Conecta con nosotros

La política en Yucatán

Introspección histórica: el enigma de Gaspar Antonio Chi Xiu

Mario Alejandro Valdez

Publicado

en

En la historiografía yucateca existen muchos enigmas, muchos misterios que demandan investigaciones profundas y contrastadas para poder irse develando. Desde este espacio hemos señalado algunos de ellos, y ahora les proponemos  adentrarnos en uno más: se trata del caso de Gaspar Antonio Chi Xiu, uno de los primeros nobles mayas cristianizados, y quien ha pasado a la historia como un firme colaborador de los conquistadores europeos. Una lectura más atenta de las fuentes nos lleva a reconsiderar esta percepción.

Gaspar Antonio nació en el pueblo de Maní en 1531, justo cuando Francisco de Montejo y sus hombres intentaban, por segunda vez, conquistar el territorio peninsular. Chi Xiu era sobrino del Halach Uinic de Maní, quien al ser bautizado tomó el nombre de Francisco de Montejo Xiu y fue desde los primeros años de la presencia hispana un sólido aliado de los conquistadores. Las evidencias señalan que fue educado por los primeros frailes franciscanos que llegaron a la península y que, poseedor de una extraordinaria inteligencia, aprendió desde su niñez el castellano, el latín y el náhuatl. Con estas herramientas, el joven Gaspar Antonio ocupó una posición de privilegio, como profesor incluso para los niños criollos –el célebre sacerdote vallisoletano Pedro Sánchez de Aguilar fue uno de sus alumnos- y, posteriormente, como intérprete principal y defensor de indios.

Es fama que Gaspar Antonio era hombre de toda confianza del tercer gobernador de Yucatán, Guillén de las Casas, quien le encargó asesorar la elaboración de las Relaciones Histórico-Geográficas de la provincia, informes que fueron solicitados por la Corona española, y que debían ser redactados por los cabildos y los encomenderos. Don Guillén, conocedor de la ignorancia de la mayoría de sus súbditos, confió en el talentoso Chi Xiu para la revisión, y en los tópicos relacionados con la cultura maya, la redacción de los informes correspondientes. Tan contento quedó el gobernador con la labor de Chi Xiu, que le encomendó la elaboración de un documento  particular sobre el tema, que es conocido como la Relación de algunas costumbres de los indios de Yucatán, el cual sirvió como fuente fundamental para la posterior Historia de Yucatán, escrita por el fraile franciscano Diego López de Cogolludo, y que constituye la primera obra propiamente historiográfica de nuestra literatura.

Pero tal vez la obra más significativa que nos legó el sabio Gaspar Antonio es el documento conocido como Árbol genealógico de los Xiu, una extraordinaria joya documental e iconográfica, que remonta la historia de este linaje a aproximadamente el siglo IX, unos 600 o 700 años antes de la llegada de los españoles. De manera magistral, utilizando caracteres latinos, pero símbolos mayas prehispánicos, Chi Xiu dejó asentado que la familia a la que  pertenecía era la más poderosa y legítima de toda la región, con más derechos de potestad y gobierno que otros linajes importantes, como los Cocom y los Cupul.

Es aquí donde la interpretación se convierte en reto a la imaginación histórica. Al aludir a ese pasado inmemorial ¿Gaspar Antonio escribía para consumo de los españoles? ¿Escribía como historiador, documentando una información que consideraba vital para entender la historia antigua? ¿Lo  hacía como maya, para conocimiento de los mayas, para reafirmar la autoridad de su linaje en previsión de eventos futuros?

Aquí tenemos que recurrir a otras fuentes y a otras interpretaciones. Es sabido que los libros del Chilam Balam contienen profecías, muchas de las cuales permanecen veladas, o han recibido interpretaciones diversas. También es sabido que, aunque descubiertos en el siglo XIX, se tenía conocimiento de ellos, e incluso se les temía como libros sagrados, tal y como podemos seguir de las reacciones españolas durante la rebelión de Jacinto Canek, en 1761. Justo durante esta rebelión, el líder rebelde aseveró ser “el rey profetizado”, lo cual fue aceptado por un centenar de dirigentes y por varios miles de pobladores mayas y mestizos del Yucatán central. Dos declaraciones de Canek son particularmente interesantes a este respecto: cuando dijo que debería trasladarse a Maní, y cuando profetizó que ahí sería la batalla definitiva, en la que regresarían todos los que hubieren muerto en los primeros encuentros. Justo Maní, la cuna de Gaspar Antonio y la capital de los Xiu.

