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La política en Yucatán

Introspección histórica: el primer gobernador

Mario Alejandro Valdez

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Varios conspicuos personajes han ocupado el gobierno de Yucatán a lo largo de los cinco siglos precedentes. De la época del dominio español, destaca Lucas de Gálvez, miembro de una poderosa familia andaluza, que alcanzó su cenit durante el establecimiento de las Reformas Borbónicas, a fines del siglo XVIII, y que destacara en nuestras tierras por su notable labor administrativa, pero sobre todo por haber muerto asesinado –caso único en toda la Nueva España- con motivo de los conflictos políticos y económicos desencadenados por aquella reforma. Ya en la época independiente, entre los gobernadores yucatecos pasa lista de presencia el Gral. Antonio López de Santa Anna, quien si bien hizo poco tiempo en Yucatán –gobernó sólo unos meses, de julio de 1824 a abril de 1825-, ocupa un lugar significativo en la historia nacional, al haber ejercido la presidencia de la república en infinidad de ocasiones. Olegario Molina Solís es el emblema de los gobernadores porfiristas, al haber alcanzado el Poder Ejecutivo estatal justo al tiempo de convertirse en el productor y exportador más importante de henequén, durante el apogeo del “Oro Verde”. Molina y su grupo mantuvieron el dominio económico durante algunos años después de la renuncia de don Porfirio, pero fueron desplazados violentamente por el Gral. Salvador Alvarado, nacido en Sinaloa y criado en Sonora, pero que en Yucatán alcanzó las más altas cuotas de su importante carrera como revolucionario. Años después del paso de Alvarado, llegó al poder Felipe Carrillo Puerto, quien a la cabeza del Partido Socialista de Sureste, protagonizó una audaz reforma social, detenida cruelmente por un Golpe de Estado prohijado por los languidecientes intereses henequeneros. Más recientemente, Víctor Cervera Pacheco fue gobernador en dos ocasiones en las décadas de 1980 y 1990, así como el “hombre fuerte” de la región durante ese tiempo. Patricio Patrón Laviada no tuvo grandes logros durante su mandato, pero si pasó a la historia al  haberle roto el espinazo al PRI, interrumpiendo setenta años de monopolio político de dicho partido, y por haber sido el primer gobernador del siglo XXI. Ivonne Ortega Pacheco, sobrina de don Víctor, fue la segunda mujer en ocupar el cargo –antes lo desempeñó, como interina, la Dra. Dulce María Sauri- y la primera que lo logró por la vía electoral. Ha habido muchos otros gobernadores destacados, cuyos casos abordaremos en el transcurso de las próximas semanas, pero ¿cómo empezó esta historia de los gobernadores? ¿Cuál fue el primer gobernador de Yucatán?

Este honor le toca, paradójicamente, a un personaje un tanto gris: toledano, hijo del entonces Alcalde de Madrid, Luis Céspedes y Oviedo fue nombrado primer gobernador de Yucatán en el verano de 1564, por disposiciones del rey Felipe II. Varios acontecimientos –un incendio, dos feroces tormentas- retrasaron su llegada hasta el invierno de 1565, habiendo arribado a Yucatán en difíciles condiciones económicas –perdió todo su capital en el mencionado incendio- y de salud –las tormentas, sobrevenidas durante el cruce del Atlántico, le produjeron severos trastornos-, pero, dada su juventud –apenas había cumplido 35 años- pronto se recuperó. Llegado a Mérida, se aposentó en las Casas de Gobierno, ubicadas justo donde ahora se levanta el actual Palacio.

