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La política en Yucatán

Introspección histórica: los Montejo ¿fundadores o depredadores?

Mario Alejandro Valdez

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El 8 de diciembre de 1526, el rey Carlos I firmó las capitulaciones de Granada, en las que autorizó a Francisco de Montejo y Álvarez a conquistar Yucatán. Nuestro territorio había sido conocido por Montejo al formar parte de la expedición de Hernán Cortés que tocó tierra en Cozumel en 1519, integrando la empresa que culminó, en agosto de 1521, con la conquista del Imperio Mexica. Montejo fue muy insistente en su empeño, hasta lograr persuadir al rey, tras lo cual se dio a la tarea de procurar el financiamiento de su aventura. Después de más de seis meses de esfuerzos, finalmente partió de San Lucar de Barrameda a fines del verano de 1527.

Francisco de Montejo y Álvarez, el adelantado de Yucatán, fue un hombre muy terco y obstinado. Superó derrotas, abandonos y traiciones antes de culminar su obra, 20 años después de la firma de las capitulaciones. Vio morir a casi todos los que lo acompañaron en la primera aventura, perdió varias fortunas y enfermó gravemente al recorrer los territorios selváticos de la península de Yucatán, Chiapas y Tabasco. Su esfuerzo fue recompensado al consumar la conquista, y establecer el poder español en la primavera de 1547, después de derrotar una última rebelión de los Cupules en Valladolid. Y como ocurrió a todos los demás conquistadores, la Corona sólo esperó que terminara el “trabajo sucio” para despojarlo de casi todos sus beneficios. Como muchos otros, Montejo murió en litigio, y no gozó de su triunfo, trabajado con grandes sacrificios durante dos décadas.

Pero Francisco de Montejo y Álvarez sabía a lo que le tiraba cuando aceptó la encomienda de conquistar Yucatán. Tenía en aquel entonces 47 años, 12 de los cuales había pasado en América. Fue un hombre especialmente cruel, que mató personalmente u ordenó la muerte de miles de indígenas en el Caribe y Mesoamérica. Fue un europeo de su tiempo, buscaba la fortuna y el poder, y nada lo detuvo hasta obtenerlo. Era un auténtico salvaje, que sacrificó todo con tal de lograr sus sueños de grandeza.

Al final de su vida, sufrió la injusticia y la ingratitud. Ni él ni sus descendientes homónimos disfrutaron el triunfo. Si acaso su sobrino, a cambio de aceptar un bajo perfil, terminó su vida de manera tranquila, y pudo heredar a sus descendientes algo de fortuna y prestigio. Los Montejo culminaron su vida en tonos grises, sin mucho reconocimiento y con pocos frutos de su enorme esfuerzo.

Como señalamos en la colaboración de la semana pasada, fueron los criollos yucatecos del período colonial, y luego los conservadores de los siglos XIX y XX, los que crearon la leyenda de los Montejo, más que nada para justificar la defensa de sus privilegios y la funcionalidad del racismo y la discriminación.

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Así, los Montejo, simbólicamente, deben su estatura al Yucatán decimonónico que propició la Guerra de Castas, y al Yucatán reaccionario de la Casta Divina y de la oposición a la Revolución Mexicana.

¿Cuál es, entonces, el papel jugado por Francisco de Montejo y Álvarez en nuestra historia? Desde nuestra perspectiva, desempeñó un rol fundamental. Su extraordinaria ambición le llevó a superar enormes obstáculos, y lograr la conquista de Yucatán. En un contexto en el que la Corona española intentaba establecer el absolutismo, fue posteriormente despojado de sus privilegios y defenestrado. Fue un auténtico líder, que obtuvo, merced a su tesón, grandes triunfos, pero luego fue aplastado por un poder superior. Como otros conquistadores, recibió, en todos sentidos, su merecido.

