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El pasado nos alcanzó

Torta de lechón con refresco de cola

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El nuevo etiquetado a alimentos y bebidas no alcohólicas entrará en vigor el 1 de octubre próximo, derivado de la reforma a la NOM-051. Sin embargo, algunas empresas se han anticipado y ya colocaron etiquetas en sus productos que indican exceso de calorías, azúcares, grasas saturadas, grasas trans y sodio. Al margen de que existen razones de peso para aplicar esta medida, es importante reflexionar por qué a la población mexicana y, particularmente, a la yucateca, nos representa un reto mayúsculo modificar nuestros hábitos alimenticios.

Desde el punto de vista nutricional, es impostergable la necesidad de orientar el cambio hacia el consumo de alimentos sanos. Esto no es novedad. El grueso de la población sabe que la ingesta de frutas, verduras, granos y carne, en las debidas proporciones, contribuye a mantener el cuerpo funcionando óptimamente. Niñas y niños aprenden en las escuelas públicas el “plato del buen comer”. También hay bastante claridad acerca de cuál es la llamada “comida chatarra”. Por si fuera poco, también, hay conciencia de que la nutrición debe complementarse con ejercicio.

¿Entonces qué hace falta para que ese conocimiento se traduzca en hábitos? El Subsecretario Hugo López-Gatell expuso con claridad, el pasado mes de julio, las razones económicas detrás de los elevados índices de sobrepeso y obesidad en el país. La falta de regulación del mercado favoreció el posicionamiento de productos industrializados y ultraprocesados en todos los rincones de México, en detrimento de los productos que sí aportan valor nutricional, muchos de ellos provenientes de un campo abandonado por el modelo económico. Para ejemplificarlo: es más fácil conseguir un refresco azucarado, o botanas con exceso de sodio, que un elote hervido o una bebida de fruta no industrializada.

El escritor David Kamp relata que, a principios de siglo XX, grandes empresas de alimentos emprendieron campañas en Estados Unidos resaltando las supuestas propiedades nutricionales de sus productos. Pese a que pronto las desenmascararon, la producción masiva y estandarizada de alimentos triunfó porque ofrecía formas prácticas de satisfacer la necesidad cotidiana de comer. La batalla entre salud y comida industrializada es añeja. Ahora bien, deseo añadir a las razones económicas, las culturales. Cabe preguntarnos si los hábitos de consumo que hoy nos afectan son resultado tanto de una lógica de mercado como de su incorporación a la vida cotidiana, como elementos simbólicos que se han vuelto imprescindibles en nuestras relaciones sociales. Preguntar en qué medida nuestro gusto está condicionado por la llamada “comida chatarra”.

A la practicidad de los cereales de caja o el pan blanco rebanado y empaquetado, se le han agregado atributos y significados asociados con el gusto. ¿Qué cosa suena más refrescante en un día de intenso calor que un conocido refresco de cola bien frío y, de ser posible, en botella de vidrio? ¿Cuántas veces se le ha visto como el acompañante perfecto de una torta de lechón? ¿Quién no ha departido con familiares y amistades en torno a una mesa con botanas y galletas industrializadas, eligiendo la de su mayor agrado? ¿O quién no ha refrigerado uno de los “pastelitos” que venden en las tiendas porque a baja temperatura saben mejor? ¿Qué sería del sandwichón sin todos los ingredientes industrializados que lo componen?

Consumir estos productos trasciende el mero acto mecánico de ingesta, los sitúa en contextos culturales donde socializamos su sabor hasta el grado de normalizarlo y exaltarlo. A veces, llegan a despertar nostalgia, como el recuerdo de infancia viendo televisión con un plato de cereal o las golosinas que las personas consumían en la escuela. Por tanto, es importante regular su venta, empezando por el etiquetado, pero deben considerarse otras medidas, cuyo impacto se verá a mediano plazo.