Según los testimonios históricos, el primer gobernador yucateco no llegó a dejar mayor huella que su nombre, aunque si queda memoria de sus constantes pleitos con el Obispo Francisco de Toral, quien lo acusaba de ser non sancto, dada su afición a los bailes y diversiones nocturnas, pero también los enfrentamientos con el prelado y la Iglesia en general se debieron a que los “hombres de Dios” se negaban a reconocer la preeminencia del poder civil, algo que continuaría provocando constantes tensiones en la provincia a todo lo largo del período colonial, y mucho más allá. Otro dato singular de nuestro primer gobernador fue que trajo en su séquito a varios miembros de su familia, entre ellos a uno de sus hermanos, tratando, sin mucho éxito, de hacerlos prosperar económicamente. Los encomenderos locales, encabezados por los descendientes de Montejo y por varios conquistadores sobrevivientes, no le permitieron mucho margen de maniobra, por lo que al término de su mandato, en marzo de 1571, salió a desempeñar el cargo de tesorero en el gobierno de Veracruz con pocos bienes y fortuna. Su vida terminó trágicamente, pues falleció en un naufragio justamente al cruzar el Golfo, entre Campeche y Veracruz.

Primer nombre de una larga lista, la trayectoria yucateca de Luis Céspedes de Oviedo terminó siendo una síntesis de nuestros gobiernos coloniales: conflictos con la Iglesia, oposición de la élite criolla, intentos infructuosos por alcanzar el éxito económico… Una historia que veremos repetida en los siguientes 250 años… y mucho más allá.

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Introspección histórica: la prensa y la Guerra de Castas

Mario Alejandro Valdez

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Justo Sierra O’Reilly es una de las glorias mayores de las letras yucatecas. Escritor de nivel nacional, es considerado el padre de la novela histórica, uno de los giros más importantes del romanticismo. Fue también un dedicado historiador, además de activo diplomático, político y jurisconsulto, que llegó a colaborar, al final de su vida, con el gobierno de Benito Juárez. Pero, creemos, su legado más importante lo escribió –literalmente- en el ámbito periodístico, un ramo que cultivó con pasión y asiduidad desde su juventud hasta su muerte. De hecho, sus escritos históricos y novelísticos vieron la luz en los periódicos que dirigió, entre los que destacan El Museo Yucateco (1841-1842), Registro Yucateco (1845-1846) y El Fénix (1848-1851).

Cabe destacar las amplias virtudes literarias de don Justo Sierra antes de analizar su legado periodístico: sus escritos poseen una extraordinaria legibilidad –cualidad que le permite atrapar al lector e inducirlo, por el interés despertado y la claridad utilizada, a concluir rápidamente la lectura del texto-, una esmerada corrección –no muy común en sus tiempos-, una notable base documental –algo también muy singular en su época-, una ingente imaginación –que en ocasiones entraba en contradicción con el punto anterior-, y una extraordinaria versatilidad temática. Sus credenciales literarias son, pues, enormes y muy legítimas.

Pero, muy aparte de sus talentos, Sierra O’Reilly era un hombre de su tiempo: hijo no reconocido de un importante sacerdote católico y de una criolla de buena posición, el periodista pasó su infancia en el pueblo de Tixcacaltuyú, Yaxcabá, una población en la que su familia, sin ser rica, representaba el predominio blanco sobre la mayoría indígena. Con el tiempo, abrazó el liberalismo y rechazó la influencia clerical, pero jamás superó su visión racista y discriminatoria. En sus ojos –y, por ende, en sus letras- sólo los criollos tienen una existencia real y protagónica. Indígenas y mestizos son meras sombras, accidentes, seres sin valor y sin futuro, degradados por su origen, sus vicios y la explotación que habían sufrido a lo largo de los siglos coloniales.

El estallido de la Guerra de Castas, en julio de 1847, encontró a don Justo en la cúspide de su accionar político, recién casado ni más ni menos que con la hija del entonces gobernador. En ese contexto, su suegro lo envió a los Estados Unidos para intentar conseguir cualquier tipo de ayuda a fin de derrotar la sublevación. Desde la desesperación de la distancia, Sierra O’Reilly fue escribiendo las letras lapidarias que le darían –desde la perspectiva de los blancos yucatecos- sentido a lo que llamó “lucha entre la civilización y la barbarie”.

