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La política en Yucatán

Introspección histórica: la derecha y los Montejo

Mario Alejandro Valdez

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Desde una perspectiva de derecha, absolutamente ausente de elementos populares, actores, grupos y medios generalmente vinculados con la herencia hispánica, impulsan hoy una cruzada para derribar una poco relevante estatua que se encuentra en el inicio de la larga avenida denominada “Paseo Montejo”. La apuesta es realmente extraña, y nos ha llevado a proponer, desde diversas ópticas, la revisión de las figuras históricas de los tres Francisco de Montejo que fueron protagonistas de la invasión española a las tierras mayas en el siglo XVI. En esta introspección revisaremos la valoración simbólica de estos personajes desde el establecimiento colonial y hasta nuestros días.

En una próxima colaboración abordaremos propiamente la relevancia histórica y connotaciones de la actuación de los Montejo en Yucatán, que se prolongó casi medio siglo, desde el otoño de 1527, cuando el primer intento de conquista, hasta el verano de 1572, al fallecer Francisco de Montejo el sobrino, para ese entonces regidor perpetuo del cabildo meridano. Por el momento, asentemos nada más que, después de una lucha de dos décadas, los Montejo lograron establecer el dominio español sobre una parte significativa de la península de Yucatán, aunque una vez consumado este objetivo, resintieron sucesivos golpes por parte de la Corona, la cual, como sabemos, fue el caso de la generalidad de los conquistadores, procedió a despojarlos de su poder político y económico, substituyéndolos por una burocracia fiel y disciplinada. Francisco de Montejo el Adelantado tuvo que regresar a España a defenderse de acusaciones de fraudes y abusos, en un proceso que quedó inconcluso ante su muerte, en 1553. Francisco de Montejo, el mozo, encontró un panorama cada vez más sombrío en Yucatán a partir de la salida y luego muerte de su padre, y emigró a Guatemala, donde moriría sin mayor lustre en 1565. Y Francisco de Montejo, el sobrino, aceptó un papel secundario, aunque privilegiado, falleciendo, como ya hemos dicho, como regidor meridano en 1572. Algunos de sus descendientes permanecieron en Yucatán, sin ocupar posiciones de mayor relieve, si bien continuaron recibiendo un trato de dignidad, y gozaron de encomiendas y heredades.

Lo que sí conservaron, sin duda, fue el prestigio social entre las élites locales. El matrimonio con un descendiente directo de los conquistadores era un bien social buscado con denuedo, sobre todo por recién llegados y “nuevos ricos”. Así, el poderoso Juan Esteban Quijano y García casó en 1755 con doña Petrona Cetina y Lara, una encomendera que presumía ser descendiente, en octava generación, del Adelantado, conformando una de las familias dominantes de su época. Los Molina Solís, la familia más poderosa de fines del siglo XIX, también alegaban descender de los Montejo. De esta manera, si bien estos conquistadores terminaron sus vidas en desgracia y bajo perfil, las élites criollas que los sucedieron los adoptaron como “padres fundadores”, generando una alcurnia en el imaginario local que no se convalida con lo que realmente vivieron aquellos aventureros.

En 1888, cuando los hacendados henequeneros promovieron un desarrollo urbano exclusivo y privilegiado al norte de la ciudad de Mérida, rindieron a los conquistadores el mayor y más significado homenaje, al denominarlo “Paseo de los Montejo”, que se convertiría en poco tiempo en la avenida más importante de la ciudad. Acotada con el nombre de “Paseo Montejo”, continúa siendo en la actualidad, junto con la llamada “Prolongación Montejo”, el emblema mayor de los servicios, la opulencia y el poder. Si bien la oligarquía ha trasladado su residencia a zonas más al norte, en “Prolongación Montejo” y, en menor medida, en “Paseo Montejo”, se ubican muchos de los centros de entretenimiento y servicios de mayor importancia de nuestra urbe.

En 1930, arreglado el conflicto religioso conocido como “La Cristiada”, los grupos más conservadores, hispanistas y católicos de la entidad invitaron a la orden de los Hermanos Maristas a establecerse en Yucatán para, en violación de las leyes constitucionales, pero en perfecto acuerdo con los gobiernos locales, reactivar la educación religiosa. El nombre escogido para el proyecto educativo fue el de “Colegio Montejo”, un nuevo homenaje a esta familia del siglo XVI. Décadas después, en 1971, el proyecto se amplió con la fundación del “Centro Universitario Montejo”, siempre de raigambre hispanista e ideología conservadora.

