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Editorial

Universidad pública y desmantelamiento del sistema de salud

Mario Alejandro Valdez

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Desde principios de la década de 1990, las principales Escuelas y Facultades de Medicina de México comenzaron a restringir sus espacios, argumentando que Medicina era una carrera ya saturada, en la que privaba el desempleo y el subempleo. El discurso, validado por organismos internacionales como la OCDE, fue paulatinamente ganando adeptos, y los órganos de gobierno de estas Universidades fueron disminuyendo las matrículas, convirtiéndose el ingreso a estas carreras en una auténtica proeza, al alcance únicamente de superdotados. Esta visión, mantenida ya por más de un cuarto de siglo, ha resultado ser una absoluta mentira, que combinada con las políticas neoliberales, demolieron el sistema de salud pública de nuestro país. Ante la pandemia de COVID-19, las consecuencias han sido catastróficas.

El problema no se restringe a haber reducido las matrículas de una manera drástica e injustificada, sino en el abandono de la idea misma de salud pública. Desde su formación como estudiante, el futuro médico aprende a visualizar su profesión como un brillante negocio, en el que los más avezados y más calificados aspiran a montar clínicas privadas y obtener ganancias fabulosas, siendo excepcional que se especialicen en áreas de epidemiología y salud pública, precisamente las que redundarían en mayores beneficios para la sociedad. En el contexto neoliberal, la salud pública carece de interés, privilegiándose el binomio de aseguradoras y hospitales privados, en detrimento de las instituciones gubernamentales de bajo costo. Ante este panorama, como lo sabemos los usuarios de los servicios públicos, una simple consulta para atenderse una infección gastrointestinal significaba, antes de la pandemia, un viacrucis de entre 4 y 6 horas, dada la combinación de escasez de personal con la ineficiencia típica de la burocracia gubernamental.

El sistema se encontraba colapsado previamente, pero en el curso de esta trágica pandemia está tocando fondo. El personal de salud ya pasó de las quejas al terror y la angustia, sometido a una presión física y psicológica brutal, para la que, sin duda, no hay una respuesta eficiente ni oportuna. Aún sistemas vigorosos, como los europeos, se desplomaron y tuvieron que recurrir a medidas desesperadas; lo que nos da una idea de lo que está viviendo en estos momentos el personal sanitario de nuestro país. Los escenarios más catastróficos han sido rebasados, y no hay indicios de una mejora significativa en los días por venir.

Como ciudadanos, nuestro deber, nuestra responsabilidad, es cuidarnos, desmovilizándonos en la mayor medida posible. Quienes hoy ejercen cargos públicos con capacidad de decisión, tienen la responsabilidad de actuar con eficiencia, celeridad y el mayor sustento informativo posible, en la complicadísima coyuntura de una enfermedad nueva, de agudo crecimiento y en tiempos de interacción global. Pero aparte de estas miradas a la realidad inmediata, quienes analizamos el contexto social con una visión de mayor profundidad, estamos obligados a poner en el escenario del debate público temas relevantes y pertinentes ante estas amenazas que, justo como estamos viviendo, no sólo ponen en entredicho nuestra salud, sino que también afectan severamente la economía, la convivencia, la libertad, los derechos humanos y todo elemento de la vida actual.

Hace casi dos años, los representantes de la ANUIES, el máximo órgano colegiado de las universidades de nuestro país, le presentaron al entonces presidente electo López Obrador, un documento en el que le solicitaban recursos extraordinarios para transitar hacia la Cuarta Revolución Industrial, es decir, hacia la automatización. Los rectores de las más importantes Universidades de México le dijeron a AMLO que debería priorizar las carreras de vanguardia, de acuerdo con las estipulaciones de la OCDE, es decir, vigorizar el influjo neoliberal en nuestra Educación Superior. El presidente escuchó, pero a nada se comprometió. Ya después de iniciar la nueva administración, no ha habido muchos cambios, en tanto que el mensaje gubernamental ha sido el de invitar a las Universidades a reordenar su vida financiera, con un manejo mucho más eficiente de los presupuestos, que hasta ahora continúan enfocándose más a las áreas administrativas que a las funciones sustanciales. La otra política ha sido la fundación de nuevas universidades, generalmente de muy escasos alcances.

