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El pasado nos alcanzó

No se puede tapar el arcoíris con un dedo

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El movimiento de la diversidad sexual se hace notar cada año con una serie de marchas que se despliegan alrededor del mundo. Desde hace casi cinco décadas, grandes, medianas y pequeñas ciudades se han sumado a esta protesta con tonos festivos, para plantear sus demandas a las autoridades y a la sociedad en general. En esta dinámica se enmarca la XVII Marcha de la Diversidad Sexual de Mérida, que se celebró este 8 de junio, con gran concurrencia. Aunque estuvo llena de anécdotas y colorido, es importante rescatar aquellos aspectos que la hicieron significativa, ya sea porque denotan cambios sociales o en su organización.

Primero lo evidente: el incremento de participantes. El derrotero estaba tan lleno de gente que, en medio de ella, era imposible ver los extremos. El horizonte era un caudal humano salpicado de franjas del arcoíris. Miles de personas respondieron a la convocatoria, arribando al parque de la Mejorada desde las 4:00 p.m. y, a la Plaza Grande, incluso después de meterse el Sol. La cantidad de personas no es significativa solo por razones de participación ciudadana, sino porque es un mensaje contra quienes han minimizado las causas de la diversidad sexual. “No somos 4, no somos 100, Felipe Cervera, cuéntanos bien”, coreaban los asistentes, para responder a los alegatos de dicho diputado, con los que ha pretendido justificar la negativa a aprobar el matrimonio igualitario en Yucatán.

Un segundo aspecto por mencionar es la acogida social de la marcha, la participación de los más amplios sectores. Como en años anteriores, hubo representación de cada una de las siglas LGBTI, pues así como ondeaban la bandera del arcoíris, plenamente identificada, a la par enseñaban la bandera de la comunidad transgénero y transexual, con sus colores azul, rosa y blanco. Marcharon mujeres y hombres, personas de todos los credos, edades y estratossocioeconómicos. Pero también fue notoria la presencia de madres y padres de familia, que caminaron para apoyar a sus hijos, personas heterosexuales y, por supuesto, familias homoparentales, que se mostraron a la sociedad para exigir su espacio, sus derechos.Hoy, como nunca, la sociedad se ha apropiado de la marcha, se ha vuelto una protesta de todas y todos.

Finalmente, la respuesta política de las organizaciones de la diversidad sexual se ha vuelto de gran impacto. En las últimas décadas tejieron alianzas entre ellas, con organizaciones de otras partes del país, inclusive, de otras partes del mundo, han logrado convencer de la importancia de esta causa a empresas, medios de comunicación, funcionarios y hasta a algunos ministros de culto. Todo esto se reflejó en la marcha. La coyuntura actual, en la que el Congreso de Yucatán rechazó el matrimonio igualitario, no hizo sino encender la pólvora para que la marcha adquiriera mayores dimensiones, cohesionar aún más el movimiento. Las consignas lo reflejaban: “Congreso, escucha, seguimos en la lucha”, y “todas las personas, todos los derechos”. 

¿Qué sigue ahora? Derivado de lo anterior, el organizador de la marcha, Alfredo Morales Candiani, anunció que se está formulando una iniciativa ciudadana que pretende reformar la Constitución Política, el Código de Familia y la Ley del Registro Civil de la entidad, para dar paso al matrimonio igualitario, la adopción homoparental y el cambio de legal de la identidad de género. Para ello estarán recabando 5,000 firmas que den soporte a la iniciativa. Este sería el tercer recurso con el que se trata de rectificar la decisión del Congreso. 

A estas alturas del partido, la visibilidad y nivel de exigencia de los colectivos LGBTI es insoslayable, sin embargo, también las muestras de resistencia son cada vez más impermeables y viscerales. Los grupos ultra conservadores se sienten amenazados por un cambio histórico que no responde a sus intereses, que altera su status quo y les resta privilegios. Lo que no han comprendido estos grupos, es que la discriminación de los colectivos LGBTI tiene una raíz histórica centenaria, que no nace ni se agota en las marchas, que no se olvida ni se guarda en el cajón con la bandera de colores o el vestido de luces. Es una batalla que la población LGBTI y sus familias están dispuestas a librar una y otra vez, hasta el cansancio. Nadie marcha bajo el calor agobiante de Mérida si no es por una causa justa. Lo que tiene que comprender el Congreso es que ya no se puede tapar el arcoíris con un dedo.


