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La política en Yucatán

Introspección histórica: La Iglesia Católica y la Revolución Mexicana (II)

Mario Alejandro Valdez

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En el mismo tenor que la Iglesia Católica nacional, la yucateca dio su pleno apoyo a don Porfirio cuando la rebelión maderista de noviembre de 1910, guardó silencio ante la renuncia de Díaz en 1911 y pasó a una vigorosa ofensiva contra el nuevo gobierno apenas éste tomó posesión. En Yucatán, los periódicos católicos descalificaron rápidamente a Madero y Pino Suárez, así como a sus representantes locales a todo lo largo de 1912 y los primeros meses de 1913. Cuando el Golpe de Huerta se materializó en los asesinatos del presidente y del vicepresidente, los católicos festejaron discretamente y dieron su apoyo sin taxativas al gobierno usurpador. Uno de los más contentos era el arzobispo Martín Trischler y Córdova, miembro de una familia conservadora de Puebla, quien contribuyó con todo su apoyo ideológico y no pocos recursos financieros a mantener al régimen de Huerta.

En esas circunstancias, no fue ninguna sorpresa que Trischler y sus más cercanos colaboradores abandonaran Yucatán y se refugiaran en La Habana apenas salió el Chacal del país, en julio de 1914. En La Habana, el jefe de la Iglesia yucateca participó activamente en las alianzas y negociaciones que intentaron seducir al Ing. Eleuterio Ávila -primer gobernador carrancista del Estado- y cooptarlo para el movimiento villista. Ávila no cayó en el garlito pero, perdida la confianza del Primer Jefe de la Revolución Constitucionalista, pidió licencia aduciendo enfermedad de su esposa, dejando el campo libre para que las intrigas reaccionarias lograrán imponer como Gobernador al oscuro y afable Abel Ortiz Argumedo, quien se comprometió con la oligarquía henequenera, en pacto avalado por Trischler, a lograr la aceptación de Carranza o morir en el intento. El Arzobispo yucateco contribuyó con varios cientos de miles de pesos para la causa argumedista, así como con la influencia de sus sacerdotes, que arengaron cotidianamente desde los púlpitos y en reuniones privadas en apoyo del movimiento que se denominó soberanista, pues supuestamente se defendía la soberanía de Yucatán frente a los revolucionarios fuereños, aunque en realidad se trataba de reivindicar los intereses de los poderosos hacendados henequeneros, con quienes la Iglesia tenía una estrecha y productiva alianza.

Pero Ortiz Argumedo en realidad sólo les vio la cara a sus patrocinadores. Cuando Salvador Alvarado llegó a la península a la cabeza de un formidable Ejército, el siempre sonriente veracruzano tomó la personalidad de un hábil pillo y logró huir en el último buque que partió de Progresocon los bolsillos bien llenos. Las tropas alvaradistas dispararon poco más de tres tiros y pusieron en vergonzosa huida a aquellos improvisados engañados por los cantos de sirenas y los coros clericales. La Revolución había llegado con toda su contundencia.

Alvarado se enteró de todos los tejes manejes de la oligarquía y sus aliados de sotana, y actuó en consecuencia. Los hacendados más poderosos, a los que despectivamente llamó la Casta Divina -un término del que los insensatos se apropiaron con orgullo y aún hoy sus descendientes ostentan con placer-resintieron los primeros golpes en lo económico, al pulverizarse su monopolio exportador de fibra y ser liberados sus peones de sus añosas deudas. La Iglesia no tuvo que esperar mucho para conocer el temple del militar norteño, que ordenó el cierre de templos, la expulsión de todos los sacerdotes extranjeros-que eran un tercio del total de los que ejercían el ministerio en Yucatán- y la confiscación de propiedades de los curas más ricos, Trischler incluido. Una de las confiscaciones más importantes, más protestadas y más trascendentes fue la del antiguo Palacio Episcopal, que la Revolución convirtió en El Ateneo Peninsular, un espacio dedicado a la cultura y las artes, y que actualmente es sede del Museo de Arte Contemporáneo de Yucatán.