Estamos convencidos que el presidente desea sinceramente impulsar una gran transformación en nuestro país. Nos parece que, más allá de sus características imprudencias discursivas, la gestión de su gobierno, liderada por un epidemiólogo experto, ha logrado hasta ahora evitar el espantoso desastre que auguraban las precarias condiciones del sistema de salud, aunadas a los pésimos indicadores que tenemos en padecimientos como la obesidad, la hipertensión y la diabetes, justo las tres comorbilidades más peligrosas frente a COVID-19. Pero también estamos convencidos de que, con una visión de mayor alcance, la transformación necesaria del sistema de salud pasa por las Universidades, y especialmente por las públicas que ya están consolidadas. No basta con recomendar a los rectores que se bajen el sueldo, hay que ir mucho más allá e impulsar de manera agresiva la dinamización de Escuelas y Facultades médicas de gran prestigio, como la de nuestra Universidad Autónoma de Yucatán, para que coadyuven a formar a esos miles de profesionistas en salud pública que puedan, en los años venideros, enfrentar con las herramientas suficientes los diversos retos que en la materia se producirán. Es necesario, y es tarea de gobierno, que nuestras universidades, sin desatender el cambio tecnológico, vuelvan sus ojos a los problemas humanos y se den cuenta de que, antes de automatizar, necesitamos garantizar para todas y todos una vida digna, en la que los derechos humanos –y el derecho a la salud es uno de los primordiales- sean una auténtica realidad.

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Editorial

El capitalismo, la verdadera pandemia

Mario Alejandro Valdez

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Marcos es un joven de poco más de 20 años. Como muchos, al terminar la prepa y no poder ingresar a la universidad pública, se vio obligado a conseguir empleo. Lo obtuvo como promotor de productos de limpieza. Seis días a la semana, por unas diez horas, acude a los supermercados de la ciudad para actualizar los inventarios de sus mercancías. El domingo pasado le aparecieron los síntomas que todos ya conocemos y tememos: fiebre, dolor de garganta, sensación de ahogo y un enorme cansancio. Se lo comunicó a su jefe, quien le respondió: “no me salgas con pendejadas, pinche huevón… bueno, si sigues con fiebre, quédate en tu casa un par de días, pero el miércoles sin falta te espero en la oficina, de lo contrario te olvidas del empleo…”. Así, aún con síntomas, Marcos acudió a diversos supermercados de la ciudad, entrando en contacto con centenares de otros empleados y clientes. ¿Filtros? ¿Pruebas? ¿Cuarentena? Ni soñarlo. Con estudios únicamente de bachillerato y una familia que mantener, a Marcos únicamente le preocupa tener su semana completa, mientras su jefe también está enfocado en llegar a sus metas de venta para lograr los estímulos económicos. Para ellos, el coronavirus no es un tema esencial.

En la lógica del capitalismo, Marcos es una simple pieza en el engranaje, que puede ser repuesta sin el menor problema. El ejército de reserva–los cientos de miles de Marcos que hay tan sólo en Yucatán-convierte a Marcos en un elemento de escaso valor individual. Y si la salud y la vida de Marcos no le importa a su jefe directo, ¿Tendrá algún significado para el jefe de Recursos Humanos de su empresa? ¿Para su Gerente General? ¿Para el responsable nacional de la empresa global? ¿Para los dueños? Si Marcos falta al trabajo, será despedido sin miramientos: hay decenas, cientos de Marcos suspirando por ganar los escasos pesos que devenga.

No hay que llamarse a engaño. Los jefes de Marcos y los dueños de su empresa no son personas diabólicas ni crueles, son simples capitalistas promedio. Se formaron en universidades y tecnológicos en donde les enseñaron que el capital es lo más importante, que para lograr la calidad en una empresa hay que respetar una estricta jerarquía, que todo se supedita al objetivo de obtener las mayores ganancias con la menor inversión posible, que los trabajadores son desechables y, para abaratar costos, es preciso concederles los menores derechos y pagar los menores salarios posibles. Ellos aprendieron, por ejemplo, a obligar al trabajador a firmar su carta de renuncia junto con su primer contrato. Y aplican todo el peso de sus triquiñuelas para evitar que a ellos se las apliquen, porque finalmente jefes y gerentes también son desechables, y ponen en práctica la frasecita de “de que lloren en mi casa a que lloren en la tuya, mejor en la tuya”.