Gaspar Antonio falleció en los primeros años del siglo XVII, cuando los españoles ya habían establecido firmemente su dominio en la mayor parte del territorio peninsular. Murió como un fiel súbdito del Rey de España, y sus descendientes continuaron esa fidelidad, así como también conservaron al menos una parte de sus antiguos poderes y privilegios. No se tiene noticia de que ningún Xiu haya participado de manera protagónica en alguna rebelión antes o después de la Independencia, pero el esmero que Gaspar Antonio puso en elaborar los símbolos prehispánicos en su árbol genealógico, así como las crípticas alusiones de Jacinto Canek en el siglo XVIII, nos invitan a seguir estudiando su provocativa figura.

También te puede interesar: La política en Yucatán

La política en Yucatán

Introspección histórica: la prensa y la Guerra de Castas

Mario Alejandro Valdez

Publicado

en

Justo Sierra O’Reilly es una de las glorias mayores de las letras yucatecas. Escritor de nivel nacional, es considerado el padre de la novela histórica, uno de los giros más importantes del romanticismo. Fue también un dedicado historiador, además de activo diplomático, político y jurisconsulto, que llegó a colaborar, al final de su vida, con el gobierno de Benito Juárez. Pero, creemos, su legado más importante lo escribió –literalmente- en el ámbito periodístico, un ramo que cultivó con pasión y asiduidad desde su juventud hasta su muerte. De hecho, sus escritos históricos y novelísticos vieron la luz en los periódicos que dirigió, entre los que destacan El Museo Yucateco (1841-1842), Registro Yucateco (1845-1846) y El Fénix (1848-1851).

Cabe destacar las amplias virtudes literarias de don Justo Sierra antes de analizar su legado periodístico: sus escritos poseen una extraordinaria legibilidad –cualidad que le permite atrapar al lector e inducirlo, por el interés despertado y la claridad utilizada, a concluir rápidamente la lectura del texto-, una esmerada corrección –no muy común en sus tiempos-, una notable base documental –algo también muy singular en su época-, una ingente imaginación –que en ocasiones entraba en contradicción con el punto anterior-, y una extraordinaria versatilidad temática. Sus credenciales literarias son, pues, enormes y muy legítimas.

Pero, muy aparte de sus talentos, Sierra O’Reilly era un hombre de su tiempo: hijo no reconocido de un importante sacerdote católico y de una criolla de buena posición, el periodista pasó su infancia en el pueblo de Tixcacaltuyú, Yaxcabá, una población en la que su familia, sin ser rica, representaba el predominio blanco sobre la mayoría indígena. Con el tiempo, abrazó el liberalismo y rechazó la influencia clerical, pero jamás superó su visión racista y discriminatoria. En sus ojos –y, por ende, en sus letras- sólo los criollos tienen una existencia real y protagónica. Indígenas y mestizos son meras sombras, accidentes, seres sin valor y sin futuro, degradados por su origen, sus vicios y la explotación que habían sufrido a lo largo de los siglos coloniales.

El estallido de la Guerra de Castas, en julio de 1847, encontró a don Justo en la cúspide de su accionar político, recién casado ni más ni menos que con la hija del entonces gobernador. En ese contexto, su suegro lo envió a los Estados Unidos para intentar conseguir cualquier tipo de ayuda a fin de derrotar la sublevación. Desde la desesperación de la distancia, Sierra O’Reilly fue escribiendo las letras lapidarias que le darían –desde la perspectiva de los blancos yucatecos- sentido a lo que llamó “lucha entre la civilización y la barbarie”.