Aunque tenga exceso de sodio o azúcar, lo seguiré comiendo-, alegarán algunas personas. Antes de entrar a una polémica sin fin, hay que comprender que esta decisión, aparentemente individual, no es el acto de resistencia de un consumidor, está enmarcado en un entorno que obliga a pensar, sí, en un cambio en el mercado, pero también en uno cultural.

El pasado nos alcanzó

El Vaticano y la homofobia velada

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El Papa ama a sus hijos tal como son, porque son hijos de Dios”. Estas son las palabras con que, a decir de los miembros de la organización Tenda di Gionata, los recibió Francisco I el pasado mes de septiembre. Para la organización, que congrega a madres y padres de hijos homosexuales, el mensaje fue signo de esperanza y, en varios medios de comunicación, se difundió como evidencia de la apertura del Papa a la diversidad sexual. Pero, ¿está El Vaticano reorientando su postura o fue únicamente un gesto de cortesía para los visitantes?

Primero, hay que recordar que esta clase de declaraciones no son nuevas. En 2013, iniciando su pontificado, Francisco I contestó a periodistas en un vuelo de regreso a Roma: “si una persona es gay y busca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo?“; en 2018, Juan Carlos Cruz, chileno víctima de pederastia en la Iglesia y que hoy se asume como hombre gay, afirmó que el Papa lo consoló diciendo “no importa, Dios te hizo así, Dios te ama así”; en 2019 concedió una entrevista al presentador británico Stephen K. Amos, igual hombre gay, en la que declaró que quien rechaza a las personas homosexuales “no tiene un corazón humano”. Existe una inclinación a pensar que el jefe de la Iglesia Católica desea hacerla más incluyente. Sin embargo, esto entra en franca contradicción con los últimos documentos del Vaticano en los que reitera y profundiza la política de rechazo a la diversidad sexual.

En febrero de 2019, la Congregación para la Educación Católica publicó Varón y mujer los creó, en la que alerta acerca de una “emergencia educativa” que ha “contribuido a desestructurar la familia, con la tendencia a cancelar las diferencias entre el hombre y la mujer, consideradas como simples efectos de un condicionamiento histórico-cultural”. De manera contestataria a la teoría de género, sostiene que “la familia, como sociedad natural en la que se realizan plenamente la reciprocidad y la complementariedad entre el hombre y la mujer, precede al mismo orden sociopolítico del Estado, cuya libre actividad legislativa debe tenerlo en cuenta y darle el justo reconocimiento”. Varón y mujer los creó es un conjunto de argumentos contra la homosexualidad, la transgeneridad, el matrimonio igualitario, la adopción homoparental y, sobre todo, contra la educación sexual laica.

En un tono indirecto se pronuncia Che cosa è l’uomo? (¿Qué es el hombre?), estudio de la Pontificia Comisión Bíblica publicado en septiembre de 2019, que reinterpreta, a la luz de su contexto histórico, algunos pasajes asociados con la homosexualidad, como el de Sodoma y Gomorra o las leyes del Levítico. Si bien esto desestima argumentos contra la diversidad sexual basados en la Biblia, el documento sirve para reafirmar la asociación entre matrimonio heterosexual y familia como elemento fundacional de la Iglesia: “la institución del matrimonio, constituida por la relación estable entre marido y mujer, se presenta constantemente como evidente y normativa en toda la tradición bíblica. No hay ejemplos de “unión” legalmente reconocida entre personas del mismo sexo”.

Estos documentos se añaden a otros que acogen espiritualmente a los colectivos LGBTI, pero marcan directrices contrarias a sus derechos y se enmarca en la llamada “antropología cristiana”, impulsada desde el Concilio Vaticano II (1959). Dicho lo anterior, es recomendable tomar con reservas las palabras de Francisco I, toda vez que no existen indicios de que El Vaticano esté dispuesto a admitir las implicaciones legales y sociales del reconocimiento de la diversidad sexo-genérica. Más allá de la anécdota o la nota alegre, El Vaticano sigue brindando herramientas para injerir en las políticas de los estados nacionales a fin de obstaculizar el matrimonio igualitario, la identidad jurídica de las personas transgénero y una educación sexual integral. El Papa puede amar a los feligreses católicos homosexuales, pero dista mucho de hacer algo por sus derechos.