El gobernador Mauricio Vila no puede escapar a esta lógica. Sus estudios de posgrado son en Administración de Negocios, realizados en la Universidad de Phoenix. Y vaya que se convirtió en un gran administrador de negocios, al ser el hombre clave para la expansión en la región de la franquicia de comida rápida “Subway”, líder en el ramo en el Sureste de México. Pero, como todos estamos palpando, las habilidades para administrar una empresa gastronómica tienen muy poca relación con lo que se requiera para gestionar el gobierno de un Estado, especialmente en una de las coyunturas más dramáticas de su historia.

Como buen empresario, Mauricio Vila está privilegiando los intereses del capital por encima del de los ciudadanos y los trabajadores. Todas las medidas hasta ahora implementadas han pretendido proteger a las empresas, sin considerar los requerimientos de quienes realmente con su trabajo generan la riqueza. Desde la lógica capitalista, los empresarios son pocos, y hay que apoyarlos; los trabajadores son muchos, y son reemplazables. No hay maldad en este actuar: es simple visión de mercado

El problema es que la realidad no funciona así. Mientras Marcos, como otros miles de trabajadores en Yucatán, continúe siendo obligado a trabajar pese a la muy alta posibilidad de estar contagiado de COVID-19, los contagios no sólo continuarán, sino se expandirán sin control. Ulteriormente el contagio llegará hasta los jefes directos y gerentes, así como a muchos ciudadanos, incluso a aquellos que sólo van al supermercado para comprar alimentos y productos de limpieza. La expansión de los contagios colapsará–de hecho, ya ocurrió aquí en Yucatán-los hospitales, produciéndose cada día más fallecimientos. Ante lo imparable, decretar el cese de las actividades económicas se volverá inevitable, con los perjuicios para el capital y los empresarios. Tampoco es que sea culpa de Vila ni de los oligarcas, es la simple lógica del capitalismo, la verdadera “mano invisible del mercado”, que tanto daño ha hecho a la humanidad.

La verdadera pandemia es el capitalismo. Probablemente Marcos no lo sepa, como tampoco los cientos y quizás miles de ciudadanos con los que Marcos tendrá contacto en los próximos días, y que se verán expuestos al COVID-19 por las inequidades e iniquidades de nuestro sistema.

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A propósito de…

Alguna vez existieron los políticos honrados

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de las numerosas evidencias del despilfarro y la deshonestidad que privaron en México durante los sexenios del llamado periodo neoliberal, no puedo evitar hacerme la pregunta ¿es posible que un político sea honrado?

Justamente, encuentro un ejemplar de la colección Cuadernos mexicanos que editaban la Secretaría de Educación Pública y la CONASUPO; su título “Políticos Honrados” incluye una serie de relatos cortos de diversos autores acerca de anécdotas protagonizadas por hombres del servicio público cuya integridad y honradez eran su principal bien.

Se trata sobre todo de personajes de la Reforma, aunque incluye a algunos anteriores. Es el caso del insurgente José María Morelos, de quien el historiador Julio Zárate escribió: “Inmensas sumas de dinero pasaron por sus manos en esos cinco años (1810-1815) y todas las aplicó a la causa que propugnaba, sin dejar nada para sí, al grado que tuvo que vender su ropa para emprender la marcha de Uruapan a Tehuacán

Esta lectura deja muy claro el insulto que representó para El Siervo de la Nación bautizar con su nombre el famosísimo avión presidencial adquirido por 218 millones de dólares por Felipe Calderón y utilizado sin recato por Enrique Peña Nieto.

