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La política en Yucatán

Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (V)

Mario Alejandro Valdez

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En noviembre de 1904, el grupo político formado en torno al Gral. Francisco Cantón inició su lucha contra el gobierno de Olegario Molina y, sobre todo, contra sus pretensiones de reelección. Los cantonistas no estaban, por supuesto, iniciando una revolución. Por el contrario, estaban apegándose estrictamente a las reglas del juego político características del Porfiriato a nivel nacional.

El historiador norteamericano Allan Wells, un estudioso del porfiriato henequenero en Yucatán, enunció así la regla principal de dicho juego: “Si una facción opositora impaciente podía demostrar que la camarilla en el poder era incapaz de mantener la paz, Díaz generalmente se veía obligado a intervenir”.

Los cantonistas eran un poderoso y extendido grupo político que actuaba al menos desde 1897. Su líder, el Gral. Cantón, tenía, a los ojos de don Porfirio, la virtud de haber sido el primer “tuxtepecano”, es decir, el primer político yucateco que se adhirió al golpe militar que inauguró la dictadura porfirista; pero también cargaba el estigma de haber sido un recalcitrante conservador e incluso un imperialista radical durante la lucha contra la intervención francesa.

Fiel a sus ideas personales, Cantón se vinculó a la Iglesia Católica a todo lo largo de su trayectoria, posición que mantuvo su sobrino y heredero político Delio Moreno Cantón, pero el cantonismo de ninguna manera estaba formado por fanáticos religiosos ni “ratas de sacristía”. Su alianza con la Iglesia Católica no tenía la pretensión de establecer un Estado Clerical ni impulsar reformas legales, sino era una más de las estrategias desplegadas para atraer a las élites y los grupos populares de Yucatán.

Tan es así, que la Iglesia Católica, sin dejar de apoyar ni de apoyarse en el cantonismo, rápidamente entró en tratos y estableció alianzas con el grupo de Olegario Molina apenas éstos se hicieron del poder en 1902. La Iglesia tenía su propia agenda, en la que los vínculos con el poder civil revestían –y continúan revistiendo, por supuesto- un papel fundamental.

Como ya hemos mencionado, los cantonistas actuaban como grupo político al menos desde 1897, y desde aquel tiempo habían construido una extensa red de relaciones políticas y sociales, con presencia en todas las doscientas comunidades del Estado, incluyendo los principales barrios de las ciudades de Mérida y Progreso, y un control amplísimo de la región de Valladolid, el bastión de Francisco Cantón.

Los recursos económicos y las relaciones políticas eran la principal fuente del poder de don Pancho Cantón, de quien se decía a principios de 1900: “… le sobraba voluntad para auxiliar a quien le solicitaba, y ha sido para sus familiares un incansable protector, extendiendo sus socorros a familias e individuos extraños y hasta desconocidos”.

En las extendidas redes del cantonismo militaban individuos tan disímbolos como Alfonso Cámara y Cámara, un acaudalado hacendado y ferviente católico, Tomás Pérez Ponce, abogado y periodista de tendencias anarquistas, y Felipe Carrillo Puerto, un pequeño comerciante motuleño que para aquellos años comenzaba a familiarizarse con la literatura socialista.

De acuerdo con los informes de la policía secreta de Olegario Molina, los cantonistas eran capaces de movilizar a unas diez mil personas y, por lo tanto, de crear desórdenes mayúsculos en Mérida, Progreso, Valladolid o cualquiera de las poblaciones menores de la entidad. Por eso, cuando Tomás Pérez Ponce lanzó el brutal golpe de la publicación de la carta del peón Antonio Canché el 21 de noviembre de 1904, los molinistas se pusieron de inmediato en alerta máxima y contestaron con una rápida represión.

Como ya señalamos al hablar de Carlos Escoffié y “El Padre Clarencio”, aquellos primeros escarceos se mantuvieron en el campo de la prensa durante los primeros meses de 1905, pero en el mes de julio de aquel año, en el contexto de la campaña electoral con miras a los comicios de noviembre siguiente, el cantonismo se mostró en todo su poderío en abierto rechazo al gobierno de Olegario Molina y sus intentos de reelección.