La anomalía histórica surgió cuando los criollos yucatecos de la colonia, y los reaccionarios yucatecos de los tiempos independientes, convirtieron a Francisco y a sus descendientes en los símbolos representativos de su poder y, sobre todo, de emblema de la discriminación y el racismo hacia el pueblo maya. Cuando el panista César Bojórquez inauguró, el último día de su mandato, allá en el 2010, una estatua en su memoria, en realidad reivindicaba a esos racistas y discriminadores, y no a los Montejo. Derribar su estatua sólo tendría sentido si lo que hiciéramos fuera un mea culpa de todas las atrocidades que nuestros antepasados hicieron, no sólo en el siglo XVI, sino, y sobre todo, en tiempos más recientes. Reconocer que fueron los blancos, y no los indígenas, los salvajes en la Guerra de Castas; reconocer que fueron los blancos los que asesinaron a Felipe Carrillo Puerto para impedir les fueran devueltas sus tierras a los mayas; reconocer que fueron los blancos los que fundaron la Universidad del Mayab para continuar oprimiendo a nuestro pueblo originario; reconocer que son los blancos de hoy, esos que se reúnen en sus autos último modelo para protestar contra el orgullosamente mestizo Andrés Manuel López Obrador, los racistas, discriminadores y reaccionarios que continúan impidiendo que avancemos hacia la democracia, la igualdad y el disfrute de los derechos humanos para todas y todos.

Ciertamente, los Montejo nunca se merecieron un monumento. Pero tirarlo, y continuar con nuestros monstruosos errores, es, con mucho, más grave y perverso que todos los monumentos en su conjunto.

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Introspección histórica: La Iglesia Católica y la Revolución Mexicana (III)

Mario Alejandro Valdez

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En mayo de 1919, el arzobispo Martín Trischler y Córdova regresó a Yucatán. El retorno causó regocijo entre los católicos militantes y recelo entre los socialistas y revolucionarios en general. Como comentamos en la pasada introspección, asumió formalmente el compromiso de abstenerse de intervenir en política, pero no lo cumplió ni un segundo. Trischler llegó en una grave coyuntura, en la que se enfrentaban violentamente los miembros del Partido Liberal, vinculado a los hacendados henequeneros y que también contaba con el apoyo del presidente Carranza, y del Partido Socialista de Yucatán, liderado por Felipe Carrillo Puerto. El rompimiento de la victoriosa coalición revolucionaria de 1917 era un hecho, y Carranza había quedado en el ala derecha del proceso. Carrillo Puerto, entre tanto, se alió a la facción sonorense, que encabezaban Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles.

Trischler, por supuesto, apostó por los liberales, que en el otoño de aquel año de 1919 pasaron a una agresiva ofensiva con todo el apoyo del Ejército Federal. Cientos de socialistas fueron pasados por las armas, lo que incluyó el asesinato de ancianos, mujeres y niños. Oficialmente la Iglesia se limitó a guardar silencio, pero los curas de pueblo apoyaron sin restricciones a los perpetradores de los brutales crímenes, justificando su postura con el hecho de que las víctimas eran “enemigos de Dios”. Yucatán se tiñó de sangre, y Carrillo Puerto y los principales líderes se vieron obligados a huir para salvar la vida. Toda la plana mayor de los victoriosos liberales, en la que destacaban Víctor Manzanilla Montoré y Pedro Sánchez Cuevas, eran católicos destacados.

Pero en realidad la Iglesia se volvió a equivocar al tomar el partido de Carranza y el ala conservadora de la Revolución. Los sonorenses armaron una enorme alianza que incluyó a comunistas, socialistas y revolucionarios moderados, y Carranza y sus incondicionales fueron barridos estrepitosamente. En mayo de 1920, sin ningún apoyo significativo, pero negándose a renunciar, el antiguo Primer Jefe fue ejecutado en el pueblecillo de Tlaxcalantongo, y sus rivales se hicieron del poder. Carrillo Puerto y el resto de los socialistas retornaron a Yucatán al mes siguente, y volvieron a ofrecer el olivo de la paz a Trischler, quien volvió a aceptarlo hipócritamente.

Aunque Felipe tomó posesión de la gubernatura formalmente hasta febrero de 1922, lo cierto es que desde ese mes de junio de 1920 se convirtió en la autoridad en Yucatán, y comenzó a impulsar una ambiciosa agenda de transformación política, que incluía una profunda reforma agraria, la revitalización de la cultura maya, la absoluta liberación de las mujeres y la construcción de una educación de gran avanzada. Todo ello contrariaba puntualmente los intereses del arzobispo, quien participó, de modo soterrado pero inequívoco, en una agresiva campaña de golpeteo, para la que se usó de manera primordial las páginas de la Revista de Yucatán, el cotidiano de Carlos Ricardo Menéndez González.

Con particular frenesí, los católicos conservadores enfrentaron las expresiones del feminismo socialista, que eran dirigidas por Elvia, hermana menor del líder motuleño. Elvia no sólo era la cabeza del feminismo yucateco, sino una de las activistas más radicales del mundo entero. Sin ningún temor, adelantándose varias décadas a su tiempo, Elvia hizo abiertamente proselitismo por el control de la natalidad, el amor libre y la plena participación política de la mujer, tres aspectos inaceptables para el clero. Trischler instruyó entonces a Rafael de Zayas Enríquez, uno de sus hombres de paja a emprender una campaña sistemática contra estas propuestas  desde la Revista de Yucatán. Cada artículo de Elvia y de sus compañeras publicado en Tierra y en Rebeldías era contestado por un alud de tinta pergeñada por el antiguo porfirista veracruzano avecindado en Yucatán. Haciendo uso de su elegante prosa, Zayas velaba lo que en realidad eran una serie de insultos y descalificaciones contra Elvia, el feminismo, el socialismo y la Revolución Mexicana en general. Pero lo cierto es que, con lentitud pero perseverancia, el pensamiento liberador iba expandiéndose en el Estado ante la preocupada mirada de Trischler, sus sacerdotes y sus aliados.

En noviembre de 1923 comenzaron las conspiraciones para un nuevo golpe contra el socialismo. Los moderados dentro de la coalición sonorense comenzaron a moverse en oposición a Plutarco Elías Calles, el candidato de los radicales, y a quien en particular la Iglesia tenía gran temor dada su conocida obra iconoclasta como gobernador de Sonora. Trischler volvió a instruir a sus párrocos y curas en general para que apoyaran las movilizaciones opositoras y denunciaran al gobierno ateo de Felipe Carrillo. Cuando la traición se consumó y Felipe fue fusilado, el arzobispo no dijo esta boca es mía, pero en los hechos apoyó a los asesinos e impulsó la participación de connotados católicos en el gobierno usurpador, justificando así el proditorio crimen del 3 de enero de 1924, como igual hizo Carlos Ricardo Menéndez González en su célebre editorial del día siguiente.

Pero al final resultó otro error de cálculo de Trischler. Cien días después del asesinato de Felipe, la usurpación huía de cualquier modo a Centroamérica, y el Gral. obregonista Eugenio Martínez restableció a los socialistas en el poder. La Revista de Yucatán sufrió el asalto de una enardecida multitud y tuvo que cerrar para siempre, y aunque el vallisoletano José María Iturralde Traconis -quien sustituyó a Carrillo Puerto- se entrevistó personalmente con el prelado yucateco para garantizarle el libre ejercicio del culto católico, Plutarco Elías Calles llegó a la presidencia de la república en diciembre de 1924 con toda la determinación de recordarle a la Iglesia que los pecados contra el poder se pagan en la Tierra y con altos intereses.

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Introspección histórica: La Iglesia Católica y la Revolución Mexicana (II)

Mario Alejandro Valdez

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En el mismo tenor que la Iglesia Católica nacional, la yucateca dio su pleno apoyo a don Porfirio cuando la rebelión maderista de noviembre de 1910, guardó silencio ante la renuncia de Díaz en 1911 y pasó a una vigorosa ofensiva contra el nuevo gobierno apenas éste tomó posesión. En Yucatán, los periódicos católicos descalificaron rápidamente a Madero y Pino Suárez, así como a sus representantes locales a todo lo largo de 1912 y los primeros meses de 1913. Cuando el Golpe de Huerta se materializó en los asesinatos del presidente y del vicepresidente, los católicos festejaron discretamente y dieron su apoyo sin taxativas al gobierno usurpador. Uno de los más contentos era el arzobispo Martín Trischler y Córdova, miembro de una familia conservadora de Puebla, quien contribuyó con todo su apoyo ideológico y no pocos recursos financieros a mantener al régimen de Huerta.

En esas circunstancias, no fue ninguna sorpresa que Trischler y sus más cercanos colaboradores abandonaran Yucatán y se refugiaran en La Habana apenas salió el Chacal del país, en julio de 1914. En La Habana, el jefe de la Iglesia yucateca participó activamente en las alianzas y negociaciones que intentaron seducir al Ing. Eleuterio Ávila -primer gobernador carrancista del Estado- y cooptarlo para el movimiento villista. Ávila no cayó en el garlito pero, perdida la confianza del Primer Jefe de la Revolución Constitucionalista, pidió licencia aduciendo enfermedad de su esposa, dejando el campo libre para que las intrigas reaccionarias lograrán imponer como Gobernador al oscuro y afable Abel Ortiz Argumedo, quien se comprometió con la oligarquía henequenera, en pacto avalado por Trischler, a lograr la aceptación de Carranza o morir en el intento. El Arzobispo yucateco contribuyó con varios cientos de miles de pesos para la causa argumedista, así como con la influencia de sus sacerdotes, que arengaron cotidianamente desde los púlpitos y en reuniones privadas en apoyo del movimiento que se denominó soberanista, pues supuestamente se defendía la soberanía de Yucatán frente a los revolucionarios fuereños, aunque en realidad se trataba de reivindicar los intereses de los poderosos hacendados henequeneros, con quienes la Iglesia tenía una estrecha y productiva alianza.

Pero Ortiz Argumedo en realidad sólo les vio la cara a sus patrocinadores. Cuando Salvador Alvarado llegó a la península a la cabeza de un formidable Ejército, el siempre sonriente veracruzano tomó la personalidad de un hábil pillo y logró huir en el último buque que partió de Progresocon los bolsillos bien llenos. Las tropas alvaradistas dispararon poco más de tres tiros y pusieron en vergonzosa huida a aquellos improvisados engañados por los cantos de sirenas y los coros clericales. La Revolución había llegado con toda su contundencia.

Alvarado se enteró de todos los tejes manejes de la oligarquía y sus aliados de sotana, y actuó en consecuencia. Los hacendados más poderosos, a los que despectivamente llamó la Casta Divina -un término del que los insensatos se apropiaron con orgullo y aún hoy sus descendientes ostentan con placer-resintieron los primeros golpes en lo económico, al pulverizarse su monopolio exportador de fibra y ser liberados sus peones de sus añosas deudas. La Iglesia no tuvo que esperar mucho para conocer el temple del militar norteño, que ordenó el cierre de templos, la expulsión de todos los sacerdotes extranjeros-que eran un tercio del total de los que ejercían el ministerio en Yucatán- y la confiscación de propiedades de los curas más ricos, Trischler incluido. Una de las confiscaciones más importantes, más protestadas y más trascendentes fue la del antiguo Palacio Episcopal, que la Revolución convirtió en El Ateneo Peninsular, un espacio dedicado a la cultura y las artes, y que actualmente es sede del Museo de Arte Contemporáneo de Yucatán.

Pocos días después de aquella escandalosa confiscación, Mérida vivió una de sus jornadas más memorables, cuando centenares de obreros, muchos de ellos llegados del puerto de Progreso, se apoderaron de la vetusta Catedral de San Ildefonso y procedieron a quemar imágenes, vaciar altares y destruir santos. El saqueo duró varias horas, y la leyenda cuenta que el propio General Alvarado contempló las dantescas escenas desde el balcón principal de su Palacio. Es muy dudoso que ello haya sucedido, pues Alvarado rara vez se quedaba en sus oficinas, mucho menos en una situación tan comprometedora. Seguramente orquestó el asalto, pero recibió los informes correspondientes muy lejos del lugar. De hecho, públicamente se mostró indignado y ordenó una investigación, prometiendo el castigo a los culpables, quienes, por supuesto, jamás fueron encontrados.

Al saqueo de Catedral procedieron eventos similares en infinidad de templos en todo Yucatán, y la entidad se mantuvo prácticamente sin culto-se permitían misas de manera esporádica, y en una de ellas el propio Alvarado se casó con la joven yucateca Laura Manzano-los años de 1915 y 1916. Cuando la Constitución Federal de 1917 estableció las condiciones, a regañadientes el sinaloense devolvió los edificios religiosos, pero mientras tuvo el poder mantuvo a raya a los actores religiosos.

Impedido de reelegirse precisamente por las disposiciones de la nueva Carta Magna, fue sustituido por el líder ferrocarrilero Carlos Castro Morales quien, siguiendo instrucciones del presidente Carranza, y en una negociación en la que participó Felipe Carrillo Puerto, invitó a Trischler a retornar al Estado, garantizándole el absoluto respeto a la libertad de cultos. Así terminó el reaccionario prelado su exilio de 5 años en Cuba, comprometiéndose a abstenerse de participar en política. Por supuesto que eso fue una gran mentira, pero sobre ello abundaremos en la próxima introspección.

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Introspección histórica: La Iglesia Católica y la Revolución Mexicana (I)

Mario Alejandro Valdez

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Uno de los episodios más conocidos de la historia de la Iglesia Católica yucateca es el conflicto que mantuvo con el Estado Revolucionario durante casi tres lustros, de 1915 a 1929, período que vivió dos momentos de gran intensidad: el primero, durante el gobierno de Salvador Alvarado (1915-1918), y el segundo, en el curso de la Guerra Cristera (1926-1929). En el interregno, enmarcado por la hegemonía de Felipe Carrillo Puerto, la conflictividad se mantuvo, pero la voluntad negociadora y el moderado ejercicio de la violencia por parte del líder motuleño permitieron una suerte de convivencia, si bien ambos poderes mostraron abiertamente su rivalidad.

Antes de entrar a desmenuzar lo que se ha llamado persecución religiosa, entendamos que papel jugó la Iglesia como corporación frente a la Revolución Mexicana. Para ello, requerimos remontarnos siglo y medio atrás, cuando el Estado Colonial pretendió someterla, como parte del ambicioso cuerpo de reformas modernizadoras que históricamente conocemos como Reformas Borbónicas. En aquella coyuntura, en la segunda mitad del siglo XVIII, el monarca hispano Carlos III, en el mismo tenor de sus primos, los reyes de Francia, trató de fortalecer su autoridad imponiéndola sobre las órdenes religiosas, los obispos e incluso el Papa. La acción más radical-que no la única- fue la expulsión de la Orden Jesuita de todos los territorios de la monarquía en febrero de 1767. Ante la amenaza, la Iglesia reaccionó como lo que es, un poder corporativo, atacado por otro poder, y cerró filas. Más allá de las diferencias internas y las competencias personales-algo que hemos destacado en estas introspecciones-, ante el ataque del Estado Borbónico, el clero se presentó como un bloque monolítico y respondió con contundencia. Finalmente, como sabemos, las Reformas Borbónicas terminaron fracasando, México y las demás naciones de Nuestra América lograron su independencia, y la Iglesia mantuvo su poder protagónico en las nuevas sociedades.

La reforma juarista de 1857 fue la siguiente amenaza al poder eclesiástico, y, en buena medida, una reedición de los afanes Borbónicos. Y nuevamente la Iglesia se unió como un todo, y resistió la andanada con ferocidad. Su alianza con los conservadores e incluso con Napoleón III -que era un autócrata liberal- llevó al país a un baño de sangre que duró más de una década y que terminó en el Cerro de las Campanas con el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo. Pero Juárez -que era un buen católico, pero estaba firmemente convencido de la necesidad de arrebatarle el poder político a la clerecía-fue benigno en la victoria, y no hubo la temida masacre de la jerarquía católica, aunque sí un enorme retroceso de sus espacios y sus riquezas. De ese retroceso fueron rescatados por Porfirio Díaz, un hombre de pocos principios y mucho pragmatismo que, en su afán de mantener al país en tranquilidad, negoció abiertamente con los hombres de sotana, estableciéndose la plena convivencia entre los dos poderes.

Cuando la Revolución estalló, el clero tomó el partido de la dictadura sin el menor escrúpulo, y condenó desde los púlpitos y las sedes episcopales a los rebeldes. La renuncia de Díaz, en mayo de 1911, significó un durísimo revés para la Iglesia, que alcanzó a reposicionarse no muy dignamente que digamos, tratando de unirse al carro victorioso de Madero. Éste, un hombre valiente pero bastante ingenuo, aceptó la adhesión pese a los claros tintes de oportunismo que exhalaba, confirmados con el absoluto apoyo clerical al Golpe de Estado huertista de febrero de 1913.

Fue sin duda un error de cálculo de la Iglesia. Huerta fue barrido en poco tiempo al “soltarse el Tigre”, es decir, estallar la rabia de un pueblo ante tantas adversidades, tantos fraudes, tantas mentiras y tantos crímenes cometidos en tiempos de don Porfirio, y profundizados en la efímera dictadura de Victoriano Huerta. Cuando el triunfo popular se logró, ahora sí la venganza fue épica: los huertistas que no pudieron huir del país fueron ejecutados, el Ejército Federal porfirista fue disuelto, ¿y la Iglesia? La Iglesia sufrió en todo el territorio nacional las consecuencias de su derrota.

El castigo a la Iglesia fue certero y brutal. Muchos curas y religiosos fueron ejecutados, muchos templos fueron saqueados e incendiados. Las acciones contra el clero y sus posesiones se dieron, como hemos dicho, en todo el país, pero en algunos lugares, como la Ciudad de México, Sonora, Veracruz y Yucatán, los revolucionarios se distinguieron por su extremismo. ¿Qué motivó esa exacerbación en el caso yucateco? ¿El carácter propio de la Iglesia local, como en su momento señaló Salvador Alvarado? ¿O el fanatismo persecutorio de Alvarado, como señaló y señala aún ahora la propia Iglesia? Tema será de nuestra próxima introspección.

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