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La política en Yucatán

Introspección histórica: La Iglesia Católica y la Revolución Mexicana (I)

Mario Alejandro Valdez

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Uno de los episodios más conocidos de la historia de la Iglesia Católica yucateca es el conflicto que mantuvo con el Estado Revolucionario durante casi tres lustros, de 1915 a 1929, período que vivió dos momentos de gran intensidad: el primero, durante el gobierno de Salvador Alvarado (1915-1918), y el segundo, en el curso de la Guerra Cristera (1926-1929). En el interregno, enmarcado por la hegemonía de Felipe Carrillo Puerto, la conflictividad se mantuvo, pero la voluntad negociadora y el moderado ejercicio de la violencia por parte del líder motuleño permitieron una suerte de convivencia, si bien ambos poderes mostraron abiertamente su rivalidad.

Antes de entrar a desmenuzar lo que se ha llamado persecución religiosa, entendamos que papel jugó la Iglesia como corporación frente a la Revolución Mexicana. Para ello, requerimos remontarnos siglo y medio atrás, cuando el Estado Colonial pretendió someterla, como parte del ambicioso cuerpo de reformas modernizadoras que históricamente conocemos como Reformas Borbónicas. En aquella coyuntura, en la segunda mitad del siglo XVIII, el monarca hispano Carlos III, en el mismo tenor de sus primos, los reyes de Francia, trató de fortalecer su autoridad imponiéndola sobre las órdenes religiosas, los obispos e incluso el Papa. La acción más radical-que no la única- fue la expulsión de la Orden Jesuita de todos los territorios de la monarquía en febrero de 1767. Ante la amenaza, la Iglesia reaccionó como lo que es, un poder corporativo, atacado por otro poder, y cerró filas. Más allá de las diferencias internas y las competencias personales-algo que hemos destacado en estas introspecciones-, ante el ataque del Estado Borbónico, el clero se presentó como un bloque monolítico y respondió con contundencia. Finalmente, como sabemos, las Reformas Borbónicas terminaron fracasando, México y las demás naciones de Nuestra América lograron su independencia, y la Iglesia mantuvo su poder protagónico en las nuevas sociedades.

La reforma juarista de 1857 fue la siguiente amenaza al poder eclesiástico, y, en buena medida, una reedición de los afanes Borbónicos. Y nuevamente la Iglesia se unió como un todo, y resistió la andanada con ferocidad. Su alianza con los conservadores e incluso con Napoleón III -que era un autócrata liberal- llevó al país a un baño de sangre que duró más de una década y que terminó en el Cerro de las Campanas con el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo. Pero Juárez -que era un buen católico, pero estaba firmemente convencido de la necesidad de arrebatarle el poder político a la clerecía-fue benigno en la victoria, y no hubo la temida masacre de la jerarquía católica, aunque sí un enorme retroceso de sus espacios y sus riquezas. De ese retroceso fueron rescatados por Porfirio Díaz, un hombre de pocos principios y mucho pragmatismo que, en su afán de mantener al país en tranquilidad, negoció abiertamente con los hombres de sotana, estableciéndose la plena convivencia entre los dos poderes.

Cuando la Revolución estalló, el clero tomó el partido de la dictadura sin el menor escrúpulo, y condenó desde los púlpitos y las sedes episcopales a los rebeldes. La renuncia de Díaz, en mayo de 1911, significó un durísimo revés para la Iglesia, que alcanzó a reposicionarse no muy dignamente que digamos, tratando de unirse al carro victorioso de Madero. Éste, un hombre valiente pero bastante ingenuo, aceptó la adhesión pese a los claros tintes de oportunismo que exhalaba, confirmados con el absoluto apoyo clerical al Golpe de Estado huertista de febrero de 1913.

Fue sin duda un error de cálculo de la Iglesia. Huerta fue barrido en poco tiempo al “soltarse el Tigre”, es decir, estallar la rabia de un pueblo ante tantas adversidades, tantos fraudes, tantas mentiras y tantos crímenes cometidos en tiempos de don Porfirio, y profundizados en la efímera dictadura de Victoriano Huerta. Cuando el triunfo popular se logró, ahora sí la venganza fue épica: los huertistas que no pudieron huir del país fueron ejecutados, el Ejército Federal porfirista fue disuelto, ¿y la Iglesia? La Iglesia sufrió en todo el territorio nacional las consecuencias de su derrota.