Fueron estos escritos, muchos de ellos publicados en El Fénix en un largo ensayo histórico que tituló “Consideraciones sobre el origen, causas y tendencias de la sublevación de los indígenas, sus probables resultados y su posible remedio”, y que luego fuera publicado como libro con el título de Los indios de Yucatán, los que propiamente crearon el concepto popular de la Guerra de Castas como una guerra de exterminio. Fue Sierra O’Reilly, con la visión colonialista heredada de su padre sacerdote y su madre criolla, quien materializó en letras impresas los profundos temores de los blancos ante la siempre temida rebelión maya; y fue este visión reduccionista la que borró de aquella historia la presencia entre los rebeldes de decenas de líderes de diferentes grupos étnicos–incluidos los criollos-para crear la imagen de que los rebeldes eran una horda de salvajes sedientos de sangre, alcohol y sexo.

Aquejado de lepra –paradójicamente, un padecimiento que en esos tiempos provocaba una crudelísima discriminación-, Sierra O’Reilly murió joven, antes de cumplir 50 años, pero su visión racista sobre la Guerra de Castas permeó el imaginario yucateco por el siguiente siglo, lo que incluye la obra de historiadores tan destacados como Serapio Baqueiro, Eligio Ancona y Juan Francisco Molina Solís. No fue sino hasta la segunda mitad del siglo XX cuando una historia ya profesional comenzó a desmantelar muchos de los mitos sobre la Guerra, en una labor de la que aún falta mucho por hacer.

¿Cómo pudo la prensa tener una influencia tan grande en una sociedad básicamente ágrafa? Efectivamente, los periódicos de la época se editaban tan sólo por cientos, en un Yucatán en el que las personas alfabetizadas no representaban ni la décima parte de la población. Pero ello multiplicaba la influencia de los pocos leídos e instruidos, muchos de ellos sacerdotes y profesores, que en sus sermones y clases reproducían aquella ideología de exclusión, intolerancia y temor, que, además, se afincaba en bases modeladas por los siglos de dominio y explotación colonial.

Así, podemos considerar que la prensa de la época de la Guerra de Castas jugó un papel preceptivo en la construcción de una identidad anti-indígena en las ciudades, las villas y muchos pueblos de Yucatán. Un contexto en el que grandes genocidas, como Eulogio Rosado y Francisco Cantón, se convirtieron en héroes y recibieron –y aún reciben- grandes homenajes por haber perpetrado masacres contra el pueblo maya y los rebeldes de 1847. Todavía en 1906, cuando la visita de Porfirio Díaz, el dictador fue presentado como el gran vencedor de la guerra contra la barbarie.

Pero así como fue el Porfiriato el marco para dar por concluida la Guerra de Castas, también fue la época de los grandes proyectos de desarrollo y de las grandes luchas interoligárquicas. La prensa fue también escenario privilegiado de estos nuevos encuentros, como veremos en nuestra próxima colaboración.   

También te puede interesar: Introspección histórica, la prensa, trinchera fundamental de la lucha por el poder

Continuar Leyendo

La política en Yucatán

Introspección histórica: la prensa, trinchera fundamental de la lucha por el poder

Mario Alejandro Valdez

Publicado

en

En días recientes, la prensa escrita de Yucatán vivió un momento de gran significación, al producirse el fallecimiento del periodista Carlos Menéndez Navarrete, quien fuera Director General de El Diario de Yucatán, uno de los rotativos más importantes, longevos e influyentes de la historia editorial de nuestro Estado. Este lamentable hecho ocurrió contemporáneamente al desarrollo de un auténtico terremoto en el periódico Por Esto!, el cual, durante las últimas tres décadas le disputó a El Diario de Yucatán el liderazgo entre los medios impresos de la entidad. El proceso en Por Esto! ha incluido la separación de prácticamente toda su plana mayor de editorialistas, editores y reporteros, así como un notable cambio en la línea editorial, que repentinamente ha abandonado las posturas progresistas para defender posiciones moderadas e incluso conservadoras. Cabe hacer notar que el Por Esto! es propiedad de otra rama de la misma familia Menéndez de El Diario de Yucatán, siendo ambas derivaciones procedentes del también periodista Carlos Ricardo Menéndez González, con una trayectoria que inició en las últimas décadas del siglo XIX.