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El pasado nos alcanzó

Experiencia virtual de un ciclón

Ricardo Maldonado Arroyo-

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– ¿Cómo está todo por ahí? -, le pregunté a mi hermana que vive en Cozumel.-Ya es lo fuerte, parece. Mucha lluvia y el viento sopla con ganas-, contestó. Mientras sostenía esta plática por Whatsapp, observaba en la computadora la imagen de satélite del huracán Delta, cuyas bandas nubosas y vientos se extendían hasta 220 km. a la redonda. Seguía su trayectoria en la página del Centro Nacional de Huracanes de Miami, que, además, me proporcionaba las coordenadas y la presión atmosférica del ojo, así como velocidad de sus vientos y de su desplazamiento.

En días previos, las personas intercambiaban información acerca del huracán. Durante su paso, fotografías y videos circularon en la red, permitiendo a cualquiera ser espectador del fenómeno en diversos momentos y desde varios ángulos. El recuento de los daños también ha sido mediado virtualmente. En los días subsecuentes, abundaron imágenes y textos narrando las dificultades vividas en sus poblaciones y colonias.

Este escenario invita a considerar los cambios en la interacción social en desastres naturales, motivados por el uso cotidiano de medios electrónicos. Hoy más que nunca es evidente que vivimos en lo que el sociólogo Manuel Castells denomina sociedad de la información. Su primer efecto es la ampliación de las capacidades de la población para obtener información oportuna y especializada. Este acceso es desigual, en la medida en que hay sectores que cuentan con conexión permanente a internet, aparatos más sofisticados y una mayor educación digital, mientras que otros no. Pero, en general, hay un mayor uso de la comunicación digital que hace 20 años. Por ejemplo, durante el huracán Isidoro (2002), eran pocas las personas que podían descargar y enviar imágenes o consultar páginas electrónicas desde el celular.

Actualmente, es menor nuestra dependencia del gobierno y los medios noticiosos para proveernos de información. Avisos y alertas oficiales aún cumplen la función de contribuir a prevenir, manejar y administrar los daños, pero en el mundo contemporáneo el conocimiento acerca de los fenómenos naturales está al alcance de un botón. Las noticias siguen siendo relevantes, aunque compiten con otras fuentes de información. Comparando el presente con el pasado, durante el impacto de Gilberto (1988) e Isidoro (2002) existía una gran dependencia de los avisos oficiales en radio y televisión, así como de las publicaciones de la prensa escrita. Esta dependencia se ha transferido al internet, que no está exento de efectos perniciosos, como la infodemia, es decir, la saturación de información poco confiable. Ahora, además de electricidad y agua potable, preocupa quedarse sin conexión en medio de la tormenta.

Cuando el internet no formaba parte de nuestra vida cotidiana, las personas producían y reproducían narraciones que conformaban una memoria colectiva del desastre, en la que mezclaban información con emociones y pensamientos. Si bien existen registros de la prensa escrita, usualmente la historia de los ciclones se transmitía de manera oral. Los medios electrónicos han acelerado la construcción de esta experiencia colectiva, incentivando la proliferación de publicaciones, datos y testimonios que dan cuenta de los embates de los ciclones. Los interlocutores ya no se comunican cara a cara, sino a través de una pantalla. Por ejemplo, yo no tuve que esperar a ver a mi hermana para que me compartiera su experiencia, el celular medió con efectividad.

A mi parecer, estas formas de interacción durante los ciclones sugieren dos cosas importantes. Primera: ciudadanía, gobierno y medios de comunicación transitan a nuevos escenarios en la gestión de desastres, que pueden resultar ventajosos o altamente problemáticos. Cada vez actuamos más de acuerdo a la información que llega a nuestro celular y menos por la que transmite por televisión abierta, radio o periódicos. Segunda: permanece la necesidad de comunicarnos y narrar nuestras experiencias en torno a los eventos climáticos, que se ha extendido a los nuevos espacios virtuales. A diferencia de sus antecesores, los ciclones de este año han quedado también en registro virtual que alimenta, junto con la oralidad, la memoria colectiva.