Ni don Pancho Cantón, ni Delio Moreno, ni ninguno de los demás dirigentes cantonistas tenían miras revolucionarias ni mucho menos. Ellos simplemente jugaban las reglas del juego y estaban en pos, precisamente, de la bendición de don Porfirio. Pero sus impulsos precipitaron los acontecimientos, y los intereses populares de cientos de campesinos, jornaleros, obreros, empleados, profesionistas, pequeños comerciantes y un largo etcétera comenzaron a escribirse en la agenda histórica. En decenas de mítines, manifestaciones, concentraciones y desplegados durante el verano y el otoño de aquel 1905, comenzó a escucharse la clara voz de un pueblo inconforme, los barruntos de una Revolución.

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La política en Yucatán

Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (IV)

Mario Alejandro Valdez

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Condenado a tres años de cárcel, Carlos Escoffié Zetina logró mantener la publicación de “El Padre Clarencio” hasta abril de 1906, fecha en la que, agotados sus recursos económicos, se vio obligado a suspenderla. También operó otro factor en el cierre temporal del esfuerzo editorial opositor: el grupo político liderado por Francisco Cantón Rosado, que había mantenido una fragorosa campaña contra la reelección de Olegario Molina Solís, se retiró de la contienda, lo que indudablemente afectó el flujo de recursos hacia todas las actividades opositoras.

Escoffié salió de prisión en febrero de 1908, encontrándose con un panorama político diametralmente distinto al de 1905. Ya don Olegario se había alejado de Yucatán, y aunque el gobernador era su testaferro Enrique Muñoz Arístegui –un acaudalado hacendado y comerciante-, el riguroso control oligárquico comenzaba a difuminarse ante la presencia y acción de varios periodistas, como José María Pino Suárez, y líderes obreros, como Héctor Victoria. Ya no se respiraba aquel aire represivo y absolutista de 1902, aunque la oligarquía porfirista era dueña aún de un poder inmenso, una formidable capacidad de represión que pondría en juego a partir de 1909, al aumentar las acciones opositoras.

A toda prisa, y seguramente con el apoyo de los recursos cantonistas, Escoffié volvió a la liza periodística el 21 de marzo de 1908, precisamente en el aniversario 102 del nacimiento de Benito Juárez, y dos semanas después de la famosa entrevista Díaz-Creelman, en la que el dictador agitó las aguas políticas de sus propios partidarios al anunciar que ya no intentaría una nueva reelección. En ese marco, “El Padre Clarencio” arremetió particularmente contra don Porfirio y su declinante régimen, aunque también Olegario –para entonces Ministro de Fomento del gobierno federal- y los oligarcas locales fueron blanco de sus ataques.

El relativo relajamiento de los controles políticos durante el período 1906-1908, agudizado como consecuencia de la entrevista Díaz-Creelman, volvió a tensarse desde principios de 1909. A nivel local, las posiciones de Escoffié volvieron a encuadrarse en el contexto electoral, y coincidieron con los esfuerzos cantonistas por derrotar los intentos reeleccionistas de Muñoz Arístegui; a nivel nacional, el gobierno porfirista respondió ante el creciente y preocupante movimiento encabezado por Francisco I. Madero.

Las presiones gobiernistas llevaron a Escoffié a exiliarse en Campeche en marzo de 1909, desde donde continuó publicando el semanario hasta el fin de aquel año, cuando, reclamado por un tribunal yucateco, fue obligado a regresar a Mérida para responder al proceso, aunque no fue encarcelado. Durante su estancia en el vecino Estado, Escoffié fungió como delegado del Partido Nacional Antirreeleccionista de Madero, y “El Padre Clarencio” como el principal difusor del maderismo en la península yucateca.

Para principios de 1910, la represión llegó a los extremos de la brutalidad, lo que llevó a muchos opositores a la prisión y a otros al exilio. Tal parece que no fue el caso de Escoffié, que permaneció en silencio e inactividad.

Tras la caída del régimen porfirista, Carlos Escoffié Zetina se vinculó a los proyectos editoriales de Carlos Ricardo Menéndez González, primero en “La Revista de Yucatán” y posteriormente en el “Diario de Yucatán”, así como a través de obras de su autoría, como Mérida Viejo, dedicado a las remembranzas urbanas y de ningún modo a temas de índole política, algo que no deja de sorprender después de su radical y heroica actuación de los primeros tiempos.