El pasado nos alcanzó

Mireles: misoginia y servicio público

Ricardo Maldonado Arroyo-

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José Manuel Mireles lo volvió a hacer. Esta semana, durante la visita a un hospital de Uruapan, el subdelegado del ISSSTE en Michoacán comentó desenfadadamente que un líder sindical lo estaba presionando para que le asignara base a una “nalguita”, en referencia a su pareja sentimental. Para no dejar lugar a dudas de que estaba haciendo uso de la jerga “folklórica” de los mexicanos, remató señalando que él las llama de formas más feas. Le creo plenamente, pues en días previos hubo constancia audiovisual de que también llama “pirujas” a las mujeres. Por “pirujas” se refería a las concubinas de los derechohabientes del ISSSTE.

Son numerosas las personas que han desaprobado las declaraciones misóginas de Mireles, incluso el Senado lo exhortó a renunciar a su cargo, por lo que está clara la gravedad del asunto. Me gustaría destacar un par de razones por las que este caso merece atención. La primera, es la disculpa implícita del presidente de la República al proceder de Mireles, a cuya buena voluntad apela para ofrecer una disculpa y adquirir el compromiso de educarse, pues es importante que “todos nos perdonemos y que todos estemos dispuestos a rectificar”. Además, si reincide, “ya sería otra cosa”.

El equívoco es pensar que las palabras “nalguita” y “piruja”, en boca de un servidor público de alto rango, son una simple ofensa o una anécdota incómoda. En realidad, son muestra de la impunidad que reina en los distintos órdenes gobierno cuando se incurre en expresiones y actos misóginos. La Ley general de responsabilidades administrativas, incluye entre las directrices del servicio público promover, respetar, proteger y garantizar los derechos humanos, dado que la misma Constitución Política es garante de la igualdad, la no discriminación y está redactada con base en los mencionados derechos. Además, el Código de ética de los servidores públicos del gobierno federal, menciona entre sus principios los de igualdad y no discriminación, así como la equidad de género; y la Ley general de acceso de las mujeres a una vida libre de violencia, hace mención particular de la violencia institucional.

Con estos y otros fundamentos, la Secretaría de la Función Pública ya inició una investigación a Mireles. El Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación y el Instituto Nacional de las Mujeres igual se han pronunciado al respecto. Pero no basta con investigar, la ciudadanía está en espera de una sanción. Recientemente, en Yucatán y Quintana Roo se despidió a dos servidores públicos que hicieron declaraciones de odio contra las mujeres, en el contexto de las protestas en el Ángel de la Independencia. ¿Cuál será el destino del subdelegado de ISSSTE?

La segunda razón que deseo destacar es la disculpa pública del propio Mireles: “Siempre he tenido un gran respeto por la mujer, no nada más porque yo salí de una mujer sino porque la mujer es la fuerza de nuestras vidas, la mujer es la alegría de nuestra nación, y también porque fue una mujer la que nos enseñó nuestros primeros pasos, fue una mujer la que nos enseñó nuestras primeras palabras, también fue una mujer la que nos dio amor, fue una mujer la que nos enseñó a amar y, en pocas palabras, fue una mujer la que nos hizo hombres”.

Al exponer los motivos por los que las mujeres merecen respeto, lo hace por las razones equivocadas. Mireles sintetiza los principios generales con los que el machismo ha definido a las mujeres. Estas son dignas de respeto porque son madres, porque crían, por sus virtudes femeninas, como la alegría y el amor, no por su calidad de personas y ciudadanas. El machismo tiene un esquema perverso para dividir a las mujeres que merecen respeto de las que no (¿pirujas?). Esta disculpa pública solo reafirma la desastrosa exhibición de ignorancia acerca de la perspectiva de género y unas cuantas dosis de soberbia pues, mínimo, el señor debió aceptar que alguien le pasara el dictado para no caer nuevamente en declaraciones misóginas.

Si siguiéramos el proyecto de buenas intenciones del presidente de México, tendríamos que preguntarnos ¿cuántas expresiones misóginas se necesitan para recibir una sanción?, ¿cuántas y cuáles ameritan la renuncia de quien ocupa un alto cargo público?, ¿cuántas capacitaciones se necesitan para erradicar la misoginia de las instituciones que deberían prevenirla?, ¿qué es lo que no vemos fuera de las cámaras?, ¿cuántos “mireles” hay por ahí usando sus cargos para decirle “pirujas” a las mujeres, mientras el personal tiene que aplaudir?, ¿qué tanto es tantito? La respuesta nos la dará el gobierno federal en los próximos días, con las medidas que aplique para corregir esta situación.