Más recientemente, el que fuera el proyecto urbano más ambicioso de su tiempo, muy cerca de la sede del “Centro Universitario Montejo”, fue denominado “Fraccionamiento Francisco de Montejo”, cuya construcción inició en 1993 y hoy, con, un total de 12 etapas y alrededor de 80 mil habitantes, es el fraccionamiento residencial más importante del noroeste de la ciudad. Es de hacerse notar que la denominación fue autorizada por el primer cabildo dominado por el conservador PAN, después de 20 años de gobiernos priístas, y cuando los blanquiazules meridanos estaban muy interesados por establecer una clara distinción ideológica con los tricolores con quienes en aquel entonces estaban confrontados. En el último episodio previo a la coyuntura actual, el alcalde panista César Bojórquez Zapata, inauguró en el inicio de “Paseo Montejo” la estatua que hoy la derecha exige derribar.

Entonces, fueron los criollos yucatecos de la época colonial quienes crearon la leyenda de los Montejo, luego ampliada y romantizada por la derecha, un sector político que surgió como reacción a la Revolución Mexicana, reivindicando lo hispano, lo católico y lo tradicional como “los valores de Yucatán”, para oponerlo al progreso y a la reivindicación social. Derribar sin más la estatua de los Montejo, sin exégesis, sin una ponderación de porque se creó un “Paseo Montejo”, un “Colegio Montejo” o un “Fraccionamiento Francisco de Montejo”, es una cáscara vacía. Para esa derecha, los Montejo ahora son malos porque fueron esclavistas, pero continúan justificando la esclavitud, madre de lo que consideran sus valores y tradiciones. Así como hizo la Corona en el siglo XVI, cuando los condenó después de que se encargaron del trabajo sucio, la derecha actual quiere demoler la estatua, para luego barrer el polvo debajo de la alfombra. Más que derribar la estatua, les interesa ocultar la apología que hicieron en el pasado reciente de los crímenes que hoy dicen condenar.   

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Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (V)

Mario Alejandro Valdez

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En noviembre de 1904, el grupo político formado en torno al Gral. Francisco Cantón inició su lucha contra el gobierno de Olegario Molina y, sobre todo, contra sus pretensiones de reelección. Los cantonistas no estaban, por supuesto, iniciando una revolución. Por el contrario, estaban apegándose estrictamente a las reglas del juego político características del Porfiriato a nivel nacional.

El historiador norteamericano Allan Wells, un estudioso del porfiriato henequenero en Yucatán, enunció así la regla principal de dicho juego: “Si una facción opositora impaciente podía demostrar que la camarilla en el poder era incapaz de mantener la paz, Díaz generalmente se veía obligado a intervenir”.

Los cantonistas eran un poderoso y extendido grupo político que actuaba al menos desde 1897. Su líder, el Gral. Cantón, tenía, a los ojos de don Porfirio, la virtud de haber sido el primer “tuxtepecano”, es decir, el primer político yucateco que se adhirió al golpe militar que inauguró la dictadura porfirista; pero también cargaba el estigma de haber sido un recalcitrante conservador e incluso un imperialista radical durante la lucha contra la intervención francesa.

Fiel a sus ideas personales, Cantón se vinculó a la Iglesia Católica a todo lo largo de su trayectoria, posición que mantuvo su sobrino y heredero político Delio Moreno Cantón, pero el cantonismo de ninguna manera estaba formado por fanáticos religiosos ni “ratas de sacristía”. Su alianza con la Iglesia Católica no tenía la pretensión de establecer un Estado Clerical ni impulsar reformas legales, sino era una más de las estrategias desplegadas para atraer a las élites y los grupos populares de Yucatán.

Tan es así, que la Iglesia Católica, sin dejar de apoyar ni de apoyarse en el cantonismo, rápidamente entró en tratos y estableció alianzas con el grupo de Olegario Molina apenas éstos se hicieron del poder en 1902. La Iglesia tenía su propia agenda, en la que los vínculos con el poder civil revestían –y continúan revistiendo, por supuesto- un papel fundamental.

Como ya hemos mencionado, los cantonistas actuaban como grupo político al menos desde 1897, y desde aquel tiempo habían construido una extensa red de relaciones políticas y sociales, con presencia en todas las doscientas comunidades del Estado, incluyendo los principales barrios de las ciudades de Mérida y Progreso, y un control amplísimo de la región de Valladolid, el bastión de Francisco Cantón.