Pocos días después de aquella escandalosa confiscación, Mérida vivió una de sus jornadas más memorables, cuando centenares de obreros, muchos de ellos llegados del puerto de Progreso, se apoderaron de la vetusta Catedral de San Ildefonso y procedieron a quemar imágenes, vaciar altares y destruir santos. El saqueo duró varias horas, y la leyenda cuenta que el propio General Alvarado contempló las dantescas escenas desde el balcón principal de su Palacio. Es muy dudoso que ello haya sucedido, pues Alvarado rara vez se quedaba en sus oficinas, mucho menos en una situación tan comprometedora. Seguramente orquestó el asalto, pero recibió los informes correspondientes muy lejos del lugar. De hecho, públicamente se mostró indignado y ordenó una investigación, prometiendo el castigo a los culpables, quienes, por supuesto, jamás fueron encontrados.

Al saqueo de Catedral procedieron eventos similares en infinidad de templos en todo Yucatán, y la entidad se mantuvo prácticamente sin culto-se permitían misas de manera esporádica, y en una de ellas el propio Alvarado se casó con la joven yucateca Laura Manzano-los años de 1915 y 1916. Cuando la Constitución Federal de 1917 estableció las condiciones, a regañadientes el sinaloense devolvió los edificios religiosos, pero mientras tuvo el poder mantuvo a raya a los actores religiosos.

Impedido de reelegirse precisamente por las disposiciones de la nueva Carta Magna, fue sustituido por el líder ferrocarrilero Carlos Castro Morales quien, siguiendo instrucciones del presidente Carranza, y en una negociación en la que participó Felipe Carrillo Puerto, invitó a Trischler a retornar al Estado, garantizándole el absoluto respeto a la libertad de cultos. Así terminó el reaccionario prelado su exilio de 5 años en Cuba, comprometiéndose a abstenerse de participar en política. Por supuesto que eso fue una gran mentira, pero sobre ello abundaremos en la próxima introspección.

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Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (VI)

Mario Alejandro Valdez

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A partir de 1888, cuando impuso la reelección presidencial indefinida, Porfirio Díaz buscó la estabilización política de las diversas regiones del país. De esa manera, los primeros “imperios” regionales surgieron en Nuevo León, donde Bernardo Reyes gobernó 21 años; Sonora, donde Ramón Corral gobernó 15 años, hasta que don Porfirio se lo llevó a la capital; Estado de México, gobernado por José Vicente Villada durante 15 años, hasta su muerte; Michoacán y Veracruz, gobernados durante 20 años por Aristeo Mercado y Teodoro Dehesa, respectivamente, hasta la caída de la dictadura.

La política del “divide y vencerás”, que tan buenos frutos rindió al déspota oaxaqueño en sus primeros años de gobierno, fue paulatinamente abandonada, y, en la medida en la que las condiciones lo iban permitiendo, el poder político fue concentrándose en un sólo grupo, incluso en una sóla persona. La tendencia se expandió imparable por todo el país, y llegó al lejano Yucatán a principios de 1905.

Con la plena autorización del dictador, Olegario Molina inició sus trabajos reeleccionistas desde principios de aquel año, sin apartarse, por supuesto, de su cargo. La propaganda y reuniones de los molinistas cobraron impulso para el mes de marzo, exactamente ocho meses antes de la elección gubernamental, programada para el domingo 5 de noviembre.

Asimismo, sin percatarse de los cambios en el juego político que beneficiaban la reelección de Molina y el establecimiento de un centro único del poder en torno a su persona, los cantonistas también comenzaron sus movilizaciones desde los primeros días de 1905. El viejo Pancho Cantón ya rebasaba para aquel entonces los 70 años y cargaba desde hacía más de un lustro con las secuelas de un derrame cerebral. Con todo, sus numerosos  partidarios lo empujaron a buscar su propia reelección y así evitar la molinista en aquella coyuntura. Cantón guardó silencio y se mantuvo en la relativa oscuridad de su casona vallisoletana–con ocasionales estancias en su céntrica residencia meridana, que aprovechaba para supervisar la construcción de su Palacio en Paseo Montejo-mientras su sobrino Delio Moreno Cantón y Alfonso Cámara y Cámara actuaban en su nombre en pequeñas reuniones en las principales poblaciones del Estado, así como a través de publicaciones periódicas.