Santos Degollado es uno de mis héroes favoritos de la historia de México por su honestidad y sencillez a prueba de todo. El escritor Victoriano Salado Álvarez relata cómo lo soldados del regimiento que comandaba Degollado, durante la guerra contra los invasores franceses, lo observaban cuando zurcía, por la noche,  su único pantalón negro, mientras custodiaba varios sacos de arpillera que contenían ¡un millón de pesos de entonces! de la hacienda pública. Uno de ellos exclamó ¡qué hombre, mientras custodia cientos de miles de pesos, remienda su ropa para no ser gravoso a nadie!

Federico Gamboa dedicó un texto a la honradez de Guillermo Prieto, también de la pléyade que acompañó a Juárez: “Es probado que pasaron por sus manos cerca de 300 millones de pesos, cuando la desamortización de los bienes eclesiásticos y que no sólo no conservó ni uno de ellos, sino que renunció a la suma de 200 mil pesos que de gratificación le correspondían como ministro de Hacienda

Acerca de Ignacio Ramírez, El Nigromante quien fue secretario de Justicia y de Fomento, también en tiempos juaristas, el periodista Francisco Sosa aseguró que manejó millones de pesos durante esos encargos, pero “ni sus más encarnizados enemigos podrían decir que se hubiese manchado apropiándose la parte más insignificante de los tesoros que por sus manos pasaron

José María Arteaga fue gobernador de Querétaro y de Jalisco y jefe de las tropas republicanas en Michoacán dijo en una ocasión “prefiero que mi familia muera en la miseria y no que digan que algún día, al verla con lujo, si está rica es porque su padre robó cuando fue gobernador del estado”. La víspera de su ejecución envió una carta a su madre expresándole: “Mamá, no dejo otra cosa que mi nombre sin mancha, respecto a que nada de lo ajeno he tomado”. Junto con la misiva le entregaron un reloj y un real.

El periodista liberal Guillermo Prieto describió así al general Vicente Guerrero: La tez morena, el cabello tosco, amontonado sobre la frente, sus ojos negros de una penetración y una dulzura incomparable, patilla pobladísima, boca recogida y sincera. Luego narra que Iturbide, en una ocasión, le dejó un cuantioso caudal a Guerrero y al encontrarse nuevamente, las tropas de este último se encontraban andrajosas y hambrientas, extrañado le preguntó por qué no había tomado algo del dinero para sus hombres, “porque me lo dejó en depósito”, respondió.

Hoy en que la honestidad y la ética parecen ser letra muerta y cada día nos enteramos de nuevas rapacerías en lo que fue la fiesta de los millones de los pasados 30 años, en que los políticos, líderes sindicales y funcionarios del gobierno  exhibían con total desparpajo la opulencia, frente a un país con la mitad de su población viviendo en pobreza y pobreza extrema, es como un bálsamo saber que alguna vez el gobierno no fue sólo un instrumento de enriquecimiento personal.

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La política en Yucatán

Introspección histórica: la prensa, trinchera fundamental de la lucha por el poder

Mario Alejandro Valdez

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En días recientes, la prensa escrita de Yucatán vivió un momento de gran significación, al producirse el fallecimiento del periodista Carlos Menéndez Navarrete, quien fuera Director General de El Diario de Yucatán, uno de los rotativos más importantes, longevos e influyentes de la historia editorial de nuestro Estado. Este lamentable hecho ocurrió contemporáneamente al desarrollo de un auténtico terremoto en el periódico Por Esto!, el cual, durante las últimas tres décadas le disputó a El Diario de Yucatán el liderazgo entre los medios impresos de la entidad. El proceso en Por Esto! ha incluido la separación de prácticamente toda su plana mayor de editorialistas, editores y reporteros, así como un notable cambio en la línea editorial, que repentinamente ha abandonado las posturas progresistas para defender posiciones moderadas e incluso conservadoras. Cabe hacer notar que el Por Esto! es propiedad de otra rama de la misma familia Menéndez de El Diario de Yucatán, siendo ambas derivaciones procedentes del también periodista Carlos Ricardo Menéndez González, con una trayectoria que inició en las últimas décadas del siglo XIX.

Los rotativos de la familia Menéndez han protagonizado, entonces, la historia periodística de Yucatán durante los últimos 130 años, desde que don Carlos Ricardo Menéndez empezó a trabajar en La Revista de Mérida, antecedente de El Diario de Yucatán, como redactor. Con el tiempo, y merced a sus vínculos con algunas de las familias más poderosas del Yucatán porfirista, Menéndez González se convirtió en Director y propietario de La Revista de Mérida, que al desaparecer fue sucedida por La Revista de Yucatán y, finalmente, por El Diario de Yucatán, nombre que ha conservado hasta la actualidad, manteniendo sus alianzas con la oligarquía, los partidos políticos conservadores y la Iglesia Católica. Si bien desde hace una década la empresa pasó a ser parte de un conglomerado mediático español, Menéndez Navarrete mantuvo sus posiciones y sus relaciones a nivel local, con lo que la identidad conservadora del periódico se ha mantenido también. En contraparte, el diario Por Esto!, que mostró durante décadas un firme compromiso con las posiciones de izquierda, se ha desdibujado, como señalamos líneas arriba, en el curso de una crisis iniciada hace pocos meses y cuyo rumbo es difícil de pronosticar. De cualquier manera, la muerte de Menéndez Navarrete y el proceso que vive el Por Esto!, propiedad de su primo, Mario Renato Menéndez Rodríguez, parecen marcar el fin de una larga era en la vida periodística de Yucatán.

Pero esta historia se remonta mucho más atrás, hasta los principios del siglo XIX, cuando la familia López Constante importó desde La Habana la primera imprenta que hubo en Yucatán. Ocurrió justo en 1813, en el marco de la promulgación de la Constitución liberal de Cádiz, que estableció, precisamente, la libertad de imprenta en todo el imperio español. Los López Constante trajeron la imprenta muy probablemente tras considerar las ventajas económicas que la nueva industria podría representar, pero rápidamente los grupos políticos beligerantes en aquella coyuntura aprovecharon la nueva tribuna para proclamar sus ideas. Así, vieron la luz pública, entre otros, los importantes periódicos El Aristarco Universal, El Misceláneo y Clamores de la fidelidad americana contra la opresión, que defendieron las ideas liberales de igualdad legal, representatividad política y libertad comercial, y El Sabatino, que proclamó la defensa del Antiguo Régimen, es decir, el respeto a los privilegios, el gobierno monárquico y el régimen colonial. Entre los liberales destacaron por su talento y valor José Matías Quintana –padre de Andrés Quintana Roo- y Lorenzo de Zavala; entre los conservadores brillaron por lo filoso de su pluma los sacerdotes españoles Manuel Pacheco y Francisco de Paula Villegas.

Como ocurre muchas veces en la lucha política, los conservadores, vencedores de las primeras batallas, terminaron por perder significación; en tanto que los liberales, que incluso padecieron prisión y amenaza de perder la vida, llegaron al poder y establecieron condiciones en la posteridad. Mientras que Pacheco y Villegas han sido olvidados, e incluso salieron de Yucatán al final del dominio español, Zavala tuvo una brillante trayectoria política, que lo llevó a ser diputado, gobernador, ministro y embajador en México, y vicepresidente y fundador de la efímera república de Texas, en tanto que Quintana fue regidor, diputado local y diputado nacional en varias ocasiones. El liberalismo terminó triunfando plenamente en aquella coyuntura, aunque a la larga entró en conflictos internos, distorsiones y luchas personalistas, que escapan al interés de esta introspección.

Lo cierto es que desde aquellas primeras batallas, en los albores de la vida independiente y de la política moderna en Yucatán, la prensa ha jugado un papel fundamental. En esta primera etapa, a principios del siglo XIX, fueron directamente los actores políticos los que se involucraron en la contienda de todas las maneras posibles: financiando las ediciones, escribiendo los artículos y colaboraciones, redactando las notas procedentes de otros lugares. Poco a poco fue germinando en una actividad profesional, en la que los periodistas, sin dejar de tomar partido y defender sus intereses políticos, económicos y sociales, construyeron una auténtica industria, incidiendo así en el devenir de nuestra historia, tal como veremos en nuestra próxima colaboración.   

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