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La política en Yucatán

Introspección histórica: Josefa Quijano, una mujer poderosa del siglo XVIII

Mario Alejandro Valdez

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Sin duda, los últimos días han sido de intensas vivencias y fragorosos debates en nuestro país y, por supuesto, en Yucatán. La conmemoración del Día Internacional de la Mujer, el pasado domingo 8, y el subsecuente Paro Feminista del día posterior, motivaron agudas discusiones, en donde lo mismo se condenó la violencia y discriminación hacia la mujer, que se rechazaron algunas manifestaciones radicales en las protestas. Ahora que la humareda se va disipando, me parece que el efecto de discutir las consecuencias de lo que históricamente ha sido conocido como el patriarcado –dominio pleno de los varones sobre todos los aspectos de la vida social, pero en particular sobre la conducta sexual de las mujeres- es ampliamente positivo. También, por otro lado, podemos afirmar que tenemos una sociedad cada día más consciente, más advertida y más vigilante sobre los peores excesos de este patriarcado, sus expresiones más violentas, irracionales, crueles e inhumanas, es decir, los feminicidios.

Desde este espacio, dedicado a la discusión de situaciones políticas de nuestro pasado, queremos contribuir con un poco de luz sobre el tema de la participación pública de las mujeres. Trataremos, justo es decirlo, de un caso atípico, ocurrido en el más alto nivel de las élites yucatecas del siglo XVIII. Nos referimos a doña Josefa Quijano, hacendada y encomendera perteneciente a la familia más poderosa de su tiempo, que se vio involucrada en la conspiración para asesinar al gobernador Lucas de Gálvez, mandatario español que llegó a la provincia en 1788 con la encomienda, precisamente, de controlar a las familias criollas, minar sus fuentes de riqueza y poder, en beneficio de la Corona y, sobre todo, perseguir el contrabando, que era la actividad más redituable para aquellas familias, y más nociva para las arcas coloniales.

Josefa fue la séptima descendiente de don Juan Esteban Quijano y Dávila, el hombre más rico de aquel Yucatán que entraba lentamente a la modernidad en aquellos tiempos. Fue la primera mujer, tras seis varones, y don Juan Esteban la casó con el joven comerciante español Felipe Baldós. El matrimonio con un español peninsular generalmente era un gran honor, pero en este caso resultó un fiasco total: Felipe era un ebrio consuetudinario, un jugador empedernido y un mujeriego incorregible, que dilapidó rápidamente su propia fortuna y la dote concedida por Quijano. Tras este desastre, Juan Esteban le otorgó una modesta pensión a su hija, que complementaba con los productos de su encomienda y hacienda. En el aspecto amoroso, Josefa correspondió a las atenciones de Esteban de Castro, un criollo viudo, funcionario menor del gobierno, que hacía sus “extras” coordinando las labores de una decena de contrabandistas que se encargaban de mover ilegalmente las mercancías del poderoso Juan Esteban. Porque, como se podrá adivinar, la mayor parte de la riqueza de la familia Quijano procedía de actividades ilícitas, siendo el contrabando la principal de ellas.

Pronto Lucas de Gálvez receló del poder y el dinero de los Quijano, y entró en varios conflictos con ellos. Los dados se fueron cargando, y situaciones de la vida privada de Lucas –un amorío con la esposa de su tesorero, que era a su vez amante del sobrino del Obispo- lo llevaron a fijarse en el poblado de Tihosuco, el centro neurálgico del contrabando peninsular. Con pocas evidencias, pero muchas presunciones, el gobernador ordenó a su secretario privado iniciara una investigación secreta sobre los Quijano, a quienes buscaba sorprender in fraganti para así proceder contra ellos con todo rigor. Pero el sorprendido fue él: el secretario también estaba a sueldo de los Quijano, y éstos, sintiendo su imperio e incluso sus vidas en peligro, urdieron una tenebrosa conspiración para asesinar al funcionario español. ¿Adivina el lector quien fue la encargada de iniciarla? Efectivamente: fue doña Josefa quien involucró a su amante Esteban, y éste a su vez a sus compinches. Gálvez fue asesinado la noche del 22 de junio de 1792. Los conspiradores prepararon todo para hacer aparecer como culpable al sobrino del Obispo, quien pasó en prisión casi diez años de su vida, cargando un crimen que no cometió.