Las actividades antirreeleccionistas comenzaron a subir de tono en el mes de mayo con la fundación de la Convención Liberal Antireeleccionista, presidida por Cámara y Manuel Meneses, y en cuya directiva no figuraban ni Cantón ni Moreno. Esto nos lleva a considerar, primero, que ya don Porfirio había dado su anuencia a los trabajos políticos contrarios a Olegario Molina, pero que la ambigüedad e incluso tibieza del permiso porfirista impedían aún el lanzamiento de un candidato, y que, por tanto, aún se mantenían vigentes las posibilidades de don Pancho Cantón y de su sobrino.

Meneses, un abogado meridano de renombre, impulsó, junto con el también abogado y periodista Tirso Pérez Ponce –hermano de Tomás, quien como ya hemos visto se encontraba en prisión por la publicación de la carta de Antonio Canché en la que denunció la esclavitud en la Hacienda “Xcumpich”- el movimiento antireeleccionista hacia nuevos horizontes. En junio de 1905, al tiempo en que la correspondencia yucateca favorable y contraria al gobernador Molina inundaba la secretaría de Porfirio Díaz, con informes contradictorios, Meneses y Pérez Ponce recorrían los barrios obreros de Mérida y Progreso reclutando adeptos a la causa opositora. La respuesta obrera fue inmediata, y la capacidad de movilización del cantonismo creció de un modo asombroso e inesperado. En modestas casas de los suburbios de San Cristóbal, San Juan y Santiago, Meneses, un abogado de clase media que se identificaba plenamente con los valores de la sociedad capitalista, se vio avasallado por las denuncias y demandas de cientos de trabajadores de fábricas, servicios públicos y comercios. Sin percibirlo, el cantonismo se había convertido en un ruidoso vehículo de la expresión del descontento obrero de aquel Yucatán que nacía al capitalismo industrial.

Los agentes de la policía “secreta” consiguieron infiltrarse en el movimiento y dieron puntual información al gobernador Molina de aquel giro de la campaña política. Los informes volaron, por supuesto, hasta el despacho presidencial, y don Porfirio tomó entonces su decisión: Olegario sería candidato único, y el movimiento antirreeleccionista se disolvería de inmediato.

El jueves 10 de agosto se realizó la ceremonia de entronización reeleccionista. Todos los empleados públicos y miles de peones henequeneros fueron reunidos en el flamante Circo Teatro Yucateco para vitorear al ungido. Don Pancho Cantón dio la orden de desactivar los trabajos anti-molinistas, aceptando el veredicto del dictador.

Pero el fuego atizado por Meneses y Tirso Pérez Ponce, apenas había empezado a arder, y decenas de líderes espontáneos y cientos de obreros de Mérida y Progreso decidieron que no habían iniciado sus movilizaciones para luego aplacarse sin más por órdenes de un viejo militar al que ni siquiera conocían de vista. A contracorriente de las instrucciones cantonistas, el movimiento continuó durante aquellos calurosos días del verano de 1905. La primera batalla entre el pueblo revolucionario y la todopoderosa oligarquía molinista estaba a punto de iniciar.

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La política en Yucatán

Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (V)

Mario Alejandro Valdez

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En noviembre de 1904, el grupo político formado en torno al Gral. Francisco Cantón inició su lucha contra el gobierno de Olegario Molina y, sobre todo, contra sus pretensiones de reelección. Los cantonistas no estaban, por supuesto, iniciando una revolución. Por el contrario, estaban apegándose estrictamente a las reglas del juego político características del Porfiriato a nivel nacional.

El historiador norteamericano Allan Wells, un estudioso del porfiriato henequenero en Yucatán, enunció así la regla principal de dicho juego: “Si una facción opositora impaciente podía demostrar que la camarilla en el poder era incapaz de mantener la paz, Díaz generalmente se veía obligado a intervenir”.

Los cantonistas eran un poderoso y extendido grupo político que actuaba al menos desde 1897. Su líder, el Gral. Cantón, tenía, a los ojos de don Porfirio, la virtud de haber sido el primer “tuxtepecano”, es decir, el primer político yucateco que se adhirió al golpe militar que inauguró la dictadura porfirista; pero también cargaba el estigma de haber sido un recalcitrante conservador e incluso un imperialista radical durante la lucha contra la intervención francesa.