Los recursos económicos y las relaciones políticas eran la principal fuente del poder de don Pancho Cantón, de quien se decía a principios de 1900: “… le sobraba voluntad para auxiliar a quien le solicitaba, y ha sido para sus familiares un incansable protector, extendiendo sus socorros a familias e individuos extraños y hasta desconocidos”.

En las extendidas redes del cantonismo militaban individuos tan disímbolos como Alfonso Cámara y Cámara, un acaudalado hacendado y ferviente católico, Tomás Pérez Ponce, abogado y periodista de tendencias anarquistas, y Felipe Carrillo Puerto, un pequeño comerciante motuleño que para aquellos años comenzaba a familiarizarse con la literatura socialista.

De acuerdo con los informes de la policía secreta de Olegario Molina, los cantonistas eran capaces de movilizar a unas diez mil personas y, por lo tanto, de crear desórdenes mayúsculos en Mérida, Progreso, Valladolid o cualquiera de las poblaciones menores de la entidad. Por eso, cuando Tomás Pérez Ponce lanzó el brutal golpe de la publicación de la carta del peón Antonio Canché el 21 de noviembre de 1904, los molinistas se pusieron de inmediato en alerta máxima y contestaron con una rápida represión.

Como ya señalamos al hablar de Carlos Escoffié y “El Padre Clarencio”, aquellos primeros escarceos se mantuvieron en el campo de la prensa durante los primeros meses de 1905, pero en el mes de julio de aquel año, en el contexto de la campaña electoral con miras a los comicios de noviembre siguiente, el cantonismo se mostró en todo su poderío en abierto rechazo al gobierno de Olegario Molina y sus intentos de reelección.

Ni don Pancho Cantón, ni Delio Moreno, ni ninguno de los demás dirigentes cantonistas tenían miras revolucionarias ni mucho menos. Ellos simplemente jugaban las reglas del juego y estaban en pos, precisamente, de la bendición de don Porfirio. Pero sus impulsos precipitaron los acontecimientos, y los intereses populares de cientos de campesinos, jornaleros, obreros, empleados, profesionistas, pequeños comerciantes y un largo etcétera comenzaron a escribirse en la agenda histórica. En decenas de mítines, manifestaciones, concentraciones y desplegados durante el verano y el otoño de aquel 1905, comenzó a escucharse la clara voz de un pueblo inconforme, los barruntos de una Revolución.

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Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (IV)

Mario Alejandro Valdez

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Condenado a tres años de cárcel, Carlos Escoffié Zetina logró mantener la publicación de “El Padre Clarencio” hasta abril de 1906, fecha en la que, agotados sus recursos económicos, se vio obligado a suspenderla. También operó otro factor en el cierre temporal del esfuerzo editorial opositor: el grupo político liderado por Francisco Cantón Rosado, que había mantenido una fragorosa campaña contra la reelección de Olegario Molina Solís, se retiró de la contienda, lo que indudablemente afectó el flujo de recursos hacia todas las actividades opositoras.

Escoffié salió de prisión en febrero de 1908, encontrándose con un panorama político diametralmente distinto al de 1905. Ya don Olegario se había alejado de Yucatán, y aunque el gobernador era su testaferro Enrique Muñoz Arístegui –un acaudalado hacendado y comerciante-, el riguroso control oligárquico comenzaba a difuminarse ante la presencia y acción de varios periodistas, como José María Pino Suárez, y líderes obreros, como Héctor Victoria. Ya no se respiraba aquel aire represivo y absolutista de 1902, aunque la oligarquía porfirista era dueña aún de un poder inmenso, una formidable capacidad de represión que pondría en juego a partir de 1909, al aumentar las acciones opositoras.

A toda prisa, y seguramente con el apoyo de los recursos cantonistas, Escoffié volvió a la liza periodística el 21 de marzo de 1908, precisamente en el aniversario 102 del nacimiento de Benito Juárez, y dos semanas después de la famosa entrevista Díaz-Creelman, en la que el dictador agitó las aguas políticas de sus propios partidarios al anunciar que ya no intentaría una nueva reelección. En ese marco, “El Padre Clarencio” arremetió particularmente contra don Porfirio y su declinante régimen, aunque también Olegario –para entonces Ministro de Fomento del gobierno federal- y los oligarcas locales fueron blanco de sus ataques.