Fueron estos escritos, muchos de ellos publicados en El Fénix en un largo ensayo histórico que tituló “Consideraciones sobre el origen, causas y tendencias de la sublevación de los indígenas, sus probables resultados y su posible remedio”, y que luego fuera publicado como libro con el título de Los indios de Yucatán, los que propiamente crearon el concepto popular de la Guerra de Castas como una guerra de exterminio. Fue Sierra O’Reilly, con la visión colonialista heredada de su padre sacerdote y su madre criolla, quien materializó en letras impresas los profundos temores de los blancos ante la siempre temida rebelión maya; y fue este visión reduccionista la que borró de aquella historia la presencia entre los rebeldes de decenas de líderes de diferentes grupos étnicos–incluidos los criollos-para crear la imagen de que los rebeldes eran una horda de salvajes sedientos de sangre, alcohol y sexo.

Aquejado de lepra –paradójicamente, un padecimiento que en esos tiempos provocaba una crudelísima discriminación-, Sierra O’Reilly murió joven, antes de cumplir 50 años, pero su visión racista sobre la Guerra de Castas permeó el imaginario yucateco por el siguiente siglo, lo que incluye la obra de historiadores tan destacados como Serapio Baqueiro, Eligio Ancona y Juan Francisco Molina Solís. No fue sino hasta la segunda mitad del siglo XX cuando una historia ya profesional comenzó a desmantelar muchos de los mitos sobre la Guerra, en una labor de la que aún falta mucho por hacer.

¿Cómo pudo la prensa tener una influencia tan grande en una sociedad básicamente ágrafa? Efectivamente, los periódicos de la época se editaban tan sólo por cientos, en un Yucatán en el que las personas alfabetizadas no representaban ni la décima parte de la población. Pero ello multiplicaba la influencia de los pocos leídos e instruidos, muchos de ellos sacerdotes y profesores, que en sus sermones y clases reproducían aquella ideología de exclusión, intolerancia y temor, que, además, se afincaba en bases modeladas por los siglos de dominio y explotación colonial.

Así, podemos considerar que la prensa de la época de la Guerra de Castas jugó un papel preceptivo en la construcción de una identidad anti-indígena en las ciudades, las villas y muchos pueblos de Yucatán. Un contexto en el que grandes genocidas, como Eulogio Rosado y Francisco Cantón, se convirtieron en héroes y recibieron –y aún reciben- grandes homenajes por haber perpetrado masacres contra el pueblo maya y los rebeldes de 1847. Todavía en 1906, cuando la visita de Porfirio Díaz, el dictador fue presentado como el gran vencedor de la guerra contra la barbarie.

Pero así como fue el Porfiriato el marco para dar por concluida la Guerra de Castas, también fue la época de los grandes proyectos de desarrollo y de las grandes luchas interoligárquicas. La prensa fue también escenario privilegiado de estos nuevos encuentros, como veremos en nuestra próxima colaboración.   

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La política en Yucatán

Introspección histórica: la prensa, trinchera fundamental de la lucha por el poder

Mario Alejandro Valdez

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En días recientes, la prensa escrita de Yucatán vivió un momento de gran significación, al producirse el fallecimiento del periodista Carlos Menéndez Navarrete, quien fuera Director General de El Diario de Yucatán, uno de los rotativos más importantes, longevos e influyentes de la historia editorial de nuestro Estado. Este lamentable hecho ocurrió contemporáneamente al desarrollo de un auténtico terremoto en el periódico Por Esto!, el cual, durante las últimas tres décadas le disputó a El Diario de Yucatán el liderazgo entre los medios impresos de la entidad. El proceso en Por Esto! ha incluido la separación de prácticamente toda su plana mayor de editorialistas, editores y reporteros, así como un notable cambio en la línea editorial, que repentinamente ha abandonado las posturas progresistas para defender posiciones moderadas e incluso conservadoras. Cabe hacer notar que el Por Esto! es propiedad de otra rama de la misma familia Menéndez de El Diario de Yucatán, siendo ambas derivaciones procedentes del también periodista Carlos Ricardo Menéndez González, con una trayectoria que inició en las últimas décadas del siglo XIX.

