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La política en Yucatán

Introspección histórica: la zigzagueante senda de la “transición democrática”

Mario Alejandro Valdez

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El 2 de julio de 2000 fue un día muy agitado en el Palacio de Gobierno de Mérida, Yucatán. Desde temprana hora, después de depositar su voto, el gobernador Víctor Cervera Pacheco se instaló en su oficina, desde donde recibía reportes oficiales y extraoficiales de la elección presidencial, que enfrentaba a Francisco Labastida Ochoa, candidato gubernamental, Vicente Fox Quezada, representante del conservador PAN, y al izquierdista Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Las pocas encuestas confiables señalaban un empate técnico entre el PRI y el PAN, con Cárdenas fuera de toda posibilidad. En Yucatán, los informes que tenía el gobernador anticipaban una derrota en Mérida, pero un triunfo relativamente amplio, por más de cinco puntos, a nivel estatal. Se sabía que sería el reto más difícil para el PRI en toda su existencia, pero se confiaba en que la maquinaria partidista funcionara a la perfección, conjuntando acciones legales, extralegales y absolutamente fraudulentas para mantener el poder.

Pero desde el mediodía la cosa se empezó a descomponer para la causa tricolor. La participación en Mérida era abrumadora, histórica y, sobre todo, totalmente fuera del control oficial. En el resto del Estado, el PRI funcionaba como en sus mejores tiempos, y vencía con holgura, al tiempo que la acción de los agentes oficialistas mantenía a raya la intervención opositora. Como era norma, los representantes panistas fueron sobornados para impedir su presencia, o expulsados, por lo que muchas casillas fueron “pan comido” para operadores expertos. Pero lo de Mérida era aplastante, con filas interminables de ciudadanos que no ocultaban su simpatía por el candidato conservador.

Las noticias del resto del país no eran nada halagüeñas para el gobierno. Si bien se anticipaban victorias panistas en los Estados del Norte, Occidente y Bajío, se creía que el Noreste y todo el Sur serían para Labastida, y que el Ing. Cárdenas obtendría el triunfo en la Ciudad de México, especialmente por el gran apoyo que tenía el candidato a Jefe de Gobierno, que no era otro que Andrés Manuel López Obrador. Pero al mediar la tarde los resultados eran muy distintos: el PRI iba arriba en un puñado de entidades; el PAN arrasaba en sus territorios y peleaba palmo a palmo en los antiguos bastiones tricolores; la Ciudad de México votaba cruzado: en lo local a la izquierda, por AMLO; en lo nacional, por el voto útil, por Fox. En Yucatán, los 5 puntos del seguro triunfo se habían pulverizado, y la moneda estaba en el aire.

Un colega y amigo vivió los hechos cercanamente, en la Casa del Pueblo, la sede local del PRI. Desde las siete de la noche llegaron hasta ahí noticias de que el PAN había comenzado a celebrar su triunfo nacional. Tras mucho pensarlo, el presidente local del PRI se comunicó a Palacio, ofreciéndole a Cervera un ejército de activistas dispuestos a “voltear la elección” a cualquier costo. El gobernador colgó la llamada sin dar respuesta, ante lo que el dirigente exclamó “ya nos llevó la puta madre”, y se encerró en solitario en su despacho. La leyenda dice que otros gobernadores llamaron a “Balo”, considerado uno de los grandes sabios de la política nacional, para pedir consejo y/o apoyo para una especie de rebelión electoral. La misma leyenda dice que Cervera nada contestó: se mutó en esfinge y nada comentó ni siquiera cuando se confirmó que Yucatán había sido ganado por Fox.

El atrevido Cervera cambió la audacia por la prudencia en los últimos meses que le tocó gobernar. Un débil intento por controlar las elecciones estatales, celebradas en mayo de 2001, cuando Fox llevaba ya un semestre en la presidencia, terminó siendo una acción de vodevil que culminó en rotundo fracaso y la aplastante victoria del panista Patricio Patrón Laviada. Vino entonces el clásico “transformismo” político, en el cual centenares de líderes locales y regionales le dieron la espalda al PRI y a Cervera, y se unieron al gobernador Patricio. Muchos de los tránsfugas obtuvieron puestos importantes en la administración, con jugosos sueldos y la posibilidad de colocar a sus propias camarillas. A nivel nacional, el camino de Fox fue muy semejante, por lo que la victoria del PAN NO inauguró una etapa democrática, sino, por lo contrario, agudizó los vicios de la política mexicana, y particularmente la corrupción, el compadrazgo, el tráfico de influencias y, por supuesto, el fraude electoral.