Los rotativos de la familia Menéndez han protagonizado, entonces, la historia periodística de Yucatán durante los últimos 130 años, desde que don Carlos Ricardo Menéndez empezó a trabajar en La Revista de Mérida, antecedente de El Diario de Yucatán, como redactor. Con el tiempo, y merced a sus vínculos con algunas de las familias más poderosas del Yucatán porfirista, Menéndez González se convirtió en Director y propietario de La Revista de Mérida, que al desaparecer fue sucedida por La Revista de Yucatán y, finalmente, por El Diario de Yucatán, nombre que ha conservado hasta la actualidad, manteniendo sus alianzas con la oligarquía, los partidos políticos conservadores y la Iglesia Católica. Si bien desde hace una década la empresa pasó a ser parte de un conglomerado mediático español, Menéndez Navarrete mantuvo sus posiciones y sus relaciones a nivel local, con lo que la identidad conservadora del periódico se ha mantenido también. En contraparte, el diario Por Esto!, que mostró durante décadas un firme compromiso con las posiciones de izquierda, se ha desdibujado, como señalamos líneas arriba, en el curso de una crisis iniciada hace pocos meses y cuyo rumbo es difícil de pronosticar. De cualquier manera, la muerte de Menéndez Navarrete y el proceso que vive el Por Esto!, propiedad de su primo, Mario Renato Menéndez Rodríguez, parecen marcar el fin de una larga era en la vida periodística de Yucatán.

Pero esta historia se remonta mucho más atrás, hasta los principios del siglo XIX, cuando la familia López Constante importó desde La Habana la primera imprenta que hubo en Yucatán. Ocurrió justo en 1813, en el marco de la promulgación de la Constitución liberal de Cádiz, que estableció, precisamente, la libertad de imprenta en todo el imperio español. Los López Constante trajeron la imprenta muy probablemente tras considerar las ventajas económicas que la nueva industria podría representar, pero rápidamente los grupos políticos beligerantes en aquella coyuntura aprovecharon la nueva tribuna para proclamar sus ideas. Así, vieron la luz pública, entre otros, los importantes periódicos El Aristarco Universal, El Misceláneo y Clamores de la fidelidad americana contra la opresión, que defendieron las ideas liberales de igualdad legal, representatividad política y libertad comercial, y El Sabatino, que proclamó la defensa del Antiguo Régimen, es decir, el respeto a los privilegios, el gobierno monárquico y el régimen colonial. Entre los liberales destacaron por su talento y valor José Matías Quintana –padre de Andrés Quintana Roo- y Lorenzo de Zavala; entre los conservadores brillaron por lo filoso de su pluma los sacerdotes españoles Manuel Pacheco y Francisco de Paula Villegas.

Como ocurre muchas veces en la lucha política, los conservadores, vencedores de las primeras batallas, terminaron por perder significación; en tanto que los liberales, que incluso padecieron prisión y amenaza de perder la vida, llegaron al poder y establecieron condiciones en la posteridad. Mientras que Pacheco y Villegas han sido olvidados, e incluso salieron de Yucatán al final del dominio español, Zavala tuvo una brillante trayectoria política, que lo llevó a ser diputado, gobernador, ministro y embajador en México, y vicepresidente y fundador de la efímera república de Texas, en tanto que Quintana fue regidor, diputado local y diputado nacional en varias ocasiones. El liberalismo terminó triunfando plenamente en aquella coyuntura, aunque a la larga entró en conflictos internos, distorsiones y luchas personalistas, que escapan al interés de esta introspección.

Lo cierto es que desde aquellas primeras batallas, en los albores de la vida independiente y de la política moderna en Yucatán, la prensa ha jugado un papel fundamental. En esta primera etapa, a principios del siglo XIX, fueron directamente los actores políticos los que se involucraron en la contienda de todas las maneras posibles: financiando las ediciones, escribiendo los artículos y colaboraciones, redactando las notas procedentes de otros lugares. Poco a poco fue germinando en una actividad profesional, en la que los periodistas, sin dejar de tomar partido y defender sus intereses políticos, económicos y sociales, construyeron una auténtica industria, incidiendo así en el devenir de nuestra historia, tal como veremos en nuestra próxima colaboración.   