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El pasado nos alcanzó

El clóset cerrado

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El 11 de octubre se celebra el Día Internacional de Salir del Clóset, en alusión a las dificultades para declarar públicamente una orientación sexual o una identidad de género, diferente a la socialmente esperada. Personas homosexuales, bisexuales, transgénero y transexuales, enfrentan en algún momento la disyuntiva de visibilizarse en el ámbito familiar, escolar, laboral e, incluso, religioso. Los beneficios y riesgos de salir del clóset son bastante conocidos, pero no tanto los de permanecer en él.

Usualmente se asume que abrir el clóset es un reto de vida porque tarde o temprano se experimenta estigma y discriminación, mientras que la clandestinidad representa un espacio seguro y de protección, que brinda a beneficios asociados a la heterosexualidad o el sexo asignado. Este es un razonamiento bastante impreciso. La psicóloga Marina Castañeda señala que existen costos de la clandestinidad y que no siempre es posible salir del clóset. Quienes se mantienen dentro tienen que reservarse muchos aspectos de su vida personal, son vulnerables a las amenazas y los chantajes. Aunque es frecuente que encuentren mecanismos para establecer relaciones sexoafectivas, la clandestinidad limita redes de apoyo para resolver problemas en los que su integridad y salud pueden estar en riesgo. Asimismo, es constante la necesidad de mentir o sobrellevar individualmente procesos emocionales que son más ligeros con acompañamiento. Por tanto, el clóset no es un espacio seguro.

En casos extremos, pero no inusuales, las personas se ven obligadas a mantenerse en la clandestinidad. Existen contextos hostiles a orientaciones sexuales o identidades de género diferentes. Pero el hecho de protegerse de los altos costos de salir del clóset, no significa que permanecer en él las libre de rechazo, angustia, ansiedad o violencia. Personas económicamente dependientes de sus familias, en cuyo trabajo injieren instituciones religiosas o habitan lugares donde se persigue a los colectivos LGBTI, son ejemplos de que no siempre se puede ser visible.

En Yucatán existen ambos casos: quienes deciden mantenerse en la clandestinidad y quienes no pueden salir de ella. Pese a que en años recientes se han transformado los valores sociales, hay una mejor comprensión del fenómeno de la discriminación y mayores libertades sexuales, el presente de nuestro estado dista de ser favorable a la diversidad sexual. Homofobia y la transfobia se reproducen socialmente mediante prácticas que, pese a no presentarse como discriminatorias, lo son de hecho, porque restringen libertades y derechos. El condicionamiento de las libertades a “dar un buen ejemplo”, “no te vistas de mujer”, “siempre y cuando te des a respetar”, “te acepto a ti, pero no tus actos”, “pero que no se casen ni adopten”, es una forma velada de discriminación.

Esto trasciende el ámbito familiar y llega a las más altas esferas políticas, donde se sigue debatiendo si es menester aprobar el matrimonio igualitario y la adopción homoparental. En medio de este ambiente ¿cómo abrir el clóset y esperar un recibimiento afectuoso y solidario de la familia?, ¿cuál es la contribución de las escuelas para procurar un ambiente inclusivo o excluyente?, ¿cuál es la responsabilidad de nuestros gobernantes en la procuración de un entorno libre de homofobia y transfobia?, ¿en qué medida los ministros de culto favorecen o combaten este tipo de discriminación? Salir del clóset es una decisión estrictamente individual, pero generar entornos que acojan la diversidad sexual, es una responsabilidad comunitaria. La aspiración de una sociedad incluyente debe ser que tal clóset no exista, que vivir según la propia orientación sexual o identidad de género, sea seguro para todas las personas.

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