Los rotativos de la familia Menéndez han protagonizado, entonces, la historia periodística de Yucatán durante los últimos 130 años, desde que don Carlos Ricardo Menéndez empezó a trabajar en La Revista de Mérida, antecedente de El Diario de Yucatán, como redactor. Con el tiempo, y merced a sus vínculos con algunas de las familias más poderosas del Yucatán porfirista, Menéndez González se convirtió en Director y propietario de La Revista de Mérida, que al desaparecer fue sucedida por La Revista de Yucatán y, finalmente, por El Diario de Yucatán, nombre que ha conservado hasta la actualidad, manteniendo sus alianzas con la oligarquía, los partidos políticos conservadores y la Iglesia Católica. Si bien desde hace una década la empresa pasó a ser parte de un conglomerado mediático español, Menéndez Navarrete mantuvo sus posiciones y sus relaciones a nivel local, con lo que la identidad conservadora del periódico se ha mantenido también. En contraparte, el diario Por Esto!, que mostró durante décadas un firme compromiso con las posiciones de izquierda, se ha desdibujado, como señalamos líneas arriba, en el curso de una crisis iniciada hace pocos meses y cuyo rumbo es difícil de pronosticar. De cualquier manera, la muerte de Menéndez Navarrete y el proceso que vive el Por Esto!, propiedad de su primo, Mario Renato Menéndez Rodríguez, parecen marcar el fin de una larga era en la vida periodística de Yucatán.

Pero esta historia se remonta mucho más atrás, hasta los principios del siglo XIX, cuando la familia López Constante importó desde La Habana la primera imprenta que hubo en Yucatán. Ocurrió justo en 1813, en el marco de la promulgación de la Constitución liberal de Cádiz, que estableció, precisamente, la libertad de imprenta en todo el imperio español. Los López Constante trajeron la imprenta muy probablemente tras considerar las ventajas económicas que la nueva industria podría representar, pero rápidamente los grupos políticos beligerantes en aquella coyuntura aprovecharon la nueva tribuna para proclamar sus ideas. Así, vieron la luz pública, entre otros, los importantes periódicos El Aristarco Universal, El Misceláneo y Clamores de la fidelidad americana contra la opresión, que defendieron las ideas liberales de igualdad legal, representatividad política y libertad comercial, y El Sabatino, que proclamó la defensa del Antiguo Régimen, es decir, el respeto a los privilegios, el gobierno monárquico y el régimen colonial. Entre los liberales destacaron por su talento y valor José Matías Quintana –padre de Andrés Quintana Roo- y Lorenzo de Zavala; entre los conservadores brillaron por lo filoso de su pluma los sacerdotes españoles Manuel Pacheco y Francisco de Paula Villegas.

Como ocurre muchas veces en la lucha política, los conservadores, vencedores de las primeras batallas, terminaron por perder significación; en tanto que los liberales, que incluso padecieron prisión y amenaza de perder la vida, llegaron al poder y establecieron condiciones en la posteridad. Mientras que Pacheco y Villegas han sido olvidados, e incluso salieron de Yucatán al final del dominio español, Zavala tuvo una brillante trayectoria política, que lo llevó a ser diputado, gobernador, ministro y embajador en México, y vicepresidente y fundador de la efímera república de Texas, en tanto que Quintana fue regidor, diputado local y diputado nacional en varias ocasiones. El liberalismo terminó triunfando plenamente en aquella coyuntura, aunque a la larga entró en conflictos internos, distorsiones y luchas personalistas, que escapan al interés de esta introspección.

Lo cierto es que desde aquellas primeras batallas, en los albores de la vida independiente y de la política moderna en Yucatán, la prensa ha jugado un papel fundamental. En esta primera etapa, a principios del siglo XIX, fueron directamente los actores políticos los que se involucraron en la contienda de todas las maneras posibles: financiando las ediciones, escribiendo los artículos y colaboraciones, redactando las notas procedentes de otros lugares. Poco a poco fue germinando en una actividad profesional, en la que los periodistas, sin dejar de tomar partido y defender sus intereses políticos, económicos y sociales, construyeron una auténtica industria, incidiendo así en el devenir de nuestra historia, tal como veremos en nuestra próxima colaboración.   