Tras su vida de excesos, don Felipe Baldós falleció al cabo de unos años, y, después de un tiempo prudente, Esteban de Castro pretendió entrar a la familia con todas las de  ley, desposando a Josefa. Las carcajadas del viejo Quijano y de los hermanos de Josefa fueron épicas, y Esteban, humillado, denunció el crimen ante el alcalde primero de Mérida en septiembre de 1800. ¡Pero el alcalde era sobrino de don Juan Esteban, y nada hizo! Sin embargo, otro cómplice, el contrabandista Bernardo Lino Rejón, temeroso de condenarse al infierno, se acusó ante el alcalde segundo, que era enemigo de los Quijano, y al fin la justicia procedió… o así parecía…

Esteban, Josefa, Bernardo y otros cómplices fueron entonces trasladados a la capital de la república para ser juzgados, pero estando en la pavorosa prisión de San Juan de Ulúa, Josefa con la complicidad de los guardias, convenció a Esteban para que todos echaran la culpa en Manuel Alfonso López, quien había fungido como asesino material. Para asegurar el triunfo del nuevo plan, López, quien clamó a gritos su inocencia, fue envenenado. El viejo Juan Esteban derramó dinero a manos llenas, y su hija logró dejar la prisión, sin sentencia, a mediados de 1804. Esteban fue condenado a diez años de cárcel, pero entre las secuelas de la tortura a la que fue sometido, y los avatares de la lucha por la Independencia, fue olvidado en las mazmorras capitalinas.

Viuda, y aún dueña de su hacienda y beneficiaria de su encomienda, doña Josefa regresó a Mérida para vivir con su único hijo legítimo, Felipe Baldós Quijano. También la acompañaban las tres hijas que tuvo con Esteban, y que éste registró eclesiásticamente como sus hijas naturales. Apenas superaba los 40 años, y poco después de su retorno a Yucatán se casó con su primo Fernando Quijano y Bustamante. Como toda la familia, padeció un tanto, al perder prestigio e invertir una considerable parte de su fortuna en salir bien librados del magnicidio del gobernador Gálvez.

Todo parece indicar que Josefa vivió en relativa tranquilidad los últimos años de su vida. Su hijo Felipe se convirtió en uno de los Quijano más activos, en las primeras décadas del siglo XIX, expandiendo los intereses agrícolas de la familia que, si bien perdió su posición hegemónica, continuó manteniendo una importante influencia al menos hasta el surgimiento de la Guerra de Castas. Protagonista principalísima de una de las historias de conspiración y poder más apasionantes del devenir yucateco, Josefa falleció en su hogar, rodeada de sus hijos, seguramente orgullosa de haber contribuido a doblegar al poderoso gobernador español que amenazó la posición y riquezas de su acaudalada familia. Mujer empoderada, sin duda.

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Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (XV)

Mario Alejandro Valdez

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El lunes 6 de noviembre de 1911, Francisco Madero y José María Pino Suárez juraron ante el Congreso de la Unión como Presidente y Vicepresidente Constitucionales de los Estados Unidos Mexicanos para concluir el período 1910-1916, que había iniciado como Jefe del Ejecutivo el Gral. Porfirio Díaz. Ello significaba, de jure, la aceptación de la legalidad de la elección de Díaz y, paradójicamente, colocaba fuera de la ley al propio Madero y su convocatoria del 20 de noviembre. El conservador periódico El Imparcial leyó a la perfección los acontecimientos, y así lo editorializó al día siguiente de la ceremonia:

La Revolución deja desde ahora de ser una palabra de significación actual en la vida política de la República Mexicana. LA REVOLUCIÓN NO EXISTE YA, [el resalte en mayúsculas es nuestro] acaba de morir, acaba de extinguirse, acaba de transformarse en el gobierno constituido, y de dejar, por lo mismo, inquietudes, para entrar, consciente de sus deberes, y con la serenidad necesaria en su nueva y alta función: la de encaminar honrosa y decorosamente al país hacia un constante y definido progreso”.