El relativo relajamiento de los controles políticos durante el período 1906-1908, agudizado como consecuencia de la entrevista Díaz-Creelman, volvió a tensarse desde principios de 1909. A nivel local, las posiciones de Escoffié volvieron a encuadrarse en el contexto electoral, y coincidieron con los esfuerzos cantonistas por derrotar los intentos reeleccionistas de Muñoz Arístegui; a nivel nacional, el gobierno porfirista respondió ante el creciente y preocupante movimiento encabezado por Francisco I. Madero.

Las presiones gobiernistas llevaron a Escoffié a exiliarse en Campeche en marzo de 1909, desde donde continuó publicando el semanario hasta el fin de aquel año, cuando, reclamado por un tribunal yucateco, fue obligado a regresar a Mérida para responder al proceso, aunque no fue encarcelado. Durante su estancia en el vecino Estado, Escoffié fungió como delegado del Partido Nacional Antirreeleccionista de Madero, y “El Padre Clarencio” como el principal difusor del maderismo en la península yucateca.

Para principios de 1910, la represión llegó a los extremos de la brutalidad, lo que llevó a muchos opositores a la prisión y a otros al exilio. Tal parece que no fue el caso de Escoffié, que permaneció en silencio e inactividad.

Tras la caída del régimen porfirista, Carlos Escoffié Zetina se vinculó a los proyectos editoriales de Carlos Ricardo Menéndez González, primero en “La Revista de Yucatán” y posteriormente en el “Diario de Yucatán”, así como a través de obras de su autoría, como Mérida Viejo, dedicado a las remembranzas urbanas y de ningún modo a temas de índole política, algo que no deja de sorprender después de su radical y heroica actuación de los primeros tiempos.

Es probable que el paralelismo ya apuntado entre Escoffié y Flores Magón continuara presentándose frente a los regímenes postrevolucionarios. Igual que el oaxaqueño, el yucateco no pudo acomodarse a los nuevos tiempos, y se deslindó de un movimiento que, al menos en sus inicios, mostraba una faz contradictoria y en ocasiones caótica. Se refugió entonces en el periodismo de la batalla cotidiana, en el apasionante, exigente y enloquecedor ambiente de la redacción del periódico que por aquellas épocas maduraba con el más importante e influyente de los cotidianos locales de todo el país.

Ciertamente Escoffié se dio de baja del movimiento revolucionario apenas éste entró en su etapa virulenta y de transformación, pero otros actores y otros grupos tomaron su estafeta siguiendo el valiente camino trazado por el periodista, tal como veremos en las siguientes introspecciones.

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Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (III)

Mario Alejandro Valdez

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El domingo 16 de agosto de 1903 circuló en Mérida el primer número de “El Padre Clarencio”, el célebre semanario dirigido, redactado e ilustrado por Carlos Escoffié Zetina. Su aparición seguramente sorprendió a la oligarquía molinista, que apenas comenzaba a acomodarse en la cúspide de su poder, hito marcado por dos sucesos de gran relevancia: el ascenso de Olegario Molina al gobierno del Estado, y la firma de un acuerdo entre el propio Molina, a través de su casa comercial, con la International Harvester, el monopolio distribuidor del henequén en los Estados Unidos, ambos eventos ocurridos a principios de 1902.

Escoffié emprendió así, en solitario, la lucha contra el orden porfirista en Yucatán. En cada número del semanario abundaban denuncias contra los abusos de los funcionarios locales, contra las prácticas fraudulentas y antidemocráticas en todos los ámbitos de gobierno, contra la explotación de la que los peones henequeneros eran víctimas por parte de los hacendados, contra la explotación de la que la mayoría de los hacendados eran víctimas por parte la oligarquía molinista, contra las constantes violaciones a las Leyes de Reforma. De este modo, el periódico yucateco se convirtió en un registro textual y gráfico de la perversa farsa en la que el Porfiriato había convertido al país.

La creciente influencia de “El Padre Clarencio” hizo reaccionar a la maquinaria porfirista a fines de aquel 1903. En noviembre, el sacerdote Manuel Martínez Herrera interpuso una denuncia contra Escoffié por presuntas calumnias. La aprehensión del periodista fue inmediata, así como su condena a seis meses de reclusión en la Penitenciaría Juárez. 