Es probable que el paralelismo ya apuntado entre Escoffié y Flores Magón continuara presentándose frente a los regímenes postrevolucionarios. Igual que el oaxaqueño, el yucateco no pudo acomodarse a los nuevos tiempos, y se deslindó de un movimiento que, al menos en sus inicios, mostraba una faz contradictoria y en ocasiones caótica. Se refugió entonces en el periodismo de la batalla cotidiana, en el apasionante, exigente y enloquecedor ambiente de la redacción del periódico que por aquellas épocas maduraba con el más importante e influyente de los cotidianos locales de todo el país.

Ciertamente Escoffié se dio de baja del movimiento revolucionario apenas éste entró en su etapa virulenta y de transformación, pero otros actores y otros grupos tomaron su estafeta siguiendo el valiente camino trazado por el periodista, tal como veremos en las siguientes introspecciones.

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La política en Yucatán

Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (III)

Mario Alejandro Valdez

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El domingo 16 de agosto de 1903 circuló en Mérida el primer número de “El Padre Clarencio”, el célebre semanario dirigido, redactado e ilustrado por Carlos Escoffié Zetina. Su aparición seguramente sorprendió a la oligarquía molinista, que apenas comenzaba a acomodarse en la cúspide de su poder, hito marcado por dos sucesos de gran relevancia: el ascenso de Olegario Molina al gobierno del Estado, y la firma de un acuerdo entre el propio Molina, a través de su casa comercial, con la International Harvester, el monopolio distribuidor del henequén en los Estados Unidos, ambos eventos ocurridos a principios de 1902.

Escoffié emprendió así, en solitario, la lucha contra el orden porfirista en Yucatán. En cada número del semanario abundaban denuncias contra los abusos de los funcionarios locales, contra las prácticas fraudulentas y antidemocráticas en todos los ámbitos de gobierno, contra la explotación de la que los peones henequeneros eran víctimas por parte de los hacendados, contra la explotación de la que la mayoría de los hacendados eran víctimas por parte la oligarquía molinista, contra las constantes violaciones a las Leyes de Reforma. De este modo, el periódico yucateco se convirtió en un registro textual y gráfico de la perversa farsa en la que el Porfiriato había convertido al país.

La creciente influencia de “El Padre Clarencio” hizo reaccionar a la maquinaria porfirista a fines de aquel 1903. En noviembre, el sacerdote Manuel Martínez Herrera interpuso una denuncia contra Escoffié por presuntas calumnias. La aprehensión del periodista fue inmediata, así como su condena a seis meses de reclusión en la Penitenciaría Juárez. 

Aquel primer escarceo sirvió para medir las fuerzas en conflicto: el gobierno molinista realizó así su primer acto de abierta represión contra la libertad de expresión, en tanto que Escoffié, con el apoyo de su familia, logró mantener prácticamente sin interrupciones la publicación del semanario. También aparecieron los primeros apoyos a la tenacidad del periodista, cuya libertad fue demandada por la Revista de Mérida –que hasta ese entonces, todavía bajo la dirección de Delio Moreno Cantón, había hecho una muy tibia oposición al molinismo- y, por supuesto, por la prensa magonista.

Cuando salió de prisión, en mayo de 1904, Escoffié enderezó sus críticas contra el gobernador Molina, iniciando así anticipadamente la campaña contra su reelección, coyuntura en la que se vinculó pragmáticamente con Tomás Pérez Ponce y la facción conservadora cantonista. En ese marco, tanto “El Padre Clarencio” como “Verdad y Justicia” –semanario redactado por Pérez Ponce y que empezó a publicarse en noviembre de aquel año- denunciaron los abusos del hacendado Audomaro Molina Solís en su hacienda “Xcumpich”, y en particular el caso del peón Antonio Canché, quien se había separado de la hacienda y era buscado hasta por debajo de las piedras por la policía estatal. A partir de estas publicaciones, el asunto se convirtió en un escándalo internacional y provocó, entre otras cosas, la visita a Yucatán de Porfirio Díaz en febrero de 1906, en un intento por desmentir la denuncia y presentar la imagen de un Yucatán próspero y justo, así como también la del periodista estadounidense John Kenneth Turner en 1908, precisamente para documentar las prácticas inhumanas contra los sirvientes henequeneros.