Cobijado por el gran triunfo de Fox en 2000, Patricio Patrón llegó a Palacio en olor de multitudes, con el apoyo indudable de las mayorías. Pero derrochó ese capital rápidamente, cuando los vicios de su gobierno quedaron claramente a la vista de la ciudadanía. En el zigzagueante camino de la transición, el desprestigio de los gobernantes priístas abrió el camino a la llegada de la derecha, pero la pésima labor de los nuevos funcionarios impulsó una crisis ética–que se vino a sumar al colapso económico y la demolición social- que aún caracteriza a nuestra sociedad.

A través de una feroz guerra sucia y un amplio fraude electoral, el PAN se mantuvo en el poder nacional en 2006, pero no le dio para conservar la gubernatura yucateca. Una joven Ivonne Ortega, sobrina de Cervera, pero no contaminada ni por los usos de la política tradicional, ni por los errores del gobierno panista, se benefició del voto de castigo contra Patricio, y obtuvo un triunfo amplio. Con ella en el poder, se inició esa tensa relación poder nacional-poder local que se ha vivido posteriormente. El conflicto se atenúo un tanto durante el gobierno de Rolando Zapata Bello, que coincidió con la gestión de su correligionario Enrique Peña Nieto, pero ha vuelto a escalar ahora, cuando el panista Mauricio Vila ha coincidido con la administración federal de Andrés Manuel López Obrador.

No ha sido, desde nuestra óptica, una transición a la democracia. Los gobiernos locales, desde el fin del sistema de partido hegemónico, han continuado actuando con agendas políticas personales y de pequeños grupos, naufragando en su intento de lograr una estabilidad en el poder, pues sus insuficientes desempeños abonan por la alternancia. El poder nacional ya no ve a la instancia local como un subordinado –aun en los casos de coincidencia partidista-, pero tampoco un aliado ni mucho menos como un actor corresponsable. Cada quien juega su juego, en el que hasta ahora pierden los políticos, pero, sobre todo, perdemos los ciudadanos. Confrontaciones, sesgos, desconfianza, es el pan de cada día, sin que veamos aún la luz al final del túnel, mientras las condiciones económicas y de convivencia social se deterioran a pasos agigantados, en un proceso que la pandemia ha acelerado y profundizado en este 2020.

En nuestra introspección, hemos ensayado un ejercicio de historia inmediata, intentando analizar con óptica histórica la coyuntura actual. Como consideraciones preliminares, sostenemos que la transición, en vez de consolidar la democracia, ha precipitado una profunda descomposición social. Los partidos políticos tradicionales, que presentaban vicios, pero cumplían con cierta funcionalidad, ahora se debaten entre guerras intestinas, desprestigio y fugas camaleónicas. Aunque grupos sociales de creciente presencia manifiestan una consciencia social en construcción, no han logrado presentarse como alternativas políticas viables. Los grupos privilegiados de antaño se reciclan, se maquillan, se visten de seda… Para el futuro inmediato vemos muchas guerras de oropel entre esos grupos, que proponen que todo cambie para que nada cambie. La tarea por el progreso, la justicia, la dignidad sigue siendo un enorme pendiente.

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La política en Yucatán

Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (XV)

Mario Alejandro Valdez

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El lunes 6 de noviembre de 1911, Francisco Madero y José María Pino Suárez juraron ante el Congreso de la Unión como Presidente y Vicepresidente Constitucionales de los Estados Unidos Mexicanos para concluir el período 1910-1916, que había iniciado como Jefe del Ejecutivo el Gral. Porfirio Díaz. Ello significaba, de jure, la aceptación de la legalidad de la elección de Díaz y, paradójicamente, colocaba fuera de la ley al propio Madero y su convocatoria del 20 de noviembre. El conservador periódico El Imparcial leyó a la perfección los acontecimientos, y así lo editorializó al día siguiente de la ceremonia:

La Revolución deja desde ahora de ser una palabra de significación actual en la vida política de la República Mexicana. LA REVOLUCIÓN NO EXISTE YA, [el resalte en mayúsculas es nuestro] acaba de morir, acaba de extinguirse, acaba de transformarse en el gobierno constituido, y de dejar, por lo mismo, inquietudes, para entrar, consciente de sus deberes, y con la serenidad necesaria en su nueva y alta función: la de encaminar honrosa y decorosamente al país hacia un constante y definido progreso”.