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El pasado nos alcanzó

Diversidad sexual y cultura de la paz

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Con bombo y platillo, el Gobierno del Estado de Yucatán recibirá a 27 personas y organizaciones galardonadas con el premio nobel de la paz en la cumbre mundial que se efectuará del 19 al 21 de septiembre en Mérida. El programa comprende ponencias, foros, talleres, laboratorios de paz, conciertos, entre otros múltiples eventos. Por una afortunada decisión (o quizá descuido) de la administración del Gobierno del Estado, la cumbre cerrará con el concierto “Yucatán for peace”, que ofrecerá el famoso cantante puertorriqueño Ricky Martin.

Esto ha sido ocasión inesperada para exhibir la homofobia institucional imperante en la administración local. Ricky Martin no solo es famoso por su rostro o el ritmo de sus caderas, también lo es por ser un promotor activo y constante de los derechos de los colectivos LGBTI, además de estar casado con un hombre y haber procreado mediante gestación subrogada. Ricky Martin encarna todo lo que las elites yucatecas ultra conservadoras se niegan a reconocer, aquello que contraviene sus más rancios valores.

La afirmación anterior no es gratuita ni exagerada, se demostró con dos votaciones en el Congreso de Yucatán, en abril y julio de 2019, cuyo resultado fue el rechazo a las reformas constitucionales para ampliar la figura del matrimonio en la entidad. Las diputadas y los diputados que votaron contra el matrimonio igualitario ignoraron el marco internacional y nacional de derechos humanos, así como la sólida jurisprudencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. El Gobernador del Estado, Mauricio Vila, guardó el más absoluto silencio. Ahora es la misma clase política (o sus parientes) la que aplaudirá y bailará en primera fila celebrando la paz que reina en sus casas, aunque la discriminación siembre el conflicto fuera de sus paredes.

¿Cuál ha sido la respuesta? Varias organizaciones y personas han acusado en las redes virtuales el doble estándar de los poderes públicos del estado o, para ser más coloquiales, su “doble moral”. La “doble moral” yucateca es un triste distintivo de la dinámica social que prevalece en esta tierra y la forma en que la furia contra la diversidad se atrinchera detrás de la mal llamada defensa de la familia. El reclamo es más que atinado, si se considera que la misma cultura de la paz que el Gobierno del Estado promueve con sus mensajes diseñados en prístinos colores azul y blanco, es incongruente con el rechazo a la diversidad sexual.

La Declaración y programa de acción sobre una cultura de paz, signada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1999, define la cultura de la paz como el conjunto de valores, actitudes, tradiciones, comportamientos y estilos de vida basados en diferentes aspectos como el respeto a la vida, el fin de la violencia, el arreglo pacífico de conflictos, la satisfacción de las necesidades de desarrollo, entre otros. Yo deseo resaltar que la cultura de la paz también comprende “el respeto pleno y la promoción de los derechos humanos y libertades fundamentales”. Es decir, apegarse al cuerpo de derechos humanos que se ha constituido en las últimas décadas, incluyendo lo relativo a la orientación sexual y la identidad de género, es condición indispensable para la paz. Un contexto donde se legitima la homofobia y la transfobia, es un contexto donde miles de persona viven violencias cotidianas.

La tarea es clara, necesaria e impostergable: que los poderes públicos en Yucatán abandonen motivaciones personales en su valoración de los derechos de los colectivos LGBTI, para tomar decisiones en función del respeto irrestricto a los derechos humanos. Es el mismo Gobierno del Estado el que debe llamar a la erradicación de este espejismo moral que pretenden imponer los sectores ultraconservadores y que hoy muestran, sin habérselo propuesto, como carta de presentación al mundo. Yucatán acumula la basura bajo la alfombra. Es fundamental entender que la paz no se construye con discriminación, por lo que, más que con un cartel en azul y blanco, la paz debería representarse con uno salpicado con los colores del arcoíris.

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El pasado nos alcanzó

Los cuerpos de los hombres a debate

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El aborto ha estado por décadas en el flechero de la opinión pública. La función reproductiva de las mujeres, el derecho a decidir sobre sus cuerpos, a continuar o interrumpir un embarazo, ha desatado debates interminables, en los que hemos participado mujeres y hombres, por igual. Sin embargo, es la postura de las primeras, sus decisiones, organización y protesta, la que debe prevalecer y jugar un papel protagónico en la conformación de políticas públicas relativas al aborto. ¿Entonces cuál es la aportación de los hombres al debate?