El caso Canché, entonces, fue un golpe demoledor contra las mentiras que el régimen porfirista cacareaba a través de la prensa servil, que era la inmensa mayoría en aquel 1904, y que presentaban el ambiente laboral henequenero como un espacio armónico e ideal. Además de Escoffié y Pérez Ponce, el caso fue ventilado fuera de Yucatán por los Flores Magón en “Regeneración”, que en aquel entonces se publicaba en San Antonio, Texas. Por su trascendencia, consideramos pertinente reproducir algunos fragmentos de la descarnada denuncia que el sirviente yucateco lanzó en noviembre de 1904:

A las cuatro de la mañana, todos los días, a toque de campana, los desventurados jornaleros de “Xcumpich” tienen que presentarse a lo que se llama la casa principal, residencia del personero, y empiezan a desempeñar el trabajo forzoso y gratuito que se les señala y se conoce con el nombre de fajina, la cual termina a las siete de la mañana. Desde esa hora comienza la tarea que para mí y para otros compañeros consistía en hacer dos mecates de limpia y desyerbo de planteles. A las tres de la tarde, poco más o menos, quedaba terminado un mecate, pero el otro, no obstante rudos esfuerzos, no lográbamos concluirlo a las siete de la noche… y el resultado era que por vía de castigo sólo se nos pagaba cuatro reales, valor del mecate concluido. 

Tras narrar la esclavizante cotidianidad del trabajo henequenero, Canché señaló lo que a su juicio era lo peor de su explotación:

… lo peor, lo más odioso, se me encerraba con mi familia en el recinto de la hacienda como en una cárcel…

También se quejó Canché de la forma en la que explotaban y maltrataban a su esposa, pese a que esta no tenía ningún compromiso laboral con la hacienda:

Debo enumerar entre los justos motivos de mi separación, que con frecuencia se mandaba a mi esposa, María Primitiva Celis, que moliera un almud de maíz y confeccionara las tortillas, lo que tenía qué hacer y hacía contra su voluntad y con perjuicio de sus ocupaciones. Es decir, se sujetaba a mi referida esposa a trabajos forzados sin consideración de ninguna especie, contando la mujer del personero, una por una las tortillas, con arreglo a las que produce un almud de maíz, y regañando destempladamente si faltaban algunas pocas.

Exhibidos en su brutalidad, los molinistas respondieron ferozmente. Tanto Escoffié como Pérez Ponce fueron detenidos unos cuantos días después de la publicación de las denuncias de Canché, acusados de injurias por el hermano del gobernador. Sin comunicación con su abogado defensor, sólo el valor y la tenacidad de sus familiares lograron la gesta, en esas temibles condiciones, de mantener, al menos por unos meses, la publicación de “El Padre Clarencio”, cuya virulenta crítica únicamente se galvanizó ante los golpes represivos, como veremos en la próxima introspección.

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Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (II)

Mario Alejandro Valdez

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El 5 de febrero de 1903, el céntrico edificio del periódico “El Hijo del Ahuizote”, situado en la Ciudad de México, amaneció con un enorme cartel que rezaba “La Constitución ha muerto”. En sus balcones, vestidos de severo y desafiante luto se mostraban los hermanos Flores Magón y una decena de sus colaboradores. Tres días después, la valentía de aquel puñado de héroes llegó hasta la publicación de un artículo, ilustrado con la fotografía del cartel y los manifestantes, y nominado con el fúnebre título. Firmado por Ricardo Flores Magón, el manifiesto iniciaba con estas palabras:

“Doloroso nos es causar al pueblo mexicano la merecida afrenta de lanzar esta frase á la publicidad: “La Constitución ha muerto…”

¿Pero por qué ocultar más la negra realidad? ¿Para qué ahogar en nuestra garganta, como cobardes cortesanos, el grito de nuestra franca opinión? Cuando ha llegado un 5 de febrero más y encuentra entronizada la maldad y prostituido al ciudadano; cuando la justicia ha sido arrojada de su templo por infames mercaderes y sobre la tumba de la Constitución se alza con cinismo una teocracia inaudita ¿Para qué recibir esta fecha, digna de mejor pueblo, con hipócritas muestras de alegría? La Constitución ha muerto, y al enlutar hoy el frontis de nuestras oficinas con esta fatídica, protestamos solemnemente contra los asesinos de ella, como escenario sangriento al pueblo que han vejado, celebren este día con muestras de regocijo y satisfacción”.

Flores Magón y sus colaboradores conocían el precio de su atrevimiento, y estaban dispuestos a pagarlo. Unos días después de la protesta, los esbirros de Porfirio Díaz entraron violentamente a las oficinas del periódico, destrozaron máquinas y mobiliario, detuvieron a cuanta persona encontraron y refundieron en el Palacio Negro de Lecumberri a esos valientes jóvenes que se atrevieron a denunciar de frente los crímenes políticos del dictador.