El castigo a la Iglesia fue certero y brutal. Muchos curas y religiosos fueron ejecutados, muchos templos fueron saqueados e incendiados. Las acciones contra el clero y sus posesiones se dieron, como hemos dicho, en todo el país, pero en algunos lugares, como la Ciudad de México, Sonora, Veracruz y Yucatán, los revolucionarios se distinguieron por su extremismo. ¿Qué motivó esa exacerbación en el caso yucateco? ¿El carácter propio de la Iglesia local, como en su momento señaló Salvador Alvarado? ¿O el fanatismo persecutorio de Alvarado, como señaló y señala aún ahora la propia Iglesia? Tema será de nuestra próxima introspección.

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Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (XIII)

Mario Alejandro Valdez

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Una empatía muy particular nació entre aquellos dos hombres tan disímbolos. Madero, el hombre del Norte, procedente de una de las familias acaudaladas de Coahuila, terrateniente, con estudios en Europa y vínculos con la teosofía y el espiritismo; Pino Suárez, el hombre del Sur, un abogado con los pies en la tierra, literato, clase mediero, de un catolicismo discreto… Pese a las diferencias, el vínculo fue inmediato, y ante las renuencias y ambigüedades del periodista Carlos Ricardo Menéndez González, José María fue designado por Madero, en aquel junio de 1909, como su representante en Yucatán.

Apenas salió Madero de Yucatán, Pino Suárez inició su labor, fundando decenas de clubes antirreeleccionistas en las principales poblaciones del Estado. En esas condiciones, y ante la proximidad de las elecciones para renovar el Poder Ejecutivo local, el tabasqueño aceptó la candidatura por las agrupaciones maderistas para enfrentar a Enrique Muñoz Arístegui, candidato oficial y gobernador interino, y al abanderado cantonista Delio Moreno Cantón, sobrino del Gral. Francisco Cantón Rosado.

A inicios de octubre de aquel 1909, y reconociendo el débil impacto de su candidatura, Pino Suárez ofreció su apoyo a Moreno Cantón, con la única condición de que éste reconociera el liderazgo nacional de Francisco Madero y se comprometiera a trabajar por su proyecto. Moreno Cantón, quien en realidad continuaba apoyando a don Porfirio pese a oponerse al candidato porfirista a nivel local, rechazó la propuesta, pero las alarmas sobre las consecuencias de una posible alianza resonaron en el Palacio de Gobierno, desde donde Muñoz Arístegui ordenó desatar una represión abierta, acusando a morenistas y pinistas del delito de rebelión. Muchos líderes y militantes de estas agrupaciones fueron detenidos, aunque tanto don Delio como don José María evitaron la prisión saliendo de Yucatán. Pino Suárez encontró refugio en su Tenosique natal, donde pasó varios meses. Sin oposición, el porfirista Muñoz Arístegui arrasó con la elección y tomó posesión de un nuevo período de gobierno en febrero de 1910.

Pino Suárez, entre tanto, mantuvo contacto con Madero, quien lo convocó a la Ciudad de México para participar en la Gran Convención Antirreeleccionista que se celebró el siguiente mes de abril. Durante aquellas reuniones, Madero anduvo siempre muy cerca de José María, e incluso intentó fuera desde aquella ocasión su candidato a la Vicepresidencia, puesto para el que fue electo Francisco Vázquez Gómez, quedando el tabasqueño como candidato a una de las magistraturas de la Suprema Corte de Justicia.

Mayo y junio fueron meses febriles en la campaña presidencial, y Pino Suárez acompañó a Madero a varios puntos de su gira por la república, aunque no se encontraba con él cuando fue detenido, unos cuantos días antes de la jornada electoral, en San Luis Potosí. Aquella detención, como es fácil comprender, ocasionó un auténtico caos en las filas antirreleccionistas. Muchos líderes salieron del país, refugiándose en poblaciones fronterizas con los Estados Unidos; otros se hicieron “ojo de hormiga” y comenzaron a actuar en la clandestinidad. El propio Madero, cuya prisión se relajó después de consumado el fraude electoral que permitió la reelección de Díaz, estuvo entre los primeros; José María Pino Suárez pasó lista entre los segundos, ocultándose, como en octubre anterior, a la vera del Usumacinta, en su querido Tenosique natal. Allí se encontraba la tarde del 20 de noviembre, la fecha proclamada por Madero para iniciar un levantamiento armado que expulsara al anciano Díaz del poder presidencial.

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Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (XII)

Mario Alejandro Valdez

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Después de vender sus acciones de “El Peninsular”, José María Pino Suárez retomó vigorosamente su carrera jurídica. Además de sus clientes meridanos, el tabasqueño ejerció su profesión también, y con creciente presencia, en Campeche, particularmente en el Partido del Carmen, y en su Tenosique natal.