Aquel primer escarceo sirvió para medir las fuerzas en conflicto: el gobierno molinista realizó así su primer acto de abierta represión contra la libertad de expresión, en tanto que Escoffié, con el apoyo de su familia, logró mantener prácticamente sin interrupciones la publicación del semanario. También aparecieron los primeros apoyos a la tenacidad del periodista, cuya libertad fue demandada por la Revista de Mérida –que hasta ese entonces, todavía bajo la dirección de Delio Moreno Cantón, había hecho una muy tibia oposición al molinismo- y, por supuesto, por la prensa magonista.

Cuando salió de prisión, en mayo de 1904, Escoffié enderezó sus críticas contra el gobernador Molina, iniciando así anticipadamente la campaña contra su reelección, coyuntura en la que se vinculó pragmáticamente con Tomás Pérez Ponce y la facción conservadora cantonista. En ese marco, tanto “El Padre Clarencio” como “Verdad y Justicia” –semanario redactado por Pérez Ponce y que empezó a publicarse en noviembre de aquel año- denunciaron los abusos del hacendado Audomaro Molina Solís en su hacienda “Xcumpich”, y en particular el caso del peón Antonio Canché, quien se había separado de la hacienda y era buscado hasta por debajo de las piedras por la policía estatal. A partir de estas publicaciones, el asunto se convirtió en un escándalo internacional y provocó, entre otras cosas, la visita a Yucatán de Porfirio Díaz en febrero de 1906, en un intento por desmentir la denuncia y presentar la imagen de un Yucatán próspero y justo, así como también la del periodista estadounidense John Kenneth Turner en 1908, precisamente para documentar las prácticas inhumanas contra los sirvientes henequeneros.

El caso Canché, entonces, fue un golpe demoledor contra las mentiras que el régimen porfirista cacareaba a través de la prensa servil, que era la inmensa mayoría en aquel 1904, y que presentaban el ambiente laboral henequenero como un espacio armónico e ideal. Además de Escoffié y Pérez Ponce, el caso fue ventilado fuera de Yucatán por los Flores Magón en “Regeneración”, que en aquel entonces se publicaba en San Antonio, Texas. Por su trascendencia, consideramos pertinente reproducir algunos fragmentos de la descarnada denuncia que el sirviente yucateco lanzó en noviembre de 1904:

A las cuatro de la mañana, todos los días, a toque de campana, los desventurados jornaleros de “Xcumpich” tienen que presentarse a lo que se llama la casa principal, residencia del personero, y empiezan a desempeñar el trabajo forzoso y gratuito que se les señala y se conoce con el nombre de fajina, la cual termina a las siete de la mañana. Desde esa hora comienza la tarea que para mí y para otros compañeros consistía en hacer dos mecates de limpia y desyerbo de planteles. A las tres de la tarde, poco más o menos, quedaba terminado un mecate, pero el otro, no obstante rudos esfuerzos, no lográbamos concluirlo a las siete de la noche… y el resultado era que por vía de castigo sólo se nos pagaba cuatro reales, valor del mecate concluido. 

Tras narrar la esclavizante cotidianidad del trabajo henequenero, Canché señaló lo que a su juicio era lo peor de su explotación:

… lo peor, lo más odioso, se me encerraba con mi familia en el recinto de la hacienda como en una cárcel…

También se quejó Canché de la forma en la que explotaban y maltrataban a su esposa, pese a que esta no tenía ningún compromiso laboral con la hacienda:

Debo enumerar entre los justos motivos de mi separación, que con frecuencia se mandaba a mi esposa, María Primitiva Celis, que moliera un almud de maíz y confeccionara las tortillas, lo que tenía qué hacer y hacía contra su voluntad y con perjuicio de sus ocupaciones. Es decir, se sujetaba a mi referida esposa a trabajos forzados sin consideración de ninguna especie, contando la mujer del personero, una por una las tortillas, con arreglo a las que produce un almud de maíz, y regañando destempladamente si faltaban algunas pocas.

Exhibidos en su brutalidad, los molinistas respondieron ferozmente. Tanto Escoffié como Pérez Ponce fueron detenidos unos cuantos días después de la publicación de las denuncias de Canché, acusados de injurias por el hermano del gobernador. Sin comunicación con su abogado defensor, sólo el valor y la tenacidad de sus familiares lograron la gesta, en esas temibles condiciones, de mantener, al menos por unos meses, la publicación de “El Padre Clarencio”, cuya virulenta crítica únicamente se galvanizó ante los golpes represivos, como veremos en la próxima introspección.

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