Fiel a sus ideas personales, Cantón se vinculó a la Iglesia Católica a todo lo largo de su trayectoria, posición que mantuvo su sobrino y heredero político Delio Moreno Cantón, pero el cantonismo de ninguna manera estaba formado por fanáticos religiosos ni “ratas de sacristía”. Su alianza con la Iglesia Católica no tenía la pretensión de establecer un Estado Clerical ni impulsar reformas legales, sino era una más de las estrategias desplegadas para atraer a las élites y los grupos populares de Yucatán.

Tan es así, que la Iglesia Católica, sin dejar de apoyar ni de apoyarse en el cantonismo, rápidamente entró en tratos y estableció alianzas con el grupo de Olegario Molina apenas éstos se hicieron del poder en 1902. La Iglesia tenía su propia agenda, en la que los vínculos con el poder civil revestían –y continúan revistiendo, por supuesto- un papel fundamental.

Como ya hemos mencionado, los cantonistas actuaban como grupo político al menos desde 1897, y desde aquel tiempo habían construido una extensa red de relaciones políticas y sociales, con presencia en todas las doscientas comunidades del Estado, incluyendo los principales barrios de las ciudades de Mérida y Progreso, y un control amplísimo de la región de Valladolid, el bastión de Francisco Cantón.

Los recursos económicos y las relaciones políticas eran la principal fuente del poder de don Pancho Cantón, de quien se decía a principios de 1900: “… le sobraba voluntad para auxiliar a quien le solicitaba, y ha sido para sus familiares un incansable protector, extendiendo sus socorros a familias e individuos extraños y hasta desconocidos”.

En las extendidas redes del cantonismo militaban individuos tan disímbolos como Alfonso Cámara y Cámara, un acaudalado hacendado y ferviente católico, Tomás Pérez Ponce, abogado y periodista de tendencias anarquistas, y Felipe Carrillo Puerto, un pequeño comerciante motuleño que para aquellos años comenzaba a familiarizarse con la literatura socialista.

De acuerdo con los informes de la policía secreta de Olegario Molina, los cantonistas eran capaces de movilizar a unas diez mil personas y, por lo tanto, de crear desórdenes mayúsculos en Mérida, Progreso, Valladolid o cualquiera de las poblaciones menores de la entidad. Por eso, cuando Tomás Pérez Ponce lanzó el brutal golpe de la publicación de la carta del peón Antonio Canché el 21 de noviembre de 1904, los molinistas se pusieron de inmediato en alerta máxima y contestaron con una rápida represión.

Como ya señalamos al hablar de Carlos Escoffié y “El Padre Clarencio”, aquellos primeros escarceos se mantuvieron en el campo de la prensa durante los primeros meses de 1905, pero en el mes de julio de aquel año, en el contexto de la campaña electoral con miras a los comicios de noviembre siguiente, el cantonismo se mostró en todo su poderío en abierto rechazo al gobierno de Olegario Molina y sus intentos de reelección.

Ni don Pancho Cantón, ni Delio Moreno, ni ninguno de los demás dirigentes cantonistas tenían miras revolucionarias ni mucho menos. Ellos simplemente jugaban las reglas del juego y estaban en pos, precisamente, de la bendición de don Porfirio. Pero sus impulsos precipitaron los acontecimientos, y los intereses populares de cientos de campesinos, jornaleros, obreros, empleados, profesionistas, pequeños comerciantes y un largo etcétera comenzaron a escribirse en la agenda histórica. En decenas de mítines, manifestaciones, concentraciones y desplegados durante el verano y el otoño de aquel 1905, comenzó a escucharse la clara voz de un pueblo inconforme, los barruntos de una Revolución.

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Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (IV)

Mario Alejandro Valdez

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Condenado a tres años de cárcel, Carlos Escoffié Zetina logró mantener la publicación de “El Padre Clarencio” hasta abril de 1906, fecha en la que, agotados sus recursos económicos, se vio obligado a suspenderla. También operó otro factor en el cierre temporal del esfuerzo editorial opositor: el grupo político liderado por Francisco Cantón Rosado, que había mantenido una fragorosa campaña contra la reelección de Olegario Molina Solís, se retiró de la contienda, lo que indudablemente afectó el flujo de recursos hacia todas las actividades opositoras.