El tema había sido furiosamente discutido en las negociaciones de Ciudad Juárez. Carranza y Pino Suárez encabezaron a quienes se negaban a transigir y urgían el pleno reconocimiento del Plan de San Luis; pero Francisco Madero, a través de sus familiares, logró que prevaleciera la idea de mantener el orden constitucional, aceptar la renuncia de Díaz como si hubiera sido un asunto de salud y no consecuencia de una Revolución, y permitir la vigencia de las estructuras del Antiguo Régimen. En ese contexto, uno de los Jefes más importante del Ejército Federal fue el Gral. Victoriano Huerta, sanguinario perseguidor de los mayas de la Guerra de Castas a fines del siglo XIX y principios del XX, y feroz represor de lo que los porfiristas y la gente de bien llamaban las hordas zapatistas.

Durante los quince meses del gobierno maderista, Francisco Madero fue el perene optimista, que siempre veía el lado bueno de las cosas y jamás las amenazas; en tanto que José Maria Pino Suárez fue el puntilloso analista que advertía los peligros que se cernían sobre la nueva administración. Madero era el atrevido, Pino el cauto; Madero el arrojado, Pino el prudente… Al final, como casi siempre, prevalecía la opinión de la máxima autoridad, y así pronto se materializaron las palabras que en Ciudad Juárez pronunció Carranza: “Revolución que transa es Revolución perdida”.

El gobierno de Francisco Madero terminó estrepitosa y trágicamente… El 9 de febrero de 1913, una importante sección del Ejército Federal se sublevó en su contra. Los leales obtuvieron victorias importantes, pero la fatalidad intervino, encarnándose en el Gral. Huerta, quien por herida del Gral. Lauro Villar, quedó accidentalmente al mando de la Ciudad de México. Pronto el llamado chacal consumó la traición, y tanto el Presidente como el Vicepresidente fueron tomados prisioneros. Aún en esas condiciones, Madero continuó haciendo alarde de optimismo, incapaz de reconocer la gravedad de la situación. Angustiado y sin esperanzas, Pino Suárez le escribió a su amigo Serapio Rendón Alcocer la mañana del viernes 21:

Dispensa que te escriba con lápiz, pero no he logrado que nuestros carceleros me proporcionen una pluma. Como sabes, hemos sido obligados a renunciar a nuestros respectivos cargos de Presidente y Vicepresidente de la República, pero no por eso están a salvo nuestras vidas. Creo que peligran aún más que antes. Nunca estuve de acuerdo en esas renuncias precipitadas, pero el Presidente insistió”.

Sin faltar a la lealtad al entrañable amigo y Jefe, Pino Suárez hizo constar a Rendón, entonces diputado, la ingenua actitud de Madero, y las previsibles consecuencias de la misma:

“… yo no soy tan optimista como el Presidente Madero respecto a que Huerta cumplirá su palabra de respetar nuestras vidas. ¿Por qué ese afán de confiar en alguien como Huerta? Temo lo peor, y en caso de que suceda, te ruego que hables con María, mi esposa, sobre las circunstancias trágicas de mi muerte”.

En la epístola que terminó siendo su testamento sentimental, el poeta romántico se condolió, ante su martirio, de la difícil coyuntura en la que quedaría su compañera de vida:

“La pobre quedará sola, con apenas unos cuantos pesos ahorrados, y seis hijos a los cuales criar y educar”.

Emocionado seguramente hasta las lágrimas, Pino Suárez cerró su carta con una frase lapidaria:

“… la política me endilgó un sueño que en realidad era una pesadilla”.

