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La política en Yucatán

Introspección histórica: la relación con el poder nacional en los tiempos contemporáneos

Mario Alejandro Valdez

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En junio de 1910, un grupo de hacendados descontentos con la Casta Divina –la oligarquía gobernante, liderada por Olegario Molina Solís- se levantó en armas en Valladolid. El hecho fue conocido en cuestión de horas por el presidente Porfirio Díaz, quien envió a un poderoso batallón del Ejército Federal, al mando del Gral. Ignacio Bravo y del Coronel Victoriano Huerta. Los militares porfiristas simplemente aplastaron aquella breve insurrección, a la que el periodista Carlos Ricardo Menéndez González convirtió en leyenda e inmortalizó con el nombre de “Primera chispa de la Revolución Mexicana”. Lo realmente relevante de esta coyuntura fue la intervención rápida y efectiva del gobierno federal para resolver, sin demora y de un modo terminante, una coyuntura local.

No había ocurrido así a lo largo del siglo XIX. El Gral. Francisco Cantón, el líder visible de la asonada de junio de 1910, se hizo experto en esos pequeños motines, en los que con dos centenares de soldados bien decididos y suficientemente armados derrocaba gobernadores y luego negociaba, ventajosamente, con el poder nacional. El caso es que, dado el estado de las comunicaciones en aquellos tiempos, la llegada de tropas federales demoraba semanas, lo que permitía ventajas a los caudillos locales. La construcción del ferrocarril vino a terminar con esa situación. Así, el movimiento de Cantón no sólo fue derrotado rápidamente, sino que el viejo vallisoletano fue obligado a trasladarse a la Ciudad de México, donde fijó su residencia hasta la caída de don Porfirio.

Se había inaugurado una nueva etapa en las relaciones México-Yucatán, en la cual el poder nacional se establecería, por la vía de la fuerza o de la negociación, de un modo tajante y contundente. Así pasó de nuevo en 1915, cuando ahora la Casta Divina trató de resistir el poder de la Revolución Mexicana, pero el hombre fuerte de aquel tiempo, Venustiano Carranza, mandó a una división completa, al mando del Gral. Salvador Alvarado, uno de sus militares más brillantes, para borrar del mapa en cuestión de horas la resistencia local. La lección NO fue bien aprendida, y 9 años después, en diciembre de 1923, la oligarquía volvió a desafiar al poder nacional. En esta ocasión, quienes gobernaban en la Ciudad de México no pudieron apretar las tuercas tan rápido, lo que los reaccionarios aprovecharon para asesinar a Felipe Carrillo Puerto, pero unas pocas semanas después, la Revolución provocó la huida de sus enemigos, imponiendo a un nuevo gobernante.

El predominio nacional sobre los intereses locales se consolidó en 1929, con la fundación del entonces Partido Nacional Revolucionario, el antecedente del actual PRI. El nuevo organismo político, configurado como partido hegemónico, gobernó durante 70 años, tiempo en el que las diversas camarillas locales tuvieron que avenirse a los dictados del centro. El poder central, por su parte, trató de ejercer su dominio con responsabilidad y sensibilidad, intentando armonizar los intereses locales con los nacionales, y no ceder todo el poder a un sólo grupo. Hubo algunos conflictos en ese devenir, como la imposición de Tomás Marentes Miranda en 1952, que terminó en la renuncia de Marentes al año siguiente; o el enfrentamiento del gobernador Carlos Loret de Mola Mediz con Víctor Cervera Pacheco, a la sazón Presidente Municipal de Mérida, que culminó con la desaparición del cabildo de nuestra ciudad capital, en 1973.