Casi toda la prensa nacional silenció el atentado. Corrompidos y amenazados, la casi totalidad de los “periodistas” mexicanos eran viles lacayos del poder. Pero hubo notables excepciones, una de ellas en nuestra Mérida. Unas semanas después de la detención de los Flores Magón y la clausura de su periódico, el semanario “El Crítico” publicaba un editorial totalmente inusual:

“No tenemos antecedentes del asunto, pero muy a las claras, palpablemente se tiene la persecución que se hace a la prensa independiente de la República y el sin número de encarcelamientos de periodistas, formando una lista no pocas veces salpicada de sangre. De todo ello se deduce que, o en la República todos los que estamos en el palenque de la prensa, DE LA VERDADERA PRENSA, QUE ES LA ÚNICA QUE DEFIENDE AL PUEBLO, somos unos bandidos, O QUE EN LA REPÚBLICA MEXICANA NO HAY LIBERTAD DE IMPRENTA”.

El semanario en cuestión no se había destacado por su oposición al porfiriato, ni siquiera por tomar posiciones políticas. El extraño comentario fue incluido prácticamente sin conocimiento de su director por Carlos Escoffié Zetina, el joven caricaturista que se había incorporado recientemente al equipo del periódico. Por ello no fue extraño que pocas semanas después, don Antonino Pereira Vargas –el director de “El Crítico”- se deslindara de Escoffié y le comunicará que sus colaboraciones ya no eran necesarias.

Carlos Escoffié Zetina acababa de cumplir 25 años cuando, al publicar su breve pero incisivo comentario, realizó la primera manifestación documentada de oposición al porfiriato en Yucatán. Su paralelo con Ricardo Flores Magón es extraordinario: criollo pobre, crecido en medio de una sociedad donde las centenarias mayorías indígenas eran explotadas al grado del esclavismo, periodista espontáneo y consecuente, joven entregado en cuerpo y alma a la transformación de su inaceptable realidad, incomprendido y aislado posteriormente ante la vorágine de un movimiento popular que contribuyó a encender, su labor precursora permanece injustamente ignorada a un siglo de distancia de su existir.

De acuerdo con los escasos datos biográficos que un puñado de investigadores han podido reunir, Escoffié Zetina nació en Mérida en 1878 o 1879, muy poco tiempo después de que Díaz tomase el poder nacional. Caricaturista autodidacta y muy limitado en lo técnico, era, en cambio, soberbio en lo agudo y en lo crítico. Sus dibujos eran pobres en sí mismos, pero tenían la capacidad de comunicar, de un modo irónico, una demoledora crítica social. Sus primeros pininos los realizó en el modesto “Rasca Tripas”, uno de los efímeros periódicos del período 1897-1898, cuando la feroz batalla entre el liberalismo juarista de Carlos Peón y el conservadurismo de Francisco Cantón. Aquella primera incursión periodística, cuando era apenas un adolescente, fue su tímido pero necesario debut, en el que apenas y esbozó los temas políticos.

Cuando Pereira Vargas lo incorporó como caricaturista a “El Crítico”, Escoffié comenzó a dar rienda suelta a sus inquietudes. El primer personaje que caricaturizó fue el Jefe Político de Mérida, el poderoso hacendado Agustín Vales Castillo, a quien el gobernador Olegario Molina depuso a principios de 1903. Poco después se atrevió a plasmar la figura del propio gobernante, ridiculizando su servilismo hacia el clero.

La relación entre el atrevido Escoffié y el moderado Pereira Vargas, rápidamente se fracturó. Como ya señalamos, la protesta publicada por el caricaturista contra la prisión de Flores Magón y la clausura de “El Hijo del Ahuizote” precipitó los acontecimientos. Unas semanas después, acaso tras la presión de la policía secreta de Olegario Molina, Pereira despidió a Escoffié. Pero el resultado de la censura fue contraproducente: sin sufrir la moderación de un tibio empresario, Carlos Escoffié Zetina daría rienda suelta a su pensamiento y creatividad, surgiendo así “El Padre Clarencio”, una de las más importantes trincheras del antiporfirismo a nivel nacional, cuya trayectoria será objeto de nuestra siguiente introspección.

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