Unas cuantas horas después, durante la noche del sábado 22, Madero y Pino Suárez fueron ignominiosamente ejecutados a escasos metros de la Penitenciaria de Lecumberri… Serapio Rendón entregaría la emotiva correspondencia a doña María Cámara Vales, esposa de José María, y, a la vuelta de unas cuantas semanas, él mismo sería asesinado en esa horrible danza de sangre en la que se convirtió la feroz dictadura de Victoriano Huerta. Así terminó aquel hermoso proyecto revolucionario, aunque luego otros hombres y mujeres de Yucatán y de toda la Nación lo impulsaron a mejores puertos… Dieciocho meses después de los asesinatos, el revolucionario progreseño Lino Muñoz Nogueira tomaría a sangre y fuego el Puerto de Progreso, ejecutaría al Jefe Político huertista y se acercaría a la residencia de la viuda del poeta en homenaje a su martirio. Luego vendrían los tiempos de Alvarado y Carrillo Puerto, pero esos son otros temas…

Con esta introspección, la número 90 publicada de manera ininterrumpida en Informe Fracto, culminamos la primera etapa de este feliz esfuerzo. Hemos repasado, durante estos casi dos años, muchísimos episodios y procesos de la historia de nuestro querido Yucatán… muchos más se quedan en el tintero, seguramente en próximos tiempos podremos compartirlos con ustedes. Aprovecho las últimas líneas de esta final introspección -repito, final de esta primera etapa- para agradecer al gran amigo Carlos Bojórquez Urzaiz, hermano de luchas ideológicas y pesquisas históricas, por su invitación para incluir un espacio de reflexión historiográfica semanal. ¡Hasta siempre!

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La política en Yucatán

Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (XIV)

Mario Alejandro Valdez

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En los días previos al domingo 20 de noviembre de 1910, José María Pino Suárez participó en varias reuniones con campesinos y rancheros de la región de Tenosique; también recibió la visita de varios agentes maderistas de Yucatán y Campeche. Se trataba de los preparativos de una revolución, pero el poeta tabasqueño no era un hombre de acción ni de estrategia: los agentes maderistas fueron detenidos apenas pisaron el Estado de Campeche, quedando al descubierto su plan. Tampoco en Tabasco se logró una movilización significativa, y Pino Suárez optó por el exilio, cruzando la frontera guatemalteca en los primeros días de diciembre, de donde pasó a Belice, y de ahí a los Estados Unidos, donde se unió a la dirigencia del movimiento revolucionario.

Francisco Madero lo comisionó para insurreccionar la península de Yucatán, tarea en la que se encontraba cuando el líder revolucionario le ordenó se uniera a su padre y a otros dirigentes para encabezar las negociaciones de Ciudad Juárez, en mayo de 1911, que dieron como resultado los tratados que sellaron la caída del gobierno de Porfirio Díaz. Según las crónicas del proceso, Pino Suárez se destacó por su energía y habilidad con la palabra, confirmando que en este campo, y no en el accionar militar, se encontraban sus mayores talentos.

Tras la renuncia del dictador, los gobernadores porfiristas fueron sustituidos por revolucionarios en todos los Estados. Para nadie fue sorpresa que el designado para gobernar Yucatán fuera don José María, quien tomó posesión del cargo el 5 de junio, diez días después de la salida de don Porfirio. A su llegada fue recibido con vítores por sus partidarios, pero con prudente reserva por los morenistas-cantonistas, que eran mayoría en gran parte de las poblaciones yucatecas. El nuevo gobernador anunció la paulatina liberación de los peones de las haciendas, así como una profunda reforma educativa, lo que provocó expectación entre los hacendados henequeneros, quienes, si bien mostraron disposición para trabajar con la nueva administración, también esperaban mantener sus privilegios y el bajo costo de su mano de obra.

Entre tanto, Madero ordenó la realización de elecciones extraordinarias para formalizar los nombramientos de gobernadores. Las de Yucatán se programaron para septiembre, eligiéndose a Pino como candidato, por lo que renunció a su puesto para realizar su campaña. Los morenistas-cantonistas, ahora también declarados maderistas, lanzaron la candidatura de Delio Moreno Cantón, aprovechando la estructura política que su tío, el Gral. Francisco Cantón, había construido desde hacía décadas.

La campaña fue muy breve, pero también muy ruda. Los morenistas-cantonistas dominaban la mayoría de las poblaciones rurales, y tenían una presencia muy vigorosa en las ciudades. Los hacendados se dividieron, pero los más poderosos le apostaron a Moreno Cantón, confiando en el conservadurismo de su facción. El día de las elecciones menudearon los enfrentamientos, y la prensa, bajo influencia conservadora, reportó presiones policiacas a favor de Pino Suárez y fraude descarado. Sea como fuere, el resultado oficial favoreció al maderista, quien regresó al poder, ahora como Gobernador Constitucional, el 8 de octubre. Lo cierto es que, para variar, Yucatán se presentaba como un caso sui generis en el país, con la prensa y gran parte de los actores políticos manifestando su abierta oposición al gobernador maderista, pese a proclamarse abiertamente a favor de Madero. De cualquier manera, el gobierno de Pino Suárez en Yucatán fue extraordinariamente fugaz: pese a tomar posesión en la fecha antes mencionada, desde una semana antes había participado, como candidato a la Vicepresidencia de la República, en la elección federal extraordinaria emanada de los Tratados de Ciudad Juárez. Ratificado para ese cargo el 15 de octubre, lo juró en el Congreso de la Unión el lunes 6 de noviembre, iniciando así el postrer capítulo de su vida.