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Introspección histórica: la zigzagueante senda de la “transición democrática”

Mario Alejandro Valdez

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El 2 de julio de 2000 fue un día muy agitado en el Palacio de Gobierno de Mérida, Yucatán. Desde temprana hora, después de depositar su voto, el gobernador Víctor Cervera Pacheco se instaló en su oficina, desde donde recibía reportes oficiales y extraoficiales de la elección presidencial, que enfrentaba a Francisco Labastida Ochoa, candidato gubernamental, Vicente Fox Quezada, representante del conservador PAN, y al izquierdista Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Las pocas encuestas confiables señalaban un empate técnico entre el PRI y el PAN, con Cárdenas fuera de toda posibilidad. En Yucatán, los informes que tenía el gobernador anticipaban una derrota en Mérida, pero un triunfo relativamente amplio, por más de cinco puntos, a nivel estatal. Se sabía que sería el reto más difícil para el PRI en toda su existencia, pero se confiaba en que la maquinaria partidista funcionara a la perfección, conjuntando acciones legales, extralegales y absolutamente fraudulentas para mantener el poder.

Pero desde el mediodía la cosa se empezó a descomponer para la causa tricolor. La participación en Mérida era abrumadora, histórica y, sobre todo, totalmente fuera del control oficial. En el resto del Estado, el PRI funcionaba como en sus mejores tiempos, y vencía con holgura, al tiempo que la acción de los agentes oficialistas mantenía a raya la intervención opositora. Como era norma, los representantes panistas fueron sobornados para impedir su presencia, o expulsados, por lo que muchas casillas fueron “pan comido” para operadores expertos. Pero lo de Mérida era aplastante, con filas interminables de ciudadanos que no ocultaban su simpatía por el candidato conservador.

Las noticias del resto del país no eran nada halagüeñas para el gobierno. Si bien se anticipaban victorias panistas en los Estados del Norte, Occidente y Bajío, se creía que el Noreste y todo el Sur serían para Labastida, y que el Ing. Cárdenas obtendría el triunfo en la Ciudad de México, especialmente por el gran apoyo que tenía el candidato a Jefe de Gobierno, que no era otro que Andrés Manuel López Obrador. Pero al mediar la tarde los resultados eran muy distintos: el PRI iba arriba en un puñado de entidades; el PAN arrasaba en sus territorios y peleaba palmo a palmo en los antiguos bastiones tricolores; la Ciudad de México votaba cruzado: en lo local a la izquierda, por AMLO; en lo nacional, por el voto útil, por Fox. En Yucatán, los 5 puntos del seguro triunfo se habían pulverizado, y la moneda estaba en el aire.

Un colega y amigo vivió los hechos cercanamente, en la Casa del Pueblo, la sede local del PRI. Desde las siete de la noche llegaron hasta ahí noticias de que el PAN había comenzado a celebrar su triunfo nacional. Tras mucho pensarlo, el presidente local del PRI se comunicó a Palacio, ofreciéndole a Cervera un ejército de activistas dispuestos a “voltear la elección” a cualquier costo. El gobernador colgó la llamada sin dar respuesta, ante lo que el dirigente exclamó “ya nos llevó la puta madre”, y se encerró en solitario en su despacho. La leyenda dice que otros gobernadores llamaron a “Balo”, considerado uno de los grandes sabios de la política nacional, para pedir consejo y/o apoyo para una especie de rebelión electoral. La misma leyenda dice que Cervera nada contestó: se mutó en esfinge y nada comentó ni siquiera cuando se confirmó que Yucatán había sido ganado por Fox.