Continuar Leyendo

La política en Yucatán

Introspección histórica: la zigzagueante senda de la “transición democrática”

Mario Alejandro Valdez

Publicado

en

El 2 de julio de 2000 fue un día muy agitado en el Palacio de Gobierno de Mérida, Yucatán. Desde temprana hora, después de depositar su voto, el gobernador Víctor Cervera Pacheco se instaló en su oficina, desde donde recibía reportes oficiales y extraoficiales de la elección presidencial, que enfrentaba a Francisco Labastida Ochoa, candidato gubernamental, Vicente Fox Quezada, representante del conservador PAN, y al izquierdista Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Las pocas encuestas confiables señalaban un empate técnico entre el PRI y el PAN, con Cárdenas fuera de toda posibilidad. En Yucatán, los informes que tenía el gobernador anticipaban una derrota en Mérida, pero un triunfo relativamente amplio, por más de cinco puntos, a nivel estatal. Se sabía que sería el reto más difícil para el PRI en toda su existencia, pero se confiaba en que la maquinaria partidista funcionara a la perfección, conjuntando acciones legales, extralegales y absolutamente fraudulentas para mantener el poder.

Pero desde el mediodía la cosa se empezó a descomponer para la causa tricolor. La participación en Mérida era abrumadora, histórica y, sobre todo, totalmente fuera del control oficial. En el resto del Estado, el PRI funcionaba como en sus mejores tiempos, y vencía con holgura, al tiempo que la acción de los agentes oficialistas mantenía a raya la intervención opositora. Como era norma, los representantes panistas fueron sobornados para impedir su presencia, o expulsados, por lo que muchas casillas fueron “pan comido” para operadores expertos. Pero lo de Mérida era aplastante, con filas interminables de ciudadanos que no ocultaban su simpatía por el candidato conservador.

Las noticias del resto del país no eran nada halagüeñas para el gobierno. Si bien se anticipaban victorias panistas en los Estados del Norte, Occidente y Bajío, se creía que el Noreste y todo el Sur serían para Labastida, y que el Ing. Cárdenas obtendría el triunfo en la Ciudad de México, especialmente por el gran apoyo que tenía el candidato a Jefe de Gobierno, que no era otro que Andrés Manuel López Obrador. Pero al mediar la tarde los resultados eran muy distintos: el PRI iba arriba en un puñado de entidades; el PAN arrasaba en sus territorios y peleaba palmo a palmo en los antiguos bastiones tricolores; la Ciudad de México votaba cruzado: en lo local a la izquierda, por AMLO; en lo nacional, por el voto útil, por Fox. En Yucatán, los 5 puntos del seguro triunfo se habían pulverizado, y la moneda estaba en el aire.

Un colega y amigo vivió los hechos cercanamente, en la Casa del Pueblo, la sede local del PRI. Desde las siete de la noche llegaron hasta ahí noticias de que el PAN había comenzado a celebrar su triunfo nacional. Tras mucho pensarlo, el presidente local del PRI se comunicó a Palacio, ofreciéndole a Cervera un ejército de activistas dispuestos a “voltear la elección” a cualquier costo. El gobernador colgó la llamada sin dar respuesta, ante lo que el dirigente exclamó “ya nos llevó la puta madre”, y se encerró en solitario en su despacho. La leyenda dice que otros gobernadores llamaron a “Balo”, considerado uno de los grandes sabios de la política nacional, para pedir consejo y/o apoyo para una especie de rebelión electoral. La misma leyenda dice que Cervera nada contestó: se mutó en esfinge y nada comentó ni siquiera cuando se confirmó que Yucatán había sido ganado por Fox.