Allí, en los confines del país de los mayas, Pino Suárez entró en contacto con los rancheros mestizos y criollos que dominaban–y dominan aún- ese nicho específico de la geografía nacional. Allí rememoró el poeta sus años de infancia, y su nostálgico amor por el terruño infantil. Su poema “El Usumacinta” testimonia los profundos sentimientos del sensible político tabasqueño-yucateco:

Besando pasa la risueña falda

de mi pueblo tranquilo y venturoso

y deslízase luego, voluptuoso

por inmensas llanuras de esmeralda

Sus sentidas palabras, escritas mucho antes de su plena incursión en la política, cobran un siniestro significado hoy en día, un siglo después de su martirio:

Dulces rumores a mi undoso río….

¡Quiera el cielo propicio, cuando muera,

bañen sus aguas el sepulcro mío! ….

En 1906, cuando sus constantes viajes a las poblaciones de El Carmen, Campeche, Tenosique y Balancán, Tabasco, José María estaba muy lejos de imaginar su pletórica entrada a la Ciudad de México en junio de 1911, y mucho, muchísimo menos, su horrible asesinato, a unos metros del Palacio Negro de Lecumberri, en febrero de 1913. Su cadáver, destrozado por las balas de la maldad de los reaccionarios-¿habrán cambiado algo con el paso de los años?- no descansa en un sepulcro bañado por el río tabasqueño, como fuera su deseo, sino en una Rotonda ajena a los sentimientos del llamado “Caballero de la lealtad”. Triste final de un yucateco que amó Tabasco, de un tabasqueño que amó Yucatán.

Pero regresemos a las primeras luchas, cuando Pino Suárez conoció, en los ranchos carmelitas y tabasqueños, nuevas formas de vida, nuevas inconformidades frente al poder absoluto y ciego de las oligarquías porfiristas que ahogaban el desarrollo de toda la nación.

Para ayudar a José María a completar el ingreso familiar, su suegro lo designó como administrador de Polyuc, el segundo ingenio en importancia de Yucatán. Allí vivió Pino Suárez algunos meses entre 1906-1907, pero finalmente renunció, al no adaptarse a las particularidades de la ruralidad yucateca, tan distinta a la del campo tabasqueño.

Aunque ya no ejercía el periodismo, José María siguió perteneciendo a la Asociación de la Prensa Yucateca, y, con su representación, fue testigo privilegiado de los primeros intentos, en 1907, de la organización obrera, hecho que testimonia la posición política que ya le era reconocida por la incipiente oposición anti-porfirista en aquel tiempo.

1908 fue un año crucial en la vida de José María. En marzo de aquel año conoció, como muchos mexicanos, las escandalosas declaraciones políticas de Porfirio Díaz al periodista Creelman. Unas semanas después, en el curso de sus constantes viajes al sur de Tabasco, supo del motín que obligó a un odiado jefe político porfirista a telegrafiar su renuncia bajo amenaza de muerte.

En la primavera de 1909 un nuevo movimiento telúrico conmovió al país. La Sucesión presidencial de 1910 de Francisco Madero llegó a todos los confines de la república, dejando una estela de agitación y un sabor de futuro. Su contenido no era realmente profundo, pero sí emotivo. Una de sus dedicatorias debió llamar poderosamente la atención de Pino Suárez:

“… dedico este libro a la prensa independiente de la república, que con abnegación ha sostenido una lucha desigual por más de 30 años contra el poder omnímodo que ha centralizado en sus manos un solo hombre; a esa prensa que, tremolando la bandera constitucional, ha protestado contra todos los abusos del poder y defendido nuestros derechos ultrajados, nuestra Constitución escarnecida, nuestras leyes burladas”.

Después de la publicación de su obra magna, Madero se convirtió en el personaje nacional del momento. Identificado con sus ideas renovadoras pero moderadas, Pino Suárez se unió a sus amigos Carlos Ricardo Menéndez González y Delio Moreno Cantón para recibir al “Apóstol de la Democracia” en Progreso el 26 de junio de 1909. Aquel primer encuentro, paradójicamente al pie del muelle “Porfirio Díaz”, fue casi íntimo, pues a Madero sólo lo acompañaban su esposa Sara y Félix Palavicini. La plática posterior fue intensa y prolífica: aquel mismo día quedaron entrelazados para siempre los destinos del espírita Francisco Madero y el poeta José María Pino Suárez.

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Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (XI)

Mario Alejandro Valdez

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En marzo de 1905, cuatro meses después de que “El Padre Clarencio” y “Verdad y Justicia” destaparan la cloaca de la esclavitud henequenera con el caso del sirviente Antonio Canché, José María Pino Suárez se atrevió a tocar el punto en su periódico “El Peninsular”. Al hacerlo, el también abogado y poeta hizo acopio de toda su diplomacia y talento literario a fin de evitar los palos de la represión, tal como reconoció el tabasqueño en su editorial del día seis:

Hemos hablado, como siempre, en términos generales, y fundándonos en antecedentes históricos y hechos reales, sin pretender hacer inculpaciones a todos los hacendados de Yucatán, entre cuyo honorabilísimo gremio existen, sin duda, muy honrosas excepciones”.