El tema había sido furiosamente discutido en las negociaciones de Ciudad Juárez. Carranza y Pino Suárez encabezaron a quienes se negaban a transigir y urgían el pleno reconocimiento del Plan de San Luis; pero Francisco Madero, a través de sus familiares, logró que prevaleciera la idea de mantener el orden constitucional, aceptar la renuncia de Díaz como si hubiera sido un asunto de salud y no consecuencia de una Revolución, y permitir la vigencia de las estructuras del Antiguo Régimen. En ese contexto, uno de los Jefes más importante del Ejército Federal fue el Gral. Victoriano Huerta, sanguinario perseguidor de los mayas de la Guerra de Castas a fines del siglo XIX y principios del XX, y feroz represor de lo que los porfiristas y la gente de bien llamaban las hordas zapatistas.

Durante los quince meses del gobierno maderista, Francisco Madero fue el perene optimista, que siempre veía el lado bueno de las cosas y jamás las amenazas; en tanto que José Maria Pino Suárez fue el puntilloso analista que advertía los peligros que se cernían sobre la nueva administración. Madero era el atrevido, Pino el cauto; Madero el arrojado, Pino el prudente… Al final, como casi siempre, prevalecía la opinión de la máxima autoridad, y así pronto se materializaron las palabras que en Ciudad Juárez pronunció Carranza: “Revolución que transa es Revolución perdida”.

El gobierno de Francisco Madero terminó estrepitosa y trágicamente… El 9 de febrero de 1913, una importante sección del Ejército Federal se sublevó en su contra. Los leales obtuvieron victorias importantes, pero la fatalidad intervino, encarnándose en el Gral. Huerta, quien por herida del Gral. Lauro Villar, quedó accidentalmente al mando de la Ciudad de México. Pronto el llamado chacal consumó la traición, y tanto el Presidente como el Vicepresidente fueron tomados prisioneros. Aún en esas condiciones, Madero continuó haciendo alarde de optimismo, incapaz de reconocer la gravedad de la situación. Angustiado y sin esperanzas, Pino Suárez le escribió a su amigo Serapio Rendón Alcocer la mañana del viernes 21:

Dispensa que te escriba con lápiz, pero no he logrado que nuestros carceleros me proporcionen una pluma. Como sabes, hemos sido obligados a renunciar a nuestros respectivos cargos de Presidente y Vicepresidente de la República, pero no por eso están a salvo nuestras vidas. Creo que peligran aún más que antes. Nunca estuve de acuerdo en esas renuncias precipitadas, pero el Presidente insistió”.

Sin faltar a la lealtad al entrañable amigo y Jefe, Pino Suárez hizo constar a Rendón, entonces diputado, la ingenua actitud de Madero, y las previsibles consecuencias de la misma:

“… yo no soy tan optimista como el Presidente Madero respecto a que Huerta cumplirá su palabra de respetar nuestras vidas. ¿Por qué ese afán de confiar en alguien como Huerta? Temo lo peor, y en caso de que suceda, te ruego que hables con María, mi esposa, sobre las circunstancias trágicas de mi muerte”.

En la epístola que terminó siendo su testamento sentimental, el poeta romántico se condolió, ante su martirio, de la difícil coyuntura en la que quedaría su compañera de vida:

“La pobre quedará sola, con apenas unos cuantos pesos ahorrados, y seis hijos a los cuales criar y educar”.

Emocionado seguramente hasta las lágrimas, Pino Suárez cerró su carta con una frase lapidaria:

“… la política me endilgó un sueño que en realidad era una pesadilla”.

Unas cuantas horas después, durante la noche del sábado 22, Madero y Pino Suárez fueron ignominiosamente ejecutados a escasos metros de la Penitenciaria de Lecumberri… Serapio Rendón entregaría la emotiva correspondencia a doña María Cámara Vales, esposa de José María, y, a la vuelta de unas cuantas semanas, él mismo sería asesinado en esa horrible danza de sangre en la que se convirtió la feroz dictadura de Victoriano Huerta. Así terminó aquel hermoso proyecto revolucionario, aunque luego otros hombres y mujeres de Yucatán y de toda la Nación lo impulsaron a mejores puertos… Dieciocho meses después de los asesinatos, el revolucionario progreseño Lino Muñoz Nogueira tomaría a sangre y fuego el Puerto de Progreso, ejecutaría al Jefe Político huertista y se acercaría a la residencia de la viuda del poeta en homenaje a su martirio. Luego vendrían los tiempos de Alvarado y Carrillo Puerto, pero esos son otros temas…