Si bien cada uno tiene una perspectiva diferente, por ejemplo, yo suscribo el derecho de las mujeres a decidir si desean abortar o no (aunque, en realidad, ninguna necesita mi opinión o consentimiento para decidir), ahora es necesario enfocar nuestra reflexión en otra dirección: lo importante no es lo que los hombres pensemos respecto al cuerpo o la reproducción de las mujeres, o a la maternidad, sino lo que los hombres pensamos y decidimos respecto a nuestros propios cuerpos y a la paternidad.

Por décadas, políticas relacionadas con el control natal y la salud reproductiva han facilitado elementos para decidir la cantidad y espaciamiento de los hijos, impulsando la toma de decisiones de las mujeres y su ingreso al mercado laboral (con los asegunes y las paradojas que esto les ha significado). Sin embargo, el baluarte de tales políticas, los métodos anticonceptivos, son, en su mayoría, dispositivos que inciden en los cuerpos de las mujeres. El aborto tiene la misma lógica: el embarazo continúa o se interrumpe en ellas. Indicadores como las tasas de natalidad, fertilidad o fecundidad, se formulan en función de las mujeres. Inclusive, cuando los grupos ultraconservadores hablan de paternidad responsable o acciones en favor de la vida, están hablando de decidir respecto a los cuerpos de las mujeres.

No quiero generar un mal entendido, las políticas relacionadas con salud sexual y reproductiva han contribuido a mejora la calidad de vida en muchos hogares. Pero políticas que incentiven el rol de los hombres apenas están asomando con timidez, por ejemplo, mediante las campañas para hacerse la vasectomía. Siglos de dominación de los hombres en todos los ámbitos, han depositado en las mujeres la responsabilidad de la reproducción, la crianza y el hogar. Hemos bebido nociva sabiduría popular a través de dichos como “el hombre llega hasta donde la mujer lo permite”.

Solo para invitar a la reflexión, me gustaría tomar prestado el eslogan de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal: “educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”. ¿Cómo traducir estas pautas al rol de los hombres? Primero, significa hacer hincapié en una educación sexual integral que forme hombres alejados de comportamientos violentos, capaces de decidir y aceptar las decisiones de sus parejas sexuales, de exigir respeto por su cuerpo y respetar el cuerpo de las demás personas. Se lee fácil, pero implica contravenir al bombardeo sexista y patriarcal de nuestro entorno, y en el que la mayoría de los hombres aprendimos a serlo.

Respecto a los métodos anticonceptivos, significa reconocer que la decisión de usarlos es más sencilla en nuestros cuerpos. No hay uno más fácil de usar, económico, con menos riesgos, que el condón masculino, además de que protege contra numerosas infecciones de transmisión sexual, ventaja que no ofrecen otros métodos. Por si fuera poco, el sector salud y diversas organizaciones no gubernamentales los regalan. Sobre la anticoncepción permanente, la vasectomía es una cirugía menor, con menos complicaciones y consecuencias que la ligadura de trompas, además de un tiempo de recuperación breve. Cabe añadir que los hombres tenemos la posibilidad biológica de fecundar varias veces en un año, mientras las mujeres solo pueden dar a luz una vez en el mismo lapso. ¿Qué pasaría si contabilizaran la cantidad de hijos por hombre, al igual que se cuentan por cada mujer? ¿Entonces por qué la anticoncepción sigue siendo un asunto predominantemente de mujeres? El machismo ofrece amplias respuestas.

Finalmente, modificaría el último segmento del eslogan: respeto a la decisión de las mujeres para preservar sus vidas. Lo que nos corresponde, como parejas, padres, hermanos o hijos, es escuchar y respetar las decisiones que las mujeres tomen en relación al embarazo. Si deciden continuarlo, debemos apoyarlas para que se acerquen a los servicios de salud donde les atiendan durante el embarazo y el parto, si deciden interrumpirlo, identificar los servicios más seguros y en condiciones óptimas para practicar un aborto. Podemos dialogar, preguntar, incluso disentir, pero la última palabra respecto al aborto lo tienen las mujeres. A nosotros nos corresponde hacernos cargo de nuestros propios cuerpos.

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