos alcanzó

Mujeres transexuales en el deporte

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Recientemente ha circulado una publicación en redes sociales virtuales acerca de Laurel Hubbard, campeona internacional de halterofilia; Fallon Fox, luchadora de artes marciales; y Cece Telfer, campeona de atletismo. Las tres son mujeres transexuales y sus triunfos se representan como resultado de una fuerza desmedida. El propósito de la publicación es oponerse a su participación en las competencias de mujeres deportistas. Esto ha resucitado un debate en el que se repiten tres argumentos: 1. La superioridad física de las mujeres transexuales, 2. Su triunfo indiscutible apropiándose de medallas y batiendo récords, 3. La necesidad de contar con una categoría deportiva exclusiva de personas transexuales.

Al respecto, es importante cuestionar con seriedad algunas ideas. En aras de garantizar una competencia justa, el Comité Olímpico Internacional (COI) resolvió en 2015 que la atleta que se declare como mujer para competir no puede modificar dicha declaración en menos de 4 años y debe mantener niveles de testosterona por debajo de 10 nmol/L. Esto permitió la incursión de mujeres transexuales en las Olimpiadas de Rio de Janeiro de 2016. La conclusión del COI estuvo influida, en buena medida, por el estudio de Joanna Harper quien dio seguimiento a ocho atletas transexuales y demostró que su rendimiento disminuyó tras iniciar terapia hormonal. Harper es física, atleta transexual de alto rendimiento y co-autora de las directrices del COI. Es decir, el factor más importante para suprimir el posible desequilibrio físico entre unos cuerpos y otros, son las hormonas.

¿Están arrasando las mujeres transexuales con el medallero? La realidad es que no. Laurel Hubbard, de Nueva Zelanda, ganó apenas 1 de las 24 medallas para mujeres en el Campeonato Mundial de Halterofilia de 2017, y fue de plata. ¿Cómo logró Sarah Robles, de Estados Unidos, superar a Hubbard y obtener la de oro? La canadiense Veronica Ivy (antes llamada Rachel Mckinnon) obtuvo apenas 2 del centenar de medallas disputadas por mujeres en el Campeonato Mundial de Ciclismo en Pista para Masters 2019. La estadounidense Orwick Dawn la superó en la prueba de tiempo agenciándose la medalla dorada. Las deportistas transexuales han emprendido duras batallas para poder competir como mujeres. ¿Cuántas logran llegar al podio? Un puñado. Además, son presa de una lógica perversa: si ganan, se les acusa de abusar de la fuerza física; si pierden, es lo justo. Pareciera que deben competir para perder.

Por tanto, crear una categoría aparte para deportistas transexuales se convierte en una forma de segregación con tintes de transfobia. Las personas transgénero, transexuales e intersexuales enfrentan la exclusión constante de todos los espacios: escuelas, familias, centros de trabajo, iglesias, comercios, incluso, de los baños y la vía pública. Por largo tiempo el deporte profesional también las excluyó. Sus cuerpos son negados en todos los ámbitos, vistos como anómalos o caricaturizados. Sus derechos apenas comienzan a ser reconocidos. La velocista Caster Semenya, aun siendo intersexual, condición biológica en sentido estricto, tuvo que enfrentar los mismos cuestionamientos que las deportistas transexuales y una exhibición pública denigrante.

Lo que algunas noticias falsas y sensacionalistas intentan transmitir es la idea de que, en el fondo, las mujeres transexuales son hombres, lo que significa una negación de su identidad y una esencialización a partir de sus cuerpos. Para una competencia justa lo que debe considerarse son razonamientos deportivos, fundados en evidencia científica, y abiertos a cambiar el legado de discriminación que atraviesa todas las instituciones.

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El pasado nos alcanzó

Mujeres cazadoras

Ricardo Maldonado Arroyo-

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En noviembre de 2020 la revista Science Advances publicó los resultados del análisis de dos entierros del sitio arqueológico Wilamaya Patjxa, ubicado en Perú, donde hallaron restos de más de 8 mil años de antigüedad de una mujer con herramientas de caza mayor. Para el líder de la investigación, Randall Haas, esta evidencia desmitifica la idea de que en las sociedades más antiguas existía una marcada división sexual del trabajo, en la que los hombres cazaban, mientras las mujeres recolectaban.

Quiero destacar que el de Haas no es un planteamiento nuevo, en realidad está aportando evidencia que confirma aseveraciones previas de mujeres científicas. Sus conclusiones recuerdan, por una parte, que igual en las ciencias existe la tendencia a proyectar y justificar las actuales estructuras de género y, por otra, que es necesario retomar el legado de investigadoras que han cuestionado tal tendencia. Dichas estructuras no son inocuas, pues en ellas subyace el supuesto de la inferioridad de las mujeres, naturalizada en la visión de la humanidad primigenia.

Varios autores de las décadas de 1960 y 1970 insistieron en el papel preponderante de la caza para explicar el desarrollo de las sociedades humanas, actividad atribuida a hombres, junto con la fabricación de herramientas, y favorecida por una supuesta agresividad natural. A las mujeres con frecuencia se les representaba recolectando y cumpliendo funciones reproductivas y domésticas. Estos roles corresponden, más bien, a aquellas sociedades cazadoras-recolectoras de periodos posteriores en las que rige la división sexual del trabajo.

En 1976, la antropóloga Sally Linton criticó los sesgos machistas de semejante modelo: “la teoría del Hombre Cazador no solo está desequilibrada; lleva a la conclusión de que la adaptación básica humana era el deseo de los varones de cazar y matar”. Para Linton describir la caza como una actividad exclusivamente masculina era más una especulación que un hecho probado, y proponía que las primeras armas y herramientas pudieron haberse elaborado para la recolección, pues los vegetales eran la base de la dieta durante el Paleolítico. La recolección era una actividad vital y compleja.

En 1985 Adrianne Zihlman y Nancy Tanner retomaron esta idea y generaron un modelo alternativo al del hombre cazador, en el que describían papeles más flexibles de mujeres y hombres. Por esas mismas décadas Sherry Ortner preguntaba si la dominación masculina era universal y cómo surgía, mientras que Donna Haraway hallaba en la primatología un discurso precursor de los fundamentos de las sociedades humanas, prestando especial atención al comportamiento sexual.

En arqueología también se había propuesto la tesis de las mujeres cazadoras. En 2006 Steven L. Kuhn y Mary C. Stiner descubrieron que antes del Paleolítico Superior, las mujeres de Eurasia desempeñaban roles económicos y tecnológicos similares a los de los hombres, incluyendo la caza. El mismo Randall Haas menciona que, además de la mujer cazadora de Wilamaya Patjxa, existen otros 11 cuerpos en América con armas de caza mayor, identificados como mujeres, que datan del Pleistoceno Tardío y el Holoceno Temprano.

Es posible que las jerarquías basadas en la división sexual del trabajo y la dominación masculina sean resultado de procesos históricos posteriores a los primeros homínidos. No hay factores consustanciales a la especie humana por los que los hombres tiendan a cazar y, las mujeres, a recolectar. Tal división es resultado de esquemas culturales. Por supuesto, las mencionadas no son las únicas autoras por leer, pero dan una idea de los debates sobre el género en tiempos prehistóricos, así como las aportaciones de científicas a las que se les brindó menos difusión que a la figura del hombre cazador, sembrada en el imaginario de varias generaciones sin mayor cuestionamiento.

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