Con esta introspección, la número 90 publicada de manera ininterrumpida en Informe Fracto, culminamos la primera etapa de este feliz esfuerzo. Hemos repasado, durante estos casi dos años, muchísimos episodios y procesos de la historia de nuestro querido Yucatán… muchos más se quedan en el tintero, seguramente en próximos tiempos podremos compartirlos con ustedes. Aprovecho las últimas líneas de esta final introspección -repito, final de esta primera etapa- para agradecer al gran amigo Carlos Bojórquez Urzaiz, hermano de luchas ideológicas y pesquisas históricas, por su invitación para incluir un espacio de reflexión historiográfica semanal. ¡Hasta siempre!

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Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (XIV)

Mario Alejandro Valdez

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En los días previos al domingo 20 de noviembre de 1910, José María Pino Suárez participó en varias reuniones con campesinos y rancheros de la región de Tenosique; también recibió la visita de varios agentes maderistas de Yucatán y Campeche. Se trataba de los preparativos de una revolución, pero el poeta tabasqueño no era un hombre de acción ni de estrategia: los agentes maderistas fueron detenidos apenas pisaron el Estado de Campeche, quedando al descubierto su plan. Tampoco en Tabasco se logró una movilización significativa, y Pino Suárez optó por el exilio, cruzando la frontera guatemalteca en los primeros días de diciembre, de donde pasó a Belice, y de ahí a los Estados Unidos, donde se unió a la dirigencia del movimiento revolucionario.

Francisco Madero lo comisionó para insurreccionar la península de Yucatán, tarea en la que se encontraba cuando el líder revolucionario le ordenó se uniera a su padre y a otros dirigentes para encabezar las negociaciones de Ciudad Juárez, en mayo de 1911, que dieron como resultado los tratados que sellaron la caída del gobierno de Porfirio Díaz. Según las crónicas del proceso, Pino Suárez se destacó por su energía y habilidad con la palabra, confirmando que en este campo, y no en el accionar militar, se encontraban sus mayores talentos.

Tras la renuncia del dictador, los gobernadores porfiristas fueron sustituidos por revolucionarios en todos los Estados. Para nadie fue sorpresa que el designado para gobernar Yucatán fuera don José María, quien tomó posesión del cargo el 5 de junio, diez días después de la salida de don Porfirio. A su llegada fue recibido con vítores por sus partidarios, pero con prudente reserva por los morenistas-cantonistas, que eran mayoría en gran parte de las poblaciones yucatecas. El nuevo gobernador anunció la paulatina liberación de los peones de las haciendas, así como una profunda reforma educativa, lo que provocó expectación entre los hacendados henequeneros, quienes, si bien mostraron disposición para trabajar con la nueva administración, también esperaban mantener sus privilegios y el bajo costo de su mano de obra.

Entre tanto, Madero ordenó la realización de elecciones extraordinarias para formalizar los nombramientos de gobernadores. Las de Yucatán se programaron para septiembre, eligiéndose a Pino como candidato, por lo que renunció a su puesto para realizar su campaña. Los morenistas-cantonistas, ahora también declarados maderistas, lanzaron la candidatura de Delio Moreno Cantón, aprovechando la estructura política que su tío, el Gral. Francisco Cantón, había construido desde hacía décadas.

La campaña fue muy breve, pero también muy ruda. Los morenistas-cantonistas dominaban la mayoría de las poblaciones rurales, y tenían una presencia muy vigorosa en las ciudades. Los hacendados se dividieron, pero los más poderosos le apostaron a Moreno Cantón, confiando en el conservadurismo de su facción. El día de las elecciones menudearon los enfrentamientos, y la prensa, bajo influencia conservadora, reportó presiones policiacas a favor de Pino Suárez y fraude descarado. Sea como fuere, el resultado oficial favoreció al maderista, quien regresó al poder, ahora como Gobernador Constitucional, el 8 de octubre. Lo cierto es que, para variar, Yucatán se presentaba como un caso sui generis en el país, con la prensa y gran parte de los actores políticos manifestando su abierta oposición al gobernador maderista, pese a proclamarse abiertamente a favor de Madero. De cualquier manera, el gobierno de Pino Suárez en Yucatán fue extraordinariamente fugaz: pese a tomar posesión en la fecha antes mencionada, desde una semana antes había participado, como candidato a la Vicepresidencia de la República, en la elección federal extraordinaria emanada de los Tratados de Ciudad Juárez. Ratificado para ese cargo el 15 de octubre, lo juró en el Congreso de la Unión el lunes 6 de noviembre, iniciando así el postrer capítulo de su vida.