Precisamente Cervera Pacheco fue un político tan genial, que logró por momentos cambiar la balanza de la relación Yucatán-México. Vetado por el resto de las fuerzas políticas como candidato gubernamental en 1981, el popular “Balo” logró en poco más de un año minar al elegido, el viejo Gral. Graciliano Alpuche Pinzón, y ser nombrado gobernador interino en 1984. Al término de su mandato fue derrotado en su intento por imponer sucesor, pero con la misma labor de antaño logró derrocar al constitucional, el prestigiado abogado Víctor Manzanilla Shaffer, impulsando la designación de la Licda. Dulce María Sauri Riancho, una joven profesional que formaba parte de su grupo político. Todavía logró volver a ejercer el gobierno, ahora por la vía electoral, en 1995, tras lograr una apretada y cuestionada victoria sobre el Partido Acción Nacional, siendo así el único gobernador mexicano en ocupar el puesto en dos ocasiones desde la promulgación de la Constitución de 1917, y el último gobernador yucateco de la época hegemónica del PRI. Los más recientes gobernadores tricolores, Ivonne Ortega Pacheco –sobrina de “Balo”- y Rolando Zapata Bello, pertenecieron a un período distinto, pues fueron electos durante el gobierno nacional del PAN, que estableció condiciones diferentes, mismas que serán analizadas de manera particular en próxima colaboración.

Pero aún con toda su genialidad y talento político, Víctor Cervera Pacheco, como el resto de los gobernadores yucatecos del siglo XX, tuvo que aceptar la influencia del poder nacional, representado por el Comandante de la Zona Militar y por los diversos delegados de las dependencias federales. Además, las voces de los Secretarios del gabinete federal cobraban el carácter de ley cuando se materializaban en instrucciones específicas. Las escasas manifestaciones de inconformidad que llegaron a plantearse, como la de Dulce Sauri en 1993, quien se negó a aceptar una negociación postelectoral realizada por Gobernación con el PAN, terminaron en protestas simbólicas de escaso relieve.

Así, desde principios de la década de 1930 hasta el final del siglo XX, los políticos yucatecos se vieron obligados, para conservar el poder, a admitir la preeminencia del centro. Agotado de una vez por todas el auge henequenero, en la década de 1960, esta dependencia política se vio acentuada por la situación económica, pues fue el presupuesto federal el que mantuvo en una tensa estabilidad a la población que quedó desamparada con la ruina del llamado “oro verde”. Hasta la fecha, los intentos de reordenación económica no han rendido frutos significativos, y la región sigue caracterizándose por la miseria, el alcoholismo, la violencia familiar y la marginación social.

Hoy, en el contexto de la pavorosa pandemia que azota al mundo entero, la relación del poder local con el nacional parece entrar en una nueva etapa de conflictos. Sin ambages, el vocero sanitario del gobierno federal, Dr. Hugo López Gatell, se lanzó hace unos días contra la desastrosa gestión local de la epidemia; en tanto que el gobernador Mauricio Vila, sin responder de manera concreta a los señalamientos, ha revirado responsabilizando de las fallas a las instituciones nacionales. Con nuestros hospitales saturados y muchos enfermos yucatecos sufriendo las consecuencias, López Gatell ha recordado con claridad que la federación tiene suficientes elementos para entrar al rescate, siempre y cuando el gobierno local lo solicite. Como ello sería el reconocimiento del fracaso, dicha solicitud no se ha producido. Definitivamente ya no estamos en los tiempos en los que una llamada telefónica de un funcionario federal ponía en capilla a la autoridad local. La debacle del PRI, en el año 2000, inauguró nuevos tiempos, de los que nos ocuparemos próximamente.

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Introspección histórica: la prensa, trinchera fundamental de la lucha por el poder

Mario Alejandro Valdez

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En días recientes, la prensa escrita de Yucatán vivió un momento de gran significación, al producirse el fallecimiento del periodista Carlos Menéndez Navarrete, quien fuera Director General de El Diario de Yucatán, uno de los rotativos más importantes, longevos e influyentes de la historia editorial de nuestro Estado. Este lamentable hecho ocurrió contemporáneamente al desarrollo de un auténtico terremoto en el periódico Por Esto!, el cual, durante las últimas tres décadas le disputó a El Diario de Yucatán el liderazgo entre los medios impresos de la entidad. El proceso en Por Esto! ha incluido la separación de prácticamente toda su plana mayor de editorialistas, editores y reporteros, así como un notable cambio en la línea editorial, que repentinamente ha abandonado las posturas progresistas para defender posiciones moderadas e incluso conservadoras. Cabe hacer notar que el Por Esto! es propiedad de otra rama de la misma familia Menéndez de El Diario de Yucatán, siendo ambas derivaciones procedentes del también periodista Carlos Ricardo Menéndez González, con una trayectoria que inició en las últimas décadas del siglo XIX.