El atrevido Cervera cambió la audacia por la prudencia en los últimos meses que le tocó gobernar. Un débil intento por controlar las elecciones estatales, celebradas en mayo de 2001, cuando Fox llevaba ya un semestre en la presidencia, terminó siendo una acción de vodevil que culminó en rotundo fracaso y la aplastante victoria del panista Patricio Patrón Laviada. Vino entonces el clásico “transformismo” político, en el cual centenares de líderes locales y regionales le dieron la espalda al PRI y a Cervera, y se unieron al gobernador Patricio. Muchos de los tránsfugas obtuvieron puestos importantes en la administración, con jugosos sueldos y la posibilidad de colocar a sus propias camarillas. A nivel nacional, el camino de Fox fue muy semejante, por lo que la victoria del PAN NO inauguró una etapa democrática, sino, por lo contrario, agudizó los vicios de la política mexicana, y particularmente la corrupción, el compadrazgo, el tráfico de influencias y, por supuesto, el fraude electoral.

Cobijado por el gran triunfo de Fox en 2000, Patricio Patrón llegó a Palacio en olor de multitudes, con el apoyo indudable de las mayorías. Pero derrochó ese capital rápidamente, cuando los vicios de su gobierno quedaron claramente a la vista de la ciudadanía. En el zigzagueante camino de la transición, el desprestigio de los gobernantes priístas abrió el camino a la llegada de la derecha, pero la pésima labor de los nuevos funcionarios impulsó una crisis ética–que se vino a sumar al colapso económico y la demolición social- que aún caracteriza a nuestra sociedad.

A través de una feroz guerra sucia y un amplio fraude electoral, el PAN se mantuvo en el poder nacional en 2006, pero no le dio para conservar la gubernatura yucateca. Una joven Ivonne Ortega, sobrina de Cervera, pero no contaminada ni por los usos de la política tradicional, ni por los errores del gobierno panista, se benefició del voto de castigo contra Patricio, y obtuvo un triunfo amplio. Con ella en el poder, se inició esa tensa relación poder nacional-poder local que se ha vivido posteriormente. El conflicto se atenúo un tanto durante el gobierno de Rolando Zapata Bello, que coincidió con la gestión de su correligionario Enrique Peña Nieto, pero ha vuelto a escalar ahora, cuando el panista Mauricio Vila ha coincidido con la administración federal de Andrés Manuel López Obrador.

No ha sido, desde nuestra óptica, una transición a la democracia. Los gobiernos locales, desde el fin del sistema de partido hegemónico, han continuado actuando con agendas políticas personales y de pequeños grupos, naufragando en su intento de lograr una estabilidad en el poder, pues sus insuficientes desempeños abonan por la alternancia. El poder nacional ya no ve a la instancia local como un subordinado –aun en los casos de coincidencia partidista-, pero tampoco un aliado ni mucho menos como un actor corresponsable. Cada quien juega su juego, en el que hasta ahora pierden los políticos, pero, sobre todo, perdemos los ciudadanos. Confrontaciones, sesgos, desconfianza, es el pan de cada día, sin que veamos aún la luz al final del túnel, mientras las condiciones económicas y de convivencia social se deterioran a pasos agigantados, en un proceso que la pandemia ha acelerado y profundizado en este 2020.

En nuestra introspección, hemos ensayado un ejercicio de historia inmediata, intentando analizar con óptica histórica la coyuntura actual. Como consideraciones preliminares, sostenemos que la transición, en vez de consolidar la democracia, ha precipitado una profunda descomposición social. Los partidos políticos tradicionales, que presentaban vicios, pero cumplían con cierta funcionalidad, ahora se debaten entre guerras intestinas, desprestigio y fugas camaleónicas. Aunque grupos sociales de creciente presencia manifiestan una consciencia social en construcción, no han logrado presentarse como alternativas políticas viables. Los grupos privilegiados de antaño se reciclan, se maquillan, se visten de seda… Para el futuro inmediato vemos muchas guerras de oropel entre esos grupos, que proponen que todo cambie para que nada cambie. La tarea por el progreso, la justicia, la dignidad sigue siendo un enorme pendiente.

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