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Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (XIII)

Mario Alejandro Valdez

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Una empatía muy particular nació entre aquellos dos hombres tan disímbolos. Madero, el hombre del Norte, procedente de una de las familias acaudaladas de Coahuila, terrateniente, con estudios en Europa y vínculos con la teosofía y el espiritismo; Pino Suárez, el hombre del Sur, un abogado con los pies en la tierra, literato, clase mediero, de un catolicismo discreto… Pese a las diferencias, el vínculo fue inmediato, y ante las renuencias y ambigüedades del periodista Carlos Ricardo Menéndez González, José María fue designado por Madero, en aquel junio de 1909, como su representante en Yucatán.

Apenas salió Madero de Yucatán, Pino Suárez inició su labor, fundando decenas de clubes antirreeleccionistas en las principales poblaciones del Estado. En esas condiciones, y ante la proximidad de las elecciones para renovar el Poder Ejecutivo local, el tabasqueño aceptó la candidatura por las agrupaciones maderistas para enfrentar a Enrique Muñoz Arístegui, candidato oficial y gobernador interino, y al abanderado cantonista Delio Moreno Cantón, sobrino del Gral. Francisco Cantón Rosado.

A inicios de octubre de aquel 1909, y reconociendo el débil impacto de su candidatura, Pino Suárez ofreció su apoyo a Moreno Cantón, con la única condición de que éste reconociera el liderazgo nacional de Francisco Madero y se comprometiera a trabajar por su proyecto. Moreno Cantón, quien en realidad continuaba apoyando a don Porfirio pese a oponerse al candidato porfirista a nivel local, rechazó la propuesta, pero las alarmas sobre las consecuencias de una posible alianza resonaron en el Palacio de Gobierno, desde donde Muñoz Arístegui ordenó desatar una represión abierta, acusando a morenistas y pinistas del delito de rebelión. Muchos líderes y militantes de estas agrupaciones fueron detenidos, aunque tanto don Delio como don José María evitaron la prisión saliendo de Yucatán. Pino Suárez encontró refugio en su Tenosique natal, donde pasó varios meses. Sin oposición, el porfirista Muñoz Arístegui arrasó con la elección y tomó posesión de un nuevo período de gobierno en febrero de 1910.

Pino Suárez, entre tanto, mantuvo contacto con Madero, quien lo convocó a la Ciudad de México para participar en la Gran Convención Antirreeleccionista que se celebró el siguiente mes de abril. Durante aquellas reuniones, Madero anduvo siempre muy cerca de José María, e incluso intentó fuera desde aquella ocasión su candidato a la Vicepresidencia, puesto para el que fue electo Francisco Vázquez Gómez, quedando el tabasqueño como candidato a una de las magistraturas de la Suprema Corte de Justicia.

Mayo y junio fueron meses febriles en la campaña presidencial, y Pino Suárez acompañó a Madero a varios puntos de su gira por la república, aunque no se encontraba con él cuando fue detenido, unos cuantos días antes de la jornada electoral, en San Luis Potosí. Aquella detención, como es fácil comprender, ocasionó un auténtico caos en las filas antirreleccionistas. Muchos líderes salieron del país, refugiándose en poblaciones fronterizas con los Estados Unidos; otros se hicieron “ojo de hormiga” y comenzaron a actuar en la clandestinidad. El propio Madero, cuya prisión se relajó después de consumado el fraude electoral que permitió la reelección de Díaz, estuvo entre los primeros; José María Pino Suárez pasó lista entre los segundos, ocultándose, como en octubre anterior, a la vera del Usumacinta, en su querido Tenosique natal. Allí se encontraba la tarde del 20 de noviembre, la fecha proclamada por Madero para iniciar un levantamiento armado que expulsara al anciano Díaz del poder presidencial.

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