Pero a pesar del lenguaje general, a pesar de no hacer imputaciones, los ataques contra Pino y su cotidiano se produjeron de inmediato. El oficialista “Eco del Comercio” descalificó los planteamientos pinistas por su origen “extranjero”–en alusión a haber nacido en Tenosique, Tabasco- y carecer de amor a Yucatán.

El infundado ataque encorajinó al periodista, al grado que consideró del caso aclarar ser “…de padre yucateco y crecido y educado en Yucatán, en donde he formado familia e intereses…”, y fundar precisamente en su apego al terruño de sus mayores y de sus descendientes la exposición del espinoso tema:

“… examinamos una cuestión de suma trascendencia para el porvenir agrícola, obrero y social de Yucatán, cada día en mayor peligro, por la sórdida ambición y cruel avaricia de algunos, por las complacencias interesadas y punibles de los gobiernos y por la inexplicable condescendencia e infame silencio de la prensa…”.

José María Pino Suárez había llegado a Yucatán en 1880, tras la muerte de su madre, con el fin de terminar sus estudios básicos en Mérida y posteriormente abrazar -como hizo- la carrera de abogado. Graduado en 1894, Pino Suárez fue un ciudadano modélico en el seno de la sociedad porfirista: profesionista esforzado, cultivador de la poesía amorosa en el marco del floreciente modernismo, casado con la sobrina de Agustín Vales Castillo-uno de los hacendados henequeneros más poderosos del Estado-, fundador en 1904 -con dineros de su suegro, el comerciante Raymundo Cámara Luján- del periódico “El Peninsular”, el natural de Tenosique parecía tener todo para alcanzar una posición cómoda y distinguida en aquel conglomerado social.

Con la ayuda de los Cámara y los Vales, “El Peninsular” se fue posicionando como un periódico exitoso que originalmente no competía con los matutinos “La Revista de Mérida” y “El Eco del Comercio”, dado que su circulación era vespertina. Varios de los grandes pro-hombres del molinismo fueron sus suscriptores, como Audomaro Molina–el hermano de Olegario acusado de esclavizar a Canché-, Rogelio Suárez –yerno de Olegario-, Augusto L. Peón y Alberto García Fajardo–éstos dos últimos de los más acaudalados miembros de la “Casta Divina”-. Sin comprometerse políticamente con nadie, Pino Suárez había logrado, hasta febrero de 1905, en la víspera del primer aniversario de la publicación, un amplio público lector y anunciantes distinguidos y solventes. El negocio iba viento en popa.

Pero cuando el tabasqueño puso en su primera plana el caso Canché, por el cual ya purgaban prisión Carlos Escoffié y Tomás Pérez Ponce, todo cambió. Las cancelaciones de suscripciones y anunciantes fueron inmediatas y tumultuosas, lo que obviamente cimbró a un periódico que apenas estaba alcanzando su estabilidad financiera.

Confrontado por la oligarquía, Pino Suárez se mantuvo fiel a su independencia, sin responder los ataques ni agudizar las críticas. En la discreta moderación que lo caracterizó toda su vida, con honestidad, con rectitud, sin apasionamientos, el abogado y poeta intentó infructuosamente mantener la autonomía y viabilidad de su periódico. Ahogado por la escasez de circulación y el abandono de sus principales anunciantes, le vendió en octubre de 1905 a su cuñado Alfredo Cámara Vales, detrás de quien probablemente estaba su tío Agustín Vales, quien a la sazón era, además de un prominente “Casta Divina”, ni más ni menos que el Jefe Político de Mérida.

Pero antes de la venta, en agosto de aquel año y como uno de sus últimos intentos por sobrevivir editorialmente, Pino Suárez participó en la fundación de la “Asociación de la Prensa Yucateca”, grupo que intentó organizar la defensa de la libertad de expresión frente a los embates de la oligarquía porfirista. Reunido con una veintena de colegas, José María dejó de lado las florituras del lenguaje poético y expuso con crudeza la desesperante situación de su periódico. Sus compañeros lo ovacionaron largamente y lo eligieron vicepresidente de la asociación.

Pese a lo dramático de la coyuntura, Pino Suárez terminó el acto con un grato sabor de boca. Aunque desde muy joven había escuchado aplausos y elogios a su talento literario, el calor del discurso y de los vítores políticos lo subyugaron. Un nuevo líder había nacido en aquel agitado verano de 1905.

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