El atrevido Cervera cambió la audacia por la prudencia en los últimos meses que le tocó gobernar. Un débil intento por controlar las elecciones estatales, celebradas en mayo de 2001, cuando Fox llevaba ya un semestre en la presidencia, terminó siendo una acción de vodevil que culminó en rotundo fracaso y la aplastante victoria del panista Patricio Patrón Laviada. Vino entonces el clásico “transformismo” político, en el cual centenares de líderes locales y regionales le dieron la espalda al PRI y a Cervera, y se unieron al gobernador Patricio. Muchos de los tránsfugas obtuvieron puestos importantes en la administración, con jugosos sueldos y la posibilidad de colocar a sus propias camarillas. A nivel nacional, el camino de Fox fue muy semejante, por lo que la victoria del PAN NO inauguró una etapa democrática, sino, por lo contrario, agudizó los vicios de la política mexicana, y particularmente la corrupción, el compadrazgo, el tráfico de influencias y, por supuesto, el fraude electoral.

Cobijado por el gran triunfo de Fox en 2000, Patricio Patrón llegó a Palacio en olor de multitudes, con el apoyo indudable de las mayorías. Pero derrochó ese capital rápidamente, cuando los vicios de su gobierno quedaron claramente a la vista de la ciudadanía. En el zigzagueante camino de la transición, el desprestigio de los gobernantes priístas abrió el camino a la llegada de la derecha, pero la pésima labor de los nuevos funcionarios impulsó una crisis ética–que se vino a sumar al colapso económico y la demolición social- que aún caracteriza a nuestra sociedad.

A través de una feroz guerra sucia y un amplio fraude electoral, el PAN se mantuvo en el poder nacional en 2006, pero no le dio para conservar la gubernatura yucateca. Una joven Ivonne Ortega, sobrina de Cervera, pero no contaminada ni por los usos de la política tradicional, ni por los errores del gobierno panista, se benefició del voto de castigo contra Patricio, y obtuvo un triunfo amplio. Con ella en el poder, se inició esa tensa relación poder nacional-poder local que se ha vivido posteriormente. El conflicto se atenúo un tanto durante el gobierno de Rolando Zapata Bello, que coincidió con la gestión de su correligionario Enrique Peña Nieto, pero ha vuelto a escalar ahora, cuando el panista Mauricio Vila ha coincidido con la administración federal de Andrés Manuel López Obrador.

No ha sido, desde nuestra óptica, una transición a la democracia. Los gobiernos locales, desde el fin del sistema de partido hegemónico, han continuado actuando con agendas políticas personales y de pequeños grupos, naufragando en su intento de lograr una estabilidad en el poder, pues sus insuficientes desempeños abonan por la alternancia. El poder nacional ya no ve a la instancia local como un subordinado –aun en los casos de coincidencia partidista-, pero tampoco un aliado ni mucho menos como un actor corresponsable. Cada quien juega su juego, en el que hasta ahora pierden los políticos, pero, sobre todo, perdemos los ciudadanos. Confrontaciones, sesgos, desconfianza, es el pan de cada día, sin que veamos aún la luz al final del túnel, mientras las condiciones económicas y de convivencia social se deterioran a pasos agigantados, en un proceso que la pandemia ha acelerado y profundizado en este 2020.

En nuestra introspección, hemos ensayado un ejercicio de historia inmediata, intentando analizar con óptica histórica la coyuntura actual. Como consideraciones preliminares, sostenemos que la transición, en vez de consolidar la democracia, ha precipitado una profunda descomposición social. Los partidos políticos tradicionales, que presentaban vicios, pero cumplían con cierta funcionalidad, ahora se debaten entre guerras intestinas, desprestigio y fugas camaleónicas. Aunque grupos sociales de creciente presencia manifiestan una consciencia social en construcción, no han logrado presentarse como alternativas políticas viables. Los grupos privilegiados de antaño se reciclan, se maquillan, se visten de seda… Para el futuro inmediato vemos muchas guerras de oropel entre esos grupos, que proponen que todo cambie para que nada cambie. La tarea por el progreso, la justicia, la dignidad sigue siendo un enorme pendiente.

También te puede interesar: Universidad pública y desmantelamiento del sistema de salud

Continuar Leyendo

RECOMENDAMOS