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Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (XIII)

Mario Alejandro Valdez

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Una empatía muy particular nació entre aquellos dos hombres tan disímbolos. Madero, el hombre del Norte, procedente de una de las familias acaudaladas de Coahuila, terrateniente, con estudios en Europa y vínculos con la teosofía y el espiritismo; Pino Suárez, el hombre del Sur, un abogado con los pies en la tierra, literato, clase mediero, de un catolicismo discreto… Pese a las diferencias, el vínculo fue inmediato, y ante las renuencias y ambigüedades del periodista Carlos Ricardo Menéndez González, José María fue designado por Madero, en aquel junio de 1909, como su representante en Yucatán.

Apenas salió Madero de Yucatán, Pino Suárez inició su labor, fundando decenas de clubes antirreeleccionistas en las principales poblaciones del Estado. En esas condiciones, y ante la proximidad de las elecciones para renovar el Poder Ejecutivo local, el tabasqueño aceptó la candidatura por las agrupaciones maderistas para enfrentar a Enrique Muñoz Arístegui, candidato oficial y gobernador interino, y al abanderado cantonista Delio Moreno Cantón, sobrino del Gral. Francisco Cantón Rosado.

A inicios de octubre de aquel 1909, y reconociendo el débil impacto de su candidatura, Pino Suárez ofreció su apoyo a Moreno Cantón, con la única condición de que éste reconociera el liderazgo nacional de Francisco Madero y se comprometiera a trabajar por su proyecto. Moreno Cantón, quien en realidad continuaba apoyando a don Porfirio pese a oponerse al candidato porfirista a nivel local, rechazó la propuesta, pero las alarmas sobre las consecuencias de una posible alianza resonaron en el Palacio de Gobierno, desde donde Muñoz Arístegui ordenó desatar una represión abierta, acusando a morenistas y pinistas del delito de rebelión. Muchos líderes y militantes de estas agrupaciones fueron detenidos, aunque tanto don Delio como don José María evitaron la prisión saliendo de Yucatán. Pino Suárez encontró refugio en su Tenosique natal, donde pasó varios meses. Sin oposición, el porfirista Muñoz Arístegui arrasó con la elección y tomó posesión de un nuevo período de gobierno en febrero de 1910.

Pino Suárez, entre tanto, mantuvo contacto con Madero, quien lo convocó a la Ciudad de México para participar en la Gran Convención Antirreeleccionista que se celebró el siguiente mes de abril. Durante aquellas reuniones, Madero anduvo siempre muy cerca de José María, e incluso intentó fuera desde aquella ocasión su candidato a la Vicepresidencia, puesto para el que fue electo Francisco Vázquez Gómez, quedando el tabasqueño como candidato a una de las magistraturas de la Suprema Corte de Justicia.

Mayo y junio fueron meses febriles en la campaña presidencial, y Pino Suárez acompañó a Madero a varios puntos de su gira por la república, aunque no se encontraba con él cuando fue detenido, unos cuantos días antes de la jornada electoral, en San Luis Potosí. Aquella detención, como es fácil comprender, ocasionó un auténtico caos en las filas antirreleccionistas. Muchos líderes salieron del país, refugiándose en poblaciones fronterizas con los Estados Unidos; otros se hicieron “ojo de hormiga” y comenzaron a actuar en la clandestinidad. El propio Madero, cuya prisión se relajó después de consumado el fraude electoral que permitió la reelección de Díaz, estuvo entre los primeros; José María Pino Suárez pasó lista entre los segundos, ocultándose, como en octubre anterior, a la vera del Usumacinta, en su querido Tenosique natal. Allí se encontraba la tarde del 20 de noviembre, la fecha proclamada por Madero para iniciar un levantamiento armado que expulsara al anciano Díaz del poder presidencial.

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