Escoffié salió de prisión en febrero de 1908, encontrándose con un panorama político diametralmente distinto al de 1905. Ya don Olegario se había alejado de Yucatán, y aunque el gobernador era su testaferro Enrique Muñoz Arístegui –un acaudalado hacendado y comerciante-, el riguroso control oligárquico comenzaba a difuminarse ante la presencia y acción de varios periodistas, como José María Pino Suárez, y líderes obreros, como Héctor Victoria. Ya no se respiraba aquel aire represivo y absolutista de 1902, aunque la oligarquía porfirista era dueña aún de un poder inmenso, una formidable capacidad de represión que pondría en juego a partir de 1909, al aumentar las acciones opositoras.

A toda prisa, y seguramente con el apoyo de los recursos cantonistas, Escoffié volvió a la liza periodística el 21 de marzo de 1908, precisamente en el aniversario 102 del nacimiento de Benito Juárez, y dos semanas después de la famosa entrevista Díaz-Creelman, en la que el dictador agitó las aguas políticas de sus propios partidarios al anunciar que ya no intentaría una nueva reelección. En ese marco, “El Padre Clarencio” arremetió particularmente contra don Porfirio y su declinante régimen, aunque también Olegario –para entonces Ministro de Fomento del gobierno federal- y los oligarcas locales fueron blanco de sus ataques.

El relativo relajamiento de los controles políticos durante el período 1906-1908, agudizado como consecuencia de la entrevista Díaz-Creelman, volvió a tensarse desde principios de 1909. A nivel local, las posiciones de Escoffié volvieron a encuadrarse en el contexto electoral, y coincidieron con los esfuerzos cantonistas por derrotar los intentos reeleccionistas de Muñoz Arístegui; a nivel nacional, el gobierno porfirista respondió ante el creciente y preocupante movimiento encabezado por Francisco I. Madero.

Las presiones gobiernistas llevaron a Escoffié a exiliarse en Campeche en marzo de 1909, desde donde continuó publicando el semanario hasta el fin de aquel año, cuando, reclamado por un tribunal yucateco, fue obligado a regresar a Mérida para responder al proceso, aunque no fue encarcelado. Durante su estancia en el vecino Estado, Escoffié fungió como delegado del Partido Nacional Antirreeleccionista de Madero, y “El Padre Clarencio” como el principal difusor del maderismo en la península yucateca.

Para principios de 1910, la represión llegó a los extremos de la brutalidad, lo que llevó a muchos opositores a la prisión y a otros al exilio. Tal parece que no fue el caso de Escoffié, que permaneció en silencio e inactividad.

Tras la caída del régimen porfirista, Carlos Escoffié Zetina se vinculó a los proyectos editoriales de Carlos Ricardo Menéndez González, primero en “La Revista de Yucatán” y posteriormente en el “Diario de Yucatán”, así como a través de obras de su autoría, como Mérida Viejo, dedicado a las remembranzas urbanas y de ningún modo a temas de índole política, algo que no deja de sorprender después de su radical y heroica actuación de los primeros tiempos.

Es probable que el paralelismo ya apuntado entre Escoffié y Flores Magón continuara presentándose frente a los regímenes postrevolucionarios. Igual que el oaxaqueño, el yucateco no pudo acomodarse a los nuevos tiempos, y se deslindó de un movimiento que, al menos en sus inicios, mostraba una faz contradictoria y en ocasiones caótica. Se refugió entonces en el periodismo de la batalla cotidiana, en el apasionante, exigente y enloquecedor ambiente de la redacción del periódico que por aquellas épocas maduraba con el más importante e influyente de los cotidianos locales de todo el país.

Ciertamente Escoffié se dio de baja del movimiento revolucionario apenas éste entró en su etapa virulenta y de transformación, pero otros actores y otros grupos tomaron su estafeta siguiendo el valiente camino trazado por el periodista, tal como veremos en las siguientes introspecciones.

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