Los rotativos de la familia Menéndez han protagonizado, entonces, la historia periodística de Yucatán durante los últimos 130 años, desde que don Carlos Ricardo Menéndez empezó a trabajar en La Revista de Mérida, antecedente de El Diario de Yucatán, como redactor. Con el tiempo, y merced a sus vínculos con algunas de las familias más poderosas del Yucatán porfirista, Menéndez González se convirtió en Director y propietario de La Revista de Mérida, que al desaparecer fue sucedida por La Revista de Yucatán y, finalmente, por El Diario de Yucatán, nombre que ha conservado hasta la actualidad, manteniendo sus alianzas con la oligarquía, los partidos políticos conservadores y la Iglesia Católica. Si bien desde hace una década la empresa pasó a ser parte de un conglomerado mediático español, Menéndez Navarrete mantuvo sus posiciones y sus relaciones a nivel local, con lo que la identidad conservadora del periódico se ha mantenido también. En contraparte, el diario Por Esto!, que mostró durante décadas un firme compromiso con las posiciones de izquierda, se ha desdibujado, como señalamos líneas arriba, en el curso de una crisis iniciada hace pocos meses y cuyo rumbo es difícil de pronosticar. De cualquier manera, la muerte de Menéndez Navarrete y el proceso que vive el Por Esto!, propiedad de su primo, Mario Renato Menéndez Rodríguez, parecen marcar el fin de una larga era en la vida periodística de Yucatán.

Pero esta historia se remonta mucho más atrás, hasta los principios del siglo XIX, cuando la familia López Constante importó desde La Habana la primera imprenta que hubo en Yucatán. Ocurrió justo en 1813, en el marco de la promulgación de la Constitución liberal de Cádiz, que estableció, precisamente, la libertad de imprenta en todo el imperio español. Los López Constante trajeron la imprenta muy probablemente tras considerar las ventajas económicas que la nueva industria podría representar, pero rápidamente los grupos políticos beligerantes en aquella coyuntura aprovecharon la nueva tribuna para proclamar sus ideas. Así, vieron la luz pública, entre otros, los importantes periódicos El Aristarco Universal, El Misceláneo y Clamores de la fidelidad americana contra la opresión, que defendieron las ideas liberales de igualdad legal, representatividad política y libertad comercial, y El Sabatino, que proclamó la defensa del Antiguo Régimen, es decir, el respeto a los privilegios, el gobierno monárquico y el régimen colonial. Entre los liberales destacaron por su talento y valor José Matías Quintana –padre de Andrés Quintana Roo- y Lorenzo de Zavala; entre los conservadores brillaron por lo filoso de su pluma los sacerdotes españoles Manuel Pacheco y Francisco de Paula Villegas.

Como ocurre muchas veces en la lucha política, los conservadores, vencedores de las primeras batallas, terminaron por perder significación; en tanto que los liberales, que incluso padecieron prisión y amenaza de perder la vida, llegaron al poder y establecieron condiciones en la posteridad. Mientras que Pacheco y Villegas han sido olvidados, e incluso salieron de Yucatán al final del dominio español, Zavala tuvo una brillante trayectoria política, que lo llevó a ser diputado, gobernador, ministro y embajador en México, y vicepresidente y fundador de la efímera república de Texas, en tanto que Quintana fue regidor, diputado local y diputado nacional en varias ocasiones. El liberalismo terminó triunfando plenamente en aquella coyuntura, aunque a la larga entró en conflictos internos, distorsiones y luchas personalistas, que escapan al interés de esta introspección.

Lo cierto es que desde aquellas primeras batallas, en los albores de la vida independiente y de la política moderna en Yucatán, la prensa ha jugado un papel fundamental. En esta primera etapa, a principios del siglo XIX, fueron directamente los actores políticos los que se involucraron en la contienda de todas las maneras posibles: financiando las ediciones, escribiendo los artículos y colaboraciones, redactando las notas procedentes de otros lugares. Poco a poco fue germinando en una actividad profesional, en la que los periodistas, sin dejar de tomar partido y defender sus intereses políticos, económicos y sociales, construyeron una auténtica industria, incidiendo así en el devenir de nuestra historia, tal como veremos en nuestra próxima colaboración.   

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Introspección histórica: la zigzagueante senda de la “transición democrática”

Mario Alejandro Valdez

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El 2 de julio de 2000 fue un día muy agitado en el Palacio de Gobierno de Mérida, Yucatán. Desde temprana hora, después de depositar su voto, el gobernador Víctor Cervera Pacheco se instaló en su oficina, desde donde recibía reportes oficiales y extraoficiales de la elección presidencial, que enfrentaba a Francisco Labastida Ochoa, candidato gubernamental, Vicente Fox Quezada, representante del conservador PAN, y al izquierdista Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Las pocas encuestas confiables señalaban un empate técnico entre el PRI y el PAN, con Cárdenas fuera de toda posibilidad. En Yucatán, los informes que tenía el gobernador anticipaban una derrota en Mérida, pero un triunfo relativamente amplio, por más de cinco puntos, a nivel estatal. Se sabía que sería el reto más difícil para el PRI en toda su existencia, pero se confiaba en que la maquinaria partidista funcionara a la perfección, conjuntando acciones legales, extralegales y absolutamente fraudulentas para mantener el poder.

Pero desde el mediodía la cosa se empezó a descomponer para la causa tricolor. La participación en Mérida era abrumadora, histórica y, sobre todo, totalmente fuera del control oficial. En el resto del Estado, el PRI funcionaba como en sus mejores tiempos, y vencía con holgura, al tiempo que la acción de los agentes oficialistas mantenía a raya la intervención opositora. Como era norma, los representantes panistas fueron sobornados para impedir su presencia, o expulsados, por lo que muchas casillas fueron “pan comido” para operadores expertos. Pero lo de Mérida era aplastante, con filas interminables de ciudadanos que no ocultaban su simpatía por el candidato conservador.

Las noticias del resto del país no eran nada halagüeñas para el gobierno. Si bien se anticipaban victorias panistas en los Estados del Norte, Occidente y Bajío, se creía que el Noreste y todo el Sur serían para Labastida, y que el Ing. Cárdenas obtendría el triunfo en la Ciudad de México, especialmente por el gran apoyo que tenía el candidato a Jefe de Gobierno, que no era otro que Andrés Manuel López Obrador. Pero al mediar la tarde los resultados eran muy distintos: el PRI iba arriba en un puñado de entidades; el PAN arrasaba en sus territorios y peleaba palmo a palmo en los antiguos bastiones tricolores; la Ciudad de México votaba cruzado: en lo local a la izquierda, por AMLO; en lo nacional, por el voto útil, por Fox. En Yucatán, los 5 puntos del seguro triunfo se habían pulverizado, y la moneda estaba en el aire.

Un colega y amigo vivió los hechos cercanamente, en la Casa del Pueblo, la sede local del PRI. Desde las siete de la noche llegaron hasta ahí noticias de que el PAN había comenzado a celebrar su triunfo nacional. Tras mucho pensarlo, el presidente local del PRI se comunicó a Palacio, ofreciéndole a Cervera un ejército de activistas dispuestos a “voltear la elección” a cualquier costo. El gobernador colgó la llamada sin dar respuesta, ante lo que el dirigente exclamó “ya nos llevó la puta madre”, y se encerró en solitario en su despacho. La leyenda dice que otros gobernadores llamaron a “Balo”, considerado uno de los grandes sabios de la política nacional, para pedir consejo y/o apoyo para una especie de rebelión electoral. La misma leyenda dice que Cervera nada contestó: se mutó en esfinge y nada comentó ni siquiera cuando se confirmó que Yucatán había sido ganado por Fox.

El atrevido Cervera cambió la audacia por la prudencia en los últimos meses que le tocó gobernar. Un débil intento por controlar las elecciones estatales, celebradas en mayo de 2001, cuando Fox llevaba ya un semestre en la presidencia, terminó siendo una acción de vodevil que culminó en rotundo fracaso y la aplastante victoria del panista Patricio Patrón Laviada. Vino entonces el clásico “transformismo” político, en el cual centenares de líderes locales y regionales le dieron la espalda al PRI y a Cervera, y se unieron al gobernador Patricio. Muchos de los tránsfugas obtuvieron puestos importantes en la administración, con jugosos sueldos y la posibilidad de colocar a sus propias camarillas. A nivel nacional, el camino de Fox fue muy semejante, por lo que la victoria del PAN NO inauguró una etapa democrática, sino, por lo contrario, agudizó los vicios de la política mexicana, y particularmente la corrupción, el compadrazgo, el tráfico de influencias y, por supuesto, el fraude electoral.

Cobijado por el gran triunfo de Fox en 2000, Patricio Patrón llegó a Palacio en olor de multitudes, con el apoyo indudable de las mayorías. Pero derrochó ese capital rápidamente, cuando los vicios de su gobierno quedaron claramente a la vista de la ciudadanía. En el zigzagueante camino de la transición, el desprestigio de los gobernantes priístas abrió el camino a la llegada de la derecha, pero la pésima labor de los nuevos funcionarios impulsó una crisis ética–que se vino a sumar al colapso económico y la demolición social- que aún caracteriza a nuestra sociedad.

A través de una feroz guerra sucia y un amplio fraude electoral, el PAN se mantuvo en el poder nacional en 2006, pero no le dio para conservar la gubernatura yucateca. Una joven Ivonne Ortega, sobrina de Cervera, pero no contaminada ni por los usos de la política tradicional, ni por los errores del gobierno panista, se benefició del voto de castigo contra Patricio, y obtuvo un triunfo amplio. Con ella en el poder, se inició esa tensa relación poder nacional-poder local que se ha vivido posteriormente. El conflicto se atenúo un tanto durante el gobierno de Rolando Zapata Bello, que coincidió con la gestión de su correligionario Enrique Peña Nieto, pero ha vuelto a escalar ahora, cuando el panista Mauricio Vila ha coincidido con la administración federal de Andrés Manuel López Obrador.

No ha sido, desde nuestra óptica, una transición a la democracia. Los gobiernos locales, desde el fin del sistema de partido hegemónico, han continuado actuando con agendas políticas personales y de pequeños grupos, naufragando en su intento de lograr una estabilidad en el poder, pues sus insuficientes desempeños abonan por la alternancia. El poder nacional ya no ve a la instancia local como un subordinado –aun en los casos de coincidencia partidista-, pero tampoco un aliado ni mucho menos como un actor corresponsable. Cada quien juega su juego, en el que hasta ahora pierden los políticos, pero, sobre todo, perdemos los ciudadanos. Confrontaciones, sesgos, desconfianza, es el pan de cada día, sin que veamos aún la luz al final del túnel, mientras las condiciones económicas y de convivencia social se deterioran a pasos agigantados, en un proceso que la pandemia ha acelerado y profundizado en este 2020.

En nuestra introspección, hemos ensayado un ejercicio de historia inmediata, intentando analizar con óptica histórica la coyuntura actual. Como consideraciones preliminares, sostenemos que la transición, en vez de consolidar la democracia, ha precipitado una profunda descomposición social. Los partidos políticos tradicionales, que presentaban vicios, pero cumplían con cierta funcionalidad, ahora se debaten entre guerras intestinas, desprestigio y fugas camaleónicas. Aunque grupos sociales de creciente presencia manifiestan una consciencia social en construcción, no han logrado presentarse como alternativas políticas viables. Los grupos privilegiados de antaño se reciclan, se maquillan, se visten de seda… Para el futuro inmediato vemos muchas guerras de oropel entre esos grupos, que proponen que todo cambie para que nada cambie. La tarea por el progreso, la justicia, la dignidad sigue siendo un enorme pendiente.

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Introspección histórica: ¿racismo inverso en Yucatán?

Mario Alejandro Valdez

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Foto de Julián Durán Bojórquez

Cerramos con esta colaboración nuestra incursión en el debate sobre el racismo en Yucatán. En esta ocasión abordaremos el tema por demás polémico de lo que se ha denominado “racismo inverso”, es decir, las posiciones reactivas de los grupos discriminados, que pueden ir desde expresiones ideológicas de diverso matiz, hasta la acción violenta extrema. Cabe hacer mención de que el concepto no ha sido validado por la academia, pero sí se ha sumado a las discusiones generadas entre el común de las personas, sobre todo, recientemente, en las redes sociales. Dado el carácter amplio e incluyente de este espacio, decidimos reflexionar sobre su existencia en general, y sobre su realidad para el caso de Yucatán.

¿Existe el racismo inverso? Consideramos que, desde una perspectiva amplia, por supuesto que existe, y de una manera natural. Desde los primeros reportes de contacto humano, tenemos evidencias de que la otredad casi siempre se manifestaba como racismo. Ambos grupos desconfiaban entre sí, ambos grupos consideraban al otro una amenaza, ambos grupos interiorizaban esa amenaza con una perspectiva de inferioridad. El otro, históricamente, siempre ha sido “raro”, “exótico”, “equivocado” y “contra natura”. En la mitología de todos los pueblos conocidos, se da la autopercepción de ser “el pueblo escogido”, “el pueblo verdadero” o incluso “los hombres verdaderos”. Basta un ligero paseo por el Antiguo Testamento para encontrar notables ejemplos de racismo en el Pueblo Judío, que en su libro fundamental descalifica a todos los pueblos vecinos.

¿Y ocurre esto en Yucatán? Dadas las características opresivas de la cultura española, que estableció un lenguaje, una religión y un modo de vida, las huellas de ello son difíciles de encontrar, pero, sin duda, existen. Como hemos señalado en varias ocasiones, los mayas de los siglos XVI al XIX, durante el dominio español, expresaron infinitas veces su rechazo al blanco, al dzul. Éstos, por su parte, les daban muchísimos motivos para ese rechazo, pero, sea como fuere, aquella separación pervivió durante los siglos coloniales, gestándose así una reacción correspondiente a la discriminación europea. La separación no fue exactamente racial, pues el mestizaje era una realidad que crecía año con año, pero sí social, en la que los dzules de las ciudades y los macehuales del campo fueron recreando un abismo de distancia, temor y desconfianza, cada grupo en su propio imaginario.

En este mismo espacio hemos defendido que la llamada Guerra de Castas no fue fundamentalmente un conflicto racial, sino económico y cultural, y para probarlo señalamos la participación en el bando rebelde de decenas de criollos, cientos de mestizos e incluso afroamericanos y descendientes de migrantes asiáticos. Sin negar lo anterior, también es cierto que los líderes políticos, tanto del gobierno como de los sublevados, manejaron un discurso racista. El gobierno nunca dejó de considerar a los rebeldes como bárbaros, destructores de la civilización; en tanto que los rebeldes se llamaban “indios” a sí mismos, y calificaban a los “blancos”, como injustos, perversos y apostatas de la religión. Los actos de crueldad de uno y otro bando, evidentemente con un objetivo político, eran justificados precisamente por ese discurso racial.

¿Subsiste hoy ese racismo inverso? La cuestión es compleja, y la respuesta severamente difícil. Los apabullantes avances de la globalización en general, y de la mediática en particular, han afectado de un modo muy importante la identidad. El pueblo maya de Yucatán, agobiado por la marginación, cercado por el voraz avance del capitalismo neoliberal, y atacado por el “progresismo” –entendido como crecimiento material, no como progreso en un sentido ideológico- del Estado, mantiene heroicamente su resistencia cultural, pero en un medio cada vez más inhóspito. Por lo que hemos podido percibir en nuestras andanzas por todos los rincones de Yucatán, si subsiste, pero cada vez más tenuemente.

Pero aun así, en tibios colores, subsiste. Hace unos pocos años, me tocó trabajar con dos colegas meridanos en la comunidad de Kaua. Se trataba de valorar las potencialidades turísticas de un cenote, y al visitarlo, fuimos conducidos hasta el lugar por el propio presidente municipal y dos representantes del ejido. Durante el recorrido, uno de mis colegas preguntó ¿por estos lugares aún se pueden ver jaguares? El alcalde y los ejidatarios guardaron silencio por unos segundos, se vieron entre sí y se carcajearon sonoramente. Conversaron rápidamente en su lengua y, tras volver a guardar silencio, el alcalde contestó con un NO cortante y severo. Luego averiguamos que, por supuesto, en esos territorios, en las áreas despobladas, la presencia del jaguar es común, pero obviamente esa información no era apta para tres citadinos, así fuéramos muy yucatecos y